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Guillermo Sheridan: El escrutador del disparate

Guillermo Sheridan (ciudad de México, 1950) no únicamente se ha dedicado a surtir sus columnas en revistas o periódicos, o su blog, con una abundante producción: también es un profundo conocedor de la poesía mexicana moderna, y algunos de sus libros más estimables consisten en abordajes ensayísticos muy serios, pero no por eso menos entrañables, de ciertas figuras señeras en esos rumbos.

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Los extremos del puente colgante sobre el que avanza precariamente el presente mexicano son la consternación y la indignación, y casi no hay esperanza o ilusión que en ese trayecto no queden disipadas de inmediato por los ventarrones del desastre que atravesamos: un barranco donde se mezclan la esperpéntica realidad que propone incesantemente la actualidad noticiosa, las admoniciones odiosas de la historia (tenemos lo que nos hemos merecido), nuestra propia incapacidad de entender nada y la corroboración constante de las peores manifestaciones de la idiosincrasia nacional —si efectivamente existe eso, y si existe ya nos amolamos sin remedio—: el agandalle, la dejadez, la malhechura, la obcecación en el despropósito, la incompetencia para ningún tipo de solidaridad auténtica (y no sólo las nociones sentimentaloides e infundadas que usufructúan la televisión y los partidos políticos), el cinismo.

Sorprende que en ese tránsito alguien pueda detenerse para examinar detenidamente el paisaje intimidante —alarmante o ya horroroso, pero en cualquier caso absurdo— y encontrarlo risible. Sorprende, pero sobre todo es de agradecerse, pues en la comunicación de sus observaciones, ese testigo (y protagonista también, desde luego) propone una comprensión del estado de las cosas preferible a las lecturas, por lo general inservibles, de quienes consideran el asunto (la marcha de la Patria) con pomposa gravedad desde los cubículos universitarios o los miradores de la cultura, con chapucería convenenciera desde los micrófonos de los noticieros o las páginas de los periódicos, con pasmosa mezquindad desde los cargos públicos o las posiciones del poder, con resignación interminable desde la cola de las tortillas o la sala de espera de la clínica familiar. Reírse, quién lo duda, es siempre mejor que desesperarse —aunque el motivo sea la propia desesperación, es decir, uno mismo en la constatación del disparate como la forma de vida imperante. “Una persona que no sabe, o no puede, o no quiere reírse de sí misma está en problemas”, ha apuntado Guillermo Sheridan, cronista que ha hecho de la perplejidad su materia prima y a cuya agudeza debemos una de las más ricas y estimulantes interpretaciones de lo que sea que sea el momento presente.

Debe señalarse cuanto antes que Sheridan (ciudad de México, 1950) no únicamente se ha dedicado a surtir sus columnas en revistas o periódicos, o su blog, con una abundante producción —pareceres, testimonios, inquisiciones, conjeturas e imaginaciones— por lo común macerada en socarronería, y que tampoco eso es lo que más le importa (“No tengo, ni remotamente, la intención de retratar la realidad ni analizarla ni enmendarla”, ha aclarado. “Supongo que reacciono ante cosas que me sorprenden, me intrigan, me divierten o me aterran, igual que todo mundo. La diferencia es que yo escribo sobre el efecto que tienen en mí”): también es un profundo conocedor de la poesía mexicana moderna, y algunos de sus libros más estimables consisten en abordajes ensayísticos muy serios, pero no por eso menos entrañables, de ciertas figuras señeras en esos rumbos: Los Contemporáneos ayer, o Un corazón adicto. La vida de Ramón López Velarde y otros ensayos afines. A tal aclaración debe agregarse que también ha escrito una estupenda novela, El dedo de oro —si hubiera que encuadrarla en un género sería algo como el horror cómico profético: sucede en el México de 2029, cuando la debacle parece llegar a su culminación al caer en coma el Líder Nato de Hombres, un dirigente obrero espantosamente idéntico a Fidel Velázquez—, y también algo de cine (entre otras cosas el guión de Cabeza de Vaca, en colaboración con el director Nicolás Echevarría). Hechas esas puntualizaciones —bueno, faltaba consignar que es académico investigador de la unam, parcela de la Nación donde ha cosechado algunos de sus mejores asuntos, como se lee en el libro de crónicas universitarias Allá en el campus grande—, lo que sigue es insistir en que Sheridan es un crítico felizmente mordaz, y por ello imprescindible, del relajo actual y sus actores centrales, empezando por los políticos: “Un político mexicano que no trae incluida su propia parodia no es político mexicano. Pero se puede decir lo mismo de los curas, los intelectuales, los periodistas, los empresarios, en fin... El nuestro es un país de gesticuladores”. Claro: la insistencia sobra, pues ahí están las compilaciones de su trabajo —que prospera en estos mismos momentos: tema no le ha de faltar jamás—: un fresco vivo y difícilmente igualable de este tiempo descabellado. m

 

Algunos libros de Guillermo Sheridan:

:: Viaje al centro de mi tierra (Almadía, 2011)

:: Señales debidas (FCE, 2011)

:: Paralelos y meridianos (UNAM / El Equilibrista, 2007)

:: El encarguito (y otros pendientes) (Trilce, 2006)

:: Lugar a dudas (Tusquets, 1999)

:: Frontera Norte y otros extremos (FCE, 1988)

:: Los Contemporáneos ayer (FCE, 1985)

 

En internet

:: El Minutario (blog de Guillermo Sheridan en el sitio web de Letras Libres)

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