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Philip K. Dick: El arte de la paranoia

En el caso de Philip K. Dick, autor de la novela El hombre en el castillo, la paranoia llegó a ser materia prima de una forma suprema del arte literario.

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Es historia sabida: luego de ganar la guerra en 1947, los nazis y los japoneses se dividieron el mundo. De lo que fue Estados Unidos, la costa oeste quedó para los segundos; la este para el Reich alemán, y al centro una franja de indefinición dejada a su suerte. En Europa prosperó, como estaba previsto, el proceso supremacista puesto en marcha por Hitler y los científicos del exterminio, y las poblaciones eslavas fueron arrinconadas en el corazón de Asia; ya que Ucrania funcionó óptimamente como el granero del mundo, lo siguiente fue desecar el Mediterráneo y convertirlo en campos de labranza, gracias al uso agrícola de la energía atómica, que también sirvió para propulsar la conquista del espacio: alcanzada la Luna, a mediados de los años cincuenta, lo lógico fue que una nave alemana se posara en la superficie de Marte con el fin de colonizar. Una reedición de la “solución final” se puso en marcha en África y consiguió sus objetivos en menos de quince años. El emperador japonés nunca renunció a su divinidad, el primer Führer pasó a retiro poco antes de convalecer en un sanatorio y morir tranquilamente —si bien aquejado por una imprecisa senilidad derivada de una sífilis—, y aunque sus sucesores demostraron ser tan incompetentes como mezquinos (especialmente Goebbels y Goering, disputándose el poder a ladridos tras la muerte del Reichskanzler Bormann), ya después de 1960 nada había que amenazara el nuevo orden, ni siquiera las tensiones crecientes (la “guerra fría”) entre Alemania y Japón.

Hacia 1962 comenzó a circular clandestinamente un libro que pronto ganó notoriedad, quizá por lo descabellado de su propósito. Su título: La langosta se ha posado. Firmado por Howard Abendsen, un misterioso autor de ficción que vivía prácticamente atrincherado en Wyoming, uno de los pedazos que quedaron de lo que fue Estados Unidos, ese libro contaba que la guerra en realidad concluyó antes, cuando los estadunidenses derrotaron a los japoneses —antes de que éstos llegaran a atacar Pearl Harbor—; que los italianos se unieron a los Aliados cerca del final y que Berlín capituló ante los británicos, que previamente habían liberado Stalingrado del asedio alemán. Una fantasía, en todo caso: tan ridícula como pensar que hubieran sido los rusos los primeros en llegar a Berlín —¡por no hablar de las bombas atómicas en Hiroshima y Nagasaki!

¿Algo está fuera de lugar en este resumen de la historia reciente? Eso parece, y que lo afirmemos se debe al acuerdo inquebrantable que sostenemos con una versión de la realidad que acaso no tenga más sustento que el consenso: todos sabemos que no fue así. Ni tampoco del modo en que lo imaginó Abendsen (a fin de cuentas un escritor imaginario): nazis y japoneses perdieron, los Aliados ganaron, la bandera soviética ondeó triunfal sobre las ruinas del Reich, etcétera. ¿Estamos seguros? Dudarlo puede ser un exceso de paranoia. Ahora bien: en el caso de Philip K. Dick (Chicago, 1928-Santa Ana, California, 1982), autor de la novela El hombre en el castillo (y creador, por tanto, de Abendsen, el novelista que supone ahí, en un libro dentro de otro libro, un mundo improbable pero muy parecido a lo que admitimos como realidad), la paranoia llegó a ser materia prima de una forma suprema del arte literario. “Los dos temas que me despiertan fascinación”, escribió para una conferencia que dictaría (y canceló) poco antes de su muerte, “son ‘¿Qué es la realidad? y ‘¿Qué constituye al auténtico ser humano?’”. Nada menos.

En pos de responderse esas preguntas, desde joven Dick se dedicó exclusivamente a escribir, enfrentado siempre a la adversidad económica al tiempo que su personalidad se deslizaba por un interminable tobogán de delirio: a raíz de una revelación, aseguraba que era un habitante de Judea, en el Imperio Romano del año 50 d. C., llegado quién sabe cómo al siglo XX (y que lo acosaban la KGB, el FBI y los extraterrestres). Publicó más de 100 cuentos y más de 30 novelas, una de las cuales dio pie a la película que más contribuyó a su celebridad: Blade Runner (basada en ¿Sueñan los androides con ovejas eléctricas?). Y El hombre en el castillo es considerada la pieza central de una obra que suele ubicarse en los estantes de la ciencia ficción, pero que desafía las clasificaciones al ocurrir en territorios absolutamente inusitados para la imaginación literaria. “La realidad es lo que no se esfuma cuando dejas de creer en ello”, llegó al fin a responderse Dick en 1972. Y también se dijo: “Si me fuerzo a ser racional y razonable, y todas esas cosas buenas, debo admitir que la existencia de Disneylandia (que yo sé que es real) prueba que no vivimos en Judea, en el año 50 d. C.”. Tal vez eso mismo sirva para confiar en que no vivimos en un mundo donde triunfó el nazismo. m

 

Algunos libros de Philip K. Dick

:: Valis (Minotauro, 2007)

:: El hombre en el castillo (Minotauro, 2008)

:: Cuentos completos (Minotauro, 2011, cinco volúmenes)

:: Ubik (Minotauro, 2011)

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