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La ciencia como espectáculo, y viceversa

Galileo, Newton, Pasteur o Einstein cedieron a la tentación de las demostraciones multitudinarias y de la enunciación de frases de chispa rimbombante para toda ocasión. Pero el hambre de espectacularidad de los investigadores fue incrementándose.

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Lo espectacular está emparentado con los espejos y los espectros, con la sospecha y el escepticismo; en la raíz etimológica del término se encuentra el germen de mirar o contemplar. No debe sorprender, entonces, que la ciencia y el espectáculo compartan ciertos vasos comunicantes: “Abro los ojos, veo el espectáculo del mundo y, claro, me maravillo”, confiesa el físico Jorge Wagensberg. Ya el primer antecedente de los museos de ciencia hizo acopio del espectáculo como ingrediente principal: plantas exóticas, gigantes animales disecados, esqueletos humanos; ya en los primeros personajes que identificamos como científicos está presente la inclinación por el espectáculo: Galileo, Newton, Pasteur o Einstein cedieron a la tentación de las demostraciones multitudinarias y de la enunciación de frases de chispa rimbombante para toda ocasión. Pero el hambre de espectacularidad de los investigadores fue incrementándose conforme a la institucionalización de su trabajo; mientras la ciencia fue permeando el conjunto completo de las estructuras sociales, políticas, militares, económicas, hasta dejar listo el terreno para el nacimiento de la Big Science, la de los presupuestos estratosféricos. Y el espectáculo se tornó más complejo: bombas atómicas, humanos pisando el suelo lunar, medicinas con patentes exclusivas, toda una industria para las telecomunicaciones.

La afición de mostrar una imagen espectacular de la ciencia ha facilitado que la gente identifique y aprecie el quehacer científico, aseguran las encuestas de percepción social. Pero, paradójica y simultáneamente, también ha provocado incomprensión, desdén y miedo generalizado hacia la ciencia. Además, la competencia entre investigadores se ha vuelto más violenta: no sólo se trata de adornar el ego —provocar el anhelado aplauso, garantizar la posibilidad de aparecer en el noticiero dando una opinión básicamente sobre cualquier tema, porque se trata de un c-i-e-n-t-í-f-i-c-o—, sino también de ganar las poquísimas plazas laborables disponibles o de garantizar los recursos financieros para el laboratorio.

Persiguiendo resultados espectaculares, algunos han exagerado: el arqueólogo japonés Sinichi Fujimura, por ejemplo, realizó el hallazgo de una inesperada serie de piezas cuya supuesta antigüedad obligaría a una reescritura de la prehistoria de su país. Pero el guión del espectáculo cambió drásticamente cuando alguien lo encontró sepultando por la madrugada aquellas vasijas que, con la ayuda de su equipo, él mismo descubriría por la mañana: “El diablo me impulsó a hacerlo”, habría de confesar el espectacular Fujimura. m

 

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