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Hacer periodismo con el viento en contra

La violencia que experimentan los periodistas en México es diversa: además de la que tiene como fuente el crimen organizado, también está la que viene directamente de los funcionarios públicos. Y si se es mujer, la cosa se pone más difícil todavía.
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 Foto: Wikimedia.org

A l@s colegas que han desaparecido, muerto, callado o declinaron.

A l@s que no conocemos sus nombres ni las claras razones por las que renunciaron al oficio, pero que sembraron una migaja de verdad para la cruda realidad.

 

Primera parte: el género en la encrucijada de la violencia

Evasión

Evasión suele ser la sensación secundaria al miedo, la duda, la fragilidad por la que transita una víctima de ataque físico y psicológico.

Evades porque la frustración de que poco tienes por hacer te invade. Porque sabes que no hay para dónde correr, que tus cercanos se alejan o les pides involuntariamente que se alejen, porque no hay muchas estructuras a las cuales confiar si eres periodista y mujer.

Evadir es lo que hace un jefe ante la noticia de que una de sus periodistas está bajo amenaza, sobrevivió a un ataque o está siendo origen del acoso general al medio de comunicación para el que trabaja. Si no hay regaño, por lo menos se le neutraliza momentáneamente. En el peor escenario, la destituye de sus labores periodísticas.

Evasión con silencio y poca atención física, financiera, psicológica, es lo que hacen las instituciones de seguridad, procuradoras de justicia, cuando sin distinción de género se da un ataque a periodistas por la labor de investigación que han realizado o están llevando a cabo, en la que se evidencian prácticas políticas injustas, ilegales, impunes desde el gobierno, desde un grupo del crimen organizado o redes delictivas.

Las cifras no mienten, nos dicen cosas. Pero tampoco son exactas debido a que al evadir lo que le sucede a una reportera, se ocultan incidentes de seguridad por desconfianza y entonces no aparece el reporte en ninguna cifra.

Desde luego es vital detenernos en el incremento que, año con año, registra la estadística de atentados, agresiones, hostigamiento, asesinatos y desapariciones de periodistas, personas trabajadoras de los medios de comunicación, blogueros o activos usuarios de las redes sociales. Pero las formas, los modus operandi y el rasgo de ataque de género es lo que sitúa en alarmante el contexto nacional: según reportes de ONG’s, en 2008 fueron 5 casos de violencia contra mujeres periodistas, en 2009 se reflejan 13, en 2010 son 94 casos, en 2011 y 2012, 31 y 37 respectivamente.

Lejos de los números queda otra lista de acontecimientos e incidentes de seguridad entre reporteras, presentadoras de noticias, redactoras, fotógrafas, encargadas de publicidad, relaciones públicas o áreas administrativas de medios de comunicación, que difícilmente se reportarán, por lo que el sub-registro de este tipo de acciones violentas continúa; se auto asume la condición de desventaja por ser mujer y por tanto la vulnerabilidad se vuelve rasgo cotidiano: no hay sorpresa o sobresalto por ser acosada, hostigada, amenazada o violentada en los derechos como mujer y periodista. Y es que el periodismo que se hace en México brincó de un estatus alarmante a francamente un oficio tenebroso que orilla a muchas de las mujeres que lo ejercen a caer en prácticas no éticas, no seguras, no las propicias para garantizar la equidad y la protección de la libertad de expresión por no perder un empleo, un contrato, una exclusividad, un espacio en la redacción, una fuente de información institucional que facilite el trabajo.

 

Consternación.

Consternación y rabia es lo que brota cuando se narra la noticia que nunca se desea dar: asesinaron a una periodista, una reportera ha desparecido, hubo un nuevo ataque violento a la redacción de un diario, ultrajaron la casa de una colega o llegaron amenazas electrónicas. Inexplicables se vuelven ese tipo de pésimas noticias para algunos círculos y pequeñas redes de periodistas que autogestivamente se han configurado para pugnar por la libertad de expresión, el derecho a la información y la imperante garantía que debe existir en un país corrupto como México, donde a los periodistas responsables y comprometidos con el oficio no se les de trabajo. Por el contrario, se les persigue, coarta, acecha, mata.

El informe más reciente de AMARC-México detalla que, de 2008 a 2010, se recrudeció la persecución gubernamental que históricamente se ha ejercido contra las radio comunitarias que transmiten sin permiso, clasificándolas como ilegales y, por tanto, ejecutando operativos —sin diplomacia, con extrema violencia y en desapego a la Declaración Universal de los Derechos Humanos— a cargo de la Cofetel, la Segob y la PGR dirigidos contra estaciones que emiten señal con menos de 5 watts y cuyos realizadores radiofónicos, agentes comunicadores, son precisamente mujeres y niños.

No obstante, son pocos los casos que logran pasar de la consternación al repudio colectivo, aunque gradualmente se ha ido transformando la visión de que no sólo ciertos expedientes de colegas como Lydia Cacho, Anabel Hernández o Sanjuana Martínez son los que ameritan radicalizar la consternación.

 

Segunda parte: El contexto y sus actores

Indignación.

El Centro Nacional de Comunicación Social (Cencos) revela en su informe anual que, al 31 de diciembre de 2012, ocho personas fueron asesinadas a causa de su labor periodística o por laborar dentro de un medio de comunicación. Distrito Federal, Oaxaca y Veracruz son las entidades que arrojan la cifra más alta.

Las ocho personas asesinadas por ejercer el periodismo de manera cotidiana o laborar dentro de un medio de comunicación, sin duda, sabían que antes de ellos había otros más que también habían sido asesinados; muchos otros que vivían desplazados, hostigados, perseguidos, despedidos, "halconeados", señalados dentro de su redacción. Un egresado de cualquier escuela de periodismo, un recién acogido en algún medio, un longevo periodista, saben que hoy en día a esta profesión se le respeta poco dentro y fuera de las redacciones, se ejerce en constante acotamiento y con peligro, a menos de que se labore dentro de las intocables franquicias de información que sostienen el duopolio mediático en nuestro país.

Es común que, debido a la información de las estadísticas y su realidad cotidiana, los periodistas transiten de la consternación a la evasión, para luego llegar a la indignación y entonces continuar investigando, desde el filo desgastado de la prudencia —clasificada también como autocensura—, para seguir dentro del universo del periodismo desde dos vías: con alternativas de auto protección adheridas a redes autogestivas que en pocas ocasiones se crean dentro del mismo medio, o con displicencia ante el escenario adverso y, por lo tanto, risueño con los poderes que oprimen la libertad de expresión.

Las agresiones registradas en 2012 por el Cencos refieren a 182 hombres y 37 mujeres, que han sido víctimas de agresión verbal y física, una balacera o incendio, robo de artículos personales y casa habitación, obstrucción a la circulación, ataque cibernético; en los casos de calumnia, intimidación, presión y detención temporal, las mujeres periodistas sufren, además, agresiones de género.

Los atacantes construyen un perfil y desde las redes sociales virtuales, durante ruedas de prensa, en eventos públicos, con llamadas telefónicas o comentarios de pasillo en recintos públicos y círculos de convivencia operan, desprestigian y utilizan la información personal mezclada con el trabajo periodístico para acechar. Cuando de ataque físico y asesinato se trata, ensucian la escena del crimen para desviar la razón del ataque a una periodista y argumentar que éste responde a un "asunto personal, pasional", o es derivado de la violencia cotidiana en que está envuelto el país y, por ende, desplazarlo a la zona de asuntos no relevantes para los procuradores estatales de justicia.

 

¿Quién está al otro lado del espejo?

Según el registro de Cencos, donde se sistematizan los casos de 2012, es difícil separar las fuentes de las agresiones al gremio periodístico, ya que conjuntan formas y estilos. Tan es así, que 69 casos están clasificados como Presuntos responsables, Particulares o No identificados. La etiqueta de no identificados o no asociados a alguien no sólo no nos sirve para entender el fenómeno, sino que nos abre una tenebrosa puerta para imaginar el escenario de cuántos en realidad responden a los intereses de los 157 funcionarios y partidos políticos que sí se han logrado identificar como los autores intelectuales y materiales de agresiones a periodistas durante el año pasado.

En el momento por el que atraviesa México, y que arrastramos desde hace más de cinco años, donde la línea es sumamente delgada entre las relaciones perversas que el poder institucionalizado mantiene con grupos del crimen organizado, se abren tres variantes o tres grandes fuentes desde donde se originan los atentados contra periodistas: 

a) Grupos delictivos del crimen organizado.

b) Entes y funcionarios del poder institucionalizado.

c) La mezcla de los dos anteriores. 

Por ello la desconfianza prevalece entre los periodistas respecto de las respuestas que el gobierno mexicano ha dado ante el escenario violento en que se ejerce el oficio, es difícil desmantelarlo, sin mencionar que las trayectorias de formación y construcción de identidad del gremio son débiles, a diferencia de la organización que tienen los defensores de derechos humanos que promueven, entre otras cosas, la libertad de expresión.

En agosto de 2010 salimos a las calles de la Ciudad de México a gritar "Los Queremos Vivos", expresión que encerró la desesperación que envolvía a quienes sobrevivimos a ataques y agresiones sistemáticas y a quienes, sin un incidente de violencia en su haber, conocían la vulnerabilidad en la que se estaba ejerciendo desde sus ciudades. Entonces aún con vida, Miguel Ángel Granados Chapa dirigió un sencillo pensamiento sobre la violencia dirigida a representantes de los medios y periodistas: "No requerimos inventar nada nuevo, sino que, sencillamente, las averiguaciones previas se elaboren de conformidad con la ley y que los ministerios públicos de este país entiendan lo que atañe a un atentado contra reporteros".

 

¿Ya vas a dejar de cubrir causas perdidas?

Es una pregunta cotidiana que proviene de colegas que poco entienden la sensibilidad e indignación desarrollada a lo largo de los años entre los periodistas que permanecen abiertamente comprometidos en el seguimiento informativo de denuncia social, motivo que fecunda la amenaza y la persecución porque, finalmente, estas historias trastocan la impunidad con que el crimen organizado  se eterniza dentro y fuera de las instituciones.

Ante el escenario de violencia e impunidad que continúa recrudeciendo, la única respuesta que los periodistas hemos encontrado ha sido la autoprotección y la profesionalización del oficio, no necesariamente jubilándose para radicar dentro de la academia sino consolidando las investigaciones, trabajando en red, compartiendo los datos y fuentes de información antes que el manejo exclusivo. El periodismo de investigación encontró un espacio privilegiado para quienes, incluso dentro de sus redacciones base, no encontraron eco: coautorías de publicación impresa, creación de sitios web, producción de radio, arte o cine-documentales. Éstas han sido las herramientas que algunos periodistas, mujeres principalmente, idearon y financian para dar seguimiento a la violencia de Estado en México y la vulneración de derechos humanos. Herramientas para contar historias de identidades, de comunidades, de los oprimidos y los no privilegiados por el sistema.

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