Introducción al discernimiento
Alexander Zatyrka, SJ – Edición 509

Ser cristiano no significa solamente aceptar una serie de proposiciones doctrinales. Es, ante todo, una experiencia, una manera de percibir el mundo, una sensibilidad particular desarrollada por la asidua intimidad con Dios
Si necesitara un término para describir de manera sucinta el núcleo de la espiritualidad ignaciana, sin duda elegiría discernimiento. Discernimiento significa literalmente “distinguir separando” o “separar distinguiendo”. A quienes tenemos más edad nos tocaron prácticas como “cernir” la harina, es decir, pasarla por un tamiz para separar las basuras o grumos que solía traer (y que después tirábamos) a fin de dejarla limpia.
Desde la perspectiva cristiana e ignaciana, discernir implica distinguir el origen de las diversas ideas, pulsiones, invitaciones, vivencias, etcétera, que se presentan a nuestra conciencia para poder decidir correctamente sobre ellas. Tanto aquellas que tienen un origen bueno (que provienen de Dios o de una conciencia virtuosa) y reconocemos como buenas/constructivas, para realizarlas, como las que tienen un origen enfermo (el egoísmo, el mal espíritu) para identificarlas como malas/destructivas e ignorarlas.
Los Ejercicios Espirituales son una escuela de discernimiento. En el número 15, como parte de la decimoquinta adición, san Ignacio escribe:
Más conveniente y mucho mejor es, buscando la divina voluntad, que el mismo Criador y Señor se comunique a la su ánima devota, abrazándola en su amor y alabanza y disponiéndola por la vía que mejor podrá servirle adelante. De manera que el que los da [los Ejercicios] no se decante ni se incline a la una parte ni a la otra; mas estando en medio, como un peso, dexe inmediate obrar al Criador con la criatura, y a la criatura con su Criador y Señor.
Con esta instrucción, Ignacio deja claro que los Ejercicios no son un proceso de indoctrinación sino un itinerario espiritual que le permitirá a quien lo transite reconocer las comunicaciones de Dios hacia el ejercitante, para acogerlas. Se sobreentiende que esto implica saber diferenciarlas de las que no vienen de Dios y que deberán ser desechadas.
En su autobiografía (n. 27), Ignacio recoge la experiencia que origina su visión del mundo: “le trataba Dios de la misma manera que trata un maestro de escuela a un niño, enseñándole”.
Es decir, la pedagogía espiritual desarrollada y difundida por san Ignacio es el fruto de una vivencia de conversión y maduración espiritual personal, en la que él se sintió guiado y formado por Dios. Está haciendo referencia a una experiencia de comunicación con Dios que redunda en la adquisición de un conocimiento que antes no tenía.
Por lo tanto, la práctica del discernimiento parte de la convicción, constatada por Ignacio, de que Dios quiere y puede comunicarse con el ser humano, así como de que los seres humanos pueden percibir y comprender la comunicación divina. Dicho en otras palabras: Dios se comunica con los seres humanos a través de un lenguaje particular que, como todos los lenguajes que usamos, necesita ser aprendido. Este lenguaje presenta características propias, que se entienden desde la naturaleza revelada de Dios y las particularidades de la condición humana.
Aprender discernimiento implica un conocimiento de estas características y habilidades para quitar las dificultades y fortalecer los facilitadores. Practicar el discernimiento no tiene como objetivo un conocimiento más claro y específico de “quién es Dios” ni en qué consiste la relación con Dios, sino más bien que la persona se adentre desde la práctica correctamente orientada en una experiencia de comunicación con Dios. Se trata, como veíamos en el texto de Ignacio, de “unir el alma” con su Creador, de aprender a percibir y comprehender la manera como Dios nos comunica (comparte) elementos importantes para conducir nuestra vida en la dirección correcta.
El discernimiento se enfoca sobre todo en lo que sucede cuando una persona escucha y responde a la comunicación con Dios. Es decir, se enfoca en lo que sucede en la oración o en la comunicación consciente con Dios (que puede estar presente en otros momentos del día). Este trabajo debe basarse en situaciones reales (mociones, estados de ánimo, reacciones, etcétera, que describiremos a detalle más tarde) que el/la orante vaya experimentado en su vida. No tanto en sus propósitos o ilusiones, cuanto en lo que ha experimentado en esos encuentros con el Misterio.
Podemos decir que la comunicación de Dios se presenta en tres modalidades básicas:
Luces. Este término hace referencia a intuiciones que se presentan a la conciencia. Es decir, que sin que medie un proceso de estudio y análisis, la persona experimenta que situaciones complejas y difíciles de entender de pronto se aclaran. Quien experimenta una luz, ahora entiende con claridad lo que antes se le presentaba como un misterio indescifrable. Esta vivencia de iluminación nos permite ubicarnos con seguridad y asertividad en la vida.
Mociones. Con este término se nombran movimientos interiores (moción significa eso, “movimiento”), que se traducen en una posibilidad de acción. Dicho de otra forma, la persona se siente invitada a realizar una acción (“¿Qué tal si hicieras esto?”), a dejar de realizarla (“Ya no hagas esto”), o a modificar la manera como la ha estado haciendo (“¿Qué tal si ahora lo haces así?”). A diferencia de las luces, las mociones implican una decisión por parte de quien las experimenta: le hago caso y la instrumento, o la ignoro y no la realizo. Es decir, las mociones llevan a decisiones.
Experiencias. Son vivencias que no necesariamente implican entender algo (luces) o sentir la invitación a realizar algo (mociones). Normalmente están vinculadas a cambios en el estado de ánimo de la persona. Por ejemplo, pasar durante la oración de un sentimiento de malestar (tristeza, ansiedad, temor, ira, etcétera) a sentirse bien (en armonía, con entusiasmo, con alegría, con sentido, etcétera). La persona orante percibe este cambio como un don que la presencia de Dios le ha otorgado.
Quien discierne se ocupa de su relación con Dios, para responder a este Dios que se comunica, para crecer en intimidad con Él y para vivir las consecuencias de esta comunicación. Ya decíamos que el foco del discernimiento son las experiencias, no las ideas. Específicamente la dimensión religiosa de la experiencia, es decir, la dimensión de cualquier experiencia que implica el encuentro (religación, reunión) con la presencia del Otro, del Misterio, al que llamamos Dios.
Experiencia, según su significado etimológico, viene del latín experienta, que a su vez proviene de la raíz indoeuropea per-, que significa “tratar, probar, arriesgar[se], herirse, marcarse” (como denota su presencia en el sustantivo peligro (de “pe[r]ligro”). El prefijo ex– significa “fuera, fuera de, ir en busca de”. Por lo tanto, ex-per-iencia denota un salir de sí mismo que deja como resultado una marca, que nos deja una huella. Es decir, hace referencia al aprendizaje (conocimiento) por prueba personal.
Los místicos nos dan testimonio de que Dios siempre está ahí, comunicándose, dándose. Pero al mismo tiempo no es obvio. Para captar su presencia comunicativa necesitamos encontrarnos en lo que se ha llamado un “estado teopático”, de quien es capaz de “sentir a Dios”. La iniciativa de la experiencia de Dios viene de Dios. A nosotros nos corresponde prepararnos para “acoger” esa iniciativa divina.
Es importante subrayar que el encuentro con Dios no es descubrir un objeto. Dios no es un objeto material ni mental. Por eso, el camino de tratar de acercarse a Dios meramente a través de ideas o conceptos nos lleva a un callejón sin salida. El Dios vivo no es el fruto de un discurso o un pensamiento. No hay un objeto “Dios” que experimentemos.
La experiencia de Dios es más bien captar una “presencia”, que además de “ser/estar” se manifiesta como comunicativa o, mejor aún, como amorosamente comunicativa. Experimentar a Dios es hacernos conscientes de Dios dándosenos.
La experiencia de Dios, además, implica la constatación de que Dios está enamorado de mí, así como la captación en mi interior de un movimiento de amor recíproco: yo también me voy enamorando de Dios. Despierta el anhelo innato de todo ser humano a vivir en una comunión de amor: amar y ser amado.
Desde los inicios de nuestra fe, los cristianos han sustentado sus vidas en esta experiencia de Dios y en la relación consciente que se ha desarrollado de prestar atención a esa relación.
Ya Karl Rahner había afirmado en los años ochenta del siglo XX que el cristiano del siglo XXI sería un místico o no sería cristiano. Es decir, que sustentaría sus convicciones en un encuentro personal con Dios.
Esto no es nuevo. Los cristianos que sobrevivieron a la primera gran prueba del cristianismo, la herejía gnóstica, lo manifestaban en boca de Pedro en el Evangelio de Juan (6: 68-69): “Le respondió Simón Pedro: ‘Señor, ¿a quién iremos? Tú tienes palabras de vida eterna, y nosotros creemos y sabemos que tú eres el Santo de Dios’”.
Llama la atención el uso de dos verbos, creer y saber. Creer hace referencia a la confianza que los discípulos ponen en Jesús y en sus promesas, si bien estas siguen siendo promesas, pues su cumplimiento está en el futuro y no es constatable. Saber implica que esa confianza no es irracional, una especie de fideísmo, sino que está sustentada en la experiencia que ellos han tenido de Jesús, del amor que les ha demostrado, que les permite concluir que Jesús es una persona “confiable”.
Históricamente, hemos ido perdiendo este fundamento experiencial de la fe. Con la sospecha de subjetivismos que llevaban al engaño, se afianzó una visión de la fe como aceptación incuestionable de proposiciones dogmáticas, basada en la autoridad de la Iglesia (o, más bien, de los líderes de la Iglesia) como garantes de la transmisión fiel de esas verdades. Pero no hay que perder de vista que lo que precisamente permite una vida de congruencia y testimonio es sustentar nuestra adhesión a los principios doctrinales en una experiencia de Dios que los avala. La única roca cierta de la fe es la experiencia de Dios, en consonancia con lo que nos transmite la tradición de la Iglesia.
Por lo tanto, ser cristiano no significa solamente aceptar una serie de proposiciones doctrinales (si bien estas son un referente indispensable). Es, ante todo, una experiencia, una manera de percibir el mundo, una sensibilidad particular (una “estética”, como gustaba de llamarla Urs von Balthasar), desarrollada por la asidua intimidad con Dios que se revela como fuente de amor infinito e incondicional. Esta intimidad se origina de manera particular en la participación cotidiana en la oración como comunicación con Dios. Esta intimidad está llamada a ser tal, que el creyente se perciba “habitado” por Dios, con-formado con Dios. Y al mismo tiempo sostenido y guiado en su camino hacia la vida plena. Y éste es el fundamento de la práctica del discernimiento: aprender a reconocer el lenguaje de Dios para comunicarnos y adentrarnos en la comunión con él. De esto compartiremos en nuestras siguientes contribuciones.