“No, gracias”
José Israel Carranza – Edición 512

Cuando la sobriedad es la meta tras el paso por el infierno, literariamente hablando la cosa se pone por lo general mejor
Al contrario de las adicciones y los vicios, la sobriedad parece revestir escaso interés. O bien, para ponerlo en términos de lo que importa en literatura, quienes escriben sobre y desde la claridad mental no cuentan con las facilidades dramáticas que suelen abundar en las vidas desgarradas por la dependencia y oscurecidas por el dolor. Las batallas de la voluntad sometida suelen dar forma a destinos trágicos y pesarosos, y por ello inolvidables. En cambio, quien busque dar testimonio de los serenos goces que deparan la templanza y el autogobierno tendrá más complicado retener nuestra atención como lectores.
Acaso se trate de una derivación del contraste entre lo apolíneo y lo dionisiaco. En la exultación que suele acompañar a la embriaguez se desatan las pasiones y se incurre en excesos que pueden ser de suyo fascinantes. En la contención y en optar por la moderación y la renuncia, sin embargo, da la impresión que la imaginación literaria se queda sin mucho que hacer. No obstante, hay una tercera vía: la de la redención. Cuando la sobriedad es la meta tras el paso por el infierno, literariamente hablando la cosa se pone por lo general mejor. ¿Será porque siempre acecha el peligro de la recaída? Tal vez, en el fondo, todo sea mera cuestión de formas: a fin de cuentas, entre el “¡Salud!” y el “No, gracias”, cualquier cosa puede pasar.
La sobriedad imposible
La broma infinita, de David Foster Wallace (Penguin Random House)
Acaso cuente como la más alta cumbre de la literatura cuyo asunto central es la adicción. Es difícil imaginar alguna variedad de dependencia que haya quedado omitida: drogas, alcohol, sexo, poder, éxito… Entre la Academia Enfield de Tenis y la Ennet House, un centro de recuperación para adictos desechados por el mundo, los cientos de historias que se entreveran aquí dan cuenta de un mundo abocado a su aniquilación en la medida en que cada ser humano es capaz de destruirse de modos inimaginables. Deslumbrante hasta el punto de lo intolerable, La broma infinita es, desde luego, muchísimo más que esto. Su autor alegó en más de una ocasión que lo que había logrado era inmensamente triste.
Contra el puritanismo
La taberna errante, de G. K. Chesterton (Acuarela & A. Machado)
La sobriedad como política pública —es decir: como imposición del Estado— es puritanismo sin más. Crítico siempre ante excesos de este tipo, Chesterton imaginó una taberna ambulante que un par de ingeniosos pone a circular por una Inglaterra donde el alcohol ha quedado prácticamente proscrito. No son sólo las ganas de beber libremente las que impulsan la empresa, sino algo más significativo para toda sociedad: el espacio para la civilización que puede ser una taberna al propiciar expansiones del espíritu que serían impensables en una realidad completamente abstemia —cosa que, por lo demás, es imposible—.
El último cigarro
La conciencia de Zeno, de Italo Svevo (Penguin Random House)
Zeno entiende que su dependencia del tabaco no sólo acabará por matarlo, sino que además mina su vigor y adelgaza su voluntad; cree, por tanto, que proponiéndose abandonar el vicio recuperará el control sobre sí mismo, y así va encendiendo, uno tras otros, los interminables últimos cigarros con que posterga la renuncia definitiva. Sabemos —y él, evidentemente, lo sabe también— que tras la sobriedad anhelada hay otra salida, consistente en reconocerse como el mentiroso compulsivo que es. Pero tal posibilidad parece que le está vedada… O, en todo caso, sería incapaz de encararla sin el humo indispensable del siguiente último cigarro de su vida.
La lucidez
La huella de los días, de Leslie Jamison (Anagrama)
“La primera vez que la viví —la sensación de embriaguez— tenía casi trece años […] Sencillamente me encantó”. Así arranca el recuento pormenorizado que la autora hace de su descenso a los abismos de la adicción y, lo que más interesa, de su reincorporación a la vida y a la lucidez que había dejado en suspenso por largos años. Es, también, el conmovedor testimonio de alguien que, pese a todo, continúa creyendo en la posibilidad de la felicidad. Ensayista y periodista de alto voltaje, Jamison tiene la virtud, entre muchas otras, de lograr que sus relatos toquen decisivamente las vidas de quienes tienen la suerte de encontrarlos, aun cuando se ocupen de una lucha tan personal e íntima como la que tiene lugar en estas páginas.