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Regalar un libro

Luego de impuestos y multas, pagos a la universidad pública y costos de traslado hacia un trabajo que odiamos, escasean los recursos para regalar libros. Por eso entre lectores nos obsequiamos recomendaciones y muchas veces lo hacemos con la dulzura de quien se vulnera en una carta

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Foto: pixnio.com/
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Desconozco cómo sería mi persona sin los libros que me regalaron. Mi Dios, con quien solía platicar por las noches a modo de rezo, falleció a mis 10 años, pero cuando cumplí 16 mi padre me regaló El libro del desasosiego y al leerlo sentí cómo mi alma despertaba de su muerte. A través de la lectura me conozco y desconozco, me creo y me recreo, estrecho vínculos y me doy en conversación.

La mayoría de mis regalos son libros porque presupongo son lo mejor que puedo dar de mí, a sabiendas de que ni siquiera los escribí.

A mi madre, quien llama diario a su madre nonagenaria, le regalé Apegos feroces, de Vivian Gornick,pues narra la historia y la charla de una anciana migrante y su hija.

A P., mi amiga brasileña que lucha por el bosque, estudia un doctorado y canta en una banda de punk, le regalé un estudio sobre Hannah Arendt porque pensé que le interesaría conocer cómo entiende la acción en función de la política.

Una vez, en un intercambio de regalos entre estudiantes de letras, obsequié un Tavares sólo para desconcertar a esa persona y sacudir su idea de literatura.  Y a veces también salgo ganón. Hace años mi querida G. me obsequió El atlas de las islas remotas, de Judith Schalansky, gentil esfuerzo enciclopédico que compendia decenas de islotes, con sus propias condiciones medio ambientales y culturales, donde yo ya nunca voy a ser.

Una docena de años antes, en su caso tres continentes y dos divorcios antes, le di a G., que entonces estudiaba arte y hacía instalaciones, un ejemplar de Las cartas a Theo porque deseaba compartir con ella la experiencia de Van Gogh pensando el color.

Regalar un libro puede ser un acto de acompañamiento. Hace unos meses me sentí impotente por no saber ayudar a un familiar poseído por depresión. Le compré Un lugar seguro, amoroso ensayo de Olivia Terova, para darle a entender que existe una comunidad sorora, creyente y practicante de los cuidados, lista para abrazarla.

A veces uno mismo se regala libros para apapacharse, orientarse o discutirse. Amo mi amor y leo cómo otros aman. Pienso mi pensamiento y leo cómo otros piensan. Memoro mi memoria y leo cómo otros memoran. Tengo a mis espaldas una edición de Los pequeños tratados, de Quignard, todavía envuelta en su plástico, como una cajita musical a la que nunca le han dado cuerda.

Incluso me he regalado libros a modo de protesta. Vete a la mierda, demogorgon trasnacional, le digo, me digo, y salgo con los cuentos completos de Onetti bajo la chamarra, campante de haberme sorprendido con ese detallazo.

Y es que luego de impuestos y multas, pagos a la universidad pública y costos de traslado hacia un trabajo que odiamos, escasean los recursos para regalar libros. Por eso entre lectores nos obsequiamos recomendaciones y muchas veces lo hacemos con la dulzura de quien se vulnera en una carta.

El otro día, por ejemplo, mi amigo E. tartamudeaba al relatar un enamoramiento que lo tomó por sorpresa, como si ya no se creyera capaz de tales pasiones. Aaah, ya entendí, intervine en su momento, lo que a ti te pasa lo expresa Efraín Huerta en "Esto es un amor".

Unos días más tarde recibí un mensaje de E. Se apresenció en un gesto cariñosísimo para comentarme que Bruno Schulz tiene un par de novelas sobre el tema de mi tesis doctoral. Adjuntó un hipervínculo para comprar Sanatorio la clepsidra con descuento y fotografió un pasaje en que un niño abraza las piernas de su padre.

A mí sólo me interesa la lectura para vincularla con la vida. Y viceversa.

Parece apenas ayer, pero fue hace meses, cuando mi amigo D. me envió un extenso mensaje de voz donde relataba sus caminatas por los bosques alemanes, el vino caliente de la región, y su intención de abrir su perspectiva desde y hacia el amor. En ese mismo flujo recomendó con urgencia la lectura de Cărtărescu. Era como un médico recetando medicina, como un adolescente confesando amor, pero no era ninguna de las dos.

En cambio fue ayer, aunque parece hace siglos, que mi amigo A. me mandó un whats con un fragmento de Thomas Mann. No estoy seguro, pero sospecho contiene un insulto cifrado —y lo merezco por desatender nuestra amistad.

El par de años que vivimos juntos me acostumbré a verlo en el jardín, leyendo en voz alta a sus parejas. Se lo aprendí y ahora gozo de leer así con mi compañera. Ella me lee Teoría King Kong, provocador ensayo de Virginie Despentes, para estimular nuestra conversación en torno al género. Yo le leo a Lucia Berlin para conversarla y ensanchar nuestra humanidad.

Pienso en la ternura de padres y madres que después de un día de mierda leen a sus peques antes de dormir. Recuerdo a los míos modular las voces y mecer las páginas para los gorilas de Anthony Browne.

Y yo, así, cual mono en poema de Enzensberger, me columpio hasta el recuerdo de M., dramaturga yucateca perdida en Chile, a quien hasta la fecha quiero muchísimo. "Tienes que leer al gran Nicanor", decía exaltada en referencia a Parra cuando ambos teníamos 18 años. Y en realidad me estaba dando un regalo. 

Lo había olvidado y tal vez debí empezar por ahí: en una ocasión M. vendió sus libros más queridos para ayudar a un amigo al que no le alcanzaba para comprar un boleto de regreso a Uruguay a tiempo para enterrar a su madre.

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