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Los primeros días del peregrino

En las primeras experiencias de Ignacio de Loyola radica el núcleo de los Ejercicios Espirituales y de eso que ahora conocemos como “espiritualidad ignaciana”: la aventura de abandonarse completamente en manos de Dios

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Ilustración de San Ignacio de Loyola
Ilustración de San Ignacio de Loyola

Como a Íñigo López de Loyola le habían roto la pierna con una bala de cañón y en casa de su hermano, donde convalecía, no había novelas de caballería, no tuvo más remedio que leer los libros piadosos de su cuñada. Tenía 30 años y los planes de cualquier joven ambicioso: triunfar en la guerra, conquistar a alguna dama encumbradísima. Pero las vidas de Francisco de Asís y Domingo de Guzmán, que habían abrazado la pobreza como forma de seguimiento de Cristo, lo deslumbraron.

Resolvió entonces que él también imitaría a Cristo y, en cuanto estuvo recuperado, abandonó el castillo de su hermano y se aventuró a vivir como limosnero. Se dejó crecer el pelo, las barbas y las uñas, y cambió su ropa elegante por una túnica aspera. Los niños lo llamaban “el hombre del saco”.

Según cuenta en su autobiografía, dictada a su secretario cuando ya era el primer general de la Compañía de Jesús en Roma, esta experiencia de desnudez y de abandono —“tener sólo a Dios como refugio”— se convirtió en la nueva fundación de su vida. No en balde se hacía llamar “el peregrino”.

Vivió en una cueva en Manresa, alimentado por unas beatas. En medio de sus largas jornadas de oración y penitencia experimentó que Dios lo confirmaba en su cambio de vida y aprendió a discernir sus movimientos afectivos. ¿Cómo distinguir entre los deseos que lo acercaban a Cristo de aquellos que parecían santos pero que en realidad escondían sus viejas ansias de vanagloria?

En Barcelona, después de haber conseguido el dinero que necesitaba para viajar a Tierra Santa, lo asaltó una duda: ¿no eran esas monedas un nuevo apego que le restaba libertad para hacer la voluntad de Dios? Así que resolvió dejar el dinero en una banca y volver a empezar.

Ignacio —como se haría llamar más tarde— tardaría un tiempo en comprender que la libertad no se conquista con gestos externos radicales y que su deseo de imitación ascética debía convertirse en servicio a los demás. No sospechaba que su anhelo de hacer la voluntad de Dios lo llevaría a estudiar en Alcalá y en París, donde conocería a los amigos con los que fundaría una orden religiosa clave en la historia de la Modernidad.

Sin embargo, en esas primeras experiencias ya estaba el núcleo de los Ejercicios Espirituales y de eso que ahora conocemos como “espiritualidad ignaciana”: la aventura de abandonarse completamente en manos de Dios. m.

 

Para saber más

:: El peregrino. Autobiografía de San Ignacio de Loyola (Mensajero/ Sal Terrae, 1990)

:: San Ignacio de Loyola, solo y a pie, de J. Ignacio Tellechea (Ed. Sígueme, 1990)

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