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J. M. Coetzee: El misterio inagotable

La superficie sobre la que ha elegido escribir el sudafricano J. M. Coetzee es la de un espejo. No es un empeño solipsista: fuera del espejo, en los libros a los que finalmente llegan y en los que las conocemos, esas palabras terminan, misteriosamente, por interpelarnos y concernirnos con un poder irresistible.

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Lejos de la página en blanco, ese territorio siempre promisorio por las infinitas posibilidades que extiende para la imaginación de un novelista —así las exploraciones que éste emprenda lleguen a ser desventuradas o atroces—, la superficie sobre la que ha elegido escribir el sudafricano J. M. Coetzee es la de un espejo. La decisión supone tener delante, en todo momento, la imagen de sí mismo, y en esa imagen la mirada de los ojos de un hombre solo y en silencio, que ve las evoluciones de la prosa que se extiende sobre su rostro y, simultáneamente, los ojos del hombre que va trazándola, apenas interpuestos entre ambos los significados de las palabras con que buscan dar respuesta a las interrogaciones que se hacen recíprocamente. No es un empeño solipsista: fuera del espejo, en los libros a los que finalmente llegan y en los que las conocemos, esas palabras que este hombre dirige a sí mismo terminan, misteriosamente, por interpelarnos y concernirnos con un poder irresistible: la página del libro se vuelve entonces un espejo en el que descubrimos nuestro rostro asombroso, que a solas y en silencio nos hace las preguntas más insospechables. Y temibles.

El reflejo sobre el que ha escrito Coetzee —¿y qué es lo único que tenemos de nosotros mismos, finalmente, sino la evanescente colección de figuraciones de lo que hemos sido y nuestras precarias interpretaciones?— ha podido ser el de un niño nacido en Ciudad del Cabo en 1940 y criado en Worcester, a unos 120 kilómetros; un niño afrikáner de diez u once años, de habla inglesa, protestante y, desde muy pronto, orillado a precisar su identidad y su pertenencia a un mundo cuyas injusticias y malevolencias son la sola forma de realidad disponible (una tierra de belleza convulsa donde la historia se resolvía en el apartheid que habría de prolongarse todavía a lo largo de lo que quedaba del siglo). Un niño que, enfrascado en escapar del amor de su madre y atestiguando cómo en la línea paterna de su procedencia culmina el desvarío colonial, sólo cuenta con su perplejidad para explicarse su situación (“La infancia, dice la Enciclopedia de los niños, es un tiempo de dicha inocente, que debe pasarse en los prados entre ranúnculos dorados y conejitos, o bien junto a una chimenea, absorto en la lectura de un cuento. Esta visión de la infancia le es completamente ajena. Nada de lo que experimenta en Worcester, ya sea en casa o en el colegio, lo lleva a pensar que la infancia sea otra cosa que un tiempo en el que se aprietan los dientes y se aguanta”).

También ha podido ser, ese reflejo, el de un joven que deambula entre la indefensión y la lejanía, una mañana lluviosa de Londres, en la rutina que va de sus sueños cada vez más ridículos —ser poeta, deslumbrar al mundo— al trabajo que aborrece como programador informático en la gran empresa donde bien puede desintegrarse súbitamente sin que nadie se dé cuenta —en las horas muertas aprovecha para crear un programa de análisis computacional de las obras de Samuel Beckett. O bien el reflejo del célebre escritor al que en 2003 le fue concedido el Premio Nobel de Literatura, naturalizado australiano y ya muerto: un reflejo evocado por el rencor, el desprecio o la lástima con que amantes y colegas (en entrevistas recogidas por un investigador interesado en hacer su biografía) pueden dar fe de lo poco que consiguió representar en sus vidas (“¿Cómo podía ser ese escritor suyo un gran hombre”, le dice al entrevistador una mujer que Coetzee amó, “cuando no era humano?”). E incluso el reflejo ha podido ser el de una anciana, la novelista Elizabeth Costello, autora de renombre gracias sobre todo a su obra temprana y quien se obstina, cada vez con menos fuerzas, en decir lo último que tiene que decir sobre la maldad, el arte y la vida, en alocuciones que es invitada a dar en círculos académicos y en las que su lamentable papel recuerda al del simio inteligente de un cuento de Kafka.

“Suministra los detalles y deja que los significados emerjan por sí mismos”, anotó Coetzee al escribir sobre Elizabeth Costello —es decir, sobre el reflejo de Elizabeth Costello que le devolvía el espejo que tenía delante—. Se sabe que actualmente vive en Adelaida, Australia; no da entrevistas y no acude a presentaciones en público. Al recibir el Nobel leyó un cuento en el que imaginó a Robinson Crusoe de regreso en Bristol, tratando de escribir la historia de Robinson Crusoe. m

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