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A quién endiosamos

No hace falta viajar a la India para constatar que hay más dioses que personas en el mundo. Constantemente estamos fabricándolos, entre todos o entre muchos o cada quien a solas consigo mismo.

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El verbo endiosar, cuando es transitivo, significa “elevar a alguien a la divinidad”; cuando es pronominal (endiosarse), es “erguirse, entonarse, ensoberbecerse”. El Diccionario de la Real Academia admite un tercer uso, también pronominal: endiosarse como “suspenderse, embebecerse” (embebecerse: “quedarse embelesado o pasmado”). Y este último uso no es raro en el español que se habla en México: se dice, por ejemplo, de una madre absorta en las linduras de su hijo —y más si tales linduras sólo ella las ve— que “está endiosada” con la creatura.

Es sencillo localizar ejemplos para cada caso: los fans de un cantante, pongamos, lo endiosan (con o sin razones, que la fe no las exige, y por eso puede existir alguien como Justin Bieber); el cantante mismo puede llegar a endiosarse (y por eso Justin Bieber está en posición de hacer lo que le venga en gana, que siempre se sentirá magnífico), los fans están endiosados con él (y le festejarán lo que sea: cuando a un dios se le pueden hacer reparos es que ya está dejando de serlo). La farándula y otros territorios propicios para la épica o sus sucedáneos, como el mundo del deporte, surten continuamente de dioses a una sociedad ávida de reverenciarlos, y si los habitantes del Olimpo dejaron de convivir con los mortales tras aquella ocasión de malentendidos irreparables que fue la boda de Cadmo y Harmonía, está a nuestro alcance fabricar todas las divinidades que haga falta: Maradona, por ejemplo, que tiene su iglesia, o Margarita La Diosa de la Cumbia, o Eric Clapton… pero Él sí es Dios.

(Que alguien se endiose puede llegar a ser trágico, como se verifica con frecuencia en hospitales psiquiátricos de Jerusalén, donde terminan individuos aquejados del síndrome que lleva el nombre de esa ciudad, cada uno convencido de que es el Mesías; también endiosar a alguien puede tener consecuencias funestas, cuando se trata de una experiencia colectiva que culmina en la conformación de un culto y al dios en cuestión se le ocurre una inmolación en masa, o bien ejerce su omnipotencia sobre las voluntades de sus creyentes, aniquiladas en su adoración indestructible.)

No hace falta viajar a la India para constatar que hay más dioses que personas en el mundo. Constantemente estamos fabricándolos, entre todos o entre muchos o cada quien a solas consigo mismo: “Enamorarse es crear una religión cuyo dios es falible”, escribió Jorge Luis Borges. Y qué remedio. m

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