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Javier Sicilia frente al espejo

El escritor Sergio González Rodríguez comparte su opinión sobre la figura de Javier Sicilia y el movimiento civil que éste encabeza.

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El derecho es el mínimo de amor exigido en sociedad.

Miguel Villoro Toranzo, SJ

 

Foto: Reuters

Javier Sicilia es un hombre de convicciones, previas a su oficio de escritor. Debido a ellas ha sido poeta, periodista y ahora activista social. Provienen de un catolicismo libresco, que incluye los Evangelios, los doctores de la Iglesia y algunos escritores modernos (Léon Bloy, Georges Bernanos, Lanza del Vasto, et al.). Es un estudioso de Gandhi y Luther King, de la Teología de la Liberación y admirador del subcomandante Marcos. En su centro está la figura de Cristo.

A Sicilia le incomodan ciertas críticas: un académico lamentó que en un libro incluyera como suyos poemas completos de otros autores sin acreditarlos. Sicilia debatió y, exasperado, invocó el Evangelio de San Mateo vii, 6: “No déis lo santo a los perros, ni echéis margaritas a los cerdos”. Luego se disculpó. Años atrás había hecho lo mismo con otro poeta en otro debate y citó la misma frase. En cólera, sus convicciones se resuelven en frases hechas.

Como activista social, Sicilia maduró el 6 de abril de 2011, cuando hubo manifestaciones contra la violencia detonadas por el asesinato de su hijo, Juan Francisco Sicilia Ortega, y seis personas más, que sufrieron secuestro, tortura y ejecución días antes a manos del crimen organizado. La consigna principal de la Marcha por la Paz con Justicia y Dignidad fue: “¡Estamos hasta la madre!”. El movimiento que dirige Sicilia se ha propuesto transitar por el país.

Las convicciones de Sicilia son obvias: cuestionado por organizaciones civiles en Ciudad Juárez y ante la posibilidad de aceptar nuevas ideas, ha preferido mantener los seis puntos de su Pacto para la Paz del 6 de abril. El Pacto Nacional de Ciudad Juárez, que conoció allá, le pareció que causaría “escozor” en muchos sectores: una “carta a Santa Claus”.

El Pacto para la Paz de Sicilia demanda esclarecer y aplicar la justicia en los más de 40 mil asesinatos ligados al combate al crimen organizado; el fin de la actual estrategia de guerra y la sustitución de ésta por un enfoque de seguridad ciudadana; el ataque a la corrupción y la impunidad, así como a la raíz económica y a las ganancias de la delincuencia; la atención de emergencia a la juventud y acciones efectivas de recuperación del “tejido social”; y abrir paso a la democracia representativa y a la democratización de los medios de comunicación.

Excepto el fin de la estrategia de guerra, los demás puntos engalanarían una carta a los Reyes Magos. ¿Por qué? Porque el gobierno federal, al que él ha aceptado como interlocutor en la figura del inquilino actual de Los Pinos, con quien se ha reunido en nombre del catolicismo compartido, encabeza un Estado con una marca de impunidad de 99 por ciento de los delitos, un gobierno que ha implantado una sociedad policiaca en México con recursos financieros y humanos sin precedente alguno en medio de graves carencias sociales, que ha emitido decenas de iniciativas de reforma legislativa, casi todas vigentes, con la finalidad de reforzar el Estado represivo y, en varios casos, atentatorias contra garantías y derechos individuales con el pretexto del combate al crimen organizado.

Su interlocutor es un gobierno que ha incurrido en acciones inconstitucionales al movilizar al ejército en tareas que prohíbe la propia Constitución. ¿Cómo pedir, en un acto público y solemne, episodio mediático en favor del gobiernismo más ritual, que el gobierno combata la raíz financiera del narcotráfico, si éste ni siquiera cumple por completo el protocolo de la Convención de Palermo sobre tal responsabilidad? ¿Cómo esperar que tal gobierno se comprometa con la juventud si su política económica va en sentido contrario? ¿Cómo atreverse siquiera a emplear aquello de “recuperación del tejido social”, cuando dicha consigna fue manchada para siempre en Ciudad Juárez por una funcionaria del sexenio anterior, experta en demagogia? Un gobierno que ha incumplido la sentencia de la Corte Interamericana de Derechos Humanos sobre el campo algodonero en Ciudad Juárez. Hablar de abrir paso a la “democracia representativa” y a la “democratización de los medios de comunicación”, frente a un gobierno que ha exigido un Acuerdo entre los medios monopólicos y sus corifeos para coartar el derecho a la información que garantiza un precepto constitucional, es simple humor negro. Lucas vi, 43: “Porque no es árbol bueno, el que da malos frutos: ni árbol malo, el que da frutos buenos”.

Javier Sicilia es un hombre de convicciones que, si de verdad quiere hablar de demandas posibles de ser respaldadas con acciones comunes y evitar el uso oficialista de su movimiento, debe encarar la realidad y comenzar a cuestionar sus ideas, actos, interlocutores, consignas y las de sus consejeros oportunistas. m

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