Falsas consolaciones

Imagen realizada con IA.

Falsas consolaciones

– Edición 513

Imagen realizada con inteligencia artificial.

La consolación verdadera es un signo sensible de la presencia de Dios que se comunica con su creatura. Se puede decir que la consolación es el lenguaje propio de Dios

Recordemos que en el discernimiento, a la hora de evaluar una moción, a la par que su contenido (la invitación concreta a la que nos sentimos convidados a responder), es fundamental tomar en cuenta el estado de ánimo que la acompaña. Y enunciábamos tres estados de ánimo fundamentales que descubre san Ignacio: la consolación, la desolación y el tiempo tranquilo (este último implica ausencia de consolación y desolación).

El tiempo tranquilo es el más peligroso de todos, debido a que no se tiene un referente afectivo claro (basado en el estado de ánimo que se imprime en la conciencia de quien siente la moción) que permita descubrir si su procedencia es del Buen Espíritu o del malo. Como regla básica y general, Ignacio propone la consolación como proveniente de Dios (por lo que habría que hacer caso y responder afirmativamente a la invitación que la acompaña) y la desolación como proveniente del mal espíritu (y, por lo tanto, se recomienda no tomar ninguna decisión cuando nos sentimos desolados).

Todo parecería, así, un procedimiento sencillo para tomar buenas decisiones. Pero el discernimiento de espíritus es más complejo que eso. Podemos llegar a experimentar falsas consolaciones y, en ocasiones, Dios nos puede mandar una desolación para ayudarnos en nuestro camino espiritual. En esta entrega hablaremos de la falsa consolación.

San Ignacio dice que sólo Dios y sus ángeles (el Buen Espíritu) consuelan de verdad, el mal espíritu consuela falsamente, pero nadie puede consolarse a sí mismo. De entrada, no hay que confundir la consolación con la alegría efímera de sentimientos gozosos o satisfacciones de todo tipo que yo me puedo proporcionar. Por ejemplo, si me va bien en un emprendimiento o salgo de una enfermedad es natural que me ponga contento. No podemos confundir eso con una “consolación”. Y menos considerar consolaciones las alegrías que provienen de acciones reprobables, como llevar a cabo una venganza o apropiarse indebidamente de bienes. San Ignacio denomina a estas alegrías efímeras y/o ilegítimas como “delectaciones”, para diferenciarlas de una auténtica consolación.

La consolación verdadera es un signo sensible de la presencia de Dios que se comunica con su creatura. Se puede decir que la consolación es el lenguaje propio de Dios. Recordemos las tres características de la consolación: es clara (Dios nos invita a tomar decisiones con respecto a acciones concretas, Dios no juega con acertijos); nos entusiasma por lo que nos pide Dios y, finalmente, nos comunica paz y armonía interior. Si faltara alguno de estos elementos (claridad, entusiasmo y paz interior), habría que poner en duda si en efecto estamos ante una moción consolatoria.

Hay otras características que nos permiten detectar una auténtica consolación. Por ejemplo, una verdadera consolación guarda siempre coherencia con el todo de la vida (es decir, no me aparta de mi itinerario vocacional conocido). No contradice decisiones realistas discernidas anteriormente, ni lleva a acciones que las contradigan. Por ejemplo, san Ignacio cuenta su experiencia de cómo devociones distractivas, que aparentemente lo consolaban, empezaron a afectar el tiempo que le dedicaba a su estudio y su descanso, amenazando con dar al traste con su propósito, anteriormente bien discernido y confirmado, de estudiar con ahínco para poder “ayudar a las almas”.

En las reglas de la segunda semana, san Ignacio nos habla de algunas de las formas en que el mal espíritu engaña por medio de consolaciones falsas. Siguiendo el dicho evangélico: es un lobo disfrazado de oveja. En EE 332, Ignacio describe:

Propio es del ángel malo, que se forma de ángel de luz (sub angelo lucis), entrar con el alma devota y salir consigo; es decir, traer pensamientos buenos y santos conforme a los propósitos y proyecto de vida del alma devota, y después, poco a poco, procura de salirse con la suya trayendo al alma a acciones desproporcionadas o que no le corresponden, acabando por desanimarla y “desolarla”.

En el lenguaje y la sensibilidad de su época, san Ignacio nos muestra en este texto una de las trampas del mal espíritu. Ante quienes han hecho propósito de seguir al Señor, en vez de presentarles tentaciones aparentes, entra con sugerencias de cosas en principio buenas, pero que no les toca realizar a las personas a las que está confundiendo. Otra manera de desviarlas es exagerando lo que Dios le ha pedido a la persona, como si estuviera estirando una liga hasta que esta termine reventándose. Una experiencia personal ayudará a entender cómo funciona concretamente este mecanismo de engaño.

Recuerdo una ocasión en la que tuve, en un acompañamiento espiritual, a un joven que había estado en la vida religiosa y que finalmente se sintió traicionado por Dios, por lo que no sólo optó por dejar su congregación, sino que incluso abandonó la fe. Conversando con él me compartió algo de su historia:

Provenía de una familia acomodada y estudió en una escuela de religiosos. Ahí fue sintiéndose llamado a entrar en la vida religiosa. Su familia se opuso radicalmente a su proyecto, pero él se sentía siempre confirmado por el Señor y con una consolación cada vez mayor. Cuando terminó el bachillerato y alcanzó la mayoría de edad, entró en el noviciado de su congregación. La consolación se mantenía y se profundizaba.

Una vez terminada su formación básica, se sintió llamado a una vida misionera entre los pobres. Encontró una fuerte oposición entre las autoridades de su congregación, porque consideraban que sería un “desperdicio”. Habrían preferido que se dedicara a la educación formal y se convirtiera en un imán de atracción de nuevas vocaciones. Con todo, él se sentía particularmente consolado al pensar en el llamado a una vida sencilla de misionero entre los más pobres.

Finalmente, recibió el permiso y se fue a la misión. Estaba muy contento y confirmado en esta nueva etapa de su vida. Encontrándose allá, llegó una invitación del gobierno general de su congregación para que religiosos se ofrecieran para ir a fundar una misión en un país muy pobre. Él se sintió invitado (y muy consolado) a ofrecerse para ese servicio. Nuevamente, le costó trabajo convencer a las autoridades de su provincia religiosa, pero finalmente aprobaron su envío a la nueva misión. Él llegó y asumió con mucha consolación este nuevo envío que, estaba seguro, venía de Dios.

Al cabo de un par de años en esta misión, mismos que vivió con mucha alegría y consolación, sintió una nueva invitación, que se presentaba como aún más radical. Iba en estos términos: “Tú estás aquí jugando a ser pobre. Los verdaderos pobres son los nativos a los que pretendes servir. Si a ti te falta algo, te lo da la congregación. Si te enfermas, no te falta médico ni medicina. Tienes comodidades inalcanzables para las personas locales. En el fondo no estás realmente con los pobres”.

Junto con este pensamiento, después de un primer entusiasmo para revisar maneras de acercarse más a la vida de los habitantes del lugar donde servía, entró en la vida del joven religioso una inquietud que no había experimentado antes. Por un lado, la argumentación le parecía válida: efectivamente, no vivía como los pobres, aunque su vida fuera muy sencilla y austera. Pero, por otro lado, constatar esa distancia entre él y la cotidianidad de la gente más desprotegida lo llenaba de inquietud, dolor y culpa —aquí tenemos un primer indicador de que algo no está funcionando bien: la confusión, el malestar y la culpa—.

De improviso le vino la moción: “Renuncia a la vida religiosa y al paraguas de protección que te proporciona y vete a vivir a la aldea como un habitante más”. La solución parecía válida y tenía la envoltura de una opción “más radical y congruente” con su deseo de compartir la vida con la gente marginada. Considerarse así, totalmente desprovisto (como vivía la gente) y sentirse confiando sólo en Dios, le comunicaba entusiasmo, pero éste no duraba. No terminaba de encontrar paz con esa opción. Interpretó ese malestar como una excusa de su ego comodino y tomó la decisión de dejar su comunidad religiosa, haciendo caso omiso a las objeciones que le presentaban sus hermanos de congregación. Renunció a su instituto religioso y se fue a vivir como pobre entre los pobres.

Al cabo de un par de meses enfermó gravemente. Las personas de la comunidad fueron a avisarles a sus antiguos hermanos de congregación el estado en que se encontraba. Ellos fueron a buscarlo y, viendo lo delicado de su situación, lo transportaron a la capital del país, desde donde su familia se encargó de repatriarlo a su país de origen. Una vez ahí, inició una serie de tratamientos largos, costosos y molestos, con los que finalmente recuperó la salud.

En esta última convalecencia le vino a la mente una idea que lo fue metiendo en una noche oscura y depresiva: que Dios “lo había engañado”. Lo sacó de su familia y lo fue conduciendo por decisiones sucesivas hasta llevarlo a lo que aparecía como una opción evangélica radical y ahí lo había abandonado. Él había sido fiel hasta el final y Dios no había cumplido su parte. Ahí se encontraba cuando nos conocimos.

Ante situaciones como esta, san Ignacio recomienda discernir en todo momento las consolaciones (EE 334):

Cuando caigamos en la cuenta de la trampa del “enemigo de natura humana” por el mal fin a que induce, aprovecha analizar el desarrollo de los buenos pensamientos por los que nos llevó y su principio y cómo poco a poco procuró hacerla descender de la suavidad y gozo espiritual en que estaba para desanimarla y desesperarla, haciéndole abandonar su camino de santidad. Este conocimiento nos ayudará a estar en guardia para no caer nuevamente en los acostumbrados engaños del mal espíritu.

En el caso que describimos, la recomendación al joven exreligioso fue que analizara con atención cuándo y cómo se instaló esa sensación de inquietud y culpa. Es una señal de que algo no está andando bien. El ideal sería no decidir nada en ese estado. Y en el caso de alguien que, como él, hubiera tomado una mala decisión, no se trataría de tirar todo el recorrido por la borda (como él lo estaba haciendo), sino de regresar al último estado/decisión en que se sintió realmente confirmado (vivir como religioso en una misión con personas marginadas).

Por lo tanto, hay dos maneras de descubrir consolaciones falsas. La principal es ver hacia dónde nos llevan. Las de Dios son buenas en el principio, en el medio y en el fin. Nos dejan en paz y entusiasmados. Las falsas terminan llevándonos a algo malo, o distractivo, dejándonos inquietos, sin paz, confusos y desanimados.

La otra manera de percatarnos de falsas mociones consolatorias es que tienden a exagerarlo todo, llevando a extremos y causando ruido interior. El mal espíritu, en cualquier caso, no puede producir el toque dulce y suave de Dios. Se hace presente en forma llamativa, desproporcionada, inquietante. Es incapaz de dar paz.

En nuestra siguiente entrega hablaremos de la desolación y su lugar en los procesos de discernimiento.  

Para saber más
:: Visita el sitio web de Alexander Zatyrka, SJ, “El camino de la mistagogía”.

Dejar un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *

MAGIS, año LXII, No. 513, mayo de 2026, es una publicación electrónica mensual editada por el Instituto Tecnológico y de Estudios Superiores de Occidente, A. C. (ITESO), Periférico Sur Manuel Gómez Morín 8585, Col. ITESO, Tlaquepaque, Jal., México, C.P. 45604, tel. + 52 (33) 3669-3486. Editor responsable: José Israel Carranza Ramírez. Reserva de Derechos al Uso Exclusivo No. 04-2018-012310293000-203, ISSN: 2594-0872, ambos otorgados por el Instituto Nacional del Derecho de Autor. Responsable de la última actualización de este número: Édgar Velasco, 1 de mayo de 2026.

El contenido es responsabilidad de los autores. Se permite la reproducción previa autorización del Instituto Tecnológico y de Estudios Superiores de Occidente, A. C. (ITESO).

Notice: This translation is automatically generated by Google.