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De la letra impresa al byte: ¿Internet está reprogramando nuestro cerebro?

Una queja recurrente se escucha en empresas, colegios y universidades: los jóvenes nacidos en la era de internet son incapaces de leer un simple texto y comprenderlo. Este reportaje indaga en los efectos de las nuevas tecnologías sobre nuestro hábitos de aprendizaje y en los retos educativos que nos presentan un horizonte de información ilimitada.

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“Estoy por pensar que la curiosidad se esfumó de estos alumnos míos desde el momento en que todo lo comenzó a contestar ya, ahora mismo, el doctor Google”, escribió Camilo Jiménez (Medellín, 1969), editor, periodista y, ahora, ex profesor universitario. Con estas palabras, publicadas el 7 de diciembre de 2011, su blog El Ojo en la Paja anunciaba su decisión: “¿Por qué dejo mi cátedra en la Universidad?”.

Cuenta que eran 30 estudiantes de Comunicación Social de tercer a octavo semestres. Ninguno pudo escribir un párrafo sin errores. Ortografía, concordancia, sintaxis: utopías. Simplemente no pudieron. “No debí insistir tanto en la brevedad, en la economía, en la puntualidad”: es el lamento de un profesor que se recrimina y, fatigado, depone las armas. Renuncia.

En 2002, cuando Camilo comenzó a impartir clases, todavía era posible que un alumno hiciera una síntesis. A regañadientes, pero salía. Diez meses después de publicar su post, lo entrevisté en la ciudad de México, en donde funge como relator del Segundo Encuentro de Nuevos Cronistas de Indias, organizado por la Fundación para un Nuevo Periodismo Iberoamericano (FNPI), entre el 10 y el 12 de octubre de 2012.

No ha vuelto a dar clases.

“Luego de mi carta de renuncia, recibí más de 600 cartas y comunicaciones de todo tipo, de todos los países de América Latina, casi sin excepción, y no exagero si digo que 90 por ciento expresaba la misma desazón. Profesores de periodismo, ciencias humanas, incluso de educación básica y media y de posgrado. Padres de familia, amas de casa…”.

Su perspectiva no es optimista. En un foro del Encuentro de la FNPI que reúne a algunos de los más grandes cronistas y periodistas de la lengua española, contó a 20 jóvenes sentados en la primera fila: catorce estaban chateando en su smartphone. Sólo dos tomaban nota con el aparato. Sólo dos, recalca.

En su retirada, hace casi un año, Camilo intuyó: “Algo está pasando en la educación básica, algo está pasando en las casas de quienes ahora están por los veinte años o menos”.

No se equivocó. Sí, algo está pasando. Nuestro mapa mental se reconfigura. Es una sensación que todos, en alguna medida, hemos tenido. Es como si sufriéramos una reprogramación de nuestros hábitos mentales. Y nuestras formas de pensar, razonar y recordar comienzan a transformarse.

El propio Camilo lo reconoce: “Me cuesta más concentrarme. Me tengo que obligar, en ocasiones, a no mirar mi Twitter o mi correo. Antes, hace 15 años, podía pasar cuatro, cinco, seis horas frente a un libro sin inmutarme. Ahora estoy más impaciente cuando paso una hora o dos con mi laptop cerrada o con mi teléfono lejos”.

 

Pregúntale al Dr. Google

Primero definamos qué es internet. Es una máquina poderosa y eficaz para recolectar, transmitir y manipular información. El lector se preguntará: ¿un libro no cumple un propósito similar? Sin duda. Pero el rasgo distintivo de internet es que facilita esos procedimientos en instantes y en volúmenes de datos jamás imaginados.

Google se ha concentrado en convertir la internet en una veloz e implacable herramienta a partir de su ambiciosa misión como compañía: “Organizar la información mundial y hacerla accesible y útil a todo mundo”. Por medio de un complejo sistema de algoritmos, que sus ingenieros y programadores están verificando y mejorando a cada momento, Google representa el esfuerzo sine qua non de la internet totalizadora e inmediata que coloca cualquier dato a sólo un clic de distancia.

“El interés económico de Google es asegurarse de que demos clic tantas veces como sea posible. La última cosa que la compañía desea estimular es la lectura sin prisas, o metódica, el pensamiento concentrado. Google representa, casi literalmente, el negocio de la distracción”, señala Nicholas Carr en su libro The Shallows: What the Internet is Doing to our Brains (Norton, 2010).

Debido a que Google es el sistema de búsqueda más popular, usado por ocho de cada diez internautas, su papel como “organizador” de la web influye directamente en nuestros hábitos. Por medio de sus sistemas de rastreo y escaneo estimula la lectura fragmentaria y veloz. Y eso tiene implicaciones.

“Existe un cambio tecnológico en los artefactos que producen la escritura o que nos ofrecen información para la lectura, el cambio fundamental es que el proceso de producción de información o ideas es mayor”, señala el doctor Luis Alejandro León Dávila, investigador de la Universidad de Guadalajara especializado en tecnologías para el aprendizaje.

La penetración global de internet es creciente. En el año 2000, sólo 6.7 por ciento de la población mundial tenía acceso a la web. Para 2010, la cifra subió a 30 por ciento, según datos del Banco Mundial. En países como Estados Unidos, ocho de cada diez habitantes tienen acceso a esta red.

En México hay 40.6 millones de internautas, según datos de la Asociación Mexicana de Internet (Amipici). En 2016 se estima que la cifra de internautas en nuestro país aumente a 64.5 millones o 53.8 % de la población.

Sólo para darnos una idea del poder de internet como herramienta de comunicación en el siglo XXI, basta leer las estadísticas que despliega YouTube (propiedad de Google) en su página web: “En un mes se sube más contenido de video a YouTube del que han producido las tres principales cadenas de televisión de Estados Unidos durante 60 años”.

 

100 mil millones de neuronas en transformación

Marshall McLuhan aseguraba que los efectos de la tecnología no ocurren en el ámbito de las ideas o los conceptos sino en los “patrones de nuestra percepción” de la realidad.

Nicholas Carr cuenta esta anécdota de Friedrich Nietzsche: en 1881, debido a sus achaques de salud y males crónicos, el filósofo comenzó a tener problemas de visión. Concentrar su mirada en una página le provocaba mareos y vómito. Entonces ordenó una máquina de escribir, herramienta que comenzaba a popularizarse. Esto le permitió escribir con los ojos cerrados sin sentir molestias. Sus problemas de salud disminuyeron y pudo resumir sus escritos. Pero también hubo otro cambio que le hizo notar su amigo Heinrich Köselitz: el estilo del filósofo se modificó. Su prosa se sintetizó, se hizo más telegráfica. En una conversación epistolar sobre el tema, Nietzsche concluyó: “Las herramientas que usamos para escribir influyen también en la composición de nuestros pensamientos”.

Un nuevo medio de comunicación, como internet, modifica nuestra concepción de la realidad y, finalmente, nuestra forma de ser, asegura Carr: “Nuestra forma de pensar, percibir y actuar, ahora lo sabemos, no está determinada enteramente por nuestros genes. Pero tampoco está determinada únicamente por nuestras experiencias durante la infancia. Nuestra forma de pensar cambia según la manera en que vivimos y las herramientas que usamos”.

Experimentos con primates al entregarles herramientas simples han demostrado el profundo cambio en su cerebro cuando éste entra en contacto con alguna nueva tecnología y la emplea.

En nuestro cerebro hay alrededor de 100 mil millones de neuronas. Neurobiólogos han deducido que si bien la composición del cerebro ya no cambia sustancialmente después de los veinte años, los circuitos y células neuronales sí tienden a modificar su tamaño según su uso, incluso a reducirlo si no hay actividad, como sugirió el neurocientífico J. Z. Young en su libro Doubt and Certanty in Science: A Biologist’s Reflections on the Brain (1951). Es decir, el cerebro en su forma o composición no se modifica. Lo que cambia son las interrelaciones neuronales. Es lo que se conoce como la “plasticidad” del cerebro o su capacidad para reprogramarse según nuestros nuevos patrones de comportamiento, nuestras experiencias y los estímulos del exterior.

Nuestros hábitos de pensamiento modifican la anatomía de nuestro cerebro: llegamos a ser, literalmente, lo que pensamos.

Del lector metódico al escaneador web

Internet está colmado de textos, pero la lectura es una de las actividades menos comunes en la red.

Frente a la pantalla escaneamos, ojeamos, buscamos puntos clave. Ya no somos el lector metódico que leía palabra por palabra de un artículo impreso (aunque aún los hay, desde luego). Estudios de Jackob Nielsen, experto en “usabilidad” y comportamiento del internauta, revelan que en la web un párrafo corto tiene el doble de posibilidades de ser leído que un párrafo largo. La velocidad del lector para huir es implacable: le dedica menos de un segundo al titular de una noticia.

La internet, como medio de comunicación, posee características propias que modifican por completo su lógica en relación con los medios tradicionales como el libro o el periódico. Su potencial comunicativo se relaciona con otros elementos: email, hipervínculos, chats, foros, fotografías, video, audio, mensajería instantánea. Su atributo es la actualización constante y el tiempo real: “¿Qué está pasando?” y “¿Qué estás pensando?”, preguntan Facebook y Twitter. El espacio y el tiempo ya no son un obstáculo. La convergencia de la informática, las telecomunicaciones y la cibernética han creado una gramática basada en un nuevo lenguaje: telegráfico, simplificado, instantáneo.

En un análisis basado en un sistema de Eye-track, Nielsen descubrió que el lector online dedica menos de un segundo para leer el titular de un periódico digital. Y aún más: sólo lee las dos primeras palabras para decidir si el texto merece su atención.

No leemos en internet por una sencilla razón: la lectura en una pantalla es hasta 25 por ciento más lenta que en papel. Y mucho más cansada. Si en papel un lector promedio lee alrededor de 250 palabras por minuto, en internet el rango se reduce a 200.

El lector digital es un hábil escaneador, lo que le permite evaluar el título, el diseño, los encabezados, texto e imágenes de un portal en sólo 15 segundos. Tiempo suficiente para decidir si interactúa o lo abandona. No hay tiempo para rodeos: el lector metódico del impreso, que leía palabra por palabra, casi no existe en la web. El lector online no busca ingenio ni documentos profusos: quiere datos, hechos, información directa e instantánea. No tiene tiempo para las metáforas y el rebuscamiento. Exige utilidad inmediata.

 

¿Estás conectado? Del pensamiento lineal al no lineal

“Los límites de mi lenguaje son los límites de mi pensamiento”, escribió el filósofo Ludwig Wittgenstein. Somos lo que pensamos. Lo que recordamos. Lo que expresamos y cómo lo expresamos. Somos lenguaje. Por eso las tecnologías intelectuales que modifican o alteran nuestra forma de comunicarnos —la manera como hablamos, leemos y escribimos— tienen un papel central en la construcción de nuestra identidad. La lengua es el vehículo del pensamiento consciente y cualquier tecnología que la altere o la reestructure influye en nuestro proceso cognitivo. “La historia del lenguaje es la historia de nuestra mente”, sostiene Carr.

Internet es una tecnología revolucionaria, como lo fue el libro. Pasamos cada vez más tiempo en línea. Hasta cuatro, cinco horas al día. Y eso está modificando nuestra capacidad de concentración. Entre más usamos internet, más difícil nos resulta concentrarnos en textos largos.

“Cambia el yo, en este caso el yo como aprendiz. La identidad se transforma porque el hecho de utilizar tecnología implica que la identidad se extiende y por tanto se modifica en la red, no por la red sino por decisión propia. Uno construye su identidad”, refiere el doctor León Dávila.

En vez de leer 300 páginas de un libro, ahora leemos cientos de extractos de manera fragmentada, irregular, a lo largo del día. Hacemos más conexiones entre un documento y otro. Tenemos pc y dispositivos móviles. Y, sobre todo: hay una influencia directa e intercambio con otras personas online.

“Cuando la gente dice: los jóvenes menores de 30 años no leen periódicos, dicen algo falso. Ellos leen mucho más que los adultos de todos los países, pero leen por internet, lo cual quiere decir que no leen un periódico, no tienen que tragarse todo lo que salió en un periódico. Toman un trozo de aquí, lo combinan con un programa de televisión acá y una imagen de allá, y la idea es que cada uno se construye su propio mensaje y escoge el universo de comunicación en el que se inserta”, explica Manuel Castells en su artículo “El poder en la era de las redes sociales”.

Algunos tecnólogos consideran que entre más conexiones se hagan a documentos, hipertextos y gente, nuestro pensamiento y nuestra escritura más se enriquecen. Hay quienes no lo creen así. Es un debate abierto.

Sócrates fue uno de los primeros en expresar recelo ante los cambios que representaba la nueva tecnología del libro. Platón, en su diálogo Fedro o de la belleza, refiere que para su maestro, entre más dependemos de la escritura para almacenar ideas y pensamientos, menos cultivamos el arte de la memoria. Es un miedo innato: que cualquier avance tecnológico nos hará perder una parte preciosa de nuestra naturaleza.

Un libro estimula la parte de nuestro cerebro relacionada con el lenguaje, mientras que internet  ayuda a desarrollar las habilidades para tomar decisiones, rastrear información y solucionar problemas.

En todo caso, estamos ante una transición en nuestra historia intelectual y cultural: se confrontan dos modelos de pensamiento. El viejo pensamiento lineal y el nuevo pensamiento no lineal. El primero implica concentración, atención a una cosa a la vez, principio y final. El pensamiento no lineal que representa internet tiene avidez por absorber y compartir información atomizada, inconexa e inmediata: entre mayor rapidez (y más), mejor. Infinitud e instantaneidad. Ahora y todo.

El pensamiento lineal es el pensamiento gutenberiano. Es el libro, la mente literaria y reflexiva. La que guió y dio cauce al Renacimiento, la Ilustración, la Revolución Industrial, pero que probablemente encuentra su punto más crítico y su disolución con internet.

“Los jóvenes se vuelven productores de contenidos rápidamente, el microblogging es una forma de estar contando y recortando la realidad, es decir, de estar editando una propuesta de realidad. Para ellos no existe la noción lineal tan sacralizada. Sin duda que hay una revolución de las instancias que producen formas de comunicar realidades”, señala el doctor León Dávila.

La pregunta que neurocientíficos, tecnólogos y estudiosos de la mente tratan de contestar es: ¿Leer cientos de fragmentos es una manera más eficiente de expandir y dinamizar nuestro pensamiento?

Camilo Jiménez lo responde así en su carta de renuncia: “Lo que han perdido los nativos digitales es la capacidad de concentración, de introspección, de silencio. La capacidad de estar solos. Sólo en soledad, en silencio, nacen las preguntas, las ideas. Los nativos digitales no conocen la soledad ni la introspección. Tienen 302 seguidores en Twitter. Tienen 643 amigos en Facebook”.

El doctor León Dávila matiza: aunque “tenemos más retos para concentrarnos”, los procesos cognoscitivos “tienen mayor estimulación y eventualmente pueden lograr procesos muy significativos”. Y ejemplifica: “uno puede conocer la vida de Ana Bolena y, en ese mismo hipertexto, pasar a la de Enrique viii, a las intrigas de Wolsey o visualizar la abadía de Westminster y georreferenciarla. Esto desde luego es más significativo que un texto lineal”.

Se trata de distintos estilos cognitivos, como apunta Esperanza Navarro Martínez, especialista en nuevas tecnologías y trastornos de aprendizaje en lectura y escritura. En un libro de 200 páginas sigues un camino trazado: las páginas numeradas te guían. Con Google uno tiene el control y decide hasta dónde quiere llegar.

 

Otra forma de enseñar y aprender

En la educación tradicional, el docente es el centro del aprendizaje, pero las nuevas tecnologías de la información y la comunicación hacen mucho más patente la necesidad de cambiar a modelos educativos centrados en el alumno, en los que el tutor se convierte en una especie de acompañante.

Kids pc es una empresa mexicana dedicada al desarrollo de software educativo. Su objetivo es elaborar materiales tecnológicos que hagan posibles nuevas estrategias didácticas para enriquecer los procesos de enseñanza-aprendizaje. Su equipo es amplio. Hay diseñadores, pedagogos, programadores y especialistas en sistemas. Desde su creación, hace 17 años, sus fundadores vieron en la tecnología un elemento potenciador del proceso de aprendizaje.

“Un software puede ser maravilloso, pero sin una intención educativa detrás no sirve de nada”, puntualiza María Antonieta Villanueva, coordinadora del Departamento Académico de Kids pc, empresa certificada en la norma oficial mexicana para desarrollo y mantenimiento de software.

En México hay pocas empresas que se dediquen, con una visión interdisciplinaria y pedagógica, a elaborar productos educativos multimedia: “Muchas no sobrevivieron. De hecho, nosotros nos estamos reinventando con el internet. Hay otras que han cambiado sus giros porque no es sencillo producir software educativo”, manifiesta.

Un error común es pensar que lo más atractivo visualmente es lo mejor. Pero muchas veces detrás de productos vistosos hay una pobre conceptualización y didáctica. “Creo que ahorita hay un boom muy fuerte porque las escuelas están dándose cuenta de toda la riqueza y las ventajas que pueden obtener al emplear la computadora con software educativo”, acota María Antonieta.

Ella percibe un punto de inflexión: las computadoras se abaratan, el acceso a internet se incrementa y los dispositivos móviles, como las tabletas, se hacen cada vez más populares. También nota más interés por parte de algunos profesores por explorar las nuevas tecnologías; saben que sus alumnos son nativos digitales y desean redescubrir su papel. De ellos depende el aprovechamiento al máximo de los materiales educativos; por ejemplo, una estrategia equivocada de la educación tradicional entre nativos digitales es dejarles de tarea la investigación de un tema, porque lo resuelven con mucha facilidad: copian y pegan. “Tenemos que reelaborar y pensar cuáles son las tareas que vamos a dejar a nuestros alumnos para que investiguen, hagan ejercicios de validación de fuentes y además organicen la información para que les sirva a ellos”, afirma María Antonieta.

Los alumnos ya no aprenden igual: los lapsos de atención son más cortos y además buscan la utilidad inmediata del conocimiento. ¿Para qué me sirve aprender esto? Por tanto, las competencias que ahora deben desarrollar son distintas: capacidad para navegar y rastrear información en el océano de datos que es la red, habilidades para verificar y distinguir fuentes fiables, establecer relaciones y organizar contenidos.

Es necesario abandonar el paradigma estructuralista y mecanicista. Hay dos competencias fundamentales que debemos desarrollar en el uso de internet: aprender a aprender y a rastrear información fiable. “Quien tiene un adecuado nivel de meta-aprendizaje puede desarrollar maravillas en sus escritos. Pero quien no las tiene, como la mayoría de las personas, lo que aprende es a copiar y pegar, sin hacer un verdadero análisis de la información”, señala la maestra Esperanza Navarro, especialista en trastornos de aprendizaje en lectura y escritura. “En la búsqueda está la profundidad”.

El profesor debe ser punto de partida en este nuevo proceso de aprendizaje: “Es un guía, un experto en contenido y quizás un pedagogo. Es también un comunicador. Pero no es todo a la vez, debe dar el tiempo para cada cosa. Es un guía piloteando un curso, es un experto en contenido cuando lo diseña, es un pedagogo cuando piensa y diseña las actividades o la evaluación y es un comunicador cuando arranca la motivación y permite que fluya el intercambio de ideas en un curso que utiliza las tic”, apunta el doctor León Dávila.

La lección es sencilla: en la Era de la Información, decir “no lo sé” es imperdonable, porque “todo” está en línea. Sólo es necesario desarrollar las competencias para encontrarlo y distinguir la paja de las perlas.

¿Eso están aprendiendo los nativos digitales? m

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