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Otra mirada al diálogo de Chapultepec

El académico Jorge Rocha analiza el diálogo entre las autoridades federales y el movimiento encabezado por Javier Sicilia.

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Foto: AFP

Luego de las manifestaciones y marchas encabezadas por Javier Sicilia, el pasado 23 de junio se celebró el primer diálogo entre el Movimiento por la Paz con Justicia y Dignidad y Felipe Calderón. Los resultados de este encuentro han sido motivo de debate: algunos plantean que esta acción sí tuvo resultados; otros niegan que el encuentro tenga frutos; y algunos más se siguen preguntando sobre la naturaleza de este movimiento. Con el ánimo de ayudar al debate, van una serie de reflexiones sobre lo acontecido en Chapultepec.

Para iniciar: es la primera vez en la historia reciente que un movimiento de la sociedad civil sienta a dialogar de forma pública a un presidente de México. Esto significa que el tema tratado y la fuerza del movimiento exigían que el presidente se sentara a la mesa. Calderón no tuvo más remedio que estar presente y escuchar lo que le tenían que decir, reclamar y exigir.

Sin embargo, el presidente no se comprometió a modificar su estrategia de seguridad; incluso la ratificó expresando que debió haber empezado su guerra antes. Lamentó las muertes, pero no mostró ningún arrepentimiento por la ejecución de su fallida estrategia.

Desde la perspectiva de los compromisos adquiridos, el Movimiento no logró prácticamente nada. Era muy difícil pensar que, en un espacio con estas características, se pudiera resolver algo, ya que no estaba diseñado como un proceso de negociación. Sin embargo, quedó claro que ni con el tipo de presión social que se ha hecho hasta ahora, ni con los reclamos vertidos en la mesa, el Gobierno Federal cambiará su forma de enfrentar este problema.

Ahora bien, si analizamos el encuentro desde los planteamientos de la lucha no violenta, tendríamos que hacer las siguientes consideraciones:

Para quienes utilizan la lucha no violenta como forma de incidir en la escena social, hay ciertos principios que marcan el derrotero de sus acciones. El primero es que los adversarios no son enemigos y que tienen derecho al arrepentimiento. No hay posturas verdaderas y únicas frente a los problemas, ni tampoco hay personas totalmente buenas ni malas; es decir, en el mundo real todo mundo tiene derecho a la conversión. El segundo principio implica la necesidad de un verdadero diálogo, donde se reconozcan los puntos de vista de las partes y se intente un acercamiento para construir soluciones consensadas y colectivas. El tercer principio contempla que la lucha no violenta necesita generar la mayor simpatía y empatía por parte de todos los implicados en un problema, ya que su principal fuente de poder es el consenso social. El cuarto principio es que las personas no sólo son razones y argumentos, también son emociones, historias, contextos y relaciones. La lucha no violenta recupera la humanidad de las personas y la utiliza como una herramienta de acercamiento. El quinto principio es que cuando el diálogo no resulta y las vías legales para resolver los problemas se cierran —y eso es evidente para todas y todos—, la parte más débil tiene la posibilidad legítima de recurrir a la desobediencia civil. Estas acciones no apelan ni a la coerción ni a la violencia como su fuente de poder, más bien subrayan la indignación, la ética, la verdad y la humanidad de todas las partes implicadas.

Si leemos el diálogo del Castillo de Chapultepec desde esta óptica, muchas acciones cobran sentido. Calderón puede ser un presidente con legitimidad o no, pero desde la perspectiva de la lucha no violenta es un actor implicado en el problema y tiene derecho a decir su palabra y mostrar arrepentimiento. Durante el diálogo se apeló a la parte emocional de las personas y se recuperaron testimonios específicos de algunas víctimas.

Si todo lo que digo es cierto, Sicilia agotará todos los espacios de diálogo. Y si la respuesta es la misma que la del Ejecutivo, no será extraño que el Movimiento por la Paz con Justicia y Dignidad convoque a acciones de desobediencia civil en pleno escenario electoral.

Quizá una de las novedades más importantes de este movimiento es que está adoptando una estrategia de lucha poco conocida en México. Por lo tanto, genera incertidumbres e incomprensiones. Es posible que no sólo seamos testigos  de un proceso social de corte político, sino cultural, y que en realidad estemos inmersos en un gran escenario de educación cívica que, además de cambiar las cosas, configure nuevas formas de participación social y estrategias de lucha diferentes. m

 

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