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Yo te saludo, Jean-Luc

Nació en París, pero durante la Segunda Guerra Mundial viajó a Suiza y adoptó la nacionalidad. Luego regresó a Francia, se inscribió en la Sorbona en Antropología, pero su formación real tuvo lugar en cineclubes y en la redacción de revistas.

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Luego de los decesos de Claude Chabrol (el 12 de septiembre) y de Eric Rohmer (el 11 de enero), ambos este año que se va, se va y se fue, la Nueva Ola Francesa (que ya ni tanto) cada vez hace menos espuma. De los grandes sólo queda Jean-Luc Godard, sin ignorar que Agnès Varda aún anda por ahí (y anduvo por aquí en marzo, en el Festival Internacional de Cine de Guadalajara: pero ella misma reconoce que su paso fue accidental y fugaz). Godard es un caso aparte dentro de este movimiento que, de origen, se ubicó aparte. El 3 de diciembre cumple 80 años, y justo es rendirle un homenaje en vida, cuando sigue haciendo buenas olas.

Su padre era un médico empresario francés; su madre pertenecía a una familia de banqueros suizos, ergo, burgués de cepa. Nació en París, pero durante la Segunda Guerra Mundial viajó a Suiza y adoptó la nacionalidad. Luego regresó a Francia, se inscribió en la Sorbona en Antropología, pero su formación real tuvo lugar en cineclubes y en la redacción de las revistas en las que pronto comenzó a colaborar, particularmente en los Cahiers du Cinéma, que bajo la batuta de André Bazin se convirtió en un bastión de crítica, reflexión y teoría del cine. Ahí compartió espacios y departió, entre otros, con François Truffaut, Claude Chabrol, Eric Rohmer. Ahí nació la nueva ola: como reconoce Godard, su generación fue quizá la única “que se encontró a la vez a la mitad del siglo y quizá del cine […] la suerte […] fue la de llegar lo suficientemente temprano para heredar una historia que ya era rica y complicada y agitada”. Y en Godard se extendió, y sigue siendo vital. ¡Salud!.

Sin aliento


(1960)

Michel Poiccard (Jean-Paul Belmondo) roba un automóvil; ahí encuentra un arma. Con ella mata a un policía, y por ello es buscado en París. Mientras, procura a Patricia (Jean Seberg). Godard rompe aquí con el cine clásico y, montaje no continuo mediante, recuerda constantemente al espectador que lo que mira y escucha es una puesta en escena: es cine, pues. De esta forma lo pone en guardia y lo invita a revisar tanto sus mecanismos de recepción como los que utiliza el cine para manipularlo. Y la historia narrada se convierte, así, en otra historia. A partir de aquí, el cine es otra historia.

 

El desprecio


(1963)

Paul Javal (Michel Piccoli) es contratado por Jeremy Prokosch (Jack Palance), un productor estadunidense, para reescribir el guión de Ulises, que dirige Fritz Lang. Un mal día, su mujer (Brigitte Bardot) hace un trayecto en automóvil con Prokosch, lo que marca el inicio del fin de su matrimonio. El argumento provee el pretexto para ventilar el estado de las cosas que guarda el mundo del cine, el creciente poder del cine estadunidense, lo mismo en el terreno económico que en el artístico. Esta tendencia, aún vigente, sólo merece desprecio.

 

Banda aparte


(1964)

Dos jóvenes fanáticos de películas b estadunidenses convencen a una compañera de estudios de realizar un robo en la casa donde ella trabaja. Una vez más, Godard perpetra una franca ruptura con los estándares del cine clásico y entrega más de un pasaje memorable: en algún momento se dice que un minuto de silencio es mucho tiempo (y mientras los personajes esperan, la banda sonora efectivamente guarda silencio); en otro, los tres protagonistas realizan una rápida carrera a lo largo del Louvre (gesto que luego homenajea Bertolucci en Los soñadores). Godard, siempre aparte.

 

Alphaville


(1965)

El subtítulo que lleva esta cinta, “Una extraña aventura de Lemmy Caution”, es elocuente: el mentado personaje debe destruir Alphaville, una ciudad del futuro de otro planeta, porque ahí la gente ya no siente. Sólo debe salvar a los que lloran. Godard muestra aquí su buen conocimiento del cine de género: transita a buen paso por los terrenos de la ciencia ficción. La extrañeza pasa por la literatura: el futuro recuerda a 1984 de George Orwell; abundan las citas de Jorge Luis Borges. El resultado es tan redondo que mereció el Oso de Oro en Berlín.

 

Week End


(1967)

Una pareja realiza un viaje de fin de semana al campo. Pero el trayecto es tortuoso y, además del abundante tránsito, los viajeros encaran numerosos contratiempos y se encuentran con personajes históricos y literarios. Es ésta una de las más ambiciosas críticas que Godard hace a la sociedad de su tiempo, idiotizada entre el consumo y la sinrazón de singulares movimientos políticos. No menos ambiciosas son las apuestas formales del cineasta, entre las que se encuentra un larguísimo y afortunado planosecuencia. Los apuntes que hace Week End son tan densos que dan en qué pensar toda la semana.

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