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Sin descanso en la sala oscura

Hay cineastas que reúnen lo que las salas dividen. Como Wilder y Aranoa, como Alfred Hitchcock y Jaime Humberto Hermosillo, quienes cultivaron géneros populares y taquilleros con realidades tan profundas como incómodas

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Imagen de la película «La ventana indiscreta».
Imagen de la película «La ventana indiscreta».

La mayoría de los cines, es fácil constatar, acoge los estrenos del mal llamado cine comercial. En algunos lugares hay espacios para que los niños jueguen mientras ven. Todas son salas para espectáculos. Para los exhibidores de cine —que nació en la feria y hoy es la feria—, la función es la misma que la del parque de diversiones: distracción, descanso de la realidad… y de los hijos. Pero en escasos complejos hay una salita en cuya entrada se lee “Sala de arte”. Ahí se proyecta el erróneamente llamado cine de arte, y uno hace lo que parece impensable: pensar, reflexionar, sumergirse en la realidad.

Toda película es arte y es comercial; y tiene más de una función. Billy Wilder tenía 10 mandamientos y los nueve primeros eran “no aburrir”; decía que “si el cine consigue que un individuo olvide por dos segundos que no ha pagado la factura del gas o ha tenido una discusión con su jefe, entonces el cine ha alcanzado su objetivo”. Fernando León de Aranoa siempre escuchó “que la gente no va al cine a ver problemas. Pero el llamado cine de evasión muchas veces no consigue evadirte […] y al final te aburres y acabas pensando en tus propios problemas”. Para Andrei Tarkovski, la finalidad del arte es “preparar al hombre para la muerte”.

Pero ni Wilder es pura evasión ni Aranoa puro aburrimiento. Hay cineastas que reúnen lo que las salas dividen. Como Wilder y Aranoa, como Alfred Hitchcock y Jaime Humberto Hermosillo, quienes cultivaron géneros populares y taquilleros que enfrentan a sus espectadores a realidades tan profundas como incómodas.

 

Ventana indiscreta (Rear Window, 1954), Alfred Hitchcock

Jeff Jefferies es un fotógrafo que ha hecho de su vida una aventura. Un accidente laboral lo mantiene en silla de ruedas y se entretiene observando a sus vecinos desde la ventana de su departamento. Así descubre un probable asesinato. Hitchcock exhibe cómo Jeff elude el compromiso mientras lo expone a un abanico de posibles futuros de la vida en pareja. Asimismo, pone al espectador —que se entretiene y se emociona siguiendo la trama— un espejo que le recuerda que él también es un voyeur.

  

Piso de soltero (The Apartment, 1960), Billy Wilder

A menudo, C. C. Baxter trabaja horas extra. ¿La razón? No puede regresar a su departamento porque lo presta a los ejecutivos de la empresa para sus aventuras extramaritales. Todo se complica cuando él inicia una relación. Wilder entrega una comedia maravillosa mientras exhibe los engaños de los esposos a sus parejas y a sí mismos, asunto que ventiló en La comezón del séptimo año (1955). Ignoro si los maridos olvidan sus matrimonios durante la proyección y si las carcajadas son producto de la identificación.

 

La tarea (1991), Jaime Humberto Hermosillo

En más de una ocasión Hermosillo utilizó elementos afines al cine de ficheras, como los desnudos de actrices famosas. Pero en Las apariencias engañan (1983), confrontó al espectador con la transexualidad y sus tentaciones; en Amor libre (1979), con la libertad sexual en femenino. En La tarea muestra un “asinceramiento” con respecto al exhibicionismo, asunto que hoy día es un género en la pornografía cibernética. En su momento fue criticado por una sociedad conservadora que, por otra parte, hizo de ésta su película más taquillera.

 

El odio (La haine, 1995), Mathieu Kassovitz

La historia recoge 24 horas en la vida de tres jóvenes de diversos orígenes raciales que viven en los suburbios parisinos, donde ha habido actos de violencia horas antes. En su barrio y en París son objeto de desconfianza y repudio. Los ánimos se enardecen y los llamados a la tranquilidad son desoídos. “El odio atrae al odio”, escuchamos en algún momento. Kassovitz exhibe las fricciones sociales de una Francia polarizada que asistió con ganas a verse en ese espejo: en taquilla la cinta recaudó cinco veces su presupuesto.

 

Los lunes al sol (2002), Fernando León de Aranoa

En Vigo se ha vivido una transformación industrial, por lo que muchos pierden su trabajo. Años después, las protestas sindicales de los desempleados no han mejorado su situación, y viven “al día”. León de Aranoa da cuenta de estos sucesos y denuncia las miserias que el capitalismo salvaje ha dejado. Tiende así un puente temático con el inglés Ken Loach. El caso abordado pone un espejo dramático; sin embargo, la asistencia fue generosa: la cinta triplicó en taquilla su costo. Ganó, además, la Concha de Oro en San Sebastián.

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