Sugar Man en Guadalajara: ¡Por fin!
Hugo Hernández – Edición
Buscando a Sugar Man (2012), de Malik Bendjelloul, es memorable porque, gracias a su construcción, surge Rodriguez, un personaje que resulta memorable.
Por fin se estrena en Guadalajara el documental Buscando a Sugar Man (Searching For Sugar Man, 2012), de Malik Bendjelloul. Si uno conoce la historia de Rodríguez, el personaje sobre el que gira la propuesta, tal vez la cinta no reserve muchas novedades; sorpresas sí, y emociones a montones. Si se desconoce la vida y milagros de este músico de origen mexicano la película reserva además grandes descubrimientos. En todo caso, es de esperar que, luego de la visión, surja el deseo de escuchar más a Rodríguez, por lo que estos links, que llevan a los dos discos que grabó el artista de marras, pueden resultar imprescindibles:
Este es uno:
Y por aquí el otro:
Aprovecho para traer de vuelta los textos que aparecieron en el periódico Mural el 24 de mayo de 2013 en el suplemento “Primera Fila”.
Una relación feliz
Bob Dylan en Bob Dylan: No Direction Home (2005), y George Harrison en George Harrison: Living in the Material World (2011), ambos de Martin Scorsese; Compay Segundo y Eliades Ochoa en Buena Vista Social Club (1999) de Wim Wenders; más recientemente Bob Marley en Marley (2012), de Kevin Macdonald: la lista es larga y prueba que el documental —biográfico o no— combina requetebién con la música. Ambos se han hecho favores recíprocos, y mientras algunos documentales son valiosos por el valor de los músicos que acompañan, también éstos ganan estatura gracias a aquéllos. Es el caso de Buscando a Sugar Man (2012), de Malik Bendjelloul, que es memorable porque, gracias a su construcción, surge Rodriguez, un personaje que resulta memorable. Rodriguez, por su parte, es un tipo extraordinario más allá del registro, pero crece en el documental (gracias al cual, por ejemplo, sus discos se venden por montones —ahora sí— en Estados Unidos). Documental y música crecen juntos, y el crecimiento es proporcional a la emoción, justo es aplaudir.
Una historia grandiosa
Hace dos o tres meses escuché por primera vez a Rodriguez. Lo que entonces oí formó parte de un ecléctico programa musical, y de aquel momento sólo tengo el recuerdo que se conserva de una curiosidad: un cantante de origen mexicano que se parecía a Bob Dylan. Ahora conozco dos o tres cosas de él y la impresión ha cambiado sustancialmente: las letras de sus canciones y su historia han hecho aparecer a un ser humano singular que, no obstante, encarna los extremos que caben en las humanas miserias; un “poeta de las calles”, un personaje enigmático, “un sabio”, como alguien lo llama. He visto una ficción y un par de documentales sobre Dylan; fui a un concierto suyo y leí sus Crónicas vol. 1, pero Dylan nunca me ha emocionado tanto como Rodriguez. La respuesta no está en el aire, está en el documental Buscando a Sugar Man (2012), del sueco Malik Bendjelloul, al final del cual queda claro que Rodriguez es más que una curiosidad.
Al inicio Bendjelloul acompaña a un sudafricano que comenta que a principios de los años 70 un tal Rodriguez era, en su país, un cantautor de moda. Del artista se sabe muy poco: luego de grabar dos LP se suicidó en el escenario. Mientras tanto, nos enteramos de la estatura de Rodriguez (quien nunca tuvo éxito en Estados Unidos) por los responsables de las grabaciones de los discos, testimonios que se alternan con clips —a menudo con animaciones— de sus canciones emblemáticas. Un buen día un periodista sudafricano se da a la tarea de averiguar cómo vivió y murió Rodriguez. Y sus hallazgos son sorprendentes.
Buscando a Sugar Man funciona como película biográfica y de divulgación mientras explora temas que reservan interés: la ruta íntima del artista que encuentra lo que busca en la obra singular, única, personal, que no pretende convertir en chamba su quehacer musical, ambición contrapuesta al afán estadunidense por el éxito, que se traduce en carrera y discos vendidos; la honestidad del artista que reconoce su imposibilidad de superar lo hecho y su renuncia humilde a seguir produciendo (al estilo Juan Rulfo). Banksy, en Exit Through the Gift Shop (2010), mostraba cómo cualquier payasada puede aspirar a la galería y ser vendida como obra de arte; Bendjelloul ilustra cómo la genialidad puede ser recibida con indiferencia y ser condenada al olvido… a menos que, más allá del mercado, su obra le ofrezca respuestas a un público que la acoja con pasión.
Bendjelloul transita con fortuna por el cine de investigación —que tanto hemos visto en ficción— y presenta sorprendentes vueltas de tuerca que hacen que la historia siga por caminos impensados, lo cual incrementa el interés y es provechoso para alimentar la curiosidad e impedir que el curso de la historia se vuelva predecible. El realizador dosifica con fortuna la información y las revelaciones, lo que redunda en abundantes dosis de emoción. Y Buscando a Sugar Man es una de las películas —ficciones o documentales— más emotivas que he visto en mi vida. La historia que alberga es grandiosa (como sugiere alguno de los personajes) y el resultado invita a la hipérbole, figura que parece justa para este documental que, entre otros premios, obtuvo el Oscar y el BAFTA británico de la especialidad.