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Covacha

Yo sólo quería escuchar sus voces y su timbre de voz retumbar en mis paredes, y mis paredes contenerlas dentro de mi computadora. La covacha era perfecta para eso

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Veintiséis llamadas telefónicas. Tres citas por día. Veinte frustraciones y cuatro esperanzas perdidas. Ése fue mi inventario antes de encontrar la covacha: treinta  y tres metros cuadrados; tres ventanas;  metro y medio cuadrado de baño. Todo lo demás era espacio para lo que yo quisiera. Ni un clóset ni una mesa, todo pelón. Incluso el fregadero, metálico, simple, con el tubo de pvc blanco y sus letras azules en la curva del sifón. “¿Dónde vas a cocinar?”, me preguntó mi mamá, ofendidísima por mi pinche cascarón que quería hacer pasar por casa. “Una parrilla eléctrica, un refri pequeño. Tú,  mamá, no te preocupes. Todo bajo control”. Y lo estaba. “¿Quién va a  cocinar?”. Nadie. Si acaso un huevo o un filete o algo así, de rápido, para cuando  la  fonda  de la esquina me fallara.  

“¿Cómo lo conseguiste?”, me preguntaron varios. Pues  así: vi la covacha y dije: de  aquí  soy, es ahora  o nunca. Y ofrecí hasta pagar más de adelanto.

Veinte por ciento, dije. Si es necesario dar más para apartarla, doy veinte por ciento más,  ahorita, en  caliente. “Pues, tuya”, me dijeron, y en una  semana ya tenía las  llaves, el colchón que me donó mi amiga y el sartén de acabados de oro —que servía para conducir mejor el calor— que me regaló mi mamá y que a ella le habían regalado por vender mucho producto Avon. “Te vas porque quieres y sufres porque sí”, me dijo mi  mamá. Y sí.  Pero quéliase, pensé.  Y pensé mal.

Si te vas a cambiar de casa, lo menos que debes hacer es comprar cortinas, armario, trastes, cobijas. Abrelatas. Nada de eso pensé porque lo que me urgía era tener mi espacio, mi tiempo, mi vida, sin tener que esconderme de nadie o buscar horarios para lo que fuera. Lo que fuera: terapia. Una  terapia por aquí. Una por allá. Sin  importar el lugar geográfico en el que estuviera la gente, yo la quería  escuchar.

¿Por qué dices esas cosas, Miguelete, qué te pasa? Seguro tú no eres así. O: Mira, reina, decir perra tres veces y escribir con mayúsculas no te hace más mala. Al contrario, muestra tu vulnerabilidad. Te estás exponiendo sola. ¿Qué te pasa, todo bien? Y así mandaba mensajes directos, y una cosa llevaba a la otra, y esa otra a la otra y  terminábamos  por skypear. Casi siempre con el video apagado, pura voz. Lo que me  interesaba era la voz. Y el eco. La covacha generaba un  eco espectacular. Eso fue lo que me convenció de que ése era mi lugar. Nomás  llegaba yo de trabajar y me metía a Twitter, veía tendencias y me ponía a cazar a  la gente. Se pasan, en serio, te entiendo, les decía. Les  hacía sentir que estaba de su lado.  ¿Por qué, por qué hacen eso? Y luego ya su voz. Es mejor si te oigo, para empatizar, para sentirnos cerca. Y se resistían: a veces unos días, a veces semanas. Pero invariablemente caían. Sí, éste es mi nickname de Skype. Llámame.

Y yo llamaba, con el nudo en el estómago, con las ganas de no hacerlo más, con el miedo de que me saliera el tiro por la culata y me acosaran y me acusaran de acosadora. Pero lo hacía. Dime, qué pasa. Qué es lo que te tiene así. Y sus voces tímidas y su inseguridad rebotando en las paredes blancas de mi cascarón. Yo no soy así, pero… Me tienen harta, los odio.  Que se mueran todos. El botón rojo, señal de que estaba grabando, y el  fondo negro. ¿Qué desearías  hacer? ¿Si tuvieras la oportunidad de hacer algo, qué harías? De todo. Siempre respondían “de todo”. Había desde los que por una simple pelea tuitera se querían ir a los madrazos, hasta los que se querían hacer un changepuntoorg. No son ellos, soy yo. Me decían. El cambio está en una. Muramos todos,  o que sobrevivan los gatos.

A veces eran sólo minutos, luego una hora. Más no. Desde que vivía en casa de mi mamá y me metía al clóset a grabar las voces, ya sabía que no podían ser audios de más de una hora. Se pierde, se distiende la conversación, se bifurca, se quiere hacer amistad. Y de amistad, nada. Yo sólo quería escuchar sus voces y su timbre de voz retumbar en mis paredes, y mis paredes contenerlas dentro de mi computadora. La covacha era perfecta para eso.

Luego, ya que las grababa, las editaba. Las titulaba y las guardaba en su archivito, su carpeta, su seudónimo. Las que realmente me gustaban, las mezclaba. Gritos de enojo, llantitos, susurros, risas. Sobre todo risas. Las voces que más sufrían, más reían. Pasaban de un estado emocional a otro en segundos. Todas a la vez. La voz de las mujeres era nada más para mí. Para dormirme con ellas, para volverme feto y escuchar los latidos del mundo.

Pero conforme pasó el tiempo, las cosas cambiaron. Ya nada más querían enviarme audios de WhatsApp. No, pero es que se oye mal, no tiene buena calidad. ¿Calidad? ¿Y qué importa la calidad? No, no es eso, es que no te escucho bien, quiero sentirte. Pero me dejaban en visto, ya no contestaban mis mensajes directos ni encendían su Skype.

Varias veces intenté grabarlas y quedarme dormida oyéndolas. Poner sus audios larguísimos y sin interacción para ver si lo lograba. El teléfono, mal: se apagaba a medio audio y tenía que volver a empezar. Mi computadora no alcanzaba a grabar las voces y el eco ya no era eco. Era ruido. Puro ruido. Como en casa de mi mamá. Veintiséis llamadas telefónicas por WhatsApp entrecortadas, quince mensajes directos, siempre frustraciones.

Tengo mi covacha, pero ya no hay quien quiera hablar. .

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