Un bosquejo

Un bosquejo

– Edición 516

El bosque no es un lugar amigable. Todos son viejos y aprendieron a crecer hacia arriba millones de años antes de que un humano pudiera caminar erguido

I am the reign.
Reign, oh, reign, oh,
reign all day.
— “Reign”, UNKLE ft. Ian Brown

Existe un videojuego para PlayStation que se llama Walden, un juego. Los desarrolladores se inspiraron en el texto de Henry David Thoreau del mismo nombre (menos “un juego”, quiero decir): se trata de construir una cabaña con los árboles que se cortan en un típico bosque estadounidense, a lo largo de varias estaciones. Se juega en primera persona, con el nombre de Henry, mientras se sobrevive con lo básico. Ya saben: comida, combustible, refugio y vestido. La pesca del día en el lago de ahí junto, un par de libros en las repisas, una silla de madera extra para las visitas, la charla cotidiana con el de los abarrotes del pueblo cercano. Una vida ideal en digital, porque la de verdad es más difícil de conseguir.

Christopher lo intentó. Es el protagonista de Into the Wild, esa película con canciones de Eddie Vedder y dirección de Sean Penn que intenta contarnos esa búsqueda por el epítome de la experiencia masculina. Está basada en la historia real de un chico de los años noventa que se hartó de la rutina artificial de esa época. Todavía no conocía los horrores de la internet o la trampa que nos tendió —“nos va a conectar a todos”, decían, y, en realidad, estábamos entrenando a la inteligencia artificial que hoy se nos cuela hasta los sueños—, pero Christopher ya sospechaba que debía de existir algo más, algo que habitaba en lo salvaje. Un ex se enojó conmigo cuando señalé que el experimento le falló al joven, a pesar de su esperanza idealista, porque intentó vivir en la espesura de Alaska con el mismo entusiasmo y la misma inocencia de un ratón de laboratorio. Cuando tuvo que distinguir entre veneno y alimento en las plantas que la tierra le puso en frente, eligió la incorrecta y murió. Hoy sigo a una botánica en TikTok que hace videos para enseñarles a las personas a diferenciarlas; hasta se inventó una canción pegajosa a modo de cortinilla: dice algo así como “una de ellas es alimento, la otra es veneno, veamos si le atinas porque, si no, puedes morir”. R. I. P. Christopher, las redes sociales te hubieran salvado la vida.

Quizás el bosque que tenemos en la mente no es el mismo que está ahí afuera. Nos imaginamos un bosquejo, más bien. El que pinta Henry quiere asemejarse a una comunidad, gracias a la unión de los árboles. Por eso perseveran los pueblos junto a ellos, escribió, a pesar de los hombres, buenos o malos, que toman más de lo que son capaces de regresar. El que esperaba Christopher era protector y la solución al corazón roto.

Pero el bosque no es un lugar amigable. Todos son viejos y aprendieron a crecer hacia arriba millones de años antes de que un humano pudiera caminar erguido. Le aprendimos lo suficiente como para entender todo lo que puede ser: el sueño y la pesadilla; patio de los duendes, las hadas y de esos príncipes que besan a jovencitas desvanecidas que no pueden defenderse. Son los terrenos de los escuadrones que diezman poblaciones enteras, que encierran hombres dentro de cuevas heladas mientras siembran y cosechan amapola.

El bosque es una giganta adormilada que ya no se sorprende por nada. Es la anciana en calma que no interviene en las peleas de la calle entre perros o personas porque a ella no le corresponde. “El ciclo debe continuar”, dice, mientras sirve agua y reparte comida a quien tenga hambre y, sobre todo, sepa distinguir entre lo que le matará o le dará más vida. Pero si alguien utiliza su libre albedrío para sus propios caprichos, no es su problema. Luego se sienta en su silla favorita, enciende la pipa y se ríe viéndote perder el equilibrio cuando caminas entre las raíces de árboles más longevos que tu primer inicio de sesión en MySpace. Si guardas suficiente silencio, escuchas todo al mismo tiempo: ardillas, lobos, búhos, hojas revueltas por hormigas y arañas, el viento y el agua helada, aves que suenan a leones rugiendo, chapulines gordos y pesados saltando de rama en rama, mariposas roncando. Y sin anuncios. No puedo, siquiera, imaginarme la violencia que necesitó el bosque para ser así de gentil, así de paciente. Ojalá ninguno de nosotros tenga que descubrirlo.

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MAGIS, año LXII, No. 516, agosto de 2026, es una publicación electrónica mensual editada por el Instituto Tecnológico y de Estudios Superiores de Occidente, A. C. (ITESO), Periférico Sur Manuel Gómez Morín 8585, Col. ITESO, Tlaquepaque, Jal., México, C.P. 45604, tel. + 52 (33) 3669-3486. Editor responsable: José Israel Carranza Ramírez. Reserva de Derechos al Uso Exclusivo No. 04-2018-012310293000-203, ISSN: 2594-0872, ambos otorgados por el Instituto Nacional del Derecho de Autor. Responsable de la última actualización de este número: Édgar Velasco, 1 de agosto de 2026.

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