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Harold Bloom: Leer contra el tiempo

¿Por qué leer? Simplificando la respuesta de Harold Bloom, podría decirse: porque vamos a morir, y únicamente leyendo podemos amplificar los límites de nuestra vida

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Foto: EFE
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La sola oportunidad que tenemos es, además, fugaz. Somos tan contingentes como frágiles, el tiempo que nos toque siempre terminará por ser tiempo perdido irremediablemente: nuestra vida es única e irrecuperable, y por eso es trágica. Y más porque es brevísima, dure lo que dure. Y más porque nos olvidamos de su finitud inapelable, de que no habrá reposiciones ni prórrogas: como decía Oscar Wilde, creemos estar en el ensayo general, cuando en realidad la función ya tiene rato de haber empezado y está por concluir, sin que al parecer nos hayamos dado cuenta.

En el epílogo de su libro Cómo leer y por qué, el crítico literario Harold Bloom (Nueva York, 1930) citó este pasaje de Las sentencias de los Padres (un añadido de la Mishná, el cuerpo de leyes que recoge la tradición oral judía desde que Moisés recibiera la Torá en el Sinaí hasta finales del siglo ii de la era cristiana): “El rabí Tarfón decía: ‘El día es breve y el trabajo es grande, y los peones son lerdos, y los salarios son abundantes, y el dueño de la casa es exigente’”. Son palabras que en buena medida guían el propósito que el profesor Bloom ha perseguido en su obra, una empresa insoslayable por la perturbación que ha supuesto en la comprensión mundial del fenómeno literario desde hace más de dos décadas, pero sobre todo por los efectos que puede tener en la experiencia particular de cada lector que acuda a ella en busca de lo que aquel título tan lealmente prometía: cómo conviene que leamos y por qué habríamos de hacerlo.

¿Por qué leer? Simplificando la respuesta de Bloom, podría decirse: porque vamos a morir, y únicamente leyendo podemos amplificar —o ilusionarnos con que lo hacemos, pero eso basta— los límites de nuestra vida. También porque estamos solos. “La invención literaria es alteridad, y por eso alivia la soledad. Leemos no sólo porque nos es imposible conocer a toda la gente que quisiéramos, sino porque la amistad es vulnerable y puede menguar o desaparecer, vencida por el espacio, el tiempo, la falta de comprensión y todas las aflicciones de la vida familiar y pasional”. Y también porque el placer que proporciona la lectura nos conduce a participar de lo sublime, “la única trascendencia que nos es posible alcanzar en esta vida, si se exceptúa la trascendencia todavía más precaria de lo que llamamos ‘enamorarse’”. Dicho placer, sin embargo, dista de ser fácil: a menudo se consigue únicamente a costa del arduo trabajo que implica la confrontación con los mejores. Y esta noción, los mejores, es la preocupación central de la empresa de Bloom: ¿cuáles son los autores indispensables, los insuperables, los que nadie debería atravesar este mundo sin haberse encontrado con ellos?

En 1994 apareció El canon occidental, un libro que razonaba una lista de veintiséis autores reunidos en razón de su grandeza y por el papel central que, según el crítico, han jugado en la cultura. Con Shakespeare como el Sol que ilumina a todos los demás —Bloom ha estipulado que en su resplandor inextinguible está el origen mismo de lo humano—, esa selección sólo pudo hacerse a partir de exclusiones dificilísimas. Pero es lo mismo que ocurre siempre que elegimos un libro: ¿cuántos no estamos dejando de elegir? “Cada día nuestra vida se acorta y hay más cosas que leer. Desde el Yahvista y Homero hasta Freud, Kafka y Beckett hay un viaje de casi tres milenios. Puesto que este viaje pasa por puertos tan infinitos como Dante, Chaucer, Montaigne, Shakespeare y Tolstoi, todos los cuales compensan ampliamente una vida entera de relecturas, nos hallamos en el dilema de excluir a alguien cada vez que leemos o releemos extensamente”. Por supuesto, el hecho de que el profesor Bloom se arrogara la potestad de confeccionar ese canon desató una polémica que está lejos de apagarse. Pero lo importante de su gesto radica en su fundamento: debemos decidir mejor a qué le hemos de conceder nuestro tiempo limitado, y, para ello, más nos vale confiar en la tradición.

Crítico de posiciones extremosas, radicales, inclaudicable y, para algunos, dogmático, Harold Bloom citó también este otro pasaje de Las sentencias de los Padres: “El rabí Tarfón también solía decir: ‘No es necesario que acabéis el trabajo, pero ninguno de vosotros es libre de abandonarlo’”. ¿Y qué nos espera, de acatar la recomendación y proponernos hacer mejores elecciones, las mejores lecturas? “No sé si Dios o la naturaleza tienen derecho a exigir nuestra muerte, aunque es ley de vida que llegue nuestra hora, pero estoy seguro de que nada ni nadie […] puede exigir de nosotros la mediocridad”. m.

 

Algunos libros de Harold Bloom

:: El canon occidental (1994)

:: Cómo leer y por qué (2000)

:: Genios (2003)

:: Dónde se encuentra la sabiduría (2004)

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