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Oliver Sacks: El médico que contaba historias

Autor de una vasta obra que cuenta, a la vez, como divulgación y como crítica de la ciencia, el neurólogo recientemente fallecido vivió dotado de una curiosidad inagotable y también de una necesidad constante de comprensión de los enigmas del cerebro. Por esta necesidad de comprensión, su práctica como médico se basaba en escuchar las historias de sus pacientes. Y cuando las contaba, invariablemente conjugaba su sentido de maravilla con un interés profundamente humano

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Oliver Sacks en 2001, en su departamento de Nueva York. Foto: Corbis/Erica Berger
Oliver Sacks en 2001, en su departamento de Nueva York. Foto: Corbis/Erica Berger

En el invierno de 1939, ante la amenaza de los bombardeos alemanes y presionado por las autoridades, que conminaban a la población a evacuar a los niños del Reino a sitios más seguros, el matrimonio de los doctores Sacks no tuvo más remedio que enviar a sus dos hijos menores a un internado en un pequeño pueblo llamado Braefield. Ahí, Michael, de once años, y Oliver, de seis, encontraron otro género de amenazas y peligros, principalmente a cargo del sádico director que les infligía crueles castigos. Sufrían, además del maltrato y las privaciones propias de la guerra, la sensación de haber sido abandonados durante un tiempo que parecía no tener fin.

Atrás había quedado la vida feliz y emocionante que llevaban en la enorme casa familiar del noroeste de Londres, donde los doctores Sacks tenían sus consultas, en un mundo que básicamente consistía en una familia singularísima, también enorme, y cuyos miembros, en su mayoría, trabajaban en diversas áreas de la ciencia. El abuelo materno era “un erudito hebreo, un místico, matemático aficionado e inventor”, obstinado en que sus hijos recibieran la mejor educación, de manera que siete de los varones se dedicaron a las matemáticas o a las ciencias físicas, en tanto que las hijas optaron por las ciencias humanas: biología, medicina, pedagogía y sociología. Y estos intereses se ramificaban entre el centenar de primos que poblaban aquel mundo.

“Disfruté de esta sensación de tener una gran familia desde mi más tierna infancia, y llevaba aparejada la idea de que la ocupación familiar, aquello a lo que nos dedicábamos, era a hacer preguntas, a ser ‘científicos’, del mismo modo que éramos judíos o ingleses”, recordaría Oliver sesenta años después, en el libro El tío Tungsteno. Memorias de una infancia química. Y recordaría también cómo en Braefield, en medio de aquella soledad y del desconsuelo de hallarse lejos de su familia, tuvo alguna vez ocasión de disfrutar ciertas alegrías decisivas, como el día en que descubrió los cristales de escarcha que se habían formado sobre el vitral de una puerta del internado, y una profesora advirtió el embeleso del niño y tuvo la iniciativa y la sensibilidad para acompañarlo a que observaran esa maravilla con una lupa de bolsillo. “No había dos iguales, me dijo, y el ver cuántas variaciones eran posibles dentro de un formato básico hexagonal supuso para mí una revelación”.

Oliver Sacks y su familia Sacks con sus padres y sus hermanos, Michael y David, durante una visita a la casa familiar en 1940, en la época del internado en Braefield. Otro hermano mayor, Marcus, no aparece porque ya estaba en la universidad. Imagen tomada del libro El tío Tungsteno.

Había también un árbol que le gustaba, y cuya contemplación habría de evocar como el deleite del que se desprendía una convicción que lo ayudó a sobrellevar las penurias de esa época: “La idea de que la naturaleza, cuando menos, existía fuera de los dominios de la escuela me tranquilizaba enormemente”.

Al terminar la guerra, cuando los hermanos pudieron regresar al hogar paterno, el pequeño Oliver fue interesándose cada vez más en la investigación de la naturaleza. Alentado por sus tíos, dos de ellos pioneros en la experimentación con nuevos materiales para la fabricación de bombillas eléctricas (y uno de los cuales es el que dio nombre a aquellas memorias de infancia) y otra que lo guió por los universos de la botánica y las matemáticas, llegó a construirse un laboratorio en un cuarto abandonado de su casa, donde —para preocupación de sus padres, que incluso le instalaron un extractor de gases— probaba todo aquello que iban revelándole los libros de química que leía. Se trataba de un aprendizaje autodidacta y concienzudo que lo conducía por el conocimiento de la historia de esa materia y, a la vez, por el sentido que adquiere el mundo al ser ordenados los elementos que lo constituyen.

Ese aprendizaje también fue la forma que halló de sustraerse a la experiencia traumática por la que había atravesado (Michael desarrollaría una forma de esquizofrenia), conjurando los miedos de la infancia —ahora que iba ya ingresando a la adolescencia— gracias a la ciencia. “Sospecho que busqué los peligros de la química como un medio para jugar con esos miedos, convenciéndome de que con atención y vigilancia, prudencia y previsión, uno podía aprender a controlar este peligroso mundo, o al menos a habitar en él. Y, de hecho, gracias a la atención (y a la suerte) jamás me hice demasiado daño y pude mantener una sensación de dominio y control”.

Esa etapa de descubrimiento maravillado tuvo su momento más alto el día de 1945 en que Oliver conoció, en el Museo de Ciencia Natural de South Kensington (que había permanecido cerrado durante la guerra), la tabla periódica que ahí se exhibía: una gran vitrina de madera con noventa y tantos cubículos, cada uno de los cuales guardaba una muestra real del elemento correspondiente. “Aquella noche casi no pude dormir por la excitación: me parecía un logro increíble haber conseguido imponer sobre todo el vasto y aparentemente caótico universo un orden del que nada escapaba”.

 

Oro, mercurio, talio. Y plomo

Desde niño, Sacks adquirió la costumbre de ir identificando los años de su edad con los elementos correspondientes en la tabla periódica. Cuando tenía 79 (el número del oro), unos días antes de su siguiente cumpleaños, en julio de 2013, escribió un artículo titulado “La alegría de la vejez (en serio)”, en el que reflexionaba:

“Anoche soñé con el mercurio: grandes y brillantes glóbulos de azogue que ascendían y caían. El mercurio es el elemento número 80, y mi sueño es un recordatorio de que el martes tendré 80. ¡Ochenta! Difícilmente puedo creerlo. A menudo siento que la vida está a punto de empezar, sólo para darme cuenta de que casi está por terminarse. Mi madre fue la décima sexta de 18 hermanos; yo fui el más joven de sus cuatro hijos, y casi el más joven en la vasta parentela de su lado de la familia. Siempre fui el más joven en la escuela. He retenido este sentimiento de ser el más joven, aun cuando ahora soy casi la persona más vieja que conozco […] Cerca de los 80, con un repertorio de problemas médicos y quirúrgicos —aunque ninguno incapacitante—, me siento contento de estar vivo. ‘¡Me alegro de no estar muerto!’, exclamo a veces, cuando el clima es perfecto […] Lamento haber desperdiciado tanto el tiempo (y seguir desperdiciándolo); lamento ser tan dolorosamente tímido a los 80 como lo era a los 20; lamento no hablar otras lenguas además de mi lengua materna y no haber viajado o experimentado otras culturas tan ampliamente como debí haberlo hecho. Siento que debería tratar de completar mi vida, cualquier cosa que eso signifique […] A los 80 se cierne el espectro de la demencia o del colapso. Un tercio de los contemporáneos están muertos, y muchos otros, con profundo daño físico o mental, están atrapados en una existencia mínima y trágica. A los 80, las marcas de la decadencia son demasiado visibles; las propias reacciones son más lentas, los nombres nos eluden y hay que ahorrar energías; pero aun así, uno a menudo puede sentirse lleno de energía y vida y no del todo ‘viejo’. Quizá, con suerte, logre seguir más o menos intacto por unos cuantos años y se me otorgue la libertad de seguir amando y trabajando —las dos cosas más importantes en la vida, insistía Freud—”.

Oliver Sacks El doctor Sacks trabajando en un expediente. Foto: Oliver Sacks Foundation / Bill Hayes

Esa nota optimista contrasta, a la vuelta de dos años, con el artículo que Sacks (ya en la edad del talio) publicó el 19 de febrero pasado, también en The New York Times, donde informaba a sus lectores acerca del final inminente que debía encarar: “Mi propia vida”, título tomado de David Hume, uno de sus filósofos favoritos, fue leído con consternación por lo que revelaba, pero también con admiración por la entereza y la dignidad que transmitía:

“Hace un mes sentía que tenía buena salud; una salud robusta, incluso. A los ochenta y un años todavía nado una milla al día. Pero mi suerte se había acabado: hace unas cuantas semanas supe que tengo metástasis múltiple en el hígado. Hace nueve años me detectaron un raro tumor en un ojo, un melanoma ocular. Y si bien la radiación y el láser para remover el tumor habían terminado por dejarme ciego de ese ojo, sólo en casos muy raros esos tumores hacen metástasis. Yo estoy entre el desafortunado dos por ciento.

”Estoy agradecido por haber gozado nueve años de buena salud y productividad desde el diagnóstico original, pero ahora estoy frente a frente con la muerte. El cáncer ocupa un tercio de mi hígado y, aunque se podría retardar su avance, este tipo particular de cáncer no puede ser curado”.

Oliver Sacks murió el 30 de agosto de este año. A los 82 años, el número del plomo.

 

Del laboratorio al consultorio

La infancia había quedado atrás junto con el apasionado amor por la química, aunque éste nunca se extinguió del todo: hasta el final llevaba consigo siempre un pequeño electroscopio de bolsillo, para reconocer, en los espectros de sus emisiones, la composición de las lámparas que fuera encontrándose en el camino. “Tengo una lámpara de sodio en mi recámara: es mi sol”.

Pero ya a las puertas de la adolescencia había quedado claro que su destino profesional sería el mismo de sus padres. Samuel Sacks era médico general y a menudo su hijo más pequeño lo acompañaba en las visitas a domicilio que hacía a sus pacientes (“Era un maestro de la percusión y la auscultación, y creía que así podía conocer más acerca de un pecho que examinara que sirviéndose de los rayos x. Se preguntaba: ‘¿Qué haríamos si no hubiera rayos X?’. Siempre es peligroso olvidar las habilidades clásicas”). Muriel Elsie Landau, por su parte, había sido una de las primeras anatomistas y cirujanas del Reino Unido, y alentaba al muchacho para que fuera realizando sus propias incursiones en esa carrera. Un día, cuando Oliver tenía 14 años, le obsequió un manual para diseccionar e hizo los arreglos para que le facilitaran un cadáver en el hospital donde trabajaba. “El placer que experimentaba al comprender y apreciar la anatomía se perdía casi por completo en el horror de la disección, y la sensación que experimentaba en la sala de disección se extendía a la vida en general, hasta el punto de que no sabía si podría volver a amar los cuerpos cálidos y veloces de los vivos después de ver, oler y cortar el cadáver de una muchacha de mi misma edad que hedía a formol.”

Luego de una etapa de incertidumbre, tras terminar sus estudios en Oxford, el joven médico llegó a contemplar la posibilidad de convertirse en piloto de guerra e, incluso, trabajó durante un tiempo como bombero forestal en Canadá. Pero después enfocó su atención en la neurología, el campo en el que se desempeñaría definitivamente. Llegó a San Francisco, California, en 1965, atraído por la presencia ahí del poeta Thom Gunn, a quien admiraba y con quien pronto entabló una relación en la que se puso de manifiesto el otro gran interés que Sacks conservaría a lo largo de su vida: la escritura (también sostendría una amistad larga y fructífera con otro poeta, W. H. Auden, e insistiría en más de una ocasión en el servicio que la poesía prestaba a su propio trabajo como científico).

Oliver Sacks  Retrato oficial del doctor Sacks cuando era residente en la Universidad de California en Los Ángeles. La fotografía, tomada en el laboratorio de neuropatología, es de 1964.

Gunn lo recordaría, mucho tiempo después, como un joven médico que usaba su segundo nombre (Wolf) y que se había acercado a él para confesarle que quería ser un escritor como Darwin o Freud, alguien que escribiera “literariamente, pero con acuciosidad científica”. Producidos por una especie de voluntad tempestuosa e inclemente, los primeros escritos de Sacks le parecieron a Gunn, “horriblemente precisos y sarcásticos; había algo de inhumano en ellos, una petulancia adolescente bastante desagradable, como el primer Aldous Huxley al ensañarse contra las debilidades de la gente. Le dije: ‘No te gusta mucho la gente’”. El novel autor tenía mucho que decir, pero también tenía demasiada prisa: la primera versión del que sería su primer libro, Migraña, la despachó en nueve días frenéticos.

Inmerso en la cultura de los años sesenta, en la plenitud de una juventud vigorosa, Sacks experimentó todas las posibilidades que esa época ponía a su alcance. Recorría largas distancias por Norteamérica en su motocicleta con los Hell’s Angels (a quienes brindaba también sus servicios como médico), se entregó al fisiculturismo y a la halterofilia (durante un buen tiempo poseyó un récord en el estado de California), se dejó arrebatar por el desenfreno de los ambientes liberados de aquel entonces, con todo lo que ello conllevaba de extremosidad sexual, mística e ideológica. En alguna medida —han observado quienes atestiguaron el paso de Sacks por esos años—, sus diversas experiencias con drogas, en particular con el lsd y las metanfetaminas, propiciaron las audacias clínicas a las que el neurólogo se atrevió cuando tuvo a su cargo la salud de los pacientes del hospital Beth Abraham en el Bronx, un grupo de enfermos afectados por la encefalitis letárgica, una forma especialmente agresiva de Parkinson que los había convertido en estatuas vivientes.

Ese episodio, que Sacks recogería en el libro Despertares, es uno de los que proyectaron mayor atención sobre el trabajo que realizaba, sobre todo cuando se llevó al cine la adaptación dirigida por Penny Marshall en 1990 y protagonizada por Robert De Niro y Robin Williams en los papeles de un paciente (Leonard) y del propio Sacks, respectivamente. Mientras trabajó con aquellos enfermos, a finales de los sesenta, en la atención del neurólogo se operó un cambio significativo gracias al cual quedaba definitivamente enmendado aquello que le había reprochado Gunn al leer sus primeros textos. “Lo esencial fue que me encontré en una posición de cuidado y preocupación por un grupo de personas abandonadas, olvidadas y, como me pareció al principio, desprovistas de esperanza […] Vivía virtualmente con los pacientes, pasaba 16 horas al día con ellos. Nunca había estado en una situación de tal intimidad con otros seres humanos”. En su necesidad de ayudarlos, Sacks hizo a un lado los protocolos habituales de diagnóstico y tratamiento, pero también descubrió que era indispensable enterar al mundo de lo que estaba ocurriendo en ese hospital, y, para hacerlo, para contar las historias de sus pacientes, echó mano de la literatura médica, en particular de los trabajos del neurólogo soviético A. R. Luria, cuyos pasos comenzó a seguir en la búsqueda de un lenguaje que facilitara una mejor comprensión de aquello que la ciencia, con sus tecnicismos y su distanciamiento, no podía describir por sí sola.

Y lo que Sacks también descubrió en aquel hospital del Bronx fue que su trabajo tenía que ver, fundamentalmente, con el reconocimiento, la preservación y —en los casos en que algún trastorno la hubiera disgregado— la restauración de la identidad. 

Oliver Sacks Sacks posa con su motocicleta Norton Jubilee 250cc en 1956. Foto: knopfdoubleday.com

El agua, la música, las historias

Sacks heredó de su padre el amor por el agua. “Creo que aprendí nadando con mi padre —aunque sus lentas, medidas y poderosas brazadas (era un hombre muy robusto que pesaba casi 250 libras) no eran precisamente ideales para un niño de mi edad. Pero yo podía ver cómo mi viejo, enorme y torpe en la tierra, se transformaba —gracioso como una marsopa— tan pronto se sumergía en el agua. Y yo, muy consciente, nervioso y también algo torpe, muy pronto descubrí esa misma placentera transformación: un nuevo ser, una nueva manera de ser en el agua”.

A la par de la ciencia y la escritura, y tan importante como la natación, su otro interés vital fue la música. Intérprete fervoroso de Bach, intuía que en el modo en que nuestro cerebro asimila la música podrían encontrarse algunas claves para abrirse camino en los misterios que determinan nuestra comprensión del mundo. Esta intuición queda ejemplificada en uno de los casos más célebres que consignó, el que da título al libro El hombre que confundió a su mujer con un sombrero.

Referido de tal manera que promueve en el lector la misma perplejidad que Sacks debió experimentar al conocerlo, el caso del doctor P., un viejo profesor de música que acudió a su consulta, abre el primer apartado del libro, “Pérdidas”. Se trata de una colección de trastornos, presenciados por el propio neurólogo en su práctica, cuyo común denominador lo constituyen “los trastornos neurológicos que afectan al yo”. El doctor P. era un paciente que había sido remitido con Sacks luego de que presentara una conducta algo extraña: no reconocía las presencias familiares, o bien tenía confusiones que, sin parecer demasiado alarmantes —un problema ocular estaba descartado, bien podría tratarse de un achaque propio de la edad—, había que atender. Sacks le hizo algunos exámenes de rutina y corroboró que no había señales de demencia: “Era un hombre muy culto, simpático, hablaba bien, con fluidez, tenía imaginación, sentido del humor. Yo no acababa de entender por qué lo habían mandado a nuestra clínica”.

“Y sin embargo había algo raro”, sigue Sacks. “Me miraba mientras le hablaba, estaba orientado hacia mí, y, no obstante, había algo que no encajaba del todo… era difícil de concretar. Llegué a la conclusión de que me abordaba con los oídos, pero no con los ojos”. El doctor P. aparentaba reconocer las formas, pero no lo que fuera que significaran: por ejemplo, no era capaz de distinguir entre su propio pie y su zapato. O bien describía los colores y los detalles de una serie de fotografías, pero no veía las imágenes compuestas por esos detalles. Y tampoco parecía percatarse de esa falla radical de su percepción. Entonces tuvo el gesto que terminó por convencer a Sacks de que algo verdaderamente grave le ocurría:

Oliver Sacks Foto: Oliver Sacks Foundation / Nicholas Naylor Leland

“Aunque debí de poner cara de horror, él parecía convencido de que lo había hecho muy aceptablemente. Hasta esbozó una sombra de sonrisa. También pareció decidir que la visita había terminado y empezó a mirar a su alrededor buscando el sombrero. Extendió la mano y cogió a su esposa por la cabeza intentando ponérsela. ¡Parecía haber confundido a su mujer con un sombrero! Daba la impresión de que ella estaba habituada a aquellos percances”.

La relación de aquel paciente con el mundo en que habitaba había quedado destrozada a causa de un proceso degenerativo que afectaba las zonas visuales del cerebro, pero que también lo había despojado de la capacidad de juicio. “El juicio es intuitivo, personal, global y concreto: ‘vemos’ cómo están las cosas en relación unas con otras y consigo mismas. Era precisamente este marco, esta relación, lo que le faltaba al doctor P.”, anotó Sacks en la posdata agregada a su relato del caso. Pero aquella circunstancia, ciertamente desdichada, por la que atravesaba su paciente (y que se prolongaría el resto de su vida), tenía una solución en la música: al visitarlo en su domicilio, el médico descubrió que el doctor P. era capaz de desenvolverse satisfactoriamente mientras hubiera música.

“¿Cómo puede ser capaz de hacer las cosas?”, se preguntó Sacks al atestiguar la vida familiar de aquel paciente. “¿Qué pasa cuando se viste, cuando va al retrete, cuando se da un baño? Seguí a su esposa a la cocina y le pregunté cómo se las arreglaba, por ejemplo, para vestirse. ‘Es lo mismo que cuando come’, me explicó. ‘Yo le coloco la ropa que va a ponerse en el sitio de siempre y él se viste sin ningún problema, canturreando. Todo lo hace así, canturreando. Pero si hay algo que lo interrumpe y pierde el hilo, se paraliza del todo, no reconoce la ropa… ni su propio cuerpo. Canta siempre: canciones para la comida, para vestirse, para bañarse, para todo. No puede hacer nada si no lo convierte en una canción’”. Sacks supo entonces qué podría aconsejarle a aquel hombre: “Lo que yo prescribiría, en un caso como el suyo, sería una vida que consistiese enteramente en música. La música ha sido el centro de su vida, conviértala ahora en la totalidad”.

El hombre que confundió a su mujer con un sombrero, así como Un antropólogo en Marte (“relatos de supervivencia en circunstancias alteradas a veces de manera radical, en las que dicha supervivencia resulta posible gracias a los maravillosos, aunque a veces peligrosos, poderes de reconstrucción y adaptación de que estamos dotados”), Veo una voz (donde reúne sus observaciones acerca del mundo de los sordos) o La isla de los ciegos al color (que recoge su trabajo con grupos de habitantes de la Micronesia que han perdido la visión cromática), son libros que pueden leerse como fascinantes expediciones por las situaciones más extremas de la percepción humana: relatos que bien pasarían por literatura fantástica de no constituir la materia preciosa con la que la neurología y las ciencias afines a ésta trabajan para comprender mejor los enigmas de nuestro cerebro.

Oliver Sacks Robert de Niro (izq.) y Robin Williams en una escena de la película Despertares (Awakenings, 1990), dirigida por Penny Marshall y basada en la novela autobiográfica de Oliver Sacks. Foto: EFE.

Sacks llegó a ser objeto de críticas por el hecho de utilizar las historias de sus pacientes para ir dando forma a una obra en la que algunos quisieron ver una cruel exhibición sensacionalista de las anomalías de dichos pacientes, al modo de los circos de fenómenos del siglo XIX o de las “cámaras de maravillas” del Renacimiento, en las que se atesoraba toda suerte de restos de creaturas monstruosas. Un académico británico, defensor de los derechos de personas con discapacidad, se refirió al neurólogo como “el hombre que confundió a sus pacientes con una carrera de escritor”, y el columnista Alexander Cockburn lo acusó, en The Nation, de “estar en el mismo negocio que los tabloides de supermercado”.

Pero en los relatos de Sacks (él los llamaba “neurorrelatos”) puede apreciarse, al margen de estas recriminaciones, el afán de proponer a sus lectores una comprensión compasiva de esos pacientes cuyas desventuras ponen a prueba los límites que creemos reconocer entre la salud y la enfermedad. En un tiempo en que los avances tecnológicos aparentemente han desprovisto a la práctica médica de la necesidad de una relación personal entre el especialista y su “objeto de estudio”, Sacks recuperó las viejas usanzas de la consulta en las que el médico se interesaba a fondo por el enfermo, antes que por la enfermedad: escuchando e indagando minuciosamente a fin de ser capaz de obtener del paciente una historia lo más completa posible. Y el hecho de que este médico, como escritor, aprovechara dichas historias y continuara profundizando en ellas a la hora de contarlas en sus libros, puede entenderse también como el propósito doble de conducir a sus lectores en una incursión aleccionadora por zonas de la personalidad o de la identidad a las que la mayoría nunca tendremos acceso —pero que existen—, y de ejercer una constante actitud crítica respecto de la práctica médica y también del quehacer científico en general.1 La consignación que hizo Sacks de esos casos extremos de la percepción, siempre desde el punto de vista de la neurología, fue la vía que tomó para hacer nuevos, estimulantes y fértiles planteamientos acerca del fundamento de lo que creemos saber —y, particularmente, acerca de lo que la ciencia cree saber, y lo que le falta—.

“Su método como médico es colaborar con sus pacientes para forjar nuevos caminos en sus cerebros, que restauren su capacidad de autosanación”, observó Steve Silberman, en “The Fully Immersive Mind of Oliver Sacks”, un prolijo testimonio publicado en la revista Wired, en 2002, que examina la forma en que el neurólogo se acercaba a los misterios del cerebro, y a los del suyo propio (de este reportaje están tomadas varias de las palabras de Sacks aquí citadas). “Él concibe este trabajo como un acto de escucha profunda, atendiendo a las armonías sutiles y a las desarmonías en el comportamiento de sus pacientes, como escribió en Despertares, ‘en una simpatía cinética e intuitiva… un juego continuo de fuerzas, siempre cambiante y melódico, que puede hacer recordar a esos seres vivos que están vivos’”.

Oliver Sacks Oliver Sacks durante una firma de su libro Un antropólogo en Marte (An Anthropologist on Mars), publicado en 1995. Foto: Corbis / Andrew Murray

“Sacks es un escritor con el que los lectores establecen una relación de tenaz afecto, como si fuese el médico con el que todos han soñado y nadie ha encontrado, ese hombre que pertenece a la vez a la ciencia y a la enfermedad, que sabe hacer hablar a la enfermedad, que vive siempre con la misma intensidad la pena y sin embargo la transforma en un ‘entretenimiento de Las mil y una noches’”. Son palabras del ensayista y editor Roberto Calasso, en el prólogo que escribió para la edición italiana de El hombre que confundió a su mujer con un sombrero. “Estas historias terribles y apasionantes tienden a permanecer encerradas en los manuales. Sacks es el mago benéfico que las rescata y, por pura capacidad de identificación con el sufrimiento, con la turbación, con la pérdida o la irrefrenable superabundancia, consigue restablecer un contacto —con frecuencia débil, delicadísimo, siempre precioso para los pacientes y para nosotros— con mundos remotos y mudos”.

 

Los perros verdes

Una mañana de sábado de 1993, de paseo con un amigo por el Jardín Botánico de Nueva York, Sacks descubrió que en el museo del lugar se celebraba una reunión de la Sociedad Americana de Helechos. Intrigado, se acercó a escuchar. “Con frecuencia he de ir a reuniones profesionales, de neurólogos o neurocientíficos, pero la atmósfera de aquella reunión era del todo diferente y evidenciaba una libertad, una naturalidad y una falta de competitividad que no había visto jamás en ninguna reunión profesional”. Se aficionó de inmediato a asistir a esas reuniones.

Para ello contaba, desde luego, el hecho de que en su infancia hubiera tenido ya algún interés por la botánica, y que su madre tuviera el jardín familiar poblado de helechos. Pero, como lo sugiere desde su comienzo el libro Diario de Oaxaca, hubo algo de gozoso misterio en el impulso que, poco después del descubrimiento de aquella sociedad, hizo que Sacks se viera metido en el avión en el que los entusiastas integrantes viajaban a Oaxaca para llevar a cabo una expedición cuyo único y asombroso objetivo era observar helechos. “Somos un grupo de tipos más raros que un perro verde”, le advirtió uno de sus compañeros. Y él estaba convirtiéndose en uno de ellos.

Ese libro, fruto de aquel viaje, sigue el espíritu de los diarios de los naturalistas del siglo XIX, en especial Alexander von Humboldt: un registro de aventuras y de hallazgos, motivado por una voluntad de conocimiento que acaso sólo pueda explicarse por la fuerza irresistible de la curiosidad, acuciada constantemente por aquello que el viaje va deparándole. Aun cuando se encuentra fuera de los intereses principales de la obra de Sacks, en este diario consta el autorretrato inmejorable del científico capaz tanto de prestar atención a lo que observa (los helechos, pero además el carácter de sus aficionados, la historia y la cultura mexicana que descubre, el inagotable universo de la botánica, su propia avidez de saberlo todo), como de verter la experiencia en un estilo vívido, pletórico, donde la levedad de las palabras es idónea para la profundidad de las reflexiones, y gracias al cual esa expedición, en apariencia tan extraña, termina comunicándose con una peculiar felicidad: la felicidad maravillada del conocimiento y de la curiosidad interminable.

Oliver Sacks Oliver Sacks con Lillian T., la última de sus pacientes de Despertares. Foto: oliversacks.com

El día del descanso

El 14 de agosto pasado, dos semanas antes de morir, Oliver Sacks publicó un artículo titulado “Sabbat”, en el que rememoraba su infancia como integrante de una familia judía observante de la tradición y donde anticipaba la publicación de sus memorias: el libro On the Move, que apareció después de su muerte. También relataba el reencuentro que tuvo con su familia y con aquella fe, en ocasión de un viaje que hizo a Jerusalén en la primavera de 2014 para visitar a una anciana prima en el festejo por sus cien años.

El distanciamiento, seis décadas atrás, había sido causado en buena medida por la homosexualidad de Sacks. Y ahora que se dirigía a aquella reunión familiar en compañía de Billy Hayes, su pareja, resonaban en su recuerdo las duras palabras que le había lanzado su madre cuando el joven Oliver confesó a su padre su naturaleza: “Eres una abominación. Ojalá no hubieras nacido”. (Luego de haber pasado la vida entera renuente a abordar el asunto, Sacks lo encaró por fin en On the Move, para sorpresa de muchos de sus lectores que nunca habían tenido acceso a esa zona de su identidad.) Así llegó a la celebración del sabbat, en aquel viaje, y descubrió esto:

“La paz del sabbat, de un mundo que se ha detenido, un tiempo fuera del tiempo, era palpable, lo llenaba todo, y me vi inundado de añoranza, algo parecido a la nostalgia, mientras me preguntaba qué habría pasado: ¿y si esto y aquello y lo otro hubiesen sido de otra forma? ¿Qué clase de persona podría haber sido yo? ¿Qué clase de vida podría haber llevado?”.

Algo más de un año después, enfermo terminal, al publicar esos recuerdos, volvió a pensar en esa celebración:

“Y ahora, débil, sin aliento, con mis músculos antes firmes ya desvanecidos por culpa del cáncer, veo que mis pensamientos se dirigen no hacia lo sobrenatural o lo espiritual, sino hacia lo que significa vivir una existencia buena y que vale la pena: alcanzar una sensación de paz con uno mismo. Veo que mis pensamientos vuelan hacia el sabbat, el día del descanso, el séptimo día de la semana y quizá, también, el séptimo día de la propia vida, cuando uno siente que ha terminado su trabajo y puede descansar, sin cargo de conciencia”.m.

Oliver Sacks Foto: Corbis / Erica Berger 

Algunos libros de Oliver Sacks

:: Migraña (1970)

:: Con una sola pierna (1984)

:: El hombre que confundió a su mujer con un sombrero (1985)

:: Veo una voz (1989)

:: Un antropólogo en Marte (1995)

:: El Tío Tungsteno (2001)

:: Diario de Oaxaca (2002)

:: Musicofilia (2007)

:: Alucinaciones (2012)

:: En movimiento (2015)

 

Para saber más

:: Despertares (Penny Marshall, 1990).

:: The Man Who Mistook His Wife for a Hat, ópera de Michael Nyman.

:: “¿Qué revelan las alucinaciones sobre nuestras mentes?”, conferencia TED de Oliver Sacks.

:: “Being Oliver Sacks”, entrevista sobre el libro Musicofilia, en National Review of Medicine.

:: “A Garden for Oliver Sacks”, artículo de Roberto Calasso en The New York Review of Books.

:: “The Fully Immersive Mind of Oliver Sacks”, reportaje de Steve Silberman en Wired.

:: “A Rare, Personal Look at Oliver Sacks’s Early Career”, reportaje de Lawrence Wschler en Vanity Fair.

:: “Oliver Sacks: el hombre que amaba las cortezas”, artículo de Mario Muchnkik en El País.

:: Sitio oficial, Oliver Sacks, M.D.

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