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Sentido y sinsentido de la cárcel según la literatura

Las cárceles son una forma explícita de reprimir el cuerpo; sin embargo, como tema y móvil literario han sido razón para que los creadores elaboren críticas que incitan a la autodeterminación

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Portada del libro «De profundis», de Oscar Wilde
Portada del libro «De profundis», de Oscar Wilde

El cuerpo cabe en una celda, pero la voluntad de algunas personas por encontrar sentido y significado no conoce cautiverio. Un hombre enclaustrado puede nombrar un recuerdo de la infancia y con ello basta para evocar la fantasía, la inocencia, la inteligencia de los cien lenguajes.

El confinamiento coaccionado del cuerpo suspende derechos fundamentales en razón de una jurisprudencia con poder de sentenciar y penalizar. Castigarlo, censurarlo, ha sido, a lo largo de la historia, un medio para normativizar nuestra conducta, disciplinar nuestro juicio e institucionalizar el ser. Y es que si nuestro cuerpo no goza de plena libertad, se restringen también un sinfín de otras libertades. ¿O será que libertad sólo hay una, absoluta?

Las cárceles son una forma explícita de reprimir el cuerpo; sin embargo, como tema y móvil literario han sido razón para que creadores y pensadores elaboren críticas y desplieguen argumentos que incitan a la indocilidad y a la autodeterminación, o defiendan la preeminencia del hombre sobre sus circunstancias y la emancipación del individuo ante el Estado.

El sentido, más allá de nuestras necesidades primarias, es una construcción formulada por medio del lenguaje. Encontrarlo en las condiciones del encarcelamiento, y además convertirlo en una experiencia narrativa o de pensamiento que politiza regiones vírgenes de nuestra conciencia y nos sensibiliza a la injusticia y al dolor ajeno, es casi como iluminar la caverna de Platón con una bola disco. Esta selección pretende exponer la obra de cinco autores que no sólo libraron penitenciarías corporales, mentales, perceptivas o sensitivas, sino que convirtieron su experiencia o su interés por lo carcelario en modelos performativos de empatía y subversión.

 

Viaje alrededor de mi habitación, de Xavier de Maistre

Condenado tras ser sorprendido en un duelo, De Maistre trata a los carceleros como criados y narra su experiencia con este tono: “En todo el universo nadie tiene un despertar tan agradable, tan apacible, como el mío”. El ensayo, que se vale de un manejo de la ironía a la altura del mejor Swift, permite dos lecturas. Por un lado, la parodia de los mecanismos de represión. Por otro, la demostración de que la libertad no es espacial, que existen latitudes paisajísticas del pensamiento y que los desplazamientos de conciencia pueden ser tan enriquecedores como los viajes.

 

Desobediencia civil, de Henry David Thoreau

A Thoreau le bastó una noche en prisión para concebir Desobediencia civil. Esta declaración de principios postula que “el mejor gobierno es el que no gobierna en absoluto”. Thoreau explica cómo comprendió de súbito las implicaciones y los absurdos del poder del Estado, se desentendió de leyes injustas que incitaban a la guerra y a la esclavitud y eligió votar por sí, obteniendo la mayoría constitucional del uno mismo. Se trata no sólo de un edicto que promulga la autarquía individual, sino de un insuperable justificante teleológico para no pagar impuestos.

 

Antes de que anochezca, de Reinaldo Arenas

Mi novia me recuerda cada tanto la frase de Emma Goldman: “Si no bailas, no eres parte de mi revolución”. Arenas, quien lo demostró en vida y obra, fue sentenciado por la dictadura castrista a causa de su homosexualidad. En un pasaje de su autobiografía dejó un testimonio de su experiencia. Con esa prosa que nunca miente —aun cuando dice mentiras—, relata anécdotas acerca de la dinámica homosexual de la prisión caribeña, sus intentos de suicidio y la escritura por encargo de cartas como método de supervivencia, que intercala con aventuras ensayísticas sobre poder, sexualidad, libertad.

 

Vigilar y castigar, de Michel Foucault

Foucault dedicó parte de su obra a entender cómo ciertas instituciones ejercen tanto poder sobre nosotros. Vigilar y castigar dimensiona los alcances de lo carcelario más allá de los confines de la cárcel: puede ser rastreado en disposiciones arquitectónicas, códigos legales, preceptos médicos, divanes de psicólogos y centros educativos. “Lo carcelario ‘naturaliza’ el poder legal de castigar, como ‘legaliza’ el poder técnico de disciplinar. Al homogeneizarlos así, borrando lo que puede haber de violento en el uno y de arbitrario en el otro, […] permite efectuar esta gran ‘economía’ del poder”.

 

De Profundis, de Oscar Wilde

Wilde fue enviado a la cárcel luego de que el padre de su amante pegara un letrero en el pub acusándolo de “sodomita” y, en el juicio por homosexualidad, llevara a testificar a una fila de gigolós que se habían involucrado en orgías con la pareja. “Ni la religión ni la moral ni la razón, pueden servirme de ayuda”, manifiesta Wilde a su amado Bosie en este registro epistolar, escrito con la tinta del corazón dolido, originalmente llamado In carcere et vinculis. “La sociedad se arroga el derecho de infligir al individuo terribles castigos, pero también posee el vicio supremo de la ligereza, y no llega a comprender la verdad de lo que hace”.

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