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“Si no logramos justicia, no sirve de nada recordar”: Eugenia Allier Montaño

¿Qué puede ganar nuestro presente si volvemos la vista al pasado del que provenimos? La especialista en estudios sobre la memoria colectiva, quien recientemente estuvo en el ITESO para la inauguración de la instalación temporal del Túnel Memoria y Tolerancia, habla en esta entrevista acerca de la importancia que ese tema tiene para nuestra identidad y para construir un futuro mejor

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"La memoria está íntimamente ligada a la identidad", afirma Allier Montaño. Fotos: Lalis Jiménez

La doctora Eugenia Allier Montaño ha estado en Guadalajara por un lapso de 24 horas. Apenas un guiño para lo que ha sido una vida dedicada al estudio de la memoria, o, como dice ella, a la historia del presente. Sus horas de trabajo y sus afectos personales se han ido en entender el más emblemático de los casos de memoria en México: el movimiento estudiantil de 1968. Para ella, el conocimiento que se ha generado en torno a este hecho ya es suficiente. Dice que ya conocemos todo —o, bueno, casi todo— acerca de lo que ocurrió. 

El problema viene después, cuando se habla de memoria. Porque hablar de memoria es recordar, pero la memoria de un hecho para el que no hubo justicia es una memoria que sólo se diluye en recuerdos. Una memoria que no funciona para reparar el daño, para evitar que en el futuro haya más desapariciones o violaciones de derechos humanos, es una memoria que no se mueve. Es mero recuerdo. 

La académica forma parte del Instituto de Investigaciones Sociales de la UNAM y es profesora en esa misma universidad, en el Colegio de Estudios Latinoamericanos de la Facultad de Filosofía y Letras. Doctora en Historia por la École des Hautes Études en Sciences Sociales, en Francia, pertenece al Sistema Nacional de Investigadores de México, y, entre otras publicaciones, es autora del libro Batallas por la memoria. Los usos políticos del pasado reciente en Uruguay (2010). Actualmente dirige el proyecto de investigación “Hacia una historia del presente mexicano: régimen político y movimientos sociales, 1960-2010”.

Allier Montaño acaba de desayunar. Su agenda estuvo cargada de compromisos: impartió conferencias y seminarios e inauguró la exposición temporal del Túnel Memoria y Tolerancia en el ITESO. Todo en menos de 24 horas. Sentada en un sofá de su hotel, con una taza de café en la mano y a escasos minutos de tomar el vuelo que la lleve de regreso a la Ciudad de México, la académica hace un paréntesis para hablar acerca de la conjunción de dos valores personales e inalienables: nuestra historia colectiva encadenada a nuestra identidad. 

 

¿Cómo podemos diferenciar memoria de historia?

Hay muchas controversias. Básicamente, existen dos tendencias muy grandes: una que se llama positivista, que toma la historia como el conocimiento científico objetivo que se puede concebir por medio de documentos, fuentes primarias, trabajo metodológico importante. Y esa misma visión considera la memoria como la capacidad de recordar el pasado —no es lo mismo conocer el pasado que recordar el pasado—: de alguna manera es subjetiva, está apegada a los afectos, es mucho más pasional y, más que la verdad, lo que le interesa es recuperar cierta fidelidad a aquellos que murieron. Ésa es una primera visión, que impera en la academia francesa. 

Luego hay otra visión que está más apegada a la escuela relativista, a lo que se conoce como giro lingüístico. Es como la idea de que todos los discursos son discursos. Entonces, historia, memoria, ficción, periodismo, son discursos. Y no hay un régimen de verdad ni de veracidad en ninguno de ellos. 

Creo que las dos visiones son demasiado extremas, porque yo no creo que historia y memoria sean lo mismo. No es lo mismo cuando uno recuerda su propia vida, que cuando trata de conocer algo a través de las investigaciones que hace; no es lo mismo lo que siento por un tema, porque uno investiga por razones subjetivas, porque te apasiona o porque lo odias, siempre hay emociones ligadas al conocimiento. Pero yo no creo que pueda escribir desde el corazón algo que no viví, y eso es difícil decirlo. Escribir historia sobre el 68 es muy distinto a escribir las memorias del 68, porque no estás tú ahí. 

En un artículo reciente se formulaba una pregunta retórica, y ahora yo se la hago a usted: ¿para qué la memoria? 

Sin ella no vivimos. Lo voy a decir con un ejemplo: si te da Alzheimer, dejas de ser tú. La memoria está íntimamente ligada a la identidad. Tú eres quien eres porque naciste en un lugar determinado, con padres determinados, fuiste a cierta escuela, estudiaste determinada cosa y te dedicas a cierta cosa. Si te arrancamos todo eso, te arrancamos la memoria y la identidad. 

La memoria es básica para el individuo; lo que pasa es que, en los últimos 50 o 60 años, la memoria también se ha convertido en un tema muy importante a escalas política y social. Y, por ende, también académica. Yo les contaba que la memoria surge muy ligada al Holocausto, en el siglo XX terrorífico, que conoce decenas de conflictos armados, y que tiene dos guerras mundiales muy graves. Las causas humanitarias hacen que la memoria se vuelva importante para la academia, porque nos interesa que todo mundo diga qué pasó. 

Eugenia Allier Montaño

Si el Holocausto es paradigmático para la memoria mundial, ¿el 68 lo es para México?

Para México sí, totalmente. Quizá no a escala mundial. Todos los trabajos académicos, todas las memorias, remiten al Holocausto —ojo, de los judíos, no de los gitanos ni tampoco de los homosexuales—. Pero el 68 en México es un paradigma de la memoria, es como si se hubiera convertido en una memoria tan fuerte y emblemática que de alguna manera ha eclipsado al resto del pasado reciente, todo lo que ha ocurrido en los movimientos sociales y políticos en los últimos 70 años. 

¿Qué importancia tiene la memoria en los estudios? Cuando uno da clases a jóvenes de 20 años, y a veces habla del 68 o del Halconazo, parece que eso no existió. 

Es fundamental. En países como Argentina, la memoria está en los programas de primaria. Es decir, los niños de 10 años están viendo lo que ocurrió durante la dictadura militar. Hay un informe que sacaron en Argentina como resultado del trabajo de la Comisión de la Verdad, y se han hecho decenas de ediciones para niños de primaria, de secundaria, para gente que no sabe leer. El conocimiento que hay acerca de lo que ocurrió durante la dictadura es muy grande. El conocimiento de la verdad —es decir, tener memoria— hizo que hubiera una movilización gigantesca cuando Julio López, militante peronista, desapareció de nuevo porque tenía que testificar en un proceso de violación a los derechos humanos. 

Creo que en México tenemos borrada nuestra historia reciente, por muchas razones: porque desde lo político no se alienta, desde lo académico tampoco se ha dicho mucho y porque no estamos haciendo lo que se conoce como la “historia del presente”. Tener borrada esa parte es una de las causas de la violencia que estamos viviendo: nunca haber prestado atención a quienes la necesitan. 

También hay autores que dicen que desde el espacio público deberíamos cuestionar mucho más, para que el espacio público se convierta en una especie de “psicoanálisis nacional”, un lugar donde realmente pueda debatirse quiénes somos y qué hemos hecho. 

Yo insisto mucho: la memoria, ¿para qué? La memoria para preguntarnos, como colectividad, quiénes somos y por qué ciertas cosas ya nos pasaron. Por ejemplo: ¿quiénes somos que pudo ocurrir el 2 de octubre y diez días después nos fuimos tranquilamente a la inauguración de las Olimpiadas? 

¿Qué papel tiene el Estado en esta parte?

Creo que no hay una responsabilidad exclusiva. Creo que al Estado le conviene que lo olvidemos. Y si no, que lo recuperemos, pero edulcorado, en un muro de honor, pero sin justicia. Que es lo que ha hecho el Estado con el 68, desde Fox para acá: hacemos una fiscalía para que no pase nada. Hay dizque un juicio, pero Echeverría no es culpable. ¿En serio no es culpable? 

Hay algunos actores que dicen que la transición a la paz llega necesariamente por la verdad. ¿Cómo se puede garantizar eso?

Yo creo que, acerca del 68, ya no necesitamos conocer la verdad porque ya la tenemos, ya sabemos muchísimo del 68. No sólo del movimiento, sino también de todo lo que pasó el 2 de octubre. Se han hecho muchos trabajos desde la historia y las ciencias sociales, y no sólo eso, sino que el periodismo también ha ayudado mucho. Sin La Jornada, sin Proceso, sin otros diarios, no entenderíamos lo que ocurrió en el 68. 

Acá la cuestión es lo que vino después: qué sabemos sobre el movimiento ferrocarrilero, qué de la represión a campesinos, qué de la represión a movimientos armados en los años setenta, de los movimientos de los años ochenta. Ayer preguntaba por los movimientos armados más allá del zapatismo: díganme qué ha pasado en los setenta y en los ochenta. Como si no hubiera pasado nada. 

Cuando llegó Vicente Fox a la presidencia hubo un cambio de partido, pero no un cambio de régimen. Más adelante ha habido muchas negociaciones entre el PAN y el PRI para dejar otra vez al margen, en silencio, toda esta discusión. Quien podría y debería hacerlo es López Obrador, pero tampoco se ve que lo quiera hacer.

¿No ves señales?

Ha dicho que va a crear una comisión de la verdad, pero al mismo tiempo dice que no va a tocar a nadie, ni a los corruptos. No ha dicho: “Vamos a pensar en enviar a la cárcel a los violadores de derechos humanos”. Y algo que hemos visto a lo largo de los años, sobre todo en América Latina, es que si no hay voluntad política, no hay justicia. En México habrá justicia cuando alguien tenga la voluntad política de que haya justicia. Y es que uno de los grandes misterios de nuestro país es la impunidad.

¿La memoria sin justicia es recuerdo?

La memoria no es justicia, la memoria es recordar. Pero la memoria, política y socialmente, se ha ligado con verdad y con justicia. Entonces, casi todos los organismos de derechos humanos lo que exigen es la verdad, la justicia y la memoria. Por eso la memoria está ligada con la justicia transicional. No sólo se trata de hacer memoria, sino de llegar a la verdad de lo que pasó, y ése es un paso anterior a la justicia. Porque si no logramos justicia, no sirve de nada recordar.

El caso del 68 nos está sirviendo para recordar, pero no nos está funcionando para modificar estructuras. 

Eugenia Allier Montaño

Si el 68 fue emblemático para México, ¿cree que Ayotzinapa se está convirtiendo en otro caso paradigmático? 

Sí, por supuesto. Varias cosas sobre Ayotzinapa. Creo que es gravísimo que hayan desaparecido 43 estudiantes ahí, o tres estudiantes en Guadalajara. Pero, si te das cuenta, nos centramos en estudiantes, en los jóvenes que son el futuro del país, que son los que se están preparando, los que están haciendo luchas legales por transformar el país. Y está bien, pero cuando nos centramos en los 43 de Ayotzinapa, olvidamos que tenemos 40 mil desaparecidos en el país. La memoria tiene estas cosas: al poner luz en un caso, hay oscuridad en otros. 

¿La memoria no los pone en su justa dimensión? 

No siempre. Ésa es la cosa. Centralizas aquí, pero todo lo demás queda borrado. ¿Por qué López Obrador no abre una comisión para ver qué pasó con los 40 mil desaparecidos, con los niños desaparecidos, con las mujeres asesinadas? ¿Por qué sólo los 43? 

No me malinterpretes. No estoy diciendo que no sean importantes, sino que no son todos. La verdad es que todos somos seres humanos. Cuando decimos que todos somos Ayotzinapa, deberíamos decir, los 40 mil desaparecidos son Ayotzinapa. 

De las cosas que aprendimos del 68, ¿qué no estamos haciendo con Ayotzinapa? 

Yo creo que el 68 sirvió muchísimo. Si tú ves cómo se ha movido la sociedad alrededor de Ayotzinapa, hay años luz desde el 68. Para que sucediera la primera manifestación en torno al 68 tuvieron que pasar 10 años, que fue en 1978. En Ayotzinapa fue un mes después. 

Para la gente que tiene 20 o menos de 30 años, es mucho más cercano a sus vidas, a su mundo y a su país. Para los chavos, el 68 ya es algo más lejano porque pasaron 50 años; para muchos chavos, el 68 es un tema histórico, se sigue manteniendo en algunos aspectos, pero su movilización más cercana es Ayotzinapa. 

¿Qué importancia tienen acciones como el túnel instalado en el ITESO, o que exista el Museo Memoria y Tolerancia en la Ciudad de México?

El túnel es una pequeña muestra de lo que pasa más allá de nuestra burbuja; es una gran idea, porque puede viajar por el país y va a la gente que no puede llegar al museo. Puedes criticar muchas cosas, pero también hay mucha vida. El 68 tenía el Memorial; ahora tiene el M68, que no me gusta, me gustaba más el Memorial. 

En el artículo de Nexos mencionas que, incluso en el M68, los guías se inventan la historia. ¿Cómo habría que cuidar eso?

Yo estaba un poco asustada. Dije: “Me van a odiar por lo que escribí del Memorial”. La chava que se encarga de los guías me escribió y me dijo que tienen talleres para darles formación. Y me invitó a dar uno de los talleres para hablar del 68 y mi trabajo. Porque hay gente muy entusiasta, pero los guías cuentan cosas que así no fueron, y eso, por ejemplo, en el Museo Memoria y Tolerancia se cuida muchísimo. Los guías están súper preparados.  

¿Hay alguna propuesta para influir en el cultivo de la memoria colectiva desde la educación básica?

El 68 está en los libros de texto gratuito desde 2004, lo que pasa es que a nosotros ya no nos tocó. Les tocó a los chavos que ahorita van a estar llegando a la universidad, a ellos les preguntas y ya lo estudiaron. Mínimamente, sí se conecta, ya llega hasta el día de hoy. Y a partir de eso reflexionan sobre los movimientos sociales y qué pasó con las guerrillas. 

Pero en los libros de texto  el 68 abarca cuatro cuartillas. Sí es un muy buen trabajo, no tiene errores, pero es poquito y en México tenemos un grave problema con la historia, porque nos siguen enseñando esta historia de bronce que es súper de los héroes, de los que nos dieron patria, pero no sabemos qué pasó con las mujeres, con los niños y con la vida cotidiana. Si a los chavos les muestras la vida cotidiana dentro del movimiento estudiantil, seguro que lo agarran mejor. 

Eugenia Allier Montaño

Y, después del 68, ¿qué pasajes hemos olvidado? 

Todo. Creo que lo más grave es la Guerra Sucia y toda la lucha del Estado. Eso, básicamente. Como si no existiera, ni para bien ni para mal. No hablamos de los secuestros ni de las extorsiones ni de la venta de los bancos. 

Parece que hay un salto del 68 hasta el zapatismo (1994). Pero, a ver, ¿cuándo hablamos de los 600 perredistas asesinados durante el gobierno del 88? Nunca. 

¿Qué tanto queremos no verlo? ¿Qué tanto seguimos con nuestra vida como si nada pasara? Excepto las madres y los familiares que están ahí, luchando. 

Las desapariciones se incrementaron desde el gobierno de Felipe Calderón, pero desaparecidos hay desde los tiempos de la Guerra Sucia. ¿No quisimos ver a esas madres?

No las apoyamos. Y ésa es una gran diferencia con otros países en donde, por lo menos, la clase media sí salió a apoyar. Yo veo que mis alumnos se esfuerzan por saber un poco.

¿Por qué en Argentina, con las Madres de Plaza de Mayo, o en Uruguay, sí acompañaron a estos movimientos? 

Porque hay una clase media mucho más movilizada, y que fue mucho más receptiva a los reclamos de las violaciones de los derechos humanos. Aquí en México es una de las grandes materias pendientes. .

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