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El melancólico sentido común

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La vida de todos los días es posible en la medida en que esté a salvo de lo excepcional, lo insólito o lo inimaginable, y gracias a que por lo general corre al margen de las desmesuras de la desgracia o la dicha, desinteresada de toda ambición épica y a favor, más bien, de la ocurrencia —quizá sobresaltada o neurótica, pero no destructiva— de lo cotidiano. Los acontecimientos decisivos para la existencia de cada quien, en la mayoría de los casos, acontecen a una escala que difícilmente cabría juzgar como heroica o catastrófica... salvo para cada quien; de ahí que una ruptura amorosa, el advenimiento de un hijo o un vuelco inesperado en el ámbito profesional importen sobre todo —o más bien exclusivamente— para sus protagonistas. Siempre y cuando esos protagonistas no lo sean también de alguna de las novelas de Nick Hornby, porque entonces los hechos trascienden su incumbencia privada, doméstica o trivial y pueden volverse decisivos también para la experiencia de los lectores que llegamos a enterarnos de ellos.

Kate, por ejemplo: es una mujer a la que conocemos instantes después de que ha llamado a su marido desde un estacionamiento para decirle que no quiere seguir casada con él. La llamada tenía otro propósito —algún pendiente en la escuela de uno de sus hijos—, pero la confesión de esa certidumbre salió así, de pronto, y entonces Kate (y nosotros con ella, repentinamente instalados a su lado al borde de lo imprevisible) se descubre ingresando al desamparo que hay en averiguar cómo su vida la ha conducido hasta ese punto. O tenemos el caso de Marcus: un niño de doce años que al volver de un paseo se encuentra con que su madre, divorciada y básicamente inepta para todo tipo de relación, ha intentado suicidarse —y con él vamos al hospital, haciéndonos sus mismas desoladoras preguntas. O Rob, el treintón dueño de una tienda de discos viejos, que acaba de ser largado por la última de las mujeres que desde su adolescencia han ido encontrando en él a un perfecto inútil, y que nos hace conocer de primera mano el repaso pormenorizado de sus fracasos y su desastrosa educación sentimental, mientras suena al fondo la música en la que va encontrando las explicaciones que necesita (algo de soul y rock, mucho de pop). Historias como las que seguramente sucederán por millones, todos los días, incluso cerca de nosotros, incluso a nosotros mismos, urdidas con la materia de nuestras perplejidades más naturales y con la sencilla voluntad narrativa de quien ha sabido demostrar que con esa materia se puede conseguir una literatura perdurable en la emoción y en el aprendizaje de lo que somos y lo que podemos esperar.

Desdeñoso de los ambientes académicos, Nick Hornby (Surrey, 1957) estudió literatura inglesa en Cambridge, pero pronto tomó distancia y trabajó como periodista y crítico musical, antes de probar suerte con guiones cinematográficos que no logró vender. Por el éxito que han alcanzado sus novelas entre los grandes públicos, pero también porque están pobladas con constantes referencias a la llamada cultura pop, se suele acusar a su literatura de cierta ligereza; lo cierto es que Hornby dispone de una actitud desprejuiciada y refrescante ante todo lo que lleva la etiqueta de “cultura” (pop o lo que sea), razón por la cual ha llegado a declarar tranquila-mente que para él tiene más mérito artístico Elvis Presley que Virginia Woolf, al tiempo que una de sus figuras tutelares como novelista es Charles Dickens, alguien que “se preocupaba por sus semejantes y no era excluyente”. Por ello ha dicho también que lo que se propone es escribir para ser leído en el presente, lejos de aspirar a ninguna clase de posteridad, y más al tanto de lo que mueve las pasiones de la sociedad contemporánea, como el futbol (es fanático del Arsenal, como el protagonista del libro que lo lanzó al éxito en 1992, Fiebre en las gradas).

Acaso el empeño como novelista de Nick Hornby  pueda reducirse a la búsqueda del sentido común, que es lo que a sus personajes tanto trabajo les cuesta encontrar. Por lo general lo consiguen, y aunque ello no signifique necesariamente que lleguen a un final feliz, algo es algo: se aproximan al menos a una comprensión mejor de la vida, melancólica, sí, pero suficiente para seguir adelante. m

 

Algunos libros de Nick Hornby

:: Cómo ser buenos (Anagrama, 2002)

:: Alta fidelidad (Anagrama, 2007)

:: Un gran chico (Anagrama, 2008)

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