Antes de que empiece la película

Antes de que empiece la película

– Edición 513

Fotos: Cortesía Araceli Velázquez.

Durante años, Araceli Velázquez, egresada de Ciencias de la Comunicación del ITESO, ha hecho posible lo que el público casi nunca ve: el trabajo silencioso que permite que una historia llegue a la pantalla. Desde los rodajes improvisados hasta los festivales internacionales, su oficio como productora consiste en insistir cuando el cine parece imposible

Hay personas que aparecen en los créditos de una película durante unos segundos y, sin embargo, pasaron años haciéndola posible. Araceli Velázquez pertenece a esa especie.

Cuando las luces se apagan y empieza la función, nadie piensa en quienes pasaron meses buscando dinero, armando equipos, resolviendo conflictos, negociando permisos, corrigiendo presupuestos o convenciendo a alguien de que una historia merece existir.

El cine suele recordar a los directores y a los actores. Pero antes de ellos hay otra figura, más silenciosa, que sostiene la película como un andamiaje invisible. Son los productores.

Araceli llegó a ese lugar sin épica. Durante un tiempo produjo videos institucionales y de comunicación social. Era un trabajo correcto, ordenado, con resultados previsibles. Entonces el director Jorge Riggen preparaba el cortometraje Charros, un proyecto apoyado por el Instituto Mexicano de Cinematografía. Necesitaba a alguien que se hiciera cargo de la gerencia de producción y le pidió que recomendara a una persona.

Ella hizo algo que, visto a la distancia, parece sencillo pero cambia muchas historias. Se ofreció a hacerlo.

El rodaje la sorprendió. Había imaginado el cine como un proceso creativo. Lo que encontró fue una pequeña ciudad temporal. Departamentos de arte, vestuario, maquillaje, efectos especiales, logística, transporte. Personas que cargaban cables, otras que discutían el color de una pared, muchas que resolvían problemas que nadie había previsto. El cine era una maquinaria compleja donde cada detalle tenía sentido.

Lo que realmente la atrapó fue la precisión con que se cuida una historia. Cuando el corto estuvo terminado y lo vio proyectado en pantalla grande sintió mucha emoción, no sólo porque el proyecto hubiera salido bien, sino porque entendió que quería volver a vivir el proceso.

Quiso ayudar a que otras historias fueran contadas. Antes de eso, a mediados de los años noventa, fue estudiante de Ciencias de la Comunicación en el ITESO. Se recuerda como una joven dedicada, algo reservada, con un grupo de amigas cercano y una curiosidad que iba creciendo semestre tras semestre. Era una época que muchos recuerdan como el “hippiteso”, un campus relajado donde cada grupo parecía vivir en su propio mundo.

Con el tiempo, el horizonte se amplió. Llegaron más amigos, más preguntas y también una inquietud que todavía orienta su trabajo: la idea de que el cine puede servir para poner temas sobre la mesa y provocar conversaciones incómodas o necesarias.

La función de una productora es, en apariencia, sencilla: hacer que las cosas sucedan. Buscar historias, conseguir financiamiento, organizar equipos, administrar recursos, resolver crisis. En el camino, ese trabajo adopta muchas otras formas: a veces, la productora es mediadora; a veces, psicóloga. A veces árbitra, cuando los egos se cruzan en medio de un rodaje.

Hay una parte del proceso que casi nadie ve: el tiempo. Las películas pueden tardar años en concretarse. Años de presentar proyectos a fondos, de reescribir estrategias, de insistir. En el cine independiente esos años suelen pasar sin salario y con la pregunta de si la película llegará a existir.

Velázquez conoce bien ese territorio. Uno de los momentos más difíciles de su carrera ocurrió cuando un proyecto, que llevaba años desarrollándose, no logró consolidar su financiamiento por medio del Estímulo Fiscal a Proyectos de Inversión en la Producción y Distribución Cinematográfica Nacional (Eficine). El guion había recibido premios y había circulado en foros internacionales, pero el dinero necesario para rodar nunca apareció. La alternativa era abandonar la película o reinventarla. El equipo eligió lo segundo.

Organizaron una campaña de crowdfunding, rediseñaron el proyecto y filmaron con un micropresupuesto. La película, El deseo de Ana, terminó estrenándose en la Mostra Internacional de Cinema de São Paulo, inició su recorrido por festivales y obtuvo varios reconocimientos.

En ocasiones, el triunfo del cine independiente no es el éxito: es la supervivencia.

Araceli se describe como una persona tranquila, poco inclinada al conflicto. Esa actitud resulta útil en los rodajes, donde las jornadas suelen extenderse durante 12 horas y las tensiones aparecen con facilidad. Con el paso de los días, el equipo termina formando algo parecido a una familia temporal.

Eso ocurrió también con Chicas tristes, el largometraje que produjo junto al Colectivo Colmena y la directora Fernanda Tovar. La película aborda la violencia sexual desde un lugar poco habitual, no desde la victimización, sino desde la lucha de una adolescente por salir de la oscuridad y seguir viviendo.

Durante el desarrollo, el guion fue cambiando. Lo que empezó como una historia íntima terminó convirtiéndose en un relato más amplio sobre la amistad y la sororidad entre mujeres jóvenes. Esa energía también se filtró en el rodaje, en el que el equipo terminó formando una comunidad que compartía algo más que un proyecto cinematográfico.

La película tuvo su estreno mundial en febrero de 2026, en el Festival Internacional de Cine de Berlín, uno de los escenarios más importantes del cine mundial. Ahí obtuvo el Oso de Cristal a Mejor Película Generation 14plus y también el Gran Premio del Jurado Internacional Generation 14plus, dos reconocimientos que confirmaron que aquella historia, nacida de una apuesta arriesgada y de años de trabajo, había encontrado eco mucho más allá del set.

Cuando Velázquez recuerda el recorrido de la película, no habla primero de los premios. Habla de las funciones. De las personas que se acercaban después de la proyección para contar que la historia las había conmovido o que, por primera vez, alguien había puesto en palabras algo que ellas mismas no sabían cómo nombrar.

Para ella, ese momento resume el sentido del cine. Cuando la película deja de pertenecer al equipo que la hizo y empieza a circular entre quienes la ven.

El cine también tiene costos. El principal es el tiempo. Los rodajes ocupan jornadas prolongadas y los proyectos pueden tardar años en concretarse. Velázquez reconoce que ese oficio le quita horas con su familia y con su propia vida. Sin embargo, también le ha dado algo difícil de medir. Experiencias, lugares, amistades nacidas en medio de un rodaje. Incluso su matrimonio surgió con alguien del propio medio cinematográfico.

Cuando se le pregunta qué le gustaría que dijeran de ella dentro de muchos años, responde con cautela. Tal vez que trabajó mucho para hacer películas memorables y transformadoras.

Es una respuesta breve, casi tímida. Pero basta con mirar los créditos de cualquier película para entender algo que el público rara vez piensa.

Las historias que vemos en la pantalla empiezan mucho antes de que alguien grite “¡Acción!”. Empiezan cuando alguien decide que una historia merece existir. Y después insiste, durante años, hasta que finalmente se enciende la luz del proyector.  

Dejar un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *

MAGIS, año LXII, No. 513, mayo de 2026, es una publicación electrónica mensual editada por el Instituto Tecnológico y de Estudios Superiores de Occidente, A. C. (ITESO), Periférico Sur Manuel Gómez Morín 8585, Col. ITESO, Tlaquepaque, Jal., México, C.P. 45604, tel. + 52 (33) 3669-3486. Editor responsable: José Israel Carranza Ramírez. Reserva de Derechos al Uso Exclusivo No. 04-2018-012310293000-203, ISSN: 2594-0872, ambos otorgados por el Instituto Nacional del Derecho de Autor. Responsable de la última actualización de este número: Édgar Velasco, 1 de mayo de 2026.

El contenido es responsabilidad de los autores. Se permite la reproducción previa autorización del Instituto Tecnológico y de Estudios Superiores de Occidente, A. C. (ITESO).

Notice: This translation is automatically generated by Google.