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La última bala (niños refugiados)

Reproducimos esta reflexión de José Luis Pinilla Martín sobre el fenómeno de la migración de niñas y niños, específicamente de los que se han visto forzados a dejar Siria a causa de la guerra, que aparece en el sitio «Entre Paréntesis».
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Antetitulos: 

refugiados sirios

Por José Luis Pinilla Martín

El número de niños buscando asilo en Europa ha aumentado un 74 por ciento. De enero a julio, 106 mil niños solicitaron asilo en Europa. Y esta cifra no deja de aumentar. Migrantes y refugiados, huérfanos y perseguidos a causa de las bombas del hambre y de las otras en su odisea hacia Europa. Y más de 50 mil menores no acompañados procedentes de México y Centroamérica han llegado a Estados Unidos en los últimos ocho meses. Muchos son devueltos pero otros muchos están en un limbo migratorio, con amenaza de deportación.

Como Hanin, de 16 años y que vive en Austria. Dejó Siria con trece años después de que una bomba destruyera su casa. Dos años en Estambul y después viajando por Europa, solitaria o apoyada por extraños, hasta llegar a Austria. “Quiero que se dispare la última bala", declaró. “Aunque sea contra mí, quiero que sea la última. Y quiero que la gente me oiga”. 

En Ceuta y Melilla saben bien de esto. Cada día casi media docena de menores cruzan la frontera melillense “arropados” por traficantes y sin compañía familiar. Familias desesperadas por no poder ni siquiera tocar el puesto fronterizo español, pagan para que gente marroquí “haga de familia” y así cruzar la frontera con refugiados sirios a cambio de varios cientos, o miles, de euros. Buen negocio. Mientras unos respiran, otros se ahogan. Por ejemplo, los 40 menores que, viajando en la bodega cuando el barco zarpó, fueron obligados a pagar para poder subir a cubierta y poder respirar hasta que fueron rescatados a finales de agosto en Catania.

¿Menores?

Quizás entre muchos de los menores que llegan estén los “señalados o escogidos” por su familia para “saltar” a Europa y que su dinero —éste sin fronteras— pueda llegar a su familia en el país de origen. Un proyecto migratorio —igual al de los adultos refugiados o inmigrantes— cuyo eje central no es ninguna invasión sino el deseo pacífico de la incorporación al mercado de trabajo, el ahorro de dinero y el envío de remesas a las zonas de origen. Según distintos y probados estudios (el de United Nations Refugee Agency, por ejemplo), la población musulmana en Europa, contando todos los que llegan, no pasará de un 4 por ciento del total.

Europa considera como menores a los que en sus países no consideran como tal, ya que su concepción de la minoría de edad es muy diferente de la que a nivel social, cultural y jurídicamente hacemos aquí. Los jóvenes de las zonas empobrecidas asumen desde muy temprana edad cargas y responsabilidades con su familia y con la sociedad en la que viven muy por encima de las esperadas para la misma edad en España.

Allí sí. Pero aquí no. Y por eso se crea más dolor en los vulnerables por la edad según nuestros patrones sociales. Porque un menor, por ejemplo subsahariano, que más allá de las diferencias culturales y sociales existentes sobre la minoría de edad sea “arrojado” a Europa, tiene también repercusiones físicas y psicológicas en su vida, muy importantes incluso si supera el salto de fronteras por cualquier medio mientras deambula por nuestras calles. Es necesario redoblar el esfuerzo de integración a través de la escuela. Porque a nadie se le debiera robar ni su infancia ni su adolescencia. Esto es, nadie debería impedir “crear para cada niño portador del genio de Rafael o de Mozart, las condiciones económicas, políticas y culturales que le permitieran realizar todas sus posibilidades”, según decía y soñaba Roger Garaudy.

Seguirán llegando niños y niñas mientras la cooperación internacional al desarrollo, en sus diferentes niveles, con las zonas de procedencia de la migración internacional sigue siendo una de las más grandes hipocresías que más se vende políticamente.

Si al cruzar nuestra mirada con estos niños o jóvenes —muchos de ellos en riesgo— no queremos avergonzarnos, habrá que apostar por el trabajo en las comunidades de origen, especialmente con la población joven en el campo educativo y laboral. Y menos en políticas de seguridad. Y eso pasa por el reconocimiento del fracaso de la falta de políticas de cooperación y la necesidad de encararlo de manera preventiva, multilateral, multidimensional y sostenida en el tiempo —como pide el papa Francisco— con respuestas que atiendan a las causas estructurales que impulsan a tantos a escapar de la miseria e inseguridad que les ha tocado vivir. Los adultos y los niños seguirán viniendo y seguiremos siendo egoístas sin inteligencia porque seguiremos sin comprender que nuestro desarrollo y nuestra seguridad se basa fundamentalmente en el desarrollo de aquellos países de donde vienen. Y mientras tanto, ¡tanta muerte —tanta— y una sangría de vidas en el cruce de fronteras!

La prioridad ahora es salvar vidas del hambre y de la guerra. Pero para salvar y asegurar también las de mañana habría que empezar —¡desde ayer!— por salvar y asegurar  las vidas de todos, especialmente las de los niños y de los jóvenes refugiados en sus países de origen… Porque es “sencillamente atroz si es la humanidad la que se encoge de hombros” mientras espera la última bala.

NOTA: No se pierdan este video sobre la recogida de menores en Grecia. Me impresiona cuando la voluntaria frota la espalda del niño para que entre en calor. Más tarde otro niño, como si fuera un juego, hace lo mismo con un adulto. 

 

Este texto y la imagen que lo ilustra están tomados del sitio Entre Paréntesis, a cargo de los jesuitas en España.

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