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Vida interior

“Quédate en casa” se nos presenta como el himno global más sensato de nuestro tiempo. Sin embargo, esta consigna, adoptada por muchos gobiernos, ha pasado por alto que la “vida interior” también puede ser un infierno

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Paradójicamente, “la vida interior” es una metáfora extraña. ¿Dónde se ubica exactamente ese “interior” sobre el que han escrito profusamente religiosos, poetas, filósofos y psicólogos en los últimos dos siglos? ¿Es acaso la vida interior la oscuridad que se produce cuando bajamos los párpados? ¿Es el espacio que hay dentro del cuerpo, es decir, bajo la piel, y su contenido? ¿Ocurre la vida interior especialmente dentro de la cabeza, o sea, en el cerebro?

Sin embargo, el imaginario de la vida interior remite, en realidad, más a la observación reflexiva de los propios sentimientos y comportamientos, de los recuerdos incluso, que a los flujos fisiológicos del cuerpo humano. Y esa observación sólo puede darse cuando el cuerpo entero se recluye, se confina, se aleja... Muchas personas dan cuenta en redes sociales de que, durante los primeros meses del confinamiento por la pandemia de covid-19, los sueños se disparan y se hacen más vívidos que nunca. Como si la incertidumbre y el encierro fueran la mezcla más estimulante para las fantasías de un mundo personal profundo que hace contrapeso al mundo exterior que parece desmoronarse en medio de una crisis sanitaria, económica, política y social. Pero, ¿dónde se ubica exactamente ese límite entre el mundo exterior y la vida interior?

Estas preguntas son relevantes para la psicología social porque en ellas encontramos vías de acción y comprensión frente a esa crisis. Puede resultar obvio que la mejor medida que se puede tomar para mitigar el contagio de covid-19 es recluirnos en nuestras casas, evitando al máximo el contacto con otras personas. “Quédate en casa” se nos presenta como el himno global más sensato de nuestro tiempo. Sin embargo, esta consigna, adoptada por muchos gobiernos, ha pasado por alto que la “vida interior” también puede ser un infierno. Por ejemplo, la vida hacia el interior de las casas donde la violencia machista era la normalidad, y que no ha llevado a la declaración de una contingencia, a pesar de que en México se cobraba diariamente la vida de nueve mujeres, cifra promedio que ha aumentado con el confinamiento.

Mientras se desarrollan con rapidez protocolos y artilugios para desatascar los flujos de consumo que supuestamente sostienen la economía global, niñas y niños continúan haciendo la escuela en casa. Nuestra formación como personas, no solamente en términos morales, sino también cognitivos y sociales, depende de nuestro contacto con el mundo exterior, es decir, de los espacios de socialización donde intercambiamos los significados del mundo que se vuelven comunes. Significados compartidos que constituyen la experiencia política de comunicarnos y ponernos de acuerdo sobre la forma en que nos conviene vivir.

Quedarnos en casa, sin más, es el camino más rápido hacia la desintegración de ese mundo común, que también contiene nuestra vida interior.  

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