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Joseph Brodsky: Del Báltico al Adriático

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Llueve en Venecia, una fina lluvia va intensificando la soledad de las plazas y de los callejones, oscurece la piedra de las fachadas, acalla las breves olas del Adriático que se resignan a ingresar en los canales, filtra la desganada luz solar que da a la hora consistencia de sueño o de incertidumbre. Un hombre de gabardina está sentado contra una pared, deja ir una mirada triste que regresa con algún motivo que le pone una fugaz sonrisa en los labios, lleva la cabeza descubierta y espera. Llueve, o es quizá que hace frío: un frío que impone a la ciudad una claridad que la borra, una neblina o una atmósfera de la que va emergiendo otra ciudad, ésta sí decididamente blanca, que busca también fundirse con el mar (el Báltico, en este caso) luego de que un río inmenso se abre paso a través de ella, sólo que ahora el río está congelado y hay un niño de pie sobre el hielo, pensando en los peces que habrá allá abajo, antes de dar media vuelta y echarse a correr para llegar a tiempo a la escuela. Es San Petersburgo, o, para decirlo con la precisión histórica que explica que el niño prefiera vagabundear antes que sentarse en su pupitre “para escuchar tonterías”: es Leningrado. Borrado el medio siglo que separa ambos instantes, las dos ciudades son la misma: el hombre que está a punto de morir en Venecia es también el niño soviético detenido sobre la superficie helada del río Neva.

“Tal vez cuanto más recordamos más cerca estemos de la muerte”, anotó Joseph Brodsky en el ensayo de 1976 que abre y da título a su libro Menos que uno. Todavía habrían de pasar veinte años para que acudiera a esa cita final, en Venecia, a la que se había dirigido desde que en 1972 la KGB allanara su apartamento en Leningrado, confiscara sus pertenencias y lo pusiera en un avión con destino a Viena. Nacido en 1940, hijo de un fotógrafo al servicio de la marina soviética y de una intérprete, Joseph quiso primero ingresar a la Escuela de Submarinismo, pero lo impidió una regulación que cancelaba semejantes aspiraciones para cualquier ciudadano de origen judío. Pensó entonces en estudiar medicina, pero tuvo que conformarse con trabajar en la morgue de una prisión; alejado definitivamente de la escuela, se de-sempeñó como obrero en una fábrica militar y en las calderas de unos baños públicos, y por cuenta propia aprendió inglés y polaco, hasta que un día de 1959 cayó en sus manos un libro de poesía que le mostró a qué tendría que dedicarse.

Tal decisión, concretada en la circulación de sus primeros poemas, levantó pronto las suspicacias de la autoridad, y Joseph fue llamado a declarar quién lo había investido como poeta: “No lo sé. Dios, tal vez”, contestó. Se levantaron contra él cargos de “parasitismo social”, fue recluido dos veces en un manicomio y empezó a purgar una condena de trabajos forzados en Siberia —quedó liberado luego de que su caso ganara resonancia internacional e intercedieran por él Dimitri Shostakovich y Jean-Paul Sartre, entre otros—. Al cabo llegó el exilio: de Viena a Estados Unidos, donde se estableció, luego de haber pasado por Londres y Estambul. Pero su verdadero lugar estaba en Venecia, adonde llegó por primera vez en el invierno de 1972, y adonde volvería, en una suerte de peregrinación íntima e irrenunciable, todos los inviernos después de ése.

Marca de agua es el libro donde consta el amor apasionado que Brodsky sostuvo con esa ciudad: “En este lugar puede derramarse una lágrima en distintas ocasiones. Asumiendo que la belleza consiste en la distribución de la luz en la forma que más agrada a la retina, una lágrima es el reconocimiento, tanto de la retina como de la lágrima, de su incapacidad de retener la belleza”, se lee en esa colección de meditaciones engarzadas por los sentidos absortos del poeta. Autor de una obra que continúa y revitaliza la tradición de la poesía rusa, además de insertarse por derecho propio en la poesía en lengua inglesa (el exilio también llegó a ser lingüístico), Joseph Brodsky obtuvo el Premio Nobel en 1987, y fue sepultado en el cementerio de San Michele, en Venecia. Nunca regresó a San Petersburgo: “Érase una vez un niño que vivía en el país más injusto del mundo, gobernado por seres a los que, desde todos los puntos de vista humanos, había que considerar degenerados... y que nunca existió. Y érase una ciudad, la más hermosa en la faz de la Tierra, con un inmenso río gris que planeaba sobre su distante fondo como el inmenso cielo gris sobre él [...] Una ciudad que dejó de existir”. m.

 

Algunos libros de Joseph Brodsky

:Marca de agua (Siruela, 2005)

:Menos que uno (Siruela, 2006)

:No vendrá el diluvio tras nosotros. Antología poética 1960-1966 (Galaxia Gutenberg, 2000)

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