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La suela de Saturno

¿Qué cosas son capaces de hacer la personas para librarse de la mala suerte? Óscar y Brenda son capaces de cualquier cosa con tal de librarse del mal hado.

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A Françoise Roy

 

—Hoy me resbalé en la ducha, Óscar. Lo bueno es que no me fracturé nada. ¿Sabes lo que eso significa?

El hombre miró a través de las gafas a su esposa. Luego respondió con frialdad:

—No. ¿Qué significa? ¿Que debes ser más cuidadosa con el piso mojado?

—Significa que él está enojado de nuevo con nosotros. Van a empezar a suceder cosas malas, Óscar.

—¡¿Otra vez?! No. No va a pasar nada —dijo temeroso, y con el control remoto encendió el televisor. Recorrió todos los canales y la programación estaba absolutamente dedicada a la onda gélida que azotaba el norte y el terremoto en Japón.

Brenda aprovechó las tristes noticias para decir:

—Él está molesto, no me queda duda.

Óscar apagó el televisor y sin decir palabra se dirigió a la calle despacio por las piedras lisas del largo pasillo que unía su puerta con otras casas. Súbitamente cayó una losa sobre su cabeza. Casi perdió el sentido, pero en cuanto se espabiló volteó hacia arriba y vio un gato pardo en la azotea brincando por entre losas flojas. Luego sintió la sangre en la frente.

—Fue un accidente. Mala suerte, nada más. La culpa la tuvo el gato —repetía para sí mismo, mientras regresaba a casa.

—No fue un gato, fue él. Han pasado siete años desde la última vez. Debemos tomar medidas urgentes —repuso Brenda a la perorata de Óscar, mientras curaba con gasa y alcohol el descalabro.

—¿De qué hablas, mujer?

—¡De que pactemos con él!

—¡Estás loca! Por eso perdimos nuestro automóvil, murió nuestro perro y la pierna fracturada aún me duele, más con el maldito frío.

—Pero gracias a eso nos libramos de su furia. Pudo ser peor. Mucho peor y lo sabes. Ahora tendremos que hacer algo más efectivo.

—¡Ya basta con eso, Brenda! No hemos hecho nada para que él esté enojado…

—¿Pero ya olvidaste cómo fue cuando no sabíamos de él? Perdimos el empleo al mismo tiempo. Lo bueno es que éramos jóvenes, pero la pasamos muy mal. Fue la vecina la que nos habló de él y de cómo se ensaña con algunos de vez en cuando. No necesita razones. ¿Te acuerdas cuando se nos inundó la casa?

—Y nosotros inundamos nuestro automóvil un día de tormenta —replicó Óscar con una mueca amarga—. Por lo menos, el seguro lo pagó: nadie pensaría que alguien en su juicio inundaría un auto nuevo.

—Pero funcionó, pues ya no tuvimos problemas con él... Hasta siete años después, cuando te enfermaste de los nervios.

—Y tú envenenaste a nuestro perro. ¡Pobre Farito! Eso estuvo muy mal.

—Te curaste, ¿no? Y pasados siete años me brotó un tumor en la rodilla. Pero tú hiciste lo adecuado.

—Te digo que todavía me duele con el frío. Mira que fracturarme yo solo una rodilla no fue nada fácil. Lo hice al mismo tiempo que te operaban.

—Y el tumor resultó benigno. Si no hubieras hecho ese sacrificio habría sido maligno. No tengo la menor duda, Óscar. Yo estaría muerta.

—¿Ahora qué va a pasarnos, Brenda? Ya estoy viejo para esto.

—Él nos está mandando señales. Yo me resbalé y a ti te cayó un ladrillo. Mira las noticias, tanta gente muerta en Japón por un temblor: ¿lo ves? El suelo inseguro y del cielo cae escombro. Creo que aquí va a temblar pronto y uno de nosotros, o quizá los dos vamos a morir. Creo que debemos hacer...

—¿Qué, Brenda? ¿Qué se puede hacer contra eso?

—Un sacrificio mayor, Óscar, algo que él vea con agrado.

—Él no perdona. Ya no sé cómo vamos a negociar para que nos deje en paz.

—Yo sí. Lo haremos en su idioma: al azar. Pediré una pizza.

—¡Una pizza! A ti no te gusta la pizza.

—Pero a ti sí.

Brenda abrió la Sección Amarilla donde se concentraban los anuncios de pizzerías y con los ojos cerrados puso el dedo en uno. Luego llamó e hizo un pedido. Cuando hubo colgado, Óscar preguntó con la voz llena de miedo:

—¿Lo vamos a matar, Brenda? ¿Al repartidor?

—Es lo indicado, Óscar.

—Es cruel. Además iremos a prisión.

—Es mejor que estar muertos. Él nos pide renunciar a algo valioso. La libertad es algo valioso... Pero quizá no nos pase nada, amor. Vamos a estar bien.

Óscar sacó una pistola, la alistó y la dejó sobre la mesa de centro. Luego abrazó a Brenda y se quedaron así, sentados muy juntos en el sofá, en silencio, hasta escuchar el claxon de la motocicleta del repartidor de pizzas, afuera de su casa. m

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