Stuart Walker: Diseñar para la vida
Bettina Acedo Moreno – Edición 517

El artista y académico británico habla acerca de su tránsito de la ingeniería al diseño sostenible, la cultura de la obsolescencia y el lugar de la creatividad para imaginar futuros más habitables
Stuart Walker es diseñador, artista y académico británico, referente internacional del diseño para la sostenibilidad. Es catedrático de Diseño para la Sostenibilidad en la Manchester School of Art de la Universidad de Manchester, y codirector del centro de investigación ImaginationLancaster, que cofundó en la Universidad de Lancaster, en el Reino Unido; profesor visitante de Diseño Sostenible en la Universidad de Kingston, Londres, y profesor emérito de la Universidad de Calgary, Canadá, institución en la que fue decano asociado de investigación y de asuntos académicos.
Antes de dedicarse al diseño, Walker se formó y trabajó durante años como ingeniero: es doctor en ingeniería de minas y trabajó como ingeniero petrolero en plataformas de perforación en Medio Oriente y en el Mar del Norte. Ese paso por la industria pesada —y el impacto ambiental y social que atestiguó en ella— lo llevó, ya entrado en la treintena, a reorientar su carrera hacia el arte y, después, hacia el diseño industrial.
Desde entonces, su investigación, su trabajo en la docencia y su práctica en el diseño exploran las dimensiones ambientales, sociales y espirituales de la sostenibilidad y cuestionan la cultura de la obsolescencia y el consumo. Es autor de libros como Sustainable by Design, The Spirit of Design, Designing Sustainability y Design for Life, y sus piezas conceptuales se han exhibido en el Design Museum de Londres, así como en Canadá, Italia y Australia.
En abril pasado, Walker visitó Guadalajara como invitado especial de Transforma, el VI Congreso Internacional de Diseño organizado por Di-Integra en el ITESO. En el marco de ese encuentro tuvo lugar esta conversación acerca de su trayectoria, su visión del diseño sostenible y las ideas que, según él, valdría la pena cuestionar.

¿En qué crees, en general?
¿En qué creo? Bueno, creo en cuidarnos unos a otros y creo en cuidar el mundo en el que vivimos. Y en encontrar significado en nuestras relaciones con otras personas y con el mundo natural, con toda forma de vida.
¿Por qué decidiste dedicarte al diseño y a crear productos, si, tal como se hacen las cosas hoy en día, esto puede ir en contra de lo que crees?
Sí, es cierto. Y justamente por eso me resultó atractivo en cierto modo. Mi formación es muy distinta a la de alguien que se dedica al diseño: llegué a este ya más grande, estaba en mis 30 cuando cambié de rumbo. Mi vida antes de eso era en la industria pesada: minería, petróleo… fui ingeniero durante muchos años. Mi doctorado es en ingeniería minera. Después trabajé como ingeniero petrolero en Holanda, en Medio Oriente, en plataformas de perforación y también en Londres. Y ahí vi de primera mano el impacto de la industria pesada en el mundo natural y en las personas, en distintas culturas. Vengo de un pueblo industrial en Gales del Sur, y vi la devastación ambiental que causó la industria y cómo afectó a la gente. La volví a encontrar en Medio Oriente. Cuando regresé a Londres, estuve unos años trabajando en oficina, y después renuncié y me fui a estudiar arte y, más adelante, diseño.
¿Qué pasó en tu mente cuando decidiste dejar la ingeniería para irte al arte?
La verdad… no sabía qué iba a pasar. Pero sentía una necesidad muy fuerte de hacer algo más creativo y más positivo, en lugar de seguir en la industria pesada, que era lo que había hecho durante años. Quería aportar de una manera más constructiva, más creativa.

¿Por qué pasar de algo que se consideraría “útil” a algo “no tan útil”?
Bueno, muchas de las cosas que pensamos que no son útiles, en realidad son las más útiles. En la creatividad, en la imaginación humana, encontramos significado. Y al seguir esos caminos, hallamos sentido en la vida. Entonces empecé a estudiar arte y diseño juntos. Y sentí que el diseño, por mi formación como ingeniero, era un camino más realista que dedicarme sólo al arte. Además, pensé que podía tener un impacto más práctico. Cuando me metí a diseño industrial, empecé a observar los productos: autos, lavadoras, secadoras… todo lo que usamos a diario. Y me preguntaba: ¿por qué están hechos así? ¿Por qué son cosas que duran tan poco, que no son particularmente atractivas, hechas de plástico, sintéticas, y que en pocos años ya son obsoletas? Eso me llevó al camino del diseño para futuros sostenibles, en el que sigo hasta hoy. Todo mi trabajo como diseñador y mi labor en la investigación y la enseñanza, han girado alrededor de eso. Y hoy, en 2026, después de más de 100 años de producir en masa cosas de corta duración que básicamente han dañado el planeta, la pregunta es: ¿cómo cambiamos eso de forma significativa? No se trata de “volver al pasado”, sino de hacer las cosas de forma más inteligente, sin destruir el mundo en el que vivimos.
¿Ha cambiado tu visión acerca de encontrar sentido en la vida desde que tenías 30 años hasta ahora?
Sí. Los problemas ambientales se han vuelto mucho más graves. Desde la Cumbre de Río en 1992, el mundo empezó a poner atención en estos temas, pero realmente no los hemos resuelto. Las emisiones siguen subiendo, el calentamiento global también, la contaminación empeora, las especies desaparecen… El problema es más urgente que nunca.
Además de diseñador y artista, también eres profesor. ¿Cómo enseñas el proceso creativo?
En diseño, lo importante es pensar profundamente cada decisión. Históricamente, sólo pensamos en costos y producción, pero no en lo que pasa después: cuánto dura un producto, qué pasa cuando deja de servir. Vivimos en una cultura donde el motor es la ganancia. Entonces es más rentable hacer productos caros que duren poco, para que los vuelvas a comprar. Eso ha creado una cultura de obsolescencia. Muchos productos no se pueden reparar, vienen de fábricas lejanas y cuando se rompen, simplemente los tiramos. Y eso es una fórmula perfecta para destruir el planeta. Entonces, en el proceso creativo, hay que cuestionar todo: las reglas, las suposiciones de la industria. Porque esas reglas están completamente desconectadas de lo que el planeta necesita hoy. Los diseñadores pueden influir, tal vez no cambiar el mundo por completo, pero sí hacer muchas pequeñas diferencias. Y a través de la creatividad, pueden mostrar cómo se ve un mejor camino.

Si pudieras romper una sola idea que todos tenemos acerca de cómo funcionan las cosas, o acerca de qué debería preocuparnos, ¿cuál sería?
¿Sólo una? Creo que sería bueno que la gente se cuestionara más las suposiciones que tiene sobre lo que quiere en la vida. Porque hoy en día, muchas personas creen que lo que quieren son más cosas. Y que eso las va a hacer felices. Quieren un coche más grande, una casa más grande, y más cosas dentro de esa casa. Y hay una razón por la que la gente piensa así: hay una industria de marketing multimillonaria diciéndole a todos, todos los días, en todo momento, que eso es lo que quieren y lo que los va a hacer felices. Pero claramente eso es mentira. Las cosas que realmente nos hacen felices no son esas. De hecho, hay gente que tiene todo eso, y más, y aun así se siente vacía. Lo que realmente nos hace felices son las personas: nuestra familia, nuestros amigos, nuestras relaciones, contribuir a nuestras comunidades, y estar en contacto con la naturaleza. Todo lo demás puede estar bien en cierta medida, pero tener más y más no nos hace más felices. Si ya tenemos suficiente, podemos dedicar nuestro tiempo a cosas más importantes, en lugar de trabajar por cosas que no nos hacen ni más felices ni más sabios.
Has viajado por todo el mundo, y no todos los lugares ni todas las personas necesitan lo mismo. ¿Cómo las y los diseñadores logran resolver problemas locales y al mismo tiempo pensar en lo global?
Uno de los problemas del diseño actual es que se diseña en un lugar, se fabrica en otro y se distribuye por todo el mundo. Y donde sea que llegue, tiene que funcionar para todos. Entonces no está diseñado para nadie en específico, está diseñado para todos y para nadie al mismo tiempo. Es como talla única. Una gran parte del diseño sostenible es cuestionar eso. Tal vez en el futuro algunas partes se fabriquen en otros lugares, pero el producto final se adapte localmente, a la cultura, a las creencias, a la estética de cada lugar. Y no sólo es estética, es algo mucho más profundo. Nuestra cultura material debería ser una verdadera expresión cultural, no algo desechable. Decimos que somos materialistas, pero en realidad no amamos las cosas, porque si realmente las amáramos, no las tiraríamos después de tres o cuatro años. Sólo valoramos lo que hacen por nosotros, no lo que son. Y eso hace que nuestra relación con los objetos sea superficial. Tenemos que cambiar eso: reparar, cuidar, heredar, valorar.
En lugares como Latinoamérica hay realidades muy distintas. Aunque seamos países con menos recursos, somos muy ricos en cultura y conocimiento ancestral. ¿Eso también implica integrar ese conocimiento en el presente?
Exacto. Que nuestras tradiciones, creencias, estética y cultura formen parte de nuestra vida diaria, no únicamente de eventos especiales. Que nuestra forma de vivir refleje quiénes somos y de dónde venimos.
Has trabajado en muchos lugares. ¿Cómo enseñas en contextos tan distintos?
Partiendo de lo local: materiales, tradiciones, clima, recursos. Diseñar desde el contexto real de cada lugar.

Es tu primera vez en Guadalajara. ¿Qué te interesaría conocer para entender el lugar?
Las culturas tradicionales, lo que hace único este lugar. Las creencias, la estética, la mezcla de culturas, la comida, la naturaleza, las aves… todo eso construye la experiencia de un lugar. Y cuando vienes de fuera, lo ves con otros ojos. Lo valoras más.
Imagina que voy a un museo con tus obras. ¿Qué voy a encontrar?
Verías piezas muy diferentes a las del diseño convencional. Muchos materiales naturales, incluso en su forma original. No son productos comerciales, son piezas únicas. Sirven para explorar ideas, para mostrar cómo podríamos diseñar de forma más sostenible y más conectada con la naturaleza.
Me acabas de romper una idea que tenía: yo pensaba que el diseño tenía que ser útil.
Sí lo es.
Entonces, ¿cuál es la diferencia entre arte y diseño?
Es debatible. Pero yo diría que el diseño tiene que cumplir una función. Aunque qué tan importante es esa función, eso sí se puede discutir. Durante mucho tiempo, la idea fue “la forma sigue a la función”. Pero hoy ya no creo que eso sea suficiente. Hay otros factores importantes que debemos considerar.
Entonces, ¿diseñas ideas más que productos?
En cierto modo, sí. Como investigador, mi trabajo es explorar ideas a través del diseño. No sólo escribiendo, sino también creando objetos. Mis libros combinan ambas cosas: teoría y piezas diseñadas. Porque pensar con palabras es una forma de explorar, pero pensar a través de la creatividad es otra completamente distinta. Y el diseñador debe combinar ambas.

¿A quién admiras?
Uno de mis diseñadores favoritos es Andrea Branzi. Lamentablemente, murió hace algunos años, pero la verdad es que su trabajo y su filosofía de diseño me inspiran mucho. Es de esos diseñadores que te vienen a la mente por su forma de pensar, porque rompió con esta idea clásica de que “la forma sigue a la función” y empezó a explorar caminos más significativos, más imaginativos, tal vez menos funcionales, pero que generan piezas muy interesantes para explorar ideas. Además, también fue académico, así que encuentro muchas similitudes con el tipo de trabajo que yo hago. Definitivamente ha sido una gran inspiración.
¿Y qué otras cosas te inspiran fuera del diseño? ¿Escritores, cine, literatura?
En escritura, muchísimos. Uno de mis autores favoritos, que vivió mucho tiempo en México, fue Malcolm Lowry, un escritor británico. Escribió un libro que se llama Bajo el volcán, que para mí es una de las obras más increíbles del siglo xx. Era un personaje muy interesante: fue alcohólico toda su vida, y el libro trata justamente de su relación con el alcohol, pero lo plasma de una forma muy poderosa. Es muy poético, muy simbólico, casi alegórico; las oraciones pueden durar páginas completas. Es un libro muy particular, incluso como objeto. Habla de una vida trágica, pero de esa tragedia salió una obra maestra, y eso me parece impresionante. Pero no es el único. También me han influenciado autores como D. H. Lawrence, Hermann Hesse y muchos más. Y también me inspiran enseñanzas religiosas de distintas partes del mundo: textos cristianos, budistas, el taoísmo. Encuentro muchas conexiones entre esas ideas antiguas y lo que yo exploro en diseño sostenible. Y lo interesante es que siguen siendo igual de relevantes hoy que hace dos mil años.

Si pudieras elegir un objeto, un diseño o un libro que te hubiera gustado crear, ¿cuál sería?
No sé si tenga uno específico. Pero hay un ejemplo que se acerca mucho a lo que yo busco en el diseño. Henri Matisse, el artista francés, diseñó un solo edificio en su vida: una capilla en Vence. Diseñó todo: el edificio, el interior, los vitrales, y también creó el viacrucis. Pero lo hizo de una forma muy particular: eran dibujos en blanco y negro, hechos con una brocha atada a un palo de unos tres metros. Eran muy crudos, casi como dibujos de niño, poco controlados. Pero justo esa era la idea: quitarse a sí mismo del proceso, eliminar su estilo personal para dejar que la obra fuera lo que tenía que ser.
Eso implica quitar el ego, algo muy presente en el mundo creativo, donde siempre hablamos de la autoría, de firmar las obras.
Exacto. Y justo ahí empezó el problema.
¿Cómo se hace eso hoy en día, si también se necesita darse a conocer?
Tal vez eso creemos, pero no siempre fue así. Te cuento una historia: hicimos una investigación en Santa Fe, en una galería de arte indígena. Ahí nos explicaban que la cerámica tradicional era un trabajo comunitario. Los hombres recolectaban y preparaban el barro; las mujeres hacían y decoraban las piezas. Y nadie firmaba, porque los diseños no eran “de alguien”, eran de la comunidad, heredados de generaciones anteriores. Entonces hubiera sido inapropiado firmarlos como si fueran propios. Además, no había un solo autor: una persona hacía la pieza, otra la decoraba. Pero cuando llegó el ferrocarril a Santa Fe, empezaron a llegar turistas y coleccionistas, y alguien les dijo: “Si firmas la pieza, la puedes vender más cara”. Y ahí empezó el cambio: la gente empezó a firmar por una razón económica, pero originalmente no era así. Era un trabajo colectivo. Y eso muestra cómo hemos pasado de una sociedad comunitaria a una mucho más individualista, lo que ha generado muchos problemas, porque el ego, el estatus, la idea de sobresalir, impulsan el consumo.
Antes era la comunidad la que presionaba al individuo; ahora parece que es al revés: el individuo define al colectivo. ¿Cómo se cambia eso?
No estoy seguro. Pero si vimos que el cambio pasó en una dirección, también podemos imaginar cómo podría ir en la otra si eso resulta mejor para todos y para el planeta.
