“El exilio ha multiplicado nuestra capacidad creativa”: Carlos Mejía Godoy

“El exilio ha multiplicado nuestra capacidad creativa”: Carlos Mejía Godoy

– Edición 515

Foto: Miguel Andrés.

En dos ocasiones las dictaduras nicaragüenses han obligado al emblemático cantautor a dejar su patria. Pese a ello, a sus 82 años compone, canta, escribe, pinta y disfruta la vida

La alegre voz de Carlos Mejía Godoy, una de las más conocidas de Nicaragua, se escucha detrás de la puerta. Quienes lo acompañan ríen a carcajadas por alguna de las innumerables historias que seguirá contando a lo largo de la tarde. La sonora jovialidad no se corresponde con el paso lento con que entra en la casa, apoyado en una andadera.

Tiene 82 años y este día sufre un dolor en la espalda que apenas lo deja moverse. Pero ni eso, ni el peso de dos exilios, ni el reciente incendio que consumió su casa, le quita la felicidad al cantautor nicaragüense, figura emblemática de la revolución que en 1979 derrocó al dictador Anastasio Somoza y que en 2018 tuvo que dejar nuevamente su patria por oponerse a la dictadura de Daniel Ortega y su esposa Rosario Murillo.

“Por nuestro canto hemos recibido el castigo de la represión de parte de los gobiernos autoritarios. Pero, más que el dolor, siento que nuestra capacidad creativa y nuestro compromiso se han multiplicado”, dice en el comedor de una casa en una ciudad de Estados Unidos, donde horas más tarde se presentará en un recital privado.

Será una reunión discreta. La audiencia, formada principalmente por la comunidad nicaragüense que habita en esa ciudad, ha acordado no tomar fotografías ni subirlas a las redes. Temen que el régimen de Ortega tome represalias contra ellos o contra sus familias que viven todavía en Nicaragua. Pese a estas previsiones, algunos invitados prefirieron no asistir: ese es el tamaño del miedo que genera la dictadura.

Pero no es el tema político el que prevalece en la conversación, sino la retahíla de anécdotas e historias que el autor de canciones como “El Cristo de Palacagüina” y “Nicaragua, Nicaragüita” va desgranando mientras disfruta de la comida. Lo hace además en “idioma nicaragüense, que es el que yo hablo y defiendo”.

¿De dónde saca tantas historias?, le pregunta uno de los comensales. “Yo antes que cantante soy un oidor. Todo el tiempo estoy escuchando lo que la gente dice y cómo lo dice. Yo lo que hago es poner el oído en el corazón del pueblo”.

Entre marimbas

Carlos Mejía Godoy nació en Somoto, Nicaragua, en 1943. Hijo de un constructor de marimbas y parte de una familia de artistas, descubrió pronto su amor por la música, pero la dictadura de la dinastía Somoza que gobernó su país entre 1936 y 1979, lo llevó a componer canciones de corte social y político que se convirtieron en emblema de la lucha sandinista.

Con la canción “Quincho barrilete”, que habla sobre la vida de un niño que vive en la pobreza, ganó el festival OTI en 1977 y a lo largo de su carrera ha recibido múltiples premios y reconocimientos internacionales.

Rescatista de la música y el habla popular de Nicaragua, dio fama en los años setenta a la canción “Son tus perjúmenes, mujer”. Además, musicalizó poemas de Ernesto Cardenal y compuso la Misa campesina nicaragüense que llegaron a interpretar cantantes como Ana Belén y Miguel Bosé.

Actualmente reside en California, Estados Unidos, donde vive con su esposa Xóchitl. Sigue componiendo y pinta, sobre todo, escenas de la vida rural de Nicaragua. “Yo dibujo y ella le pone el color”. Llevan algunas de sus obras al recital. En una de ellas un avión bombardea a su país con instrumentos musicales. “Ese es uno de mis sueños”.

¿Cuál es su primer recuerdo?
Hay una lluvia con muchos rayos que me marcó. Yo tenía unos cinco años y estaba aterrado. Entonces mi abuelita me dijo: “Mirá, Carlitos, no te preocupés, ya no va a haber rayos”. Puso palmas benditas formando una cruz sobre su máquina de coser, que era la creencia de las señoras de entonces para calmar los rayos, y empezó a rezar: “Santa Bárbara bendita…”. Se fue el agua y apareció un arcoíris hermosísimo. Somoto está en un valle entre una montaña enorme, azul, y un pico que siempre pongo en mis dibujos. El arcoíris iba de lado a lado. ¡Hermosísimo! Ese recuerdo es como una alucinación, porque después de esa tormenta quedó una luz que no he podido olvidar.

¿Y la primera canción que recuerda?
Nosotros crecimos entre música, poesía, lectura, cuentos de camino, leyendas. Con todo un enjambre de folclor, no como disciplina, sino como parte de la vida cotidiana. El refrán era en mi casa parte del lenguaje común. En ese contexto recuerdo que mi mamá cantaba muchas canciones mexicanas. Tenía una voz preciosa, dulcísima, y era como un pájaro libre, cantaba cuando le daba la gana. Y mi padre, aunque no fue profesional, fue un músico muy coherente y digno con su vocación.

¿Qué tocaba él?
Tangos clásicos de Gardel y la música mexicana de José Alfredo Jiménez, Agustín Lara, Guti Cárdenas, Juventino Rosas, Manuel M. Ponce, Tata Nacho. Él era marimbista y marimbero, es decir, las hacía y las ejecutaba. Era un carpintero ebanista que nunca tuvo estudios especializados. Era un hombre maravilloso, con un gran talento para lo artístico cultural. Eso fue muy importante para nuestro desarrollo.

¿A qué edad comenzó a tocar usted?
Desde muy chiquito. Como en la casa siempre había marimba empezábamos a sacar piezas muy sencillas. También aprendimos a tocar el serrucho, la sierra metálica de la carpintería con la que se puede hacer música. En nuestra casa no había piano, pero había uno viejo en casa de una tía y allá iba a tocar.

¿En qué momento descubrió que era artista?
La sensibilidad artística la traíamos genéticamente, eran demasiadas las conexiones con la música por los dos lados de la familia. En Somoto, como si fuera el Macondo de García Márquez, solamente había cinco manzanas de casas en la calle principal y ahí podían escucharse hasta siete pianos tocando al unísono. Era alucinante.

El milagro de la música

Desde entonces, la música ha sido su vida. Actualmente sigue componiendo, participa en recitales y hace presentaciones desde su casa mediante las redes sociales. También visita de vez en cuando un asilo de ancianos para alegrar con su música a los residentes.

“Hay un señor que siempre está malencarado, pero cuando yo toco música clásica en el piano, él se transforma, se pone feliz y comienza a dirigir una orquesta imaginaria. Cuando termina la pieza, vuelve a su enojo habitual. Hay otra señora que fue maestra de piano. Tiene alzhéimer y no responde a nada. Un día que yo tocaba, ella empezó también a tocar sobre la mesa. Me llenó de emoción. Fijate en todo lo que puede hacer la música”.

Su hermano Luis Enrique tiene una canción que dice: “¿Qué tiene la música que todo lo puede?”. ¿Todo lo puede?
Es una metáfora, no se puede tomar al pie de la letra, pero realmente la música es un milagro. Por eso digo que si se nos dio a nosotros ese privilegio, tenemos que aprovecharlo.

¿Tomó clases de música?
Muy elementales, porque el profesor era muy cascarrabias y me daba golpes en la cabeza. Por eso no volví, aunque hubiera aprendido mucho porque era intérprete y compositor, pero no soporté ese abuso. Más adelante fui recibiendo indicaciones de amigos músicos, pero yo seguí mi camino normal de estudiante hasta la universidad, que después dejé para dedicarme a la música.

¿Qué estudió en la universidad?
Dos años de derecho y, después, dos de periodismo. Y ahí descubrí que quería ser comunicador, por medio de la música. Aunque no lo he ejercido de manera profesional me gusta mucho escribir y hago un poco de periodismo con crónicas. También estoy escribiendo novelas y una biografía sobre un cantor campesino de Nicaragua.

Cantinflitas

A la mesa se han integrado los músicos que acompañarán al cantor en el recital. El grupo está formado por el anfitrión nicaragüense, dos mexicanos que forman parte del coro de un templo y un joven méxico-nicaragüense-estadounidense que toca el guitarrón en un mariachi. También ha llegado Carlos Luis, hijo de Carlos Mejía, quien tocará la marimba.

También músico, el joven Carlos forma parte del grupo La Cuneta Son Machine, que combina la música tradicional de Nicaragua con ritmos modernos.

“¿Ustedes saben cómo se hizo marimbero este chavalo? Él tenía ocho años y me dijo que quería hablar muy seriamente conmigo. ‘Ajá, pues. Decime’. ‘No’, me respondió, ‘tiene que ser a solas y en un lugar apartado’. Me asusté. ‘¿Qué cosa tan seria me querrá decir este chavalito?’, me pregunté. Nos fuimos al fondo de la casa solariega de Masaya, donde tenía mi taller en un cuartito. Se sentó y me miró muy serio. Me preguntó; ‘¿Ya sabés que se murió Cantinflas?’. Me quedé sorprendido y le dije: ‘Ajá’. ‘¿Y Cantinflitas?’, me preguntó, ‘¿A dónde está? No aparece en ningún lado’. ‘¿Y eso por qué te preocupa?’, le dije. ‘Porque se murió Cantinflas y Cantinflitas no aparece. Él tendría que ser el que siga lo que hizo su papá. Tú un día la palmarás y ¿quién va a seguir cantando tus canciones?’. ‘No sé’, le respondí, ‘quizá la gente a la que le gusten’. ‘No, papá, yo voy a ser’. Entonces me levanté y le di la bendición”.

En la sala los músicos afinan los detalles del repertorio de canciones compuestas por Carlos sin contenido político, mientras continuamos la conversación.

Usted vivió en la catedral de Managua. ¿Por qué?
Porque nuestro tío, el hermano de mi padre, era obispo, vivía ahí y fue una especie de tutor de los cuatro varones de la familia.

¿Cómo era vivir en una catedral?
Esa etapa nos marcó muchísimo, para bien y para mal. Estuve ahí de los 12 a los 16 años, mientras estudiaba la secundaria. La vida en una catedral no tiene nada que ver con la vida del hogar, todo giraba alrededor de las misas, de los novenarios y, además, de los conflictos entre los sacerdotes, pero eso nos ayudó a redondear nuestra fe, es decir, supimos separar la religiosidad ritual de la religiosidad activa, social. Yo me quedé con esa parte de la religiosidad que se relaciona con los problemas sociales y eso es parte de mi vocación de canto social.

¿Qué había de bueno?
Yo tenía a mi alcance una biblioteca donde había obras de Victor Hugo, Balzac, Shakespeare… Había una colección de música clásica que me sirvió muchísimo en mi formación musical. En las misas pontificales se interpretaban piezas como el Réquiem de Mozart. Aunque mi tío era cruel en la manera de ejercer la disciplina sobre nosotros, era también un hombre muy preocupado por la situación de Nicaragua. Además, era un gran orador religioso, llegaron a invitarlo a decir oraciones fúnebres en México.

En medio de toda esa solemnidad, ¿ustedes también se divertían?
¡Claro!  Hacíamos travesuras y ¡las pagábamos! Había una escalera de caracol, de cemento. Mis hermanos menores se subieron al pasamanos haciendo equilibrio. Por gracia de Dios no se cayeron, pero el sacristán los vio y puso la pega a nuestro tío. Él contó los escalones de la escalera. Eran 52 y entonces nos dio 52 fajazos a cada uno. ¡Fue horrible! Alrededor de esas experiencias estoy escribiendo una novela que se llama Los sobrinos de Monseñor, que habla de nuestra picardía para sobrevivir en ese contexto.

Contador de historias

Don Carlos es un contador de canciones. En sus conciertos y recitales introduce las piezas e incluso hace algún paréntesis mientras canta para contar alguna anécdota o un chiste. Al mismo tiempo es un cantador de historias, pues buena parte de sus canciones es la versión musicalizada de situaciones que vivió o escuchó. En su libro Y el verbo se hizo canto narra la historia de 46 de sus composiciones. Es, en muchos sentidos, un cronista musical.

De hecho, antes de dedicarse a la música, trabajó en una radiodifusora: “Eso me serviría mucho para mis canciones porque yo hacía un programa regional que tenía que ver con las vivencias de personajes de la calle. De allí empecé a darle forma de canción a esas vivencias”.

¿Fue fácil la decisión de hacerse músico profesional?
No, porque tenía la voluntad de mis padres en contra. Decían que no se vive de la música y que los músicos están tentados por la vida bohemia. Creían que íbamos a terminar mal porque el licor y el vicio han hecho mella en la vida de muchos artistas. Yo descubrí el amor a la música en los años sesenta, pero nunca pensé que me iba a profesionalizar.

¿Sus primeras canciones ya tenían contenido social?
No, las primeras eran para las chavalas bonitas y las novias del pueblo. Tampoco había descubierto el folclor, hasta que conocí a un campesino que todos los domingos bajaba al pueblo y se sentaba en una acera con su guitarra para tocar mazurcas campesinas, polkas, valses y el son nica.

¿Cómo llegó a la canción política?
No fue algo que se nos ocurriera, los mismos acontecimientos nos fueron llevando a mi hermano Luis Enrique y a mí a abrazar la canción social cuando vimos la represión contra los estudiantes, cuando veíamos a tantos jóvenes entrar a la lucha por la libertad en solidaridad amorosa con los estratos más frágiles de la población. Eso nos golpeó muchísimo y empezamos a volcar nuestra música hacia esa causa.

Eso le costó el primer exilio.
Sí, pero no en un primer momento. Al contrario, me bloqueaban la posibilidad de salir del país porque de alguna manera mi voz tenía eco en los festivales internacionales. Estuve preso algunas veces, fui multado y perseguido, pero bastante menos que otros cantores campesinos que no eran muy conocidos. El compromiso fue siendo cada vez mayor y nos ayudó mucho la proyección internacional que teníamos.

¿Cómo vivió la lucha contra Somoza?
Yo fui parte de esa lucha. Era militante del Frente Sandinista y participé en una especie de guerrilla cultural con una proyección internacional que fue muy importante y en la que estuvieron también el poeta Ernesto Cardenal, el escritor Sergio Ramírez, mi hermano Luis Enrique y mucha gente más. Tuvimos que exiliarnos para seguir con ese apostolado.

Al mismo tiempo, su vivencia espiritual lo llevó a componer la Misa campesina.
Fue parte de lo que se llamaba la Iglesia popular latinoamericana. Teniendo una formación cristiana, nos parecía un desafío hacer una misa con un lenguaje más renovado y acorde con las luchas de nuestros pueblos. La misa fue prohibida por la Iglesia y por el Estado. A pesar de eso, la gente se la apropió.

Con la caída de Somoza se abrió la esperanza de lo que, decían, sería una nueva Nicaragua.
Cuando la revolución con la que me comprometí triunfó, en 1979, participé en ese joven y esperanzador proyecto político. Lamentablemente, a la vuelta de diez años esa revolución que abrazamos con tanto entusiasmo, con tanta honradez y dignidad, se fue sesgando y se apartó de su esencia original. No quisimos ser parte de esa metamorfosis y nos separamos. Empezamos a militar en el Movimiento de Renovación Sandinista, pero a la vuelta de cinco o seis años decidimos apartarnos de lo político y dedicarnos estrictamente a lo cultural. Sentíamos que hacíamos más desde la cultura que desde las organizaciones políticas que incluso te pueden llegar a quitar libertad.

¿Qué es lo mejor que le ha dado la música?
La satisfacción de acompañar a un pueblo en su lucha por la libertad y la paz. Eso es lo mejor. No me han importado tanto los premios y los discos de oro, cuanto el hecho de vernos como parte de una familia que lucha por esos ideales.

¿La música le ha causado dolor?
Al dedicarnos con tanto entusiasmo a este canto comprometido hemos recibido el castigo y la represión de los gobiernos autoritarios que hemos tenido y tenemos en Nicaragua. Pero más que dolor, siento que nuestra capacidad creativa y nuestro compromiso se han multiplicado. Este exilio me ha hecho más sensible y me ha permitido crear con más libertad. Increíble, ¿no? Puede ser paradójico estar lejos de Nicaragua y al mismo tiempo sentirme tan cerca de ella.

¿Ha valido la pena?
¡Claro que ha valido la pena! Si volviera a nacer retomaría sin duda estos ideales, pero con las enseñanzas de la experiencia vivida.

Ha llegado el momento del recital. Con la ayuda de los músicos sube los cuatro escalones al escenario. Se acomoda en la silla, toma su acordeón y comienza a tocar con la misma vitalidad y la misma alegría que cuando lo vi por primera vez en 1977, en un concierto que se celebró en Guadalajara.

Foto: Diana Ulloa / AFP.

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MAGIS, año LXII, No. 516, agosto de 2026, es una publicación electrónica mensual editada por el Instituto Tecnológico y de Estudios Superiores de Occidente, A. C. (ITESO), Periférico Sur Manuel Gómez Morín 8585, Col. ITESO, Tlaquepaque, Jal., México, C.P. 45604, tel. + 52 (33) 3669-3486. Editor responsable: José Israel Carranza Ramírez. Reserva de Derechos al Uso Exclusivo No. 04-2018-012310293000-203, ISSN: 2594-0872, ambos otorgados por el Instituto Nacional del Derecho de Autor. Responsable de la última actualización de este número: Édgar Velasco, 1 de agosto de 2026.

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