Nostalgia de la mentada

Nostalgia de la mentada

– Edición 515

Aficionados de los Pumas de la UNAM.

El viejo futbol popular tenía una función que hoy parece olvidada. La de desacralizar; bajar a tierra a los ídolos, recordarnos que nadie es tan importante, ni siquiera las leyendas. Hoy pareciera que ocurre exactamente lo contrario

La última vez que vi futbol en un estadio fue en 2010, en Ciudad Universitaria; un Pumas contra Cruz Azul. Recuerdo que ganamos, con actuaciones memorables de los míticos gemelos “Pikolines”: Marco Antonio Palacios anotó un gol y Alejandro Palacios atajó un penal. Javier Cortés puso el 2 a 0. También recuerdo que, al salir, un cementero incauto dobló en el pasillo equivocado y salió en medio de cientos de aficionados auriazules, que le arrancaron la camiseta, lo golpearon y lo hicieron rodar ensangrentado por una de las rampas de piedra del Olímpico Universitario. Ver aquella violencia tan gandalla me dio náuseas y juré no volver a pagar por ver futbol en un estadio hasta que la situación cambiara.

La situación no cambió y yo volví al estadio, hace unos meses.

Hay algo extraño en asistir a un partido de leyendas. Uno compra el boleto —la verdad es que me lo regalaron, por eso fui— sabiendo perfectamente que el tiempo ya pasó. Que Iker Casillas ya no vuela de poste a poste, que Fernando Hierro está más cerca de una silla de ruedas que de intimidar delanteros, que Rafa Márquez ya no sale jugando desde el fondo con la tranquilidad de quien parece conocer el futuro, que Luis Figo ya no va a desbordar a nadie. Uno sabe que todos esos futbolistas pertenecen a otra época. Sin embargo ahí está, haciendo fila para entrar al estadio, dispuesto a pagar para ver algo que ya no existe.

El 3 de marzo de 2026, el estadio Akron de Zapopan recibió a las leyendas del Real Madrid y del Barcelona. Sobre el papel era una gran idea: reunir a algunos de los jugadores que marcaron a una generación. Una noche de nostalgia para quienes crecimos viendo a aquellos clásicos europeos que podían desintegrar familias y generar discusiones interminables acerca de quién había sido mejor. Pero, apenas crucé los torniquetes del Akron, empecé a sospechar que el partido era casi lo de menos.

Las señales de que algo cambió estaban por todas partes; accesos preferentes, zonas exclusivas para fotografías, pantallas gigantes, mercancía oficial, filas para comprar café orgánico y pastelillos… Todo lucía perfectamente diseñado para producir una sensación muy específica, la de estar participando de un acontecimiento i-rre-pe-ti-ble. Y quizá lo fue. Pero no necesariamente por lo que ocurrió a ras de cancha. Lo que se vendía era otra cosa; la fotografía, la publicación, la historia en Instagram. La prueba digital de que uno había estado ahí.

Durante años el futbol se mantuvo como una de las pocas experiencias verdaderamente populares que sobrevivían en las ciudades. No porque fuera barato, sino porque seguía siendo accesible. El obrero, el comerciante, el estudiante, el profesor y el desempleado podían compartir la misma grada. Había diferencias económicas, por supuesto, pero durante 90 minutos todos participaban de la misma conversación. Hoy esa conversación parece cada vez más silenciosa. No me refiero únicamente al precio de los boletos. Me refiero al ambiente. A algo que desapareció sin que nos diéramos cuenta. Porque antes el estadio no era sólo un lugar para ver futbol. Era también uno de los pocos espacios donde la gente podía decir lo que en otros lugares era impensable.

Los estadios eran carnavales. Válvulas de escape. Territorios temporales donde las reglas habituales se suspendían y el humor popular tomaba el control. Las gradas mexicanas fueron durante décadas una verdadera fábrica de creatividad colectiva. Ahí nacían apodos imposibles, canciones ofensivas, coreografías improvisadas, insultos que parecían pequeñas piezas de literatura oral. La gente no iba únicamente a ver un partido. También iba a escuchar a la gente; a aquel desconocido que llevaba 20 años perfeccionando insultos para los árbitros. A la porra que convertía cualquier error en una obra de teatro. Al grupo que podía pasar 90 minutos burlándose del rival con una imaginación que ya quisieran muchos guionistas. Había algo profundamente democrático en aquella irreverencia, porque la grada permitía algo muy raro: reírse de cualquiera. Del árbitro. Del delantero. Del presidente del club. Del comentarista. Del poderoso. Del héroe. De uno mismo. Nadie estaba a salvo y eso era parte de la catarsis y la diversión.

Por eso me llamó tanto la atención el contraste en el ambiente del partido de leyendas. La gente aplaudía mucho. Demasiado. Le aplaudía a Casillas. Le aplaudía a Puyol. Le aplaudía a Figo. Le aplaudía a Hierro. Aplaudía prácticamente cada-toque-de-balón. Parecía más una ceremonia de homenaje que un partido de futbol. Nadie quería incomodar al otro. Nadie quería burlarse de nadie. Nadie quería romper la atmósfera de asepsia.

Entonces pensé algo que me hizo reír. Si las leyendas del Barcelona y del Real Madrid hubieran llegado a un estadio mexicano de los años noventa, esos pobres hombres no habrían sobrevivido verbalmente ni al calentamiento. Antes de 15 minutos ya tendrían un apodo; a los 20 alguien habría inventado una canción, y para el segundo tiempo seguramente existiría una teoría absurda relacionando a Marc Crosas —ni idea de por qué estaba en un partido de leyendas— con alguna edecán de Telcel.

El viejo futbol popular tenía una función que hoy parece olvidada. La de desacralizar; bajar a tierra a los ídolos, recordarnos que nadie es taaan importante, ni siquiera las leyendas. Hoy pareciera que ocurre exactamente lo contrario. El aficionado ya no participa. Consume, observa, documenta, graba, produce contenido. Las tribunas ya no rugen. Ahora iluminan. Miles de teléfonos levantados producen imágenes espectaculares. Hermosas incluso. Tan hermosas que empezamos a sospechar que hay más personas grabando el momento que viviéndolo.

Y quizás ahí aparece la verdadera transformación. Tenemos estadios más modernos. Pantallas más grandes. Internet. Aplicaciones. Experiencias inmersivas, hospitality, zonas premium, palcos corporativos. Tenemos cada vez menos espacio para el desorden popular que convirtió al futbol en algo más que un negocio.

Porque el futbol nunca fue solamente un deporte, era también una forma de procesar frustraciones colectivas. Durante 90 minutos se podía gritar contra todo aquello que normalmente había que soportar en silencio. El jefe. La autoridad. El abuso. La mala suerte. La semana difícil.

La tribuna convertía el coraje en carcajada.

Mientras al final del partido de las leyendas del Real Madrid y del Barcelona salía del estadio Akron entre las luces, las pantallas y las tiendas de mercancía oficial, pensé que quizás el verdadero lujo ya no es estar cerca de Casillas o de Rafa Márquez. El verdadero lujo fue haber conocido aquel otro futbol. El de las mentadas de madre que exigían creatividad. El de los apodos memorables. El de la “cerveza” derramada en las gradas. El de la gente que no asistía para generar contenido, asistía para desahogarse, para reírse. Para sentirse parte de una multitud. Pensé que tal vez el futbol más importante nunca estuvo realmente en la cancha. Estaba en la tribuna. Y sospecho que esa es la parte que se fue con las rodillas y el toque mágico de Luis Figo.

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