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Phillip Lopate: las voces del espejo

Es el acucioso investigador de un tema cuyos pasadizos subterráneos son, por lo visto, inagotables —y en los que sólo es posible sumergirse a fondo con una buena reserva de escepticismo e ironía, mezcla sin la cual el ambiente ahí puede tornarse mortalmente irrespirable—: ese tema se titula “Phillip Lopate”

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Acaso la importancia suprema de comprender cómo funciona el mundo que nos contiene radique en que es la única vía que tenemos para aproximarnos a la comprensión del funcionamiento del mundo que contenemos. La mesa y lo que hay sobre ella, la habitación donde nos encontramos o el espacio abierto por donde transitamos, la presencia del prójimo, el aire, la luz, la música incesante de lo que pasa, el presente, el futuro y sus imaginaciones, las versiones siempre engañosas del pasado: todo cuanto llega a activar nuestra curiosidad es, invariablemente, el comienzo de una nueva formulación de nosotros mismos. ¿Alguien está en posibilidades de rendir, rápidamente y sin recurrir a un espejo, una descripción satisfactoria de su propia espalda? “Se trata de una zona cuya apariencia escapa a nuestro control”, ha escrito Phillip Lopate, un hombre que frecuentemente se empecina en esas reformulaciones de sí mismo a partir de observaciones, digamos, inusitadas; “de ahí que quizá sea la parte más honesta del cuerpo”.

Otra pregunta intempestiva: ¿cuál es la parte más honesta de tu cuerpo? Y, en el fondo, ¿qué querría decir eso de ti? “Siempre me han gustado las espaldas”, sigue respondiéndose Lopate. “Caminar detrás de una mujer guapa que lleva un vestido con la espalda descubierta y contemplar un buen par de omóplatos, realzado por el efecto de la sombra, tiene el mismo poder de atravesar mi corazón que esos pómulos que parecen esculpidos a mano”. Omóplatos, pómulos: ¿en qué estamos pensando ahora mismo? “Me pregunto qué revela esto acerca de mí”, piensa Lopate: “venero una región del cuerpo que designa el acto de marcharse. ¿Significa que soy proclive a la mala vida, un devoto del abandono o, probablemente, un cohibido voyeur que prefiere acechar de manera subrepticia, sin que le devuelvan la mirada y lo confronten?”.

Phillip Lopate (Nueva York, 1943) es el acucioso investigador de un tema cuyos pasadizos subterráneos son, por lo visto, inagotables —y en los que sólo es posible sumergirse a fondo con una buena reserva de escepticismo e ironía, mezcla sin la cual el ambiente ahí puede tornarse mortalmente irrespirable—: ese tema se titula “Phillip Lopate”, y una estupenda muestra de los hallazgos que ha arrojado su exploración se encuentra en el libro Retrato de mi cuerpo: una colección de ensayos que, en la línea directa que procede de Michel de Montaigne, refrendan la naturaleza del género como una inmejorable (y muy gozosa) vía de conocimiento. “¿Qué me da derecho a asumir que mi vida merece tomarse en serio?”, se pregunta, a propósito de la circunstancia de que prácticamente toda su obra consiste en una confesión en primera persona. Un hombre que declara, por ejemplo, cómo es que ser espectador de cine ha representado para él una forma de perfeccionamiento espiritual (o cómo es incapaz de resistirse al impulso de callar a la gente en el cine); cómo puso fin a su condición de soltero intransigente, cómo partía en trozos la comida de su padre anciano, cómo aspiró sin éxito a la amistad de un escritor admirado, cómo es un escritor judío reticente ante ciertos usos culturales y políticos del Holocausto, cómo conoció el “amor desguarnecido y el pavoroso significado de la responsabilidad” en el momento en que nació su hija, después de una extenuante labor de parto... Un hombre frente al espejo, examinando la abundancia indócil de sus cejas, la longitud de sus manos, la forma y las peculiaridades de su pene, la curva que suele dibujar su boca en una sonrisa desdeñosa que no puede controlar. “¿Se trata de arrogancia? ¿Narcisismo?”, sigue preguntándose, y se responde: “Sí..., pero no del todo [...] Formulo narraciones de mi experiencia para que los lectores tomen lo que les concierne, asumiendo (quizá de manera errónea) que los sucesos de mi vida son lo suficientemente convencionales para tocar la sensibilidad de otros”. Y ahí está la maravilla: conforme el ensayista traza su autorretrato —con la prosa níti-da en que se alían la inteligencia aguda, el irresistible sentido del humor y la voluntad poética indispensable para volver memorable la lectura—, vemos cómo los rasgos y los gestos que aparecen son enteramente nuestros: Lopate es uno de esos autores que, para nuestro asombro y nuestra gratitud, nos revelan siempre algo que ignorábamos que ya sabíamos. m

Libros de Phillip Lopate

:: Retrato de mi cuerpo (Tumbona Ediciones, col. Derivas, 2010)

:: Contra la alegría de vivir (Tumbona Ediciones, col. Versus, 2008).


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