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La ciudad, los cuerpos y la Aventura

Los elementos de la aventura son dos: 1) espacios que irrumpen en nuestro trayecto y 2) otros cuerpos con los que uno se encuentra en ese trayecto. La aventura comienza cuando uno pone los pies fuera de casa y se dispone a ser interpelado por los objetos que pueblan el entramado urbano

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Las ciudades laberinto tenían por objetivo desorientar a los invasores. Foto: Travelers.es
Las ciudades laberinto tenían por objetivo desorientar a los invasores. Foto: Travelers.es

Es pensador alemán Georg Simmel definió hace un siglo la aventura como ese acontecimiento que trastoca nuestro centro existencial y lo saca de lo habitual, una especie de isla en el transcurso de la vida, que tiene sentido por sí misma, y que se vive como un sueño. Sería la antítesis de la costumbre.

Los elementos de la aventura son dos: 1) espacios que irrumpen en nuestro trayecto y 2) otros cuerpos con los que uno se encuentra en ese trayecto. La aventura comienza cuando uno pone los pies fuera de casa —literalmente, y no mediante esa extensión del espacio privado que es el automóvil— y se dispone a ser interpelado por los objetos que pueblan el entramado urbano: banquetas, coches, baches, árboles, perros, pero sobre todo, por otros cuerpos.

Porque la aventura es un acto de memoria que remite al gesto fundacional de la sociedad, el de dos cuerpos que se sintonizan mediante significados compartidos que emergen de la propia situación de encuentro, generando inusitada efervescencia colectiva. Según cuenta Pablo Fernández Christlieb, las calles laberínticas de las ciudades medievales tenían dos funciones: una, desorientar a los invasores que lograban traspasar las murallas, y dos, someter los trayectos cotidianos a los encuentros inesperados.

Es por eso que preocupa tanto que los trayectos a pie estén siendo cercenados por avenidas para automóviles, mientras el tamaño de las aceras se reduce hasta desaparecer. El actual ordenamiento de las ciudades de nuestro país se opone tajantemente a la posibilidad del encuentro entre los cuerpos, al igual que las dichosas redes sociales de internet, donde las posibilidades de interacción son infinitas pero subestiman las diferentes magnitudes de los encuentros cara a cara mientras consumen el tiempo para andar en la calle. A la par, los motivos para salir se reducen al consumo y los centros comerciales se vuelven el espacio más emocionante para dicha actividad.

En tanto que esas condiciones materiales delimitan las posibilidades de la aventura, la aventura se convierte en la forma más efectiva de desafiar las condiciones que constriñen la vida. Es por eso que uno de los gestos más radicales de la Internacional Situacionista era andar a la deriva, perderse por la ciudad, procurando los rumbos desacostumbrados. Por lo general, la aventura de salir a la calle resulta en alianzas corporales inéditas, que llegan a constituir aventuras en sí mismas, como en el caso de las aventuras amorosas. Y la aventura más grande es aquella que ocurre cuando miles de cuerpos al unísono convergen en la plaza y se enamoran y sueñan con conquistar una ciudad, como ocurrió en la Puerta del Sol, en Madrid, el 15 de mayo de 2011. Y lo logran. m.

 

Para saber más

:: Los cuerpos que deambulan la ciudad desierta, video de Caracol urbano (2013).

:: “Teoría de la deriva”, de Guy Debord (1958). 

:: Sobre la aventura, de Georg Simmel (Península, 2001).

:: El espíritu de la calle. Psicología política de la cultura cotidiana, de Pablo Fernández Christlieb (Anthropos, 2004).

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