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Los reyes del deporte sin alma panamericana

La práctica deportiva va mucho más allá de los circuitos profesionales. Pero mientras unos pocos son beneficiados por las inversiones gubernamentales, la mayoría practica con lo poco que tiene a la mano.

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“Aquí hay banda que sí da la vida por la bola, me cae”.

El que suspira es Lorenzo, un empleado de Walmart, en su tarde de descanso. “Aquí” es la Unidad Deportiva 18 de Marzo, o Ex Penal de Oblatos, en el cruce de Josefa Ortiz y Sebastián Allende, en Guadalajara; la “banda” es un grupo de hombres que se amontonan en las canchas de frontón a jugar, retar, ver, beber, fumar; “la vida” es exageración de Lorenzo, pero éstos pueden dejar la quincena en una apuesta; “la bola” es la del frontón, el deporte de los jodidos, el que nomás necesita eso: una bola, una pared y que el jugador tenga una mano —con una es suficiente—, pero no despierta ningún espíritu panamericano en el oriente de Guadalajara, la ciudad sede de los XVI Juegos Panamericanos.

No es que el centenar y medio de hombres amontonados bajo un sol inclemente del sábado odie los Panamericanos.

Ni fu ni fa.

Lo que sí es que, tal vez porque el frontón no pinta en la agenda internacional, la euforia de las próximas competencias no llega a las ocho canchas de la 18 de Marzo, lugar de reunión de obreros, talabarteros, empleados, barrenderos, un abogado del barrio y desocupados. Unos ya setentones, otros recién salidos de la niñez, todos matan las horas frente a un paredón color verde pasto. Así, sin camisa o con traje industrial, con bermudas o pantalones, zapatillas deportivas o zapatos de trabajo. Entre ellos, decir “Panamericanos” es lo mismo que hablar mandarín: nadie lo hace, y cuando les preguntan, esquivan.

También podría ser que el espíritu por la justa que viene tenga que ver con la distribución del gasto en infraestructura deportiva en la zona metropolitana de Guadalajara, una ciudad de casi cinco millones de habitantes.

Olor a nuevo

Mientras el poniente de la ciudad huele a estreno, al oriente —tan lleno de deportistas como los que hoy jadean en la 18 de Marzo— llegó una parte mínima de los 2 mil 900 millones de pesos que los gobiernos federal y del estado gastarán en la construcción de canchas, albercas, estadios y velódromos nuevos, así como la rehabilitación de edificios que ya existían, para las competencias que incluirán 46 disciplinas deportivas, del 14 al 30 de octubre de 2011.

En el poniente, los parques Metropolitano y Ávila Camacho, en Zapopan, y la unidad Revolución, en Guadalajara, los tres rodeados por zonas residenciales, concentran nueve de las 21 instalaciones deportivas públicas de la metrópoli. Al oriente hay cinco escenarios, agrupados en el Club Atlas Paradero y la Unidad Valentín Gómez Farías, en Tlaquepaque, y el Parque de San Rafael, en los límites de Guadalajara y Tlaquepaque. El resto de los escenarios está cerca de los centros de Guadalajara y Zapopan, según la página oficial de los Juegos Panamericanos.

De los cuatro municipios que hacen el corazón de la urbe, el más oriental, Tonalá, fue el único que quedó fuera de escena, sin derecho a casting, lamenta Manuel Fernando Mateos, responsable del Consejo Municipal del Deporte (Comude): “De los Panamericanos no tenemos ni una sede ni una subsede. La comunidad nos pregunta por qué, pero no sabría qué contestar”. El municipio sólo tiene 14 unidades deportivas —una por cada 34 mil 192 habitantes, según el censo de 2010 del Instituto Nacional de Estadística y Geografía—. Y sólo uno de estos parques, el Revolución Río Nilo, está para presumirse. Y ni tanto: una de sus instalaciones más preciadas, una alberca semi olímpica, no tiene techo ni calefacción para el agua, por lo que la escuela municipal de natación no funciona ni cuando llueve ni cuando refresca. “Estamos con mucha carencia”, admite el servidor público, pues los salarios de los 103 trabajadores del Comude absorben 90 por ciento del presupuesto de la institución, que es de 14 millones de pesos.

Así las cosas, afirma, queda muy poco dinero para los otros 13 parques, como el que está en la colonia Jalisco, uno de los barrios más marginados de la metrópoli. Ahí, de plano, los deportistas se niegan a pagar la entrada a la unidad —y, por su seguridad, los empleados se niegan a cobrarles.

Por lo menos en la 18 de Marzo no hay tanta rispidez fuera de la cancha, donde a nadie se le ha ocurrido cobrar, en parte porque las bardas que podrían contener el ingreso de “gorrones” están rotas o en el suelo. “Mal rollo que nos tengan olvidados”, suelta Rodolfo Ruiz, un jubilado fanático del frontón. Hace unos años venía a retar; ahora se siente intimidado ante tanto muchacho tan nuevo y tan bueno. “Y tan desperdiciado, porque no hay quien los apoye. Nunca nos visitan visores, ésos que se llevan a jugar a la gente a las grandes ligas. La policía es la que viene a verlos y a llevárselos, después de los partidos”, reza, sin bajarse de su bicicleta y al mismo tiempo embobado por el partido.

En el paredón, la bola ametralla con un sonido sordo. Aparte de eso, lo único que se escucha es la expectación, que cada poco es interrumpida por el sonido de una cerveza que se destapa.

Rodolfo Ruiz me jura que estoy de suerte. En días normales, en la cancha se reúnen los más prestigiosos jugadores de Talpita, Tetlán, Panteón Nuevo, San Pancho, Presa de Osorio y hasta El Deán, varios kilómetros al sur. Pero hoy, hoy están los mejores de los mejores: El Che intenta destronar al campeonísimo Bolo.

El Che, un veinteañero bajito, llegó descamisado, con una musculatura de anuncio, una greca tatuada en el tobillo derecho, bermudas a cuadros tintos y una derecha poderosísima. El Bolo vino con una camiseta extra grande, unas bermudas claras y tuvo un mal día en el juego. En la cancha se deshace, rabioso, por alcanzar las pelotas que le manda su contrincante. Una. Otra. Otra... No lo logra. Después de siete minutos, saca de algún rincón de su cuerpo fornido un rollo de billetes para pagar el honor perdido. A un lado de la cancha, sus admiradores le pagan a los admiradores de El Che. Así son los patrocinios acá, donde ha habido apuestas de 50 mil pesos, afirma Rodolfo Ruiz. Hoy el desembolso ajusta para que los vencedores se lancen por una cerveza que compartirán con los vencidos.

Los fines de semana hay que esperar un buen rato por una cancha de frontón, basquetbol o futbol en la 18 de Marzo, sede de los equipos de soccer Los Malachenchos y Los Encuerados (porque durante mucho tiempo sus integrantes jugaron con el torso desnudo, a falta de un uniforme que los identificara), buenísimos unos y buenísimos otros, mejores que muchos que ya juegan en la primera, “nomás que desconocidos”, insiste Rodolfo Ruiz.

Junto a las porterías, debajo de un guamúchil, se reúnen los aspirantes a una cáscara, hasta que en equipos improvisados se hacen hasta cinco retas mientras corre la tarde. Los jugadores, unos jóvenes, otros viejos; unos muy bien uniformados, otros ataviados con camisetas de equipos políticos o jerseys de conjuntos de básquet mundialmente desconocidos. No hace falta árbitro.

Ni árbitro ni uniformes ni electrolitos ni marcas de ropa ni tenis con tacos. “En eso se fijan nomás los cremosos”, afirma el talabartero Ricardo Arias. Hacen falta mejores instalaciones, coinciden todos.

Sin ser fea, la Unidad Deportiva 18 de Marzo refleja el modo mexicano con el que muchas veces se hacen las obras públicas. El espacio comenzó a ser remodelado durante la administración municipal anterior, a cargo del Partido Acción Nacional, y los trabajos concluyeron con este gobierno, del Partido Revolucionario Institucional.

“Concluyeron” es un decir. El mejoramiento consistió en la construcción de un gimnasio que borró del mapa una cancha de futbol que era muy apreciada. Al lado del gimnasio, lo que era otra cancha cedió paso a una vereda que conduce a ninguna parte; así, el segundo campo de juego quedó cuadrado y tan pequeño que “uno no ocupa ni calentar”, afirma Carlos Hernández, uno de los jugadores fieles. Se habilitó un gimnasio al aire libre y un área de juegos infantiles en un llano donde los fierros arden, a falta de árboles. En lo que fue un campo arbolado se erigieron dos edificios blancos, al parecer para vestidores y servicios sanitarios, que nunca han abierto sus puertas; el wc está donde están las ganas de orinar. Las canchas de básquet nadie las tocó. Se dejó inconclusa la estructura metálica de un domo, sobre una especie de coliseo hundido, un estanque de basura y agua de lluvia, en plena emergencia de dengue. Puras de ésas.

“Esta unidad era muy competente… hasta que la arreglaron. Ahora no hay nada que esté bien”, se queja Carlos Hernández.

“Menos mal que aquí nadie tocó las pistas para BMX”, añade Alejandro Vázquez, El Mutante, uno de los promotores más antiguos de esa disciplina del ciclismo en la ciudad, y hasta hace poco entrenador de Christopher Mireles, favorito para los Panamericanos.

Tras 25 años montado sobre una bmx, Alejandro sabe que en Guadalajara ese deporte comenzó a practicarse en el oriente, en el Parque de San Rafael, donde está la primera pista de la ciudad. A El Mutante le habría gustado que la competencia internacional se realizara en aquella zona, donde los adeptos y el público forman ejércitos mientras las instalaciones necesitan una mano de gato. “Si el oriente no se les hace agraciado a las autoridades, otro buen espacio es el Parque Extremo, en las avenidas Circunvalación y Normalistas, o en la que hasta hace pocos meses era una de las mejores pistas de bmx del país, en la Unidad de ‘La Curva’ [Ángel Zapopan Romero]”, en la avenida Laureles de Zapopan.

En cambio —relata—, los organizadores de los Panamericanos demolieron los espacios de velocidad y acrobacias de bmx en “La Curva” para levantar ahí el Estadio Telmex de Atletismo, e invirtieron en la construcción de otra pista, en un sitio fuera del alcance cotidiano de un tapatío común: “Camino al Autódromo Hermanos Gallo, a mil 600 metros al suroeste del camino a Mazatepec”, siguiendo las indicaciones de la página oficial de los Juegos Panamericanos. “Es posible que la pista acabe como un elefante blanco”, augura El Mutante. Los que hacen bmx son adolescentes y jóvenes que se mueven a bordo de bicicletas muy pequeñas. “Para ellos, la pista de Mazatepec está a más de una hora del centro de la ciudad”.

 

Alma deportista, piso de tierra

Luz Bobadilla, de 55 años, ha hecho deporte toda su vida, aunque nunca pagó por ejercitarse. En 2009 hizo un esfuerzo para inscribirse en las clases de natación, en la escuela municipal de la Unidad Ángel Zapopan Romero. “Venía mucha gente de la tercera edad, porque para ellos las clases eran gratis, siempre y cuando las tomaran diario. Hace un año, en septiembre de 2010, nos dijeron que ya no viniéramos porque iban a construir canchas para los Panamericanos. Nos mataron el alma deportiva, porque no hay otra alberca pública cerca”.

Los relatos de Luz coinciden con los de El Mutante y otros practicantes de bmx: en “La Curva” recién se había construido una ciudad deportiva de muy buen ver, “con canchas de basquetbol y de futbol rápido empastadas; una chulada, pero antes de que las estrenáramos demolieron todo para hacer el estadio de atletismo”.

Luz Bobadilla extraña la unidad, tanto como la zona boscosa cercana a Tesistán, a donde todas las tardes salía a caminar o correr, hasta hace un lustro, cuando los fraccionamientos privados resultaron mejor negocio que la conservación ecológica. Hoy, su “alma deportiva” la lleva a emprender largas caminatas por la zona forestal del fraccionamiento Colinas del Rey.

Su atuendo deportivo son unos pants de trabajo, una playera vieja, un sombrero de palma para evitar las quemaduras de sol y unos tenis cómodos. Es difícil seguirle el paso. Lo único que necesita para ejercitarse y que sus rodillas permanezcan sanas, dice mientras avanza a toda velocidad, es un pedazo con árboles y piso de tierra.

En general, la ciudad necesita más áreas verdes y la rehabilitación de los parques que ya existen y están abandonados, opina Gonzalo Arthur, veterinario de profesión y entrenador de box desde hace 30 años.

Todas las mañanas Gonzalo entrena a Sara en un parque de la colonia Vallarta Norte, en el poniente de Guadalajara, y ofrece clases privadas en su casa, cercana a la zona de Chapultepec. Sus brazos son nudos de músculos. Su carácter es el de un pacifista que ni siquiera está de acuerdo con las peleas sobre el cuadrilátero: “El efecto de los golpes en un boxeador es irreversible”. Sus puños y críticas son contundentes. “La construcción de las instalaciones panamericanas es una muestra de la locura de los dirigentes políticos y deportivos de Jalisco; están abusando de manera grosera de un presupuesto que debería destinarse a la salud, la cultura y la promoción del deporte”. ¿Qué no harán eso los Panamericanos? Una sonrisa dulce y sarcástica es su respuesta.

En su opinión, para las competencias de box de los Juegos debieron aprovecharse el Coliseo de la Universidad de Guadalajara o la Arena Coliseo, que junto con el barrio que la rodea y los parques del oriente de Guadalajara suplican por mantenimiento.

“Por estos rumbos hacen falta más canchas, más pistas, más juegos para los niños. Eso lo saben todos”, reitera Ricardo Arias, talabartero desde adolescente, frontonero desde que tiene uso de la razón, y político vecinal mil veces decepcionado de los dirigentes de todos los colores. Está sentado en una barda, frente a la cancha de futbol, con sus pantalones de mezclilla y sus mocasines viejos. Dice que quedó con su hermano y sus sobrinos para aporrear el gran paredón verde. Sus enseres deportivos caben en una cartera de tela: un bola fluorescente que guarda como tesoro, envuelta en un pañuelo azul: “Es una pelota de las buenas —dice extasiado—, vale 46 pesos, medio día de trabajo, por eso la cuido mucho”.

—¿No juega futbol? —le pregunto a Ricardo.

—N’ooombre, estos muchachos son muy buenos. Deberían estar en otro lado.

“Aquí hasta el más malo mete goles”, presumió hace rato el abogado Juan Manuel Pérez, usuario de estas instalaciones desde hace 35 años. Y hasta el más pobre hace deporte, pienso cuando veo que los hijos pequeños de las estrellas de la cárcel construyen su propia portería con un par de piedras, entre la cancha y las moles blancas que algún día serán unos baños.

A un lado de la cancha, la única usuaria del gimnasio al aire libre a la redonda es Georgina Figueroa, una mujer gruesa, que entrega sus mañanas y su espalda a la carga de bultos de ropa y verduras en los tianguis. Usa los aparatos para reconfortarse de un tirón en el hombro y relajar las caderas. “¡Véngase a hacer ejercicio!”, invita, montada en una caminadora, sobre una sandalias sintéticas doradas.

Más allá, donde el domo nunca se acabó de construir, un niño de unos seis años practica lo que en el argot deportivo podría llamarse tiro de piedra, contra el gran charco donde las larvas de mosquito se reproducen por millones y donde nadie, nadie, habla de los xvi Juegos Panamericanos. m

 

Agita São Paulo, un movimiento, lento, pero seguro

Agita São Paulo es un programa público que ha puesto en movimiento a la población de esta ciudad brasileña, en sitios cerrados y abiertos, pequeños y grandes, ricos y pobres. Comenzó a finales de 1996, tras dos años de preparación e investigaciones científicas en el campo de la medicina y las ciencias sociales que revelaron que la falta de ejercicio afecta más al segmento más pobre de la población.

Estas investigaciones, coordinadas por el Centro de Estudios del Laboratorio de Aptitud Física de São Caetano do Sul (Celafiscs), dieron a conocer más tarde que el sedentarismo le sale caro a la Secretaría de Salud del Estado de São Paulo. ¿Qué tanto? 37 millones de dólares entre 2001 y 2002, por la atención de los enfermos de la inmovilidad, que acaba en enfermedades crónicas no transmisibles.

De la agitación no sólo se ocupa el gobierno: 300 instituciones públicas y privadas, además de un comité científico, participan en el financiamiento y las investigaciones necesarias para ello, según el ensayo “Agita São Paulo: promoción de una vida activa como forma de vida en el Brasil”, de Sandra Mahecha y Victor Rodrigues.

Así, la activación física se instaló en las calles de los barrios marginados hasta en las salas de espera de los hospitales públicos, donde además se capacitó a los médicos para que puedan detectar las afecciones “sedentarias” y se contrató a entrenadores para atender a los enfermos. Por supuesto, las autoridades realizaron protocolos técnicos, construyeron ciclovías, contrataron especialistas para agitar el comienzo de las jornadas laborales…

Como ya se esperaba, los cambios no han sido rápidos. Lo que sí es que ahora más personas tienen conciencia de su sedentarismo, más hacen ejercicio y casi nadie tiene pretexto para permanecer inmóvil.

Que el ejercicio sea un derecho

El modelo deportivo del ITESO, a diferencia del de otras universidades, no está centrado en la promoción del deporte de elite por medio de becas, sino en la promoción de la actividad física entre toda la comunidad universitaria. “Hemos buscado que en el iteso, como en el Primer Mundo, el movimiento sea un derecho que se ejerza”, explica Tomás Trujillo Santana, jefe del Centro de Educación Física y Salud Integral (CEFSI).

Para eso, se trabajó en hacer conciencia entre la gente de que trabajar y moverse es bueno para su salud: la recomendación de los organismos internacionales es ejercitarse al menos 30 minutos al día. A decir de Trujillo, en 2000, el ITESO tenía dos mil practicantes de alguna disciplina deportiva entre los siete mil estudiantes, profesores y trabajadores que integran su comunidad. Hoy hacen ejercicio (poco o mucho) prácticamente todos: siete mil de las 7,500 personas que participan en las actividades de la universidad.

El incremento de la actividad física tiene una receta: la inclusión: aumentó la cantidad de las disciplinas deportivas que se practican —64 en este momento—, los escenarios, los horarios para hacer ejercicio —las instalaciones del cefsi abren de las 7 a las 22 horas— y los proyectos para que esto ocurriera.

Se echó a andar Juega ITESO, por ejemplo, un programa que busca que los usuarios del campus “maten” sus tiempos libres con la práctica de algún deporte. También, Actívate ITESO, que invita a toda la comunidad universitaria a moverse por su salud: este programa parte de una evaluación personal, a partir de la cual los participantes obtienen una guía de ejercitación que va de menos a más.

La construcción de un nuevo espacio deportivo para 2012, enfrente del actual domo deportivo, busca reforzar esta estrategia: inclusión, inversión en infraestructura accesible, deporte para todos.

¿Cómo se trasladarían los proyectos del ITESO a las calles de la ciudad? En un modelo externo se debería buscar que toda la gente tuviera acceso fácil a instalaciones amigables. Lo importante es que la gente se mueva.

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