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2011: Ocupar las Plazas

Dentro de algunos años, quizá, los historiadores verán el año 2011 como aquel en el que la gente tomó las plazas en distintas partes del mundo —Túnez, Egipto, España, Grecia, Chile, México, Estados Unidos— para mostrar su inconformidad ante las reglas económicas y políticas que la rigen. Más allá de las diferencias nacionales, ¿qué significan estos movimientos en el contexto de la situación económica y política del mundo? ¿Estamos ante una nueva forma de articulación política o ante insurgencias fugaces condenadas a la marginalidad?

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La tarea esencial de la política es la configuración de su propio espacio, lograr que el mundo de sus sujetos y sus operaciones resulten visibles. La esencia de la política es la manifestación del disenso, en tanto presencia de dos mundos en uno.

Jacques Rancière

 

Las irrupciones sociales que se suceden una a otra, de Tahrir a Times Square, pasando por las acampadas españolas y las casi mil ciudades que salieron a la calle el pasado 15 de octubre como una muestra del descontento y la indignación en escala planetaria, y que han sido protagonizadas por un sujeto colectivo difícil de asir, de definir y de nombrar, obligan a replantear muchos de los supuestos con los que intentamos comprender los movimientos y las protestas sociales.

Contra todo pronóstico, esas insurgencias de nuevo cuño —como las llama Benjamin Arditi—, no sólo no decrecen sino que tienden a multiplicarse y a crecer exponencialmente; como en el caso de Occupy Wall Street, en Nueva York, o Democracia Real, en Madrid y Barcelona.

¿Cuáles son las características de las movilizaciones? ¿Por qué generan el más puro entusiasmo o las críticas y descalificaciones más extremas? Sin duda, su carácter abierto —no se circunscriben a ninguna ideología particular—; su tono festivo, en el que caben todas y cada una de las indignaciones contra el sistema; su capacidad tecnológica, que ha convertido la internet en una aliada fundamental y en un espacio de viralización rápido y eficaz; la creatividad de sus consignas, que logran generar reconocimiento propio en los más diversos y desiguales actores sociales; todo ello, aunado a su resistencia a dejarse atrapar por un programa, representa una enorme dificultad de comprensión para ciertos intelectuales y muchos políticos.

A propósito de las descalificaciones, Manuel Castells escribió en La Vanguardia que “tras reconocer su fuerza a regañadientes, acaban desdeñándolo por no tener resultados concretos, por no organizarse en un proyecto político. Tales actitudes revelan un desconocimiento de la práctica de los movimientos sociales en la historia”. Esas posiciones revelan también una incapacidad para entender que la fuerza de estas interrupciones en el monocromático paisaje del neoliberalismo estriba justamente en la diversidad de sus razones y en su negativa a someterse a un programa.

Llama la atención que entre los propios manifestantes crezca la tendencia global a reconocerse y nombrarse a sí mismos “los indignados”, sustantivo propio que, puesto a flotar en las acampadas de Puerta del Sol, en la España que despertó de su sueño, ha viajado, migrado, contaminado las formas en que la cadena de insurgencias logra producir tanto presencia como reconocimiento. Me parece que esta forma de dotarse de un nombre y de una palabra para reconocerse desestabiliza —por decir lo menos— los sistemas de acuerpamiento social que habían dominado la escena de la política moderna. Los movimientos sociales se definían por su pertenencia a una identificación positiva vinculada a la “práctica” o al lugar que ocupan en la estructura social (obreros, campesinos, indígenas, estudiantes, mujeres), o a categorías raciales, partidistas, institucionales (los mexicanos, los vietnamitas, la izquierda, los desempleados, los okupas). Todas estas formas de reconocimiento han compartido una genealogía: la voluntad moderna de clasificar, la obsesión por la claridad y la transparencia de los orígenes y las pertenencias, como garantía y justificación de las demandas.

Por el contrario, “los indignados” del mundo —con diferencias en sus lógicas de articulación y expresión— colocan en el centro otras formas de entender el malestar y la protesta, la participación y la voz colectiva. En la emoción está su fuerza y su capacidad de producir alteraciones en la esfera de lo público. Frente a la crítica que ha planteado Zygmunt Bauman a propósito del 15M (“El 15M es emocional, le falta pensamiento”, dijo en entrevista con el diario El País), los indignados muestran cotidianamente que lo político es personal y que, en estos laboratorios de la palabra colectiva en los que se han convertido algunas plazas, por ahora lo que importa es darle visibilidad al descontento; la conversación y el reconocimiento son fundamentales para cualquier acción futura.

En La sociedad sin relato, Néstor García Canclini dice a propósito del arte que éste “es el lugar de la inminencia. Su atractivo procede de que anuncia algo que puede suceder, promete el sentido o lo modifica con insinuaciones. Deja lo que dice en suspenso”.

Tensando el argumento, es posible pensar que las irrupciones de las y los indignados dicen dejando en suspenso lo que anuncian. Lo que sucede hoy en distintos lugares del planeta es fundamentalmente un ejercicio de inteligencia colectiva y un aprendizaje acelerado en el que los muchos “cualquieras” aprenden a disponerse hacia las y los otros cualquieras. No es una contribución menor a las aguas estancadas y podridas del sistema económico y político. m

El año de las plazas

Túnez: La Revolución del Jazmín

Los indignados españoles: la esperanza de la revuelta global

Egipto y los 18 días de revueltas

De víctimas a activistas por la paz

Grecia: el furor a la calle

Chile: La rebelión de los estudiantes

Occupy Wall Street

 

 

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