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Testigos presenciales: cuatro fotoperiodistas mexicanos ante la violencia

Son profesionales de la imagen que asumen el riesgo de documentar la violencia mexicana. Fernando Brito (Sinaloa), Juan José Estrada (Michoacán), Mónica González (Distrito Federal) y Pedro Pardo (Guerrero) narran la manera en que hacen el registro fotográfico de la violencia, manteniéndose al margen del morbo de la nota roja

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Foto: Pedro Pardo
Foto: Pedro Pardo

Durante sus travesías sobre una motocicleta cubriendo la nota roja en el Distrito Federal y el Estado de México, pero sobre todo durante su recorrido a pie junto con los cientos de víctimas de la violencia que se conjuntaron alrededor de la Caravana por la Paz con Justicia y Dignidad, que en 2011 encabezó el poeta Javier Sicilia, Mónica González aprendió que las fotografías que retratan la violencia forman parte de un performance que se realiza sin pensar en las consecuencias o en las víctimas, presentes y ausentes.

“En un momento, muchos sólo reprodujimos de manera gráfica la barbarie”, reconoce Mónica, quien trabaja como reportera gráfica de Milenio, en la ciudad de México. “Después nos dimos cuenta de que necesitábamos voltear hacia las consecuencias de eso que fotografiamos, ya que cuando tú retratas un hecho violento, sin reflexionar sobre lo que ves, sólo estás reproduciendo ese performance de la muerte que proviene de los victimarios”.

En Durango, en la parte trasera de la Caravana, Mónica observó a un niño caerse con un gran cuadro. Al levantarse, se dio cuenta de que llevaba en sus brazos el retrato de su padre asesinado. Él se había acercado buscando justicia.

Foto de Mónica GonzálezFoto: Mónica González

Tras presenciar esta escena, Mónica entendió que no podía seguir retratando la violencia como hasta entonces lo había hecho. Pensó en lo que el niño habría sentido si hubiese encontrado en la prensa sensacionalista una foto de su padre asesinado, así que decidió no fotografiar más el empoderamiento del victimario.

“En la Caravana entendí que, como fotógrafos, no debemos ser un canal para que éste [el victimario] haga llegar sus códigos de violencia a otros; al contrario, debemos fotografiar lo que pasa con las víctimas y dejar atrás lo victorioso que representa una escena de violencia”. Hoy, Mónica González encabeza uno de los proyectos que enmarcan a las víctimas con más dignidad: el documental web Geografía del dolor.

Este proyecto surgió inicialmente como una apuesta fotográfica en la que Mónica entregó a los familiares de las víctimas una postal de la ciudad donde radicaban y les pidió que en ella contaran lo que había pasado y dejaran un mensaje a su ser amado. Esta postal, alejada por oposición a las imágenes positivas que originalmente contenía, se acompaña de la fotografía del familiar con el retrato de su ser querido. Juntas forman un tríptico revelador de las nuevas postales de México. El proyecto fue evolucionando hasta convertirse hoy en un web documental que registra trece historias que evidencian el holocausto que vivimos.

La carta de una amiga y la solicitud de una dirección postal le dieron la idea de usar postales. “Durante el mitin que se estaba haciendo en Morelia pasé por un puesto de revistas y vi las postales. Compré una, y en mi afán de que las víctimas no fueran cifras, le pedí a una chica que me pusiera el nombre de su desaparecido y me contara en la postal lo que había pasado. Esto jamás se me olvidará, porque su familiar era una periodista desaparecida…”, recuerda Mónica.

Foto de Mónica GonzálezEn la imagen, la fotógrafa Mónica González

Así fue como comenzó a tejer las geografías del dolor de hombres y mujeres provenientes de todas partes del país, pues construyó con ellos una narrativa donde postal, texto y retrato se confabularon para mostrar otra versión de nuestra realidad. Las postales son ya un retrato íntimo, pero poderosamente público por lo desgarrador de sus historias.

“Con este proyecto aprendí, principalmente, a escuchar. Yo era de las que estaban más preocupadas por el encuadre, pero con este proyecto dimensioné el silencio y comencé a fotografiar de otra manera. Esto ha sido duro para mí porque por mucho tiempo fui una mujer fuerte y, definitivamente, ya no lo soy… Descubrí que era necesario detenerte a llorar”.

“Dentro de esta dinámica del fotoperiodismo, son los hombres los que tienen el predominio. Llorar, ser niñita, no iba con esta dinámica porque yo tenía que demostrar que podía hacer lo que ellos hacían. Sin embargo, me di cuenta de que debo llorar, porque hacerlo es una manera de ir sacando el dolor de las cosas que veo y me duelen”.

Foto de Mónica GonzálezFoto: Mónica González

Criminalizar a las víctimas

Para muchos periódicos que se dedican a reportar la violencia del país, la sangre es su principal gancho comercial. No les interesa hacer entender las causas y las consecuencias de las cruentas escenas que publicitan en sus portadas, ni en establecer las conexiones entre esos hechos aparentemente aislados que aparecen en sus páginas; al contrario, parece que su objetivo es mostrar el performance de la muerte.

Antes que ser fotoperiodista, Fernando Brito se define como “cien por ciento culichi” [de Culiacán, Sinaloa.] Él, como muchos otros nacidos en ese estado, nunca quiso andar viendo muertos. Mucho menos fotografiarlos. La necesidad, dice, lo orilló a tomar su cámara para enrolarse en el periodismo de nota roja. Hacerlo en Sinaloa era el riesgo.

“Ser fotoperiodista en Sinaloa es cuidarse mucho, porque vemos muchas cosas y no podemos andar denunciando todo, porque hay un riesgo fuerte”, dice Brito, editor de fotografía del diario Debate, en Culiacán. “No hay una seguridad porque nadie te asegura tu cobertura. Por eso existe la autocensura. Y no es para menos, porque ninguna noticia o foto vale la vida de alguien”.e

Foto de Fernando BritoEn la imagen, el fotógrafo Fernando Brito

Estar frente a la desgracia, tener que retratarla, le sigue doliendo como el primer día. Pero lo que más dolor le genera a Brito es la manera en que la violencia es tan terriblemente natural para los sinaloenses. Por ello, intenta que sus imágenes rompan esa apatía al golpear la cotidianidad de la violencia de Sinaloa.“El problema de las imágenes que han sido muy violentas y que se han mostrado es la falta de responsabilidad de quien entrega y publica esa foto. Uno puede tener sus imágenes hardcore, pero eso no es lo que yo quiero mostrar, eso no es lo que quiero que vea la familia de la víctima”.

“Yo soy de los que piensan que si la familia dice: ‘No tomen fotos’, no las tomo. Pero el riesgo va mucho más allá, porque hay situaciones en las que te sientes inseguro y con miedo. Miedo porque identificas que hay una situación terrible para una familia y ésa es la parte que nunca trato de olvidar: la parte humana de lo que fotografío. No soy una máquina y ver el dolor me afecta. Yo creo que las fotos de gente llorando no son necesarias en este escenario de guerra, pues éstas son como un premio para el agresor”.

Foto de Fernando BritoFoto: Fernando Brito

El trabajo más emblemático de Fernando Brito ha sido la serie Tus pasos se perdieron con el paisaje, con la que obtuvo el tercer lugar del World Press Photo 2011 en la categoría Noticias Generales. La serie muestra diversas escenas de crimen sucedidas en Sinaloa, pero no de una manera aislada, sino como parte de un entorno:

“En Tus pasos… no se trataba de una muerte más, se trataba de decir que son seres humanos. La idea era que te quedaras un rato contemplando y te preguntaras qué paso, quién era, y así dejaras de juzgarlo, porque el problema que existe con las fotografías de nota roja es que criminalizamos a quien aparece ahí. A mí me daba mucha tristeza verlos ahí abandonados donde nunca pensaron terminar, ni la familia pensó encontrarlos”.

Actualmente, Fernando Brito está experimentando con el video-documental para denunciar lo que pasa en su estado.

Foto de Fernando BritoFoto: Fernando Brito

Los riesgos

Juan José Estrada Serafín cree que la fotografía es un instrumento para cohesionar el tejido social que otros nos han arrancado. La fotografía deber ser un acto comunitario. Fotografiar una comunidad sin vivirla es reducir su expresión, es pensar que Cherán o las autoefensas son sólo gente armada y nada más.

Serafín, como le gusta que le llamen, nació en Turícuaro, una pequeña comunidad indígena que se sitúa en el centro de la meseta purépecha. Ser indígena, como precisa Serafín, le ha enseñado el valor de ver por los otros y la importancia que tiene la rebeldía.

Foto de Juan José EstradaEn la imagen, segundo de izquierda a derecha, el fotógrafo Juan José Estrada Serafín. La foto es de Érick Sánchez.

Serafín es conocido como “el fotógrafo de Cherán” porque fue uno de los fotoperiodistas que más trabajo realizaron sobre el levantamiento de esta pequeña comunidad indígena michoacana, que el 15 de abril de 2011 decidió levantar barricadas y cerrar su pueblo a extraños porque las autoridades fueron sistemáticamente omisas en las denuncias de homicidios, desapariciones y agresiones que sufrieron por parte de grupos ilegales de talamontes.

De la lucha comunitaria en Cherán, Serafín pasó al contacto directo con uno de los grupos armados que dominaban la zona: los Caballeros Templarios. Esto lo llevó a enfrentar riesgos. Primero, un jefe de la policía lo presentó con un capo que le ofreció generar un medio donde los Templarios querían escribir para entrarle a la política y presionar a los alcaldes que no se estaban alineando; segundo, recibió amenazas directas que lo obligaron a dejar Michoacán. Sin embargo, el momento más crítico lo vivió cuando en pleno conflicto entre los Templarios y las autodefensas, surgidas en Michoacán en octubre de 2012, Serafín fue secuestrado por policías municipales que lo entregaron a los Templarios.

 El día de su captura, Serafín fotografiaba el paso de las autodefensas por los municipios de Uruapan y Nueva Italia en compañía de un colega de la agencia Esquema, medio que cobró notoriedad porque su director, José Luis Díaz, apareció en un video dado a conocer por MVS Noticias, el 22 de octubre de 2014, recibiendo dinero del líder templario Servando Gómez La Tuta.

Foto de Juan José EstradaFoto: Juan José Estrada Serafín

“Uno de los policías me dijo: ‘Vente conmigo, hay un operativo’. Yo tomé varias fotos de las patrullas y ahora esas fotos son mi registro de quienes horas más tarde me levantarían. Me subí a la patrulla y ahí valió madre: ‘Acá no hay ningún operativo, ya te cargó la verga, morro’”.

Cuando los policías lo entregaron a los Templarios, éstos lo pusieron en cuclillas y lo golpearon una y otra vez. Le dijeron que lo estaban investigando y fue ahí que entró en pánico porque sabía que su trabajo en Cherán y con las autodefensas sería mal visto: “Todo se me vino a la mente: los comunicados, las entrevistas con Mireles, Cherán. Tuve miedo de que revisaran mi cámara, de que vieran las fotos, de que me mataran”.

Duró cuatro horas secuestrado. Sólo esperaba lo peor, pero pasó lo inesperado: “Supe que me dejaron ir porque llamaron al director de la agencia Esquema y éste dijo conocerme. Así fue como me llevaron a un carro donde ya me esperaba el fotógrafo de esa agencia. Este hecho me cambió completamente, pero no me rajo porque creo que debemos seguir informando y denunciando las cosas que pasan en Michoacán”.

Serafín es fotógrafo de la revista Cuartoscuro y está realizando el documental Michoacán alzado, que narra las diversas formas de insurrección que coexisten en su estado: autodefensas, policías comunitarias, policías de elite y rondas comunitarias.

Foto de Juan José Estrada  Foto: Juan José Estrada Serafín

Retratar seres humanos, no “bajas colaterales”

Aficionado al teatro de Molière, Pedro Pardo ha intentado construir una estética visual y periodística para que sus fotografías inciten a la reflexión. Ha buscado sacudir la naturalización de la violencia guerrerense porque, al igual que el dramaturgo francés, está convencido de que “nada corrige al ser humano más que el retrato de sus actos”.

Pedro Pardo es corresponsal de la agencia France Press. Nació en Puebla, pero un imán social lo atrajo a Guerrero. Ahí aprendió a sortear la violencia y se descubrió vulnerable cuando “la guerra se le metió en las narices”.

Foto de Pedro PardoEn la imagen, el fotógrafo Pedro Pardo

“Creo que es lo mismo vivir la violencia en Guerrero como periodista o como persona, porque aquí la violencia es tan próxima y la tenemos tan de frente, que en todo momento escuchas a la gente decir: ‘Mataron a mi hermano’, ‘secuestraron a mi papá’, ‘nos tocó una balacera’. En Guerrero seguimos viviendo esta violencia, aunque no como en 2011 y 2012”.

Esto lo dijo antes siquiera de sospechar que, el 26 de septiembre de 2014, elementos de la policía municipal de Iguala y Cocula asesinarían a seis personas y entregarían a 43 estudiantes de la Escuela Normal Rural “Raúl Isidro Burgos” de Ayotzinapa a integrantes deGuerreros Unidos. En ese momento, él no imaginaba que la violencia regresaría entremezclada con la protesta social, la destitución política y las cuestionadas explicaciones gubernamentales.

Con ese mismo objetivo de generar reflexión, Pedro Pardo ha sido de los fotoperiodistas que más han documentado la desaparición de los 43 normalistas, así como las acciones de búsqueda que han instrumentado sus padres y diversos colectivos ciudadanos. Este hecho, sin duda, marcó aún más su necesidad de enfrentar al violento a través de sus actos.

Foto de Pedro PardoFoto: Pedro Pardo

“Personalmente, nunca fui persuadido o nunca fui motivado por la cobertura de nota roja. La nota roja se fue convirtiendo en un tema de altas dimensiones, como es el narcotráfico, que en Guerrero comenzó a arrojar muertos a las calles con huellas de tortura y de dolor humano [...] Como fotoperiodistas tuvimos que aceptar esto. Así que había que salir a las dos de la mañana para trasladarse a escenarios que prácticamente no te ofrecían seguridad. Tuvimos que ir a escenas donde no sabías quién era quién. Nos acercábamos a las escenas, pero no estábamos preparados para este tipo de coberturas porque íbamos sin saber prácticamente nada. No sabíamos cómo actuar, pues llegábamos y no estaba la policía y no sabíamos en qué momento debíamos salir corriendo. Teníamos comportamientos de riesgo porque exigíamos nuestro derecho a informar, pero ignorábamos con quién lo estábamos peleando”.

Pardo forma parte de la generación de fotoperiodistas que, al verse inmersos en estos riesgos, se vieron obligados a pensar en formas de protegerse y dignificar su oficio.

“Nosotros tuvimos que aprender a cubrir la violencia sobre la marcha. Hoy tenemos protocolos de seguridad, aunque cubrir la violencia siempre implica un riesgo y una responsabilidad. Yo, por ejemplo, veo muchos medios irresponsables cuya estrategia comercial es el sensacionalismo y no creo que esto sea justo, pues hay afectaciones a la psicología de quienes pueden mirar esas fotografías. Por ello, es importante autorregularnos”.

Foto de Pedro PardoFoto: Pedro Pardo

En 2012, Pedro Pardo fue galardonado con el tercer lugar en la categoría Historias Contemporáneas, del premio World Press Photo con el trabajo Drugs cartel’s war. En esta serie de ocho fotografías, el corresponsal de la agencia France Press mostró un crudo retrato de los estragos que la guerra del narcotráfico ha dejado en Acapulco, Guerrero.

 “A mí, mis fotografías me hieren mucho, me hieren al verlas porque soy humano y estoy cargado de emociones. Yo trato de no construir un discurso visual fuerte en mis fotos porque quienes aparecerán en ellas son seres humanos, no bajas colaterales”. m.

 

Nota: Este trabajo se realizó con los perfiles de los fotoperiodistas que forman parte del proyecto Testigos Presenciales, que ha sido publicado en el portal Nuestra Aparente Rendición.

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