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La imposible normalidad

Digámoslo directamente: para la realidad humana no hay tal cosa como una normalidad. Los humanos somos seres incompletos, que no sabemos cómo vivir, que no tenemos una norma impuesta por nuestra biología

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Imagen del famoso
Imagen del famoso "Manual de Carreño". Foto: Archivo

Utilizamos con mucha facilidad la palabra normal. La referimos con soltura a personas, situaciones o cosas. Y en estos meses de desconcierto su uso se ha vuelto todavía más frecuente, ya porque la gente desea una “vuelta a la normalidad”, ya porque se anuncia una supuesta “nueva normalidad”.

Habrá quienes sean más cautos y traten de evitar la palabra. Tal vez lo logren. Pero difícilmente podrán vencer la tentación de sus antónimos, que evidentemente la validan: alguna cosa les parecerá rara, un acontecimiento anormal, una conducta patológica, una persona excéntrica. ¡Qué difícil es sustraerse de la idea de normalidad!

Pero, no obstante la sencillez de su significado, basta que nos detengamos un poco en la palabra para tantear la complejidad de su sentido: el alcance que tiene en nuestro mundo cotidiano de la vida. ¿Qué es la normalidad? ¿A qué nos referimos, en el fondo, cuando decimos que algo es normal? Y, a propósito de la coyuntura actual: aquella forma en que vivíamos hace unos meses, ¿era la normal?

Digámoslo directamente: para la realidad humana no hay tal cosa como una normalidad. Los humanos somos seres incompletos, que no sabemos cómo vivir, que no tenemos una norma impuesta por nuestra biología. Acaso por eso abundan los mitos de una expulsión del Paraíso. En efecto: somos los desterrados, los extravagantes, los que vagamos fuera de la imposición normativa.

Tratamos de evitar esa dificultad de nuestra condición construyendo nuestras propias normas —porque tampoco podríamos vivir sin ellas—. A eso se le llama cultura. Pero es sólo un remiendo; diseñamos nuestras normalidades, las inventamos. El humano encarna esa paradoja: no tenemos normalidad, pero necesitamos construírnosla.

 

Las pasiones ordinarias. Antropología de las emociones, David Le Breton

El antropólogo francés estudia casos de personas que crecieron al margen de una colectividad humana: niños y niñas criados por animales —como Amala y Kamala por lobos—, niños y niñas aislados —como Víctor de Aveyron o Kaspar Hauser—. La evidencia no deja mucho espacio a la duda: incluso nuestro cuerpo y nuestras emociones son construcciones culturales. La vulnerabilidad inicial de nuestra vida, nuestra apertura biológica, abre inabarcables posibilidades de construirnos como humanos. No hay un modo normal de ser.

 

Una historia natural de los sentidos, Diane Ackerman

¿Hay una forma “normal” de percibir el mundo? Sabemos que hay animales —pongamos de ejemplo al halcón— que ven mejor que los humanos. Ni hablar de la superioridad olfativa de los perros o auditiva de los gatos comparadas con nuestra atrofiada sensorialidad. Pero más aún: entre culturas hay tal distinción respecto de los modos de acceso al mundo, que no nos queda más que dudar que haya algo como una visión, un tacto, un olfato, un gusto o una audición “normales”. He aquí un maravilloso catálogo de esa diversidad.

 

Historia de la locura en la época clásica, Michel Foucault

¿Quiénes son los encargados de designar quién es normal y quién no? ¿Qué es la locura? ¿Qué hace una colectividad con sus locos? En este extenso ensayo, Michel Foucault traza una genealogía de la locura y desmenuza los usos políticos de discursos legitimados —legales, médicos—. De haber estado emparentados con los genios —siendo portadores de cierta sabiduría—, los locos pasan a los márgenes; la cultura los expulsa o los encierra; son ya enfermos o delincuentes. ¿Qué mecanismos hay detrás de ese cambio?

 

El cultivo de la humanidad, Martha Nussbaum

La filósofa estadounidense Martha Nussbaum argumenta en favor de una idea de cosmopolitismo, de “ciudadanía universal”. A partir de esa idea despliega un abanico de atributos que debe tener la educación —particularmente la universitaria— para el cultivo de esos ciudadanos: hombres y mujeres con la capacidad de examinar críticamente su propia vida; el reconocimiento irrestricto de la diversidad cultural y la convivencia; el cultivo de una imaginación narrativa que facilite la empatía y el respeto.

 

Manual de urbanidad y buenas maneras, Manuel Antonio Carreño

Los manuales de urbanidad y buenas maneras son repositorios del deseo de normalidad. Desde finales del siglo XIX y durante buena parte del XX se utilizaban en el espacio escolar como parte del currículum. Una de sus pretensiones centrales era instruir a los niños en el uso de sus cuerpos y sus gestos: cómo sentarse, comer, saludar, con qué tono hablar, a quién mirar a los ojos y a quién no. A veces es bueno revisitarlos, para palpar el ridículo. El clásico Manual de Carreño data de 1853, y todavía hay ediciones en 2019.

 

Los disidentes del universo, de Luigi Amara

Un pequeño catálogo de personas improbables: individuos que decidieron salirse de lo socialmente establecido y darle la espalda al mundo. No se sabe si estos personajes existieron realmente. Eso no importa. El autor supo de ellos por azar y la información de que dispuso fue mínima: un recorte de periódico, una breve mención en un libro, una anécdota de imposible verificación histórica. A partir de esos datos, Luigi Amara trata de revelar las motivaciones de tan excéntricos aficiones y modos. 

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