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Estar en la Luna

La imaginación en los negocios tiene que ver, primero que nada, con la capacidad de visualizar un futuro diferente, un atisbo de otra realidad. 

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Steve Jobs inauguró la era de los teléfonos inteligentes con el iPhone.
Steve Jobs inauguró la era de los teléfonos inteligentes con el iPhone.

Creatividad, innovación e imaginación normalmente aparecen como sinónimos en las charlas de todos los días. Son ese tipo de palabras que, una vez de moda, comienzan a utilizarse impúdicamente: cuando innovar se convirtió en el término más sexy del medio empresarial, todo el mundo declaró su compromiso infatigable con la innovación, aunque fuera para trivialidades como refrescar su logotipo o automatizar un proceso productivo.

Innovar tiene que ver con la capacidad de hacer algo nuevo; la creatividad, con la capacidad de crear; y la imaginación, con fantasear, con visualizar nuevas posibilidades. Aunque parecidos, estos conceptos distan de ser la misma cosa; creo incluso que podríamos colocarlos en orden cronológico: cuando Steve Jobs pensó en el iPhone, se lo imaginó con un solo botón al frente (el famoso botón de home). Arengó a sus ingenieros y diseñadores hasta que le cumplieron el “capricho”, para lo que tuvieron que echar mano de toda su creatividad. Y cuando el iPhone fue lanzado al mercado, innovó de diferentes maneras: creó el segmento de las aplicaciones móviles (apps); inauguró la era de los teléfonos inteligentes, fue artífice del reinado de los dispositivos móviles y, a la postre, transformó nuestros hábitos de lectura, la forma en la que consumimos bienes y servicios y hasta cómo socializamos.

Todo empieza con una idea. A veces irrumpe súbitamente, entre sueños, o en la regadera... y no nos da descanso hasta que la ponemos en papel, como le pasó a García Márquez con las primeras líneas de Cien años de soledad. La imaginación en los negocios tiene que ver, primero que nada, con la capacidad de visualizar un futuro diferente, un atisbo de otra realidad. Ahí está el ejemplo de Jeff Bezos, fundador de Amazon, que en los albores de la internet imaginó una excentricidad: una librería virtual con el catálogo más amplio del mundo.

La imaginación también interviene al momento de elaborar o revisar la visión de la empresa. ¿Dónde se quiere estar en cinco, 10, 15 años? ¿Cuál será el modelo de negocio para ese entonces? ¿Cómo se comportará el mercado? Para llegar a las metas trazadas, el director general, nada menos que el estratega de la empresa, necesita también tener su dosis de ingenio. Así como el jugador de ajedrez o de go debe ser capaz de simular cada jugada por adelantado, el director general debe calcular cada decisión, a corto y largo plazos, pues un error grave podría costarle, no sólo su puesto, sino el de sus empleados.

Sin imaginación, quizá viviríamos muy atareados con el día a día, incapaces de cualquier ocurrencia que nos hiciera avanzar como civilización. Cuando John F. Kennedy habló de poner al primer hombre en la Luna, le dio a todo un país un propósito que cumplir, y las innovaciones tecnológicas que resultaron de ese esfuerzo hercúleo dieron lugar a varias aplicaciones médicas, científicas y comerciales —por ejemplo, el microchip—. Actualmente se habla de turismo espacial y de que nuestros hijos vivirán en Marte; esto es cosa que a mí, al menos, me maravilla, al mismo tiempo que me cuesta imaginarlo. m.

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