Volver al inicio

Seis pequeños grandes placeres

Aquí compartimos seis historias pequeñas, sí, pero placenteras.

Enviar por e-mailEnviar por e-mail
Antetitulos: 

Cuando nada da gozo

El nombre técnico para la incapacidad de experimentar placer es anhedonia, y la psiquiatría la considera un factor característico de los cuadros de depresión, o bien como una psicopatología en sí misma. Para medirla se han diseñado varias escalas, y entre las más usadas se encuentra la Escala del Placer de Snaith-Hamilton, especialmente en pacientes con alteraciones en los niveles de dopamina (el neurotransmisor al que se atribuye la percepción del placer), y las conocidas como Escalas de Chapman (por el apellido de los investigadores que las formularon en 1976), que valoran la anhedonia física y la social —esta última mediante un cuestionario autoaplicable. 

 

Cochinamente a gusto

Emblema de la glotonería, la pereza, el desenfado y la lubricidad (se sabe que sus orgasmos alcanzan duraciones épicas, de 30 minutos o más), el cerdo es tenido como una criatura sensual en varias tradiciones, como la china, que en su horóscopo lo distingue como todo un sibarita. Pero seguramente en ningún lugar los cerdos viven tan bien como en la isla Big Major Cay, de las Bahamas, donde han permanecido en un estado semi-silvestre durante generaciones, disfrutando del sol, la brisa marina y las límpidas aguas del Caribe, en las que nadan diestramente para el regocijo de los turistas —que los alimentan todo el tiempo, por lo que la comida jamás es problema.

 

El placer (extremo) de la imaginación

El neurólogo Oliver Sacks ha escrito acerca de los “fantasmas”, término que se atribuye a la persistencia de las sensaciones que algunos pacientes, luego de sufrir una amputación, experimentan en el lugar de la extremidad perdida. En su ensayo “Placer fantasma”, el escritor mexicano Luigi Amara indaga en las posibilidades placenteras de ese fenómeno, al referir el caso de Kang Zheng, eunuco de la corte imperial china en la segunda mitad del siglo XVIII: un hombre que, tras su mutilación, descubrió no sólo que misteriosamente había quedado intacta su sensibilidad, sino que podía estimularla valiéndose de “contactos fantasmales” diversos (“las flores de loto, el musgo recién bañado por el rocío, un estanque de peces dorados”, e incluso la proximidad de concubinas vírgenes) y, sobre todo, resguardado por su condición, que lo hacía pasar por un ser inofensivo en el palacio.

 

Belleza que abruma

Descrito en 1989 por la psicóloga florentina Graziella Magherini luego de haber atendido a decenas de turistas abrumados por la contemplación de su ciudad, el síndrome de Stendhal toma su nombre de la experiencia que este escritor consignó en su diario el 22 de enero de 1817, cuando fue conducido a la iglesia de la Santa Croce: “Había alcanzado este punto de emoción en que se encuentran las sensaciones celestes inspiradas por las bellas artes y los sentimientos apasionados [...] la vida se había agotado en mí, andaba con miedo a caerme”. Una consecuencia extrema del contacto con la belleza más sublime.


¿Tristeando? ¡Al museo!

La contemplación de una obra de arte puede producir, de forma casi inmediata, un aumento significativo de la irrigación sanguínea en las zonas del cerebro identificadas con el placer. Así lo ha demostrado el neurobiólogo inglés Semir Zeki, pionero de la neuroestética, quien llegó a trabajar con el pintor Balthus y ha determinado, entre otros descubrimientos, que entre las pinturas que más placer causan a quienes las ven se encuentran las de Constable y de Ingres. Zeki fundó el Instituto de Neuroestética, con sedes en el University College de Londres y en Berkeley, California.

 

Por qué nos gusta lo que nos gusta

¿Qué tienen en común los alimentos grasos, el orgasmo, la marihuana, la generosidad, el vodka, el aprendizaje y los juegos de azar? Que generan placer; también, que figuran en el subtítulo del libro La brújula del placer, del neurólogo y divulgador David J. Linden, de la Escuela de Medicina de la Universidad Johns Hopkins, donde ha trabajado sobre el sustrato celular del almacenamiento de recuerdos en el cerebro desde hace años. En su libro, Linden insiste en que el placer se genera en el cerebro debido a razones anatómicas y bioquímicas, más que culturales, y además aventura cómo en el futuro la especie humana se procurará gustos y sensaciones impensables hoy en día.

La brújula del placer, de David J. Linden. Paidós, 2011.

  • Más reciente
  • Más popular
Por su labor social, por el apoyo permanente a las comunidades y a...
Lunes, Marzo 1, 2021 - 00:30
Si no se atienden de manera integral el presente, el futuro podría ser desalentador. Foto: aa.com.tr
El plural del título alude a que las consecuencias de la actual...
Lunes, Marzo 1, 2021 - 00:30
Imagen de la pelicula «Little Miss Sunshine».
El cine no ha sido indiferente a los maltratos que padecen los...
Lunes, Marzo 1, 2021 - 00:30
En diciembre de 2020 Page anunció que se asumía como transgénero.
En 1975, el tenista estadounidense Richard Raskin cambió de identidad...
Lunes, Marzo 1, 2021 - 00:30

sígueme
  • RSS
  • Twitter
  • Facebook
  • Linkedin
  • Flickr
 

Publicidad