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Empresas sociales: ganancias para todos

En el contexto económico mexicano, caracterizado por desigualdad, la pobreza de las mayorías y la precariedad laboral, siguen desarrollándose otras formas de hacer empresa.  Aunque también buscan ser rentables, estas organizaciones no tienen por objetivo la acumulación de capital, sino el desarrollo de otros beneficios, como la producción de cosas buenas, el desarrollo de otras formas de relacionarnos y los beneficios del trabajo mismo.

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Integrantes de la compañía de danza Danza Aptitude. Fotos: Alfredo Moya
Integrantes de la compañía de danza Danza Aptitude. Fotos: Alfredo Moya

Isela opera una exitosa academia de danza, los jóvenes de la repostería Damor abren nuevos mercados, las mujeres de Prospera venden sus productos en hoteles, el café de Capeltic se comercializa en más puntos cada vez y los socios de la Tosepan distribuyen sus productos orgánicos y han desarrollado un programa de turismo alternativo.

Sus ventas aumentan, sus clientes quedan satisfechos, sus planes son de crecimiento. Pero, aunque sus indicadores son los de cualquier negocio tradicional, su misión parece opuesta: son empresas que no buscan la ganancia como fin último, sino el mayor beneficio posible para la sociedad en la que operan.

Así, la academia de Isela enseña a niños y jóvenes con discapacidad; los reposteros de Damor son personas con síndrome de Down; las mujeres de Prospera viven en barrios marginados, los productores de Calpetic son indígenas tzeltales en Chiapas y los socios de las cooperativas de la Tosepan son indígenas de la Sierra Nororiental de Puebla.

Todas son empresas sociales: se proponen la rentabilidad, no por la rentabilidad misma, sino como un medio para contribuir a mejorar su entorno, así como sobrevivir para seguir ayudando. Buscan, sobre todo, crear empleos para sus socios, explica José Guillermo Díaz Muñoz, académico del Centro de Investigación y Formación Social (CIFS) del ITESO.

“No tienen un afán de lucro, sino el trabajo como principio. Por tanto [el objetivo] no es la acumulación de capital, aunque sigue siendo necesario para que crezcan”, agrega.

Otra característica es que tienden a ser más democráticas: las decisiones son tomadas en su interior, entre los socios, y no sólo por el dueño capitalista. Además, están determinadas a que sus productos o servicios tengan un impacto positivo para su comunidad o región, o para la sociedad en general, lo que se traduce en varios aspectos:

“No producen, por ejemplo, comida chatarra, sino bienes y servicios que realmente sean satisfactores de la comunidad”, explica Díaz Muñoz. “Son amigables, armónicos, cercanos a la conservación y la naturaleza. Normalmente están buscando la sustentabilidad ambiental”.

Danza Aptitude

Por otro lado, muchas empresas sociales tienen como base a las mujeres, quienes participan cada vez más activamente, no sólo como socias, sino también como parte de los colectivos de dirección, explica el académico, quien el año pasado obtuvo el premio Cátedra Jorge Alonso a la mejor tesis doctoral en Ciencias Sociales por su trabajo “Las economías solidarias latinoamericanas como construcción de alternativas de resistencia y liberación desde abajo: un estudio comparado de casos micro y macro de México, Argentina, Brasil y Bolivia (1989-2009)”.

Pueden sonar como ejemplos utópicos en un ambiente hipermercantil, pero se calcula que en el mundo hay cerca de mil millones de socios de cooperativas que dan empleo a cerca de 100 millones de trabajadores. En México se puede hablar de cerca de 50 mil de estas empresas; la mayor parte —alrededor de 35 mil— son rurales y agrarias.

En Jalisco existe una incubadora de este tipo de iniciativas: Incuba Social. Por este programa del Ayuntamiento de Zapopan ha pasado, o pasa, más de un centenar de proyectos. En la actual generación hay propuestas de soluciones para problemas tan distintos como los ataques al Bosque de La Primavera, la seguridad de los ciclistas y la falta de oportunidades laborales para las personas con discapacidad.

 

Rentabilidad y principios

Hace 20 años, Isela Saldaña comenzó con el proyecto que actualmente es Danza Aptitude, una academia de danza para niños y jóvenes con síndrome de Down. 

Comenzó con el apoyo del Psicoballet de Cuba —una terapia que, mediante el arte y la ciencia, trata a pacientes con trastornos mentales—, a la par que desarrollaba su carrera como bailarina, pero con el paso de los años notó necesidades distintas en el país. De esta manera, adaptó su programa para que no se basara solamente en ballet clásico, en buena medida porque los papás no querían a sus niños con mallas y zapatillas. Ahora, además de un corte más contemporáneo, su programa tiene más hombres que mujeres.

Con estas técnicas, los niños y jóvenes desarrollan habilidades físicas e intelectuales, pero el efecto también se refleja en su capacidad de sociabilización y en el sentido de disciplina, por lo que se pueden incorporar más fácilmente a un trabajo ordinario. Aunque a ellos lo que más los hace felices es estar arriba de un escenario.

Hasta 2005, Saldaña trabajaba con el DIF en Zapopan y Guadalajara; sin embargo, las administraciones desaparecieron el programa, sin considerar que atendía a 300 niños. Sin el apoyo institucional, Isela decidió crear una empresa social, cuyo primer paso fue la constitución de la Asociación Civil. A pesar de los problemas para conseguir recursos, nunca detuvo el proyecto, aunque debió desempeñar otro trabajo para sustentarlo.

Danza Aptitude

Desde el principio se ha enfrentado a quienes no reconocen su iniciativa con la misma seriedad que se considera a una empresa tradicional. Paradójicamente, otros tantos desconfían de una asociación que busca tener ganancias, pues lo habitual es que éstas no operen como compañías.

Con todo, gracias a reportajes internacionales —entre los que se incluyen los de la BBC y Thomson Reuters—, ahora se ve a Danza Aptitude de una forma distinta y como ejemplo de trabajo, aun en condiciones que no son las ideales. Han hecho presentaciones de El Principito, Carmina Burana y El Cascanueces en teatros nacionales y han sido invitados a participar en festivales en Europa.

Más de 2 mil niños se han beneficiado del programa; actualmente son 70 en Guadalajara y tienen una sucursal en Monterrey. Gracias a que obtuvieron apoyos oficiales, están adecuando nuevas instalaciones que deberán estar listas a inicios de 2015; también se aumenta el número de horas-clase y se incursiona en producción de escenografías.

“Sabemos que los emprendedores sociales estamos jugando en un escenario de mucha competitividad: se siguen persiguiendo objetivos de rentabilidad que no quitan para nada los principios”, afirma Saldaña.

 

Jóvenes que ayudan

Movimiento de Acción e Inclusión Social (MAIS) es una iniciativa de jóvenes jaliscienses que promueve varias empresas sociales. Una de ellas es la repostería Damor que, curiosamente, nació como un taller de artesanía para jóvenes con discapacidad, cuenta el director general de MAIS, Jorge Meléndez.

Después de unos meses se dieron cuenta de que el proyecto era viable para que los chicos adquirieran las habilidades que buscaban desarrollar, pero que como negocio enfrentaban la dificultad de mover el producto en un mercado tan saturado.

Luego de obtener un apoyo de 105 mil pesos de Corporativa de Fundaciones, una fundación comunitaria que favorece vinculaciones y alianzas entre inversionistas sociales y organizaciones filantrópicas, enfocaron su proceso en la repostería, que es similar al de las artesanías, pero con mejores perspectivas de subsistencia.

Así, en el verano de 2012 se contrató a una chef para capacitar a los chicos, quienes ahora se encargan de realizar todo el proceso de elaboración de pan y galletas —con excepción del horneado y el manejo de la batidora—.

Repostería Damor

También han recibido el apoyo de Ashoka, una organización de la sociedad civil que impulsa el emprendimiento social, y han trabajado con el programa de incubadoras sociales del Tec de Monterrey, cuyos estudiantes los han ayudado a profesionalizar su labor.

Actualmente venden 100 kilos de producto al mes; 80 por ciento lo comercializan los padres de los jóvenes, mientras que el resto se distribuye a través de las cafeterías de la Universidad Panamericana y el Centro Universitario de Ciencias Económico Administrativas de la Universidad de Guadalajara.

Además, mais promueve el Proyecto Otomí, con el que formaliza y conjunta las actividades de producción y comercialización de seis familias en Tlaquepaque de la comunidad indígena otomí urbana, dedicadas a la elaboración de botanas, principalmente papas fritas.

También trabajan en la creación de la empresa social Artesanía Textil Mazahua, manejada por diez familias mazahuas urbanas de Zapopan, que elabora quexquémetl (una prenda para cubrir el torso de las mujeres), capas, rebozos, fajas, manteles, etcétera.

Otros proyectos son Icpalli, una empresa social manejada por siete familias purépechas urbanas de Zapopan, que fabrica equipales tradicionales, y la Panadería Artesanal Purépecha, conformada por diez familias que elaboran empanadas de calabaza, camote, chilacayote y leche; mojicón, torta, cortadillo de azúcar, entre otros. En este último proyecto esperan comenzar con las capacitaciones en enero y actualmente analizan la producción y los costos, adelanta Jorge Meléndez.

 

Caldo de cultivo para empresas sociales

Hace cuatro años, el Ayuntamiento de Zapopan creó un espacio que pretende dotar de herramientas a los emprendedores sociales, ya sea que su iniciativa se canalice a través de una empresa, de una red ciudadana o de una organización no gubernamental: la aceleradora de proyectos sociales, ambientales y culturales Incuba Social.

“Es una incubadora sui generis en el país, porque acepta cualquier propuesta de solución de un problema que genere cambio”, explica Gustavo Acosta, titular de la dirección de Innovación Gubernamental del Ayuntamiento de Zapopan.

Es un programa de 16 semanas, con mentores que ya han trabajado en estos ámbitos y que puedan ayudar a sacar adelante proyectos que apenas sean ideas o que estén en una etapa de arranque. “Busca reducir la brecha de aprendizaje cuando sale al mercado o a la sociedad, pero también ser un espacio de experimentación”, señala Acosta. “La perspectiva es crear a largo plazo organizaciones que sostengan de una manera positiva a la humanidad y que usen las finanzas como una herramienta, pero no como su centro”.

Aunque se trata de una iniciativa apoyada mayoritariamente desde la administración municipal, hoy en día 20 por ciento de su capital es privado. Si se cuentan los proyectos de la generación actual, ya suman más de un centenar las iniciativas apoyadas. Con todo, apenas cerca de 20 se han consolidado o han sobrevivido hasta la actualidad. Entre ellas destacan Cuadra Urbanismo, un grupo de urbanistas que busca incidir en las políticas públicas; LectoBus, una iniciativa de promoción de la lectura que opera en la ciudad de México y que ya recibió recursos para reproducirse en otros cuatro sitios del país; Proyecto Ave, un colectivo de educadoras en Guadalajara enfocadas en la educación a partir de la observación de aves, y Corazón Perruno, que trabaja para atender hasta 80 canes a la vez en un refugio, con financiamiento de fábricas y empresas aledañas.

Incuba social

Ahora quieren incursionar en la oferta de cursos gratuitos en línea y tal vez expandirse a alguna otra ciudad. Mientras tanto, analizan las experiencias de las iniciativas que no han logrado sobrevivir y algunos de esos aprendizajes incluyen que el emprendedor debe tener tiempo para poder desarrollar sus proyectos, aunque muchas veces no encuentran una opción para sostenerse mientras esto ocurre. Por si eso no bastara, en México hay una cultura de temor al fracaso (en Estados Unidos hay emprendedores que no temen regresar a la casa paterna o trabajar como meseros a fin de tener tiempo para sus empresas). También necesitan una proyección concreta del problema que quieren atacar: una falta de perspectiva del universo por atender, costos, tiempos de términos, es decir, planeación de los proyectos.

Por lo pronto, Acosta ve algunos avances institucionales, como la recientemente creada Dirección de Innovación Social de la Secretaría de Innovación, Ciencia y Tecnología del Estado de Jalisco.

 

Interemprendedores sociales

Como cualquier tipo de emprendimiento, los de carácter social nacen pequeños y tienen por esto muchas ventajas, entre ellas, facilidad mayor para adaptarse al cambio, procesos menores entre la toma de decisiones y su puesta en marcha, así como —aunque algunos no lo recomiendan del todo— una estructura más horizontal.

Sin embargo, a la hora de impactar en las comunidades en las que operan es más sencillo que lo hagan las grandes empresas. Por ello, Ashoka, una asociación que apoya a emprendedores sociales brindándoles recursos económicos, soporte profesional y acceso a una red global, con presencia en 70 países, apoya lo mismo a jóvenes estudiantes universitarios que a grandes empresas cuyo interés es desarrollar un programa con un impacto social positivo.

En este último punto, lo que se pretende es acompañar los esfuerzos de responsabilidad social de las empresas hacia modelos de mayor efecto en la sociedad y el medio ambiente, a la vez buscando periféricamente beneficios para el negocio, explica Juan Carlos Díaz, coordinador de Ciudadanía Económica para Todos de Ashoka México, Centroamérica y El Caribe. Así, al igual que respaldan el emprendimiento social, les interesa formar agentes de cambio en las grandes organizaciones que busquen hacerse de recursos financieros y humanos que ayuden a resolver necesidades no satisfechas en la base de la pirámide.

Para ello se proponen detectar y empoderar a los llamados interemprendedores, es decir, personas que emprendan dentro de las grandes compañías, a fin de que se conviertan en líderes de estos proyectos. Estas figuras se caracterizan por ser innovadoras, dinámicas y por contar con perfiles interdisciplinarios.

Repostería Damor

“Vemos que los emprendedores sociales, desgraciadamente, construyen desde cero, mientras que los interemprendedores sociales al menos se podrían apalancar con recursos disponibles o a la mano dentro de la organización con la que colaboran”, señala Díaz. “Debemos entender que tienen reglas de juego distintas; ambos presentan distintos retos: por un lado, los emprendedores sociales tienen el reto de empezar de cero; sin embargo, pueden ser mucho más dinámicos, ágiles y flexibles dados su tamaño, su estructura, lo que contrasta con una estructura más rígida desde la empresa [en la que] va a haber gente que sea promotora, pero seguramente se van a encontrar con detractores”.

¿Parece utópico que dentro de las grandes compañías capitalistas haya personas que busquen ayudar a sus comunidades? Recientemente, Ashoka organizó un encuentro en el que participaron más de 400 personas de América Latina que consideran que tiene sentido abrir estos espacios. Por ejemplo, el Grupo Ercus —conocido por las pastillas de menta Usher, es una empresa con más de 100 años de historia y una de las dulceras más grandes del país— está apoyando a un grupo de productores de café, aguacate, granola, entre otros productos.

“Lo que está haciendo grupo Ercus es dar con las condiciones que permiten a los pequeños productores ser socios del negocio; buscan desarrollar una Sofom (Sociedad Financiera de Objeto Múltiple, entidad que otorga crédito al público de diversos sectores y realiza operaciones de arrendamiento y factoraje financiero) que dé servicios y atienda financieramente a este segmento; los está ayudando a tener acceso al mercado, no sólo con un precio justo, sino como un sobreprecio”, explica Díaz.

De esta manera, indica el experto, buscan, no sólo cambiar la realidad de una empresa, sino la de sectores y comunidades enteras.

 

Riesgos y retos

Pero por cada caso de éxito de las empresas sociales hay tal vez decenas que no se concretan debido a diversos factores de riesgo. Por ejemplo, advierte el académico Díaz Muñoz, cuando a estas empresas se les impulsa desde el gobierno, son susceptibles de corromperse o convertirse en botines políticos. Además, así como primero se enfrentan a coyotes y acaparadores tradicionales —en el caso de las cooperativas rurales, por ejemplo—, conforme crecen tienen que hacer lo propio ante las trasnacionales que llegan al medio rural.

Por otra parte, aunque el estado tiene al Instituto Nacional de la Economía Local, los apoyos a este sector siguen siendo mucho menores que los que brinda el gobierno a las empresas tradicionales capitalistas. Luego están los riesgos normales que puede afrontar una empresa privada: en México, ocho de cada diez empresas mueren en los primeros tres años de operación. Así, las empresas sociales tienen que aprender con rapidez las reglas de eficiencia y calidad del resto de los competidores del mercado, lo que se complica porque las primeras no pueden reducir costos en perjuicio de sus miembros o su comunidad, como sí ocurre con otro tipo de compañías.

Repostería Damor

Además, en las universidades mexicanas —a diferencia de las brasileñas y las argentinas, por ejemplo— prácticamente no hay iniciativas que apoyen a estas empresas. Por el contrario, los estudiantes de carreras administrativas son algunos de los más cerrados a estas nuevas formas de producción y todavía reciben una educación más bien neoliberal. Con todo, no queda más que seguir apoyando a las empresas sociales, que son sólo una expresión —tal vez, la más importante— de las economías solidarias, que incluyen también iniciativas como el trueque, los bancos de tiempo y las monedas sociales y locales, entre otras.

“Son alternativas que se están construyendo, que van creciendo en el ámbito global, en América Latina y México; que son un paliativo para un capitalismo que está en crisis, una crisis bastante severa”, concluye Díaz Muñoz. m.

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