La bestia lenta vs. el algoritmo del nanosegundo

Foto: David de la Paz / EFE

La bestia lenta vs. el algoritmo del nanosegundo

– Edición 509

Foto: David de la Paz / EFE

¿Cómo es la lectura en tiempos de algoritmos y redes? Si bien es cierto que las prácticas lectoras han ido transformándose en los últimos tiempos, hay razones para confiar en que los libros y los lectores tienen mucho futuro

Swipe: un hombre con un poco de sobrepeso baila “Can’t Touch This”, de MC Hammer, mientras su esposa lo observa con sorna (43 segundos). Swipe: una joven comparte las tres cosas que puedes hacer sola para salir de la rutina y luego suelta un anuncio de agua purificada (23 segundos). Swipe: una reseña literaria de la narradora Aura García-Junco, quien también es una activa promotora de la lectura en redes sociales como Instagram y TikTok. Dura alrededor de tres minutos. Y eso ya es demasiado tiempo.

Ahora piensa en lo que es tomarse el atrevimiento y la pausa de venir a una revista a leer un reportaje de más 2 mil 800 palabras en torno a la lectura. Ni que no tuvieras nada que hacer. ¿Leer Los Miserables? ¿Estás mal de la cabeza? La tecnología ha convertido la capacidad de atención en un problema nunca antes visto, y el síntoma más claro es cómo se consumen incluso los mismos medios audiovisuales.

En una plática virtual —muy ad hoc a los tiempos—, García-Junco afirma que hoy en día, al escribir guiones para series se debe tomar en cuenta que el público ya no está realmente “viendo” la acción, sino que “estará escuchando por medio de los diálogos”.  El fenómeno es tan ubicuo que ya tiene un nombre en la industria: “las dos pantallas”. Esto sucede porque la gente ve las series con un teléfono enfrente, en esa vorágine digital en la que las notificaciones son tantas y tan demandantes como para olvidarse de ellas.

En este contexto, en que incluso el entretenimiento se consume de manera parcial e imperfecta, la lectura de un libro se alza como un ejercicio cognitivo invaluable, y más aún como un acto contestatario. El libro es una “bestia lenta”, dice la autora del ensayo El día que aprendí que no sé amar (Seix Barral, 2021), una tecnología que exige toda la atención, a diferencia del smartphone que incluye teléfono, agenda, pasatiempos y 20 funciones más que el algoritmo cumple en nanosegundos.

Pero, entonces, ¿la gente está leyendo o no?

Sí, pero no como te lo imaginas.

Foto: Pxhere

Leer a saltos

Mónica Márquez, mediadora de lectura y titular de la Dirección de Información Académica al frente de la Biblioteca Dr. Jorge Villalobos Padilla, SJ, del ITESO, identifica un estilo de lectura “fragmentaria”, que predomina hoy en día. Saltamos del audiolibro al libro, o del poema al post a la menor provocación: es el multitask de la cultura, pero pasa no sólo en nuestras lecturas, ocurre también en el multiverso transmedia que se desliza entre el pódcast y las canciones de Spotify, entre los videos de YouTube, los reels de Facebook e Instagram y el mensaje de WhatsApp.

“Se han ampliado muchísimo los soportes de lectura, las modalidades, los temas, pero se sigue leyendo. Es lo que mi discurso esperanzador quiere creer. El libro tradicional de la biblioteca se complementa con el libro digital o el audiolibro. Se leen muchas cosas al mismo tiempo. Oyes un pódcast y, simultáneamente, en tu buró tienes un libro y tu Kindle”, explica Márquez.

El vértigo de la vida, la incesante e inmensa cantidad de oferta lectora, pero también esa atención pulverizada, convierten en bicho raro a quien tenga la osadía de ponerse a leer mamotretos de más de mil páginas; sin embargo, ha abierto espacios para otros géneros como el cómic, la novela gráfica, el manga, el cuento, el microcuento e, incluso, la poesía.  

“La lectura nunca ha sido un fenómeno de masas”, apunta García-Junco. En algún momento fue un medio popular porque existía la novela de folletín y aún no nacía la televisión. Pero una vez que llegaron los mass-media, nunca se extendieron tanto como para afirmar que hubiera una decadencia de la lectura. Paradójicamente, el siglo XX ha sido, por razones socioculturales, el de mayor acceso a la educación y a la democratización del conocimiento, el siglo en que más se ha leído.

Foto: Luis Ponciano.

De letras a likes: la fiebre lectora en vertical

¿Quién necesita críticos cuando existen los tiktokers? Para conocer las novedades literarias basta deslizar un dedo de modo vertical en nuestro móvil, el ya tan usado anglicismo swipe.

Sigamos con las paradojas: esa misma “segunda pantalla” a la que nos referimos renglones atrás es la que alimenta la transformación. Los algoritmos y las redes sociales, con sus booktubers, booktokers y comunidades literarias, influyen de tal manera en la lectura que ya las editoriales los reconocen como guías para sus lectores. Sí, la atención es fragmentaria y la vida acelerada, pero la lectura se ha vuelto multimodal y social, con lo que se demuestra que, si bien el libro ya no es el objeto de culto familiar que adornaba las bibliotecas personales, la necesidad humana de encontrar un punto de encuentro en la literatura sigue tan viva como siempre.

Estos mediadores digitales han complejizado el ecosistema del libro, apoderándose de un papel que antes cumplían los libreros, críticos y revistas impresas. Pero este modelo de marketing, en el que muchas editoriales incluso proveen a los influencers lectores de novedades para que las promuevan, es un arma de doble filo.

El lado positivo es que las plataformas digitales tienen un inmenso potencial para crear comunidades de personas que discuten y encuentran afinidades en la literatura. El entusiasmo es el motor de estos grupos que tienen afición por la lectura. Estas comunidades replican nuevos cánones. García-Junco destaca, por ejemplo, el fenómeno promovido por mujeres jóvenes, que son las principales consumidoras de literatura y se interesan en recuperar una tradición literaria poco visitada. Esto incluye la lectura de autoras clásicas como Elena Garro, Rosario Castellanos o Josefina Vicens, y este interés ejerce presión sobre las editoriales para que reimpriman los títulos de estas autoras.

Otra singularidad son espacios como la plataforma Wattpad, en los que se desarrollan comunidades lectoras, pero también creativas y colaborativas, que ahí publican y leen historias originales por capítulos e interactúan con otros usuarios, siguen autores, producen fanfiction (obras que derivan de otras obras), crean comunidades temáticas y son semilleros de autores que posteriormente llegan a las editoriales tradicionales.

El fenómeno digital facilita la divulgación de temas que antes eran meramente académicos. Márquez subraya que las reseñas de los booktubers están hechas en el lenguaje de los nuevos lectores, muy visuales y actualizados. Incluso, algunos influencers “realizan curaduría, no sólo de novedades, sino de clásicos, creando paquetes y recomendaciones de rutas literarias”.

Aprovechando las tecnologías de lo virtual, clubes de lectura de todas partes del mundo se reúnen a discutir sobre libros. Foto: Club de Lectura / Facebook

La influencia de los influencers

Pero el problema central de la promoción digital radica en la mercantilización y la falta de transparencia, ya que estas dinámicas replican vicios de otros mercados de influencers.

García-Junco reconoce que hay poca transparencia para saber si la persona que recomienda un libro lo hace por gusto genuino o porque le pagan por hacerlo, lo que es muy evidente en el mundo de los bestsellers o en la literatura juvenil, pero no en mercados menos dinámicos como lo es el de la literatura adulta, o “seria”, por llamarla de algún modo.

Incluso, el papel tradicional de las librerías se ha trastocado. Antes, explica Márquez, la librería proveía y el crítico recomendaba; ahora, la librería está atenta a ver qué está recomendando el influencer, y llega incluso a crear estantes dedicados a sus recomendaciones.

Para Peggy Espinosa, de la independiente Petra Ediciones y cuya labor ha sido reconocida con el Premio Nacional Juan Pablos al Mérito Editorial; el Bologna Ragazzi New Horizons, que otorga la Feria del Libro para Niños de Bolonia; y el Premio al Mérito Editorial de la Feria Internacional del Libro de Guadalajara, hay una distinción crucial entre el mediador, que busca el bien común y la formación lectora, y el promotor, que busca la venta. Ella cuestiona si el formato digital permite realmente la mediación de un libro, ya que la atención se dispersa pronto en estos dispositivos.

“Puede haber algunos mediadores en las redes. Pero el tiempo es un factor cualitativo en el libro. ¿Cuánto tiempo puedes escuchar a un mediador digital? En una reunión de Zoom, por ejemplo, yo me pierdo, siento que hablo al viento, los chavos están 10 minutos interesados, pero a los 15 ya hay uno que apaga la pantalla”, dice Espinosa.

Frente al riesgo de seguir una sola línea, la recomendación para el lector es clara: es vital hacer tu propia curaduría de libros, pero también de influencers. Crear un canon personal mediante una exploración activa, en lugar de recibir pasivamente las recomendaciones del algoritmo.

La Libre

En un entorno de metamorfosis de la práctica lectora, el ITESO ha apostado por volver a lo básico con la apertura, en 2026, de la librería La Libre en las instalaciones de la Biblioteca Dr. Jorge Villalobos Padilla, SJ.

Para Mónica Márquez, directora de la biblioteca, se trata de un paso significativo y disruptivo en el fortalecimiento del ecosistema lector universitario y de su entorno académico y cultural, heredero de una importante tradición educativa jesuita. “La Libre ofrece una alternativa al modelo comunitario y compartido de la biblioteca, permitiendo al lector conservar, elegir para sí mismo, llevar más lejos o hasta regalar el libro, y completa una labor que le hacía falta a la universidad como institución viva”.

También da una ventana más de salida a la producción editorial que proviene del mismo sello que posee la Universidad. Este espacio se beneficiará del flujo constante de la comunidad, ya que la biblioteca registra 3 mil 700 ingresos diarios de personas en promedio.
La librería está concebida como un espacio de encuentro y de mediación. Su objetivo es ser un sitio donde las personas son importantes junto a los libros; ahí se puede recibir una recomendación, asistir a sesiones de lectura o coincidir con un autor. No será una librería tradicional, sino que se enfocará en encuentros personalizados y en la cercanía. Debido a que es un espacio pequeño, la curaduría de sus libros estará muy planificada. La oferta incluirá títulos necesarios para las trayectorias universitarias y del conocimiento generado en el ITESO. Pero también tendrá obras de todo tipo, incluyendo libros para niños, de arte, discos, vinilos y accesorios que complementan la vida lectora o cultural de la Universidad. Además, será un lugar importante para los autores independientes, cuyos libros son difíciles de encontrar.
Su creación es un esfuerzo interdepartamental e interdireccional que conjunta la labor de la Biblioteca y de la Oficina de Publicaciones del ITESO. Además, su apertura está vinculada al nuevo diplomado en Literacidad y Promoción a la Lectura que también comienza en enero, y que busca profesionalizar a los mediadores.
Abrir La Libre es un signo que afirma la importancia que la Universidad concede a la lectura: “En general, todos los que nos dedicamos a la lectura, desde autores, editores, libreros, mediadores, somos ahora revolucionarios en este mundo, y pues de eso se trata, el ITESO tiene que ser rebelde”, concluye Márquez.

Yo leo, tú lees, nosotros leemos

Pero hay cosas que nos arrojan a los suaves pétalos de la esperanza lectora: la crisis de la atención (fomentada por el uso de pantallas) coexiste con una renovada necesidad de encuentros humanos, que se manifiesta en tendencias opuestas a lo efímero de lo digital: el auge de los clubes de lectura y el regreso al libro impreso en ciertos sectores.

Aunque las comunidades alrededor del libro siempre han existido, el resurgimiento de los círculos lectores fue especialmente notorio después de la pandemia por covid-19, cuando el ansia de contacto presencial nos pulsaba en la sangre.

Unirse a un club ha sido clave para que muchas personas quieran retomar el hábito. García-Junco, quien tan sólo este año ha acudido a más de 50 sesiones de estos clubes en distintos sitios del país —muchos de ellos virtuales—, destaca casos de quienes no leían desde hacía 10 años y, tras inscribirse, lograron leer un libro al mes. “Esto no ocurre en soledad en las redes sociales, es un baile con el mundo de afuera”, señala.

Márquez ha observado un fenómeno reciente entre las nuevas generaciones: un regreso al libro impreso. “Los jóvenes, que han leído muchísimo en digital, están redescubriendo la lectura en el formato impreso como una práctica”, y esto coincide con el crecimiento de las reuniones colectivas “para volver a paladear la lectura profunda en grupo”.

El formato físico ayuda a la memoria espacial y a la concentración, opina García-Junco, pues permite al lector ubicar en qué parte ocurrió algo considerando el volumen de páginas. Otra ventaja es que “el libro es el libro y ya, es una tecnología con una sola función, diseñada para que el lector no se distraiga, que le evita el vórtice de notificaciones y otras ventanas presentes en los smartphones o en las computadoras”.

Espinosa añade que tener el libro en las manos ofrece una experiencia que va más allá del propio contenido. Desde el diseño editorial se destaca que la materialidad (el peso, el formato o la tipografía) permite una apropiación sensorial diferente, exige movimientos oculares diferentes que generan un proceso cognitivo distinto y hacen que la experiencia de la lectura sea mucho más relevadora y trascendente.

“En el libro saltas a leer la vida y la realidad. No es nada más para entretenerte un ratito: el modo en que lo incorporas a la vida te permite incluso tomar decisiones, te abre posibilidades de mirar. El libro es un presente donde estás compartiendo las miradas del autor y puedes incluso establecer un diálogo con él. El libro es sistémico”, asegura.

Foto: Zowy Voeten.

El rol del Estado y el sistema económico en la lectura

El libro todavía cumple una función muy importante en la sociedad. Por ello, para Espinosa, la promoción lectora es una labor que también debe ser atendida por el Estado, dada su misión de preservar la cultura, el pensamiento, la historia, la memoria y la educación.

Para garantizar la supervivencia del ecosistema del libro, el Estado debe fortalecer las estructuras de soporte y actuar como un comprador crucial, de entrada, fortaleciendo el Sistema Nacional de Bibliotecas mediante compras que sustenten la industria editorial. En países como Francia, Canadá o España, las compras destinadas a las bibliotecas públicas ayudan a sostener la producción editorial.

A la par, considera necesario fortalecer programas de promoción, como los que ya se han instrumentado a lo largo de distintas décadas en México, tales como la colección Libros del Rincón —iniciativa de la SEP lanzada en 1986 y distribuida en bibliotecas escolares y de aula—, el Programa Nacional de Bibliotecas Escolares y de Aula o las convocatorias de apoyo a la edición que lanzó en su momento el desaparecido Conaculta, por mencionar algunos. También se debe apostar por una profesionalización de toda la cadena del libro (autores, editores, imprentas, librerías). Esto incluye la formación de mediadores que busquen el bien común y la formación lectora.

García-Junco va más allá: señala que una de las causas más severas del bajo índice de lectura está directamente ligada a los altos índices de explotación laboral, pues subraya que trabajar más de 10 horas al día deja a las personas sin el tiempo ni la energía vital necesarios para leer: “Trabajamos demasiadas horas y en condiciones muy poco esperanzadoras”.

En estas condiciones, la lectura se convierte en un privilegio al alcance sólo de quien pueda costearlo, tanto en términos de dinero como de tiempo, o “para algunas personas que deciden contra viento y marea leer, sabiendo que eso les implica un esfuerzo adicional”.

En este tenor, leer es una actividad que compite, no sólo con las redes y otras formas de entretenimiento, sino con la falta de contratos estables, la ausencia de pago de horas extra o la dificultad para garantizar vacaciones, situaciones que contribuyen al agotamiento general que dificulta el consumo de literatura, incluso en personas que desearían leer.

Finalmente, Márquez señala que las mediciones actuales —como el Módulo de Lectura del Inegi (Molec)— se quedan atrás y son insuficientes para captar la complejidad de la realidad lectora. Estos instrumentos no registran modalidades crecientes, como el audiolibro o la lectura fragmentaria.

Ante esto, se requiere enriquecer los instrumentos para registrar la inmensa oferta de lectura actual y detectar más variedades. Preguntar cuántos libros se leen al año ya no es una unidad de medida adecuada, y podría ser buena idea comenzar a inquirir: “¿Cómo lees tú?”, “¿Qué significa leer para ti?”, a fin de entender a cabalidad cuánta agua —o cuánta lectura— está llegando a cada parte del campo, y no nada más conformarse con medir el nivel del río. 

¿Cómo leemos los mexicanos?

El lector tipo scroll y vertical hace a un lado al lector horizontal del cambio de página, así lo indica el Módulo sobre Lectura 2025 del Inegi (Molec), que revela una fractura en los hábitos de consumo de texto: aunque la mayoría de los mexicanos leen, la atención se desvía masivamente hacia las plataformas digitales, pues el tiempo dedicado a las redes sociales supera con creces el de la lectura tradicional.
El estudio, levantado entre el 2 y el 27 de junio de 2025, expandió su cobertura y para ofrecer una representación nacional de la población alfabetizada de 12 años y más, con una muestra de más de 4 mil 800 hogares.
Entre sus hallazgos, destaca el hecho de que la lectura en redes sociales consume en promedio 40 por ciento más tiempo que la lectura de libros y otros materiales. De los encuestados, 80.4 por ciento declaró leer en redes sociales, y la población lectora dedica un promedio de una hora y 23 minutos diarios a este tipo de lectura —en WhatsApp, Instagram o Facebook—, mientras que el tiempo dedicado a la lectura de libros es de 59 minutos por día.
Se identifica una categoría clave: “los lectores sólo de redes sociales”, que representa 13.1 por ciento de la población alfabetizada, quienes sí leen de manera intensiva (la lectura en redes es diaria para 85.2 por ciento de los lectores de este material), pero únicamente de ese modo.
Los resultados encontrados refuerzan la importancia del entorno familiar en la infancia: 64.4 por ciento de los lectores crecieron al lado de libros en casa, diferentes de los meramente escolares.
Entre los materiales más populares, los libros lideran con 61.9 por ciento, seguidos de las páginas de internet, los foros o los blogs, con 47.8 por ciento. Los datos muestran que los hábitos de lectura están fuertemente ligados al nivel educativo: 93.8 por ciento de las personas con educación superior son lectoras.
En cuanto al consumo de libros, la motivación principal sigue siendo el gusto (72 por ciento), frente a la necesidad (28 por ciento). El formato impreso (81.3 por ciento) prevalece sobre el digital (33.3 por ciento). En promedio, los lectores de este material leyeron 4.2 libros en 2025. Los resultados completos del Molec pueden consultarse en este enlace.

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MAGIS, año LXI, No. 509, enero de 2026, es una publicación electrónica mensual editada por el Instituto Tecnológico y de Estudios Superiores de Occidente, A. C. (ITESO), Periférico Sur Manuel Gómez Morín 8585, Col. ITESO, Tlaquepaque, Jal., México, C.P. 45604, tel. + 52 (33) 3669-3486. Editor responsable: José Israel Carranza Ramírez. Reserva de Derechos al Uso Exclusivo No. 04-2018-012310293000-203, ISSN: 2594-0872, ambos otorgados por el Instituto Nacional del Derecho de Autor. Responsable de la última actualización de este número: Édgar Velasco, 1 de enero de 2026.

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