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El origen de lo irrepetible

Compartimos algunos ejemplos en los que, desde distintas perspectivas, se ha echado la imaginación al vuelo en la música por el mero placer que implica el acto mismo de imaginar y producir algo irrepetible desde la nada

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Gorillaz es un proyecto que combina música, animación y una banda virtual.
Gorillaz es un proyecto que combina música, animación y una banda virtual.

¿Hasta dónde debe llegar un compositor que busque originalidad en su trabajo? Obviamente, la imaginación es, en gran medida, la virtud que garantiza la trascendencia de una obra musical en particular, sea una canción, un álbum o, incluso, una discografía completa.

Sinónimos innegables de genialidad en ese sentido son, entre otros ejemplos, las canciones de Bob Dylan, cuyo manejo del lenguaje y la poesía que de ellas emana sacuden el pensamiento de cualquiera. O bien, la sofisticación que los Beatles dieron a sus trabajos más ambiciosos, a través del recurso del estudio —claro, en colaboración con el productor George Martin— y la liberación creativa que para ellos significó la psicodelia, como en Sgt. Pepper’s Lonely Hearts Club Band o Revolver, por mencionar dos discos cuyo valor está fuera de discusión.

Imaginación, genialidad, originalidad, o como quiera decírsele, es la cualidad que de igual manera pusieron en marcha los Who a la hora de concebir aquello que denominaron “ópera-rock”, al fusionar elementos de ambos géneros musicales y dar como resultado su tremendo musical Tommy (1969), que posteriormente fue llevado al cine.

A continuación, una serie de ejemplos en los que, desde distintas perspectivas, se ha echado la imaginación al vuelo, en ocasiones tan sólo para contrarrestar las condiciones en que se crea, en otras por el vértigo que ello presupone, o bien por el mero placer que implica el acto mismo de imaginar y producir algo irrepetible desde la nada.

 

Running On Empty (1977), de  Jackson Browne

Aquí, la imaginación del californiano está ligada al concepto que unificó el que se considera su álbum más acabado: la idea de capturar en un racimo de letras y melodías todos aquellos sentimientos que envuelven la vida hasta cierto punto nómada de un músico de rock, para quien las giras son parte importante de su experiencia. Aquí hay canciones grabadas en vivo, en cuartos de motel e incluso en autobuses en movimiento, todo con el fin de recrear sonoramente esa muy particular existencia on the road.

 

The Trinity Sessions (1988), de Cowboy Junkies

En un afán por dar a sus composiciones un aire único de baja-fidelidad que las impregnara de nostalgia, el trío de los hermanos Timmins sospechó que grabarlas en una vieja iglesia, utilizando un solo micrófono, sería el tratamiento ideal para conseguirlo. Y así lo hicieron con éxito, con la ayuda del productor Peter Moore. La reveladora experiencia se recrearía años más tarde, pero ahora para ser capturada en cine y con invitados de la talla de Ryan Adams y Natalie Merchant.

 

The Juliet Letters (1993), de Elvis Costello

Brutal proyecto el que llevó a cabo el británico, y con el que demostró una vez más su versatilidad para incursionar en cuanto estilo musical le viniese en gana. El planteamiento fue el siguiente: a partir de una serie de cartas que distintos aficionados a un programa de radio le escribieron a Julieta Capuleto, el personaje de la inmortal obra de Shakespeare, se inspiró la escritura de una veintena de letras que más tarde se musicalizarían con la ayuda del portentoso cuarteto de cuerdas Brodsky. Imaginación a raudales.

 

Gorillaz (2001), Gorillaz

Luego de su fama al frente de Blur, Damon Albarn demostraría ser el talento menos convencional del rock británico, al gestar una serie de proyectos, todos acicateados por su inagotable imaginación. Quizás el que mejor lo corrobora sea Gorillaz, ese híbrido entre música y animación para el que se creó una banda virtual, cuatro dibujos animados que en realidad son Albarn y una pandilla de secuaces (Mick Jones y Paul Simonon, de The Clash, entre ellos); los cómplices de cada uno de los cuatro discos que tienen a la fecha.

 

Congotronics (2004), Konono No. 1

La precariedad de las condiciones de este grupo de músicos congoleses, los llevó a buscar en lo menos pensado, posibilidades para hacer música. La chatarra de autos en desuso les sirvió como materia prima para construir instrumentos que, además de darles un sonido único en el mundo, llamaron la atención de tal modo que hoy son uno de los referentes de la música africana del nuevo siglo. Su álbum más reciente demuestra de nueva cuenta su inventiva: se trata de una colaboración con los brasileños Batida.

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