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Caetano Veloso: de regreso a la batalla

Medio siglo después de haberle hecho frente a la dictadura en su país, el artista brasileño ha alzado la voz ante los peligros que entraña el régimen de Jair Bolsonaro. Participante en las revoluciones artísticas más importantes de su época, Veloso advierte sobre los tiempos oscuros que se viven, pero su música y su propia historia son formidables razones para no perder la esperanza

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Foto: Caetano Veloso / Facebook
Foto: Caetano Veloso / Facebook

Caetano Veloso está acostado y ríe a carcajadas. Luego de una carrera que abarca más de 50 años de longevidad, el bahiano es quizás el músico vivo más importante de Brasil, y no está particularmente contento con la situación política de su país. Entonces, ¿qué lo hace reír? De seguro, el presidente de su país, Jair Bolsonaro.

O para ser más específicos, el orgullo del nepotismo del mandatario, Eduardo Bolsonaro, quien fue nombrado embajador en Estados Unidos porque, según su padre, “habla muy bien inglés” —en un intento de validar sus credenciales, Eduardito asegura que alguna vez trabajó en la mismísima Unión Americana… friendo hamburguesas—. Una entrevista televisiva desenmascaró el esfuerzo risible de Eduardinho de pronunciar el inglés, idioma en el que Veloso se desenvuelve con naturalidad, y no por gusto: salió a matacaballo para vivir tres años de exilio en Inglaterra, entre el gobierno de Da Costa e Silva y el de Garrastazu, cuando la dictadura militar había cambiado de piel y el Estado quedó definido como “burocrático-autoritario”.

Las circunstancias que lo orillaron a aquel exilio hicieron de él una de las presencias más visibles de la resistencia en Brasil, un papel que ha debido retomar ahora que, por increíble que parezca, la historia está repitiéndose. Así que su vida misma es un recordatorio de lo que el pueblo brasileño tuvo que padecer hace cuarenta o cincuenta años. “Como figura pública en Brasil”, escribió poco antes de la elección que daría el triunfo a Bolsonaro, “es mi deber tratar de esclarecer los hechos. Ahora ya soy viejo, pero en los años sesenta y setenta era joven, y recuerdo todo. Así que debo hablar”.

Caetano Veloso Foto: Midianinja

Renovar las artes es renovar el mundo

Pero vayamos atrás en la historia. Caetano Emanuel Vianna Telles Veloso nació en 1942 en Santo Amaro da Purifação, Bahía. Fue estudiante de filosofía y crítico de cine en la ciudad de Salvador de Bahía, pero al salir de la adolescencia hizo a un lado su interés por el cine; había aprendido a tocar guitarra y cantar desde muy chico, y a los 16 años descubrió la música de João Gilberto. La sutil combinación de lírica con la complejidad armónica de la bossa nova del compositor carioca le voló la cabeza. El daño estaba hecho.

A los 25 años, Veloso participó en el Festival Internacional de la Canción de 1967, en Río de Janeiro, donde fue abucheado por el público: había herido los sentimientos intensamente nacionalistas del respetable al atreverse a cantar rock en un evento donde predominaban los géneros tradicionales. Al año siguiente le iría aún peor en el mismo certamen, pues no lo dejaron ni terminar su canción “Se prohíbe prohibir”, en la cual se hizo acompañar del grupo de rock Os Mutantes. En esa ocasión improvisó un discurso, hoy considerado histórico, para criticar la intolerancia del público. La suerte estaba echada: su carrera sería, en adelante, una suerte de equilibro en tensa cuerda entre dos puntos inamovibles: el gusto popular y la provocación.

En el festival del 67 debutó el también bahiano Gilberto Gil, con un poco más de suerte. Ambos habían ideado una hereje mezcla musical que abarcara desde João Gilberto hasta los Beatles, pasando por Jean-Luc Godard, los surrealistas y la danza ritual de capoeira. Cualquier cosa podría apropiarse y agregarse al estofado artístico llamado Tropicália, o Tropicalismo, que desde su nacimiento incorporó rock, samba, guitarras eléctricas y percusiones africanas. Por cierto, ya se tocaba rock en Brasil desde los años cincuenta, pero ésa era la primera vez que se mezclaba con géneros locales y de otras partes del mundo.

Además del par de bahianos, la Tropicália incorporó a sus filas a otras figuras que demostraron su importancia a medida que fueron presentando su trabajo: Tom Zé, Os Mutantes y Nara Leão en la música popular, y Rogério Duprat en la música de concierto, así como los poetas Torquato Neto y Capinam.

Caetano Veloso

Por eso es que la Tropicália fue un movimiento de renovación no sólo musical: también abarcó cine, teatro, poesía y artes plásticas, y si en 1967 fue controversial e incluso rechazado, para 1969 ya había sido asimilado por gran parte del público, lo que demostró que antes que nada se estaba hablando de una renovación “popular” de las artes.

Pero hay algo que precisar: aunque sonaba novedoso y hasta rompedor, el Tropicalismo tenía antecedentes muy precisos. Vayamos más atrás, a 1928. Ese año fue publicado el “Manifiesto Antropófago” por Osvaldo de Andrade. El crítico y poeta fundó así el movimiento modernista de arte en Brasil, aliado con su esposa, la pintora Tarsila do Amaral. El principio básico era “canibalizar”, es decir, devorar y digerir las influencias europeas sin pudor alguno, para terminar creando algo propio.

Los antropófagos tomaron el concepto de “caníbal” —que en un principio fue utilizado para formar una idea vejatoria de los pueblos no europeos—, y le dieron un giro radicalmente contrario, reivindicatorio. Así, la frase de Shakespeare, “to be or not to be, that is the question” (ser o no ser, ése es el dilema), retoma la leyenda de los tupí, un pueblo amazónico señalado por la leyenda negra de celebrar prácticas caníbales, para convertirlo en la consigna de la Antropofagia artística: “tupi or not tupi, that is the question”. Para un artista latinoamericano, canibalizar o no ser es el dilema.

Aunque poco difundido fuera de Brasil, el manifiesto probó su validez en la historia. Una y otra vez, es patente la intención de artistas latinoamericanos —en música, poesía y artes plásticas, por ejemplo— de tomar las influencias del primer mundo para adaptarlas, diseccionarlas o rearmarlas, y así terminar con un producto propio, tropicalizado. Canibalizado.

Cuarenta años después, los tropicalistas retomaron el concepto. Y su influencia no terminó ahí: más tarde, a principios de los noventa, surgió un movimiento renovador en el noreste brasileiro, específicamente en la ciudad de Recife: el mangue beat. Comandado por Chico Science, líder del grupo Nação Zumbi, el mangue beat buscó conciliar los ritmos tradicionales nordestinos con la música electrónica, y letras críticas y combativas con la poesía aleatoria del hip-hop.

Quizá la imagen más poderosa de ese momento en el fin de siglo fue la que apareció en la portada de un disco de Gil de 1992, Parabolicamará. Ahí, una fotografía, solarizada y en alto contraste, nos muestra una antena parabólica… que en realidad es una canasta de mimbre tejido, con unos cuantos alambres como receptores.

 

Una presencia incómoda para el poder

La semilla plantada en 1928 y germinada en el turbulento final de los años sesenta ha fructificado. Sin embargo, el reconocimiento a la aportación de la Tropicália llegó muy tarde, más que nada por su efímera existencia; ya para 1968, cuando salió un disco recopilatorio con los artistas más representativos del movimiento, sus instigadores consideraron agotado el experimento; sólo le faltaba su certificado de defunción, y la dictadura se encargó de expedirlo por la vía rápida.

A causa de la comezón que le daba al gobierno militar brasileño el caos tropicalista, Veloso fue encarcelado cuatro meses en 1969, antes de exiliarse en Londres por tres años. A su regreso, los militantes de izquierda, con quienes nunca había congeniado, pretendieron adoptarlo como un símbolo de la resistencia, pero no les cayó nada en gracia que en el concierto que le ofrecieron como bienvenida, Veloso saliera con una rutina de baile estilo Carmen Miranda, la cantante del rumboso sombrero de frutas en las películas de Hollywood, figura venerada por los tropicalistas. Al parecer, los camaradas no estaban preparados para un héroe de sexualidad ambigua.

El trabajo vanguardista de Veloso no terminó ahí, pues ha seguido rompiendo estereotipos y encasillamientos una y otra vez. En 1973 presentó su álbum experimental Araçá azul, el que menos copias ha vendido en lo que a un artista mayor se refiere; sin embargo, su álbum Bicho, de 1977, fue muy accesible y tenía bastantes tonadas bailables.

Caetano Veloso

Pero quizá su etapa más lograda fue la del cambio de década entre los años ochenta y noventa. En tan sólo siete años, Veloso nos regaló una retahíla de producciones que se cuentan, sin excepción, entre la mejor música brasileña del fin de siglo: Caetano (1987), Estrangeiro (1989), Circuladô (1991), Circuladô en vivo (1993) y Fina estampa (1994), un homenaje al cancionero de Latinoamérica hispana que trajo a presentar a nuestro país, en uno de los conciertos más emotivos y sutiles que el Auditorio Nacional haya presenciado (aun así, el rigor crítico obliga a reproducir un apunte con cizaña oído al vuelo: Caetano Veloso cantando en español suena igualito que Topo Gigio).

Es parte del encanto de Veloso: en un momento dado puede ser experimental y hasta oscuro en sus composiciones, y al siguiente lírico o profusamente romántico. Puede pasar de citar a Paul Gauguin a interpretar una sentida versión del mismísimo rey de la brega, la canción romántica popular brasileña: Roberto Carlos.

(Nota al vuelo: aunque tiene su contraparte directa en los grupos románticos hispanoamericanos, como Los Ángeles Negros, Los Humildes y Los Pasteles Verdes, la brega no reconoce a Roberto Carlos como uno de los suyos: lo consideran demasiado sofisticado para entrar en el canon de lo “corriente pero con mucho ambiente”.)

 

De la “música del mundo” a las Olimpiadas

Volvemos a Veloso: esa etapa, entre los ochenta y los noventa, es también la de su internacionalización, y no por casualidad o por azares del destino. En 1989 nace la disquera británica Real World Records, bajo la batuta de Peter Gabriel, excantante y líder del grupo de rock progresivo Genesis, quien aprovechó la gran popularidad de que gozaba para grabar y promover a sus artistas y géneros más queridos, todos provenientes del llamado Tercer Mundo.

Real World es de las culpables de vendernos la etiqueta “World Music” para todo lo que no caía fácilmente en las categorías consagradas por el mercado angloestadounidense, y luego de una década ya había vendido más de tres millones de discos, una hazaña nada despreciable si tomamos en cuenta la escasa mercadotecnia empleada y que su producto en sí no se antojaba “vendible” para los titanes de la industria. En todo caso, su catálogo se acerca más a ese rincón donde se amontona la música vernácula del mundo entero, al menos en la concepción de las grandes cadenas de radio, tiendas y distribuidoras de música.

A la par, en Estados Unidos nació Luaka Bop Records, también de la mano de un músico consagrado, en este caso, David Byrne, líder de Talking Heads. Su visión era afín, si no similar, a la de Real World: grabar artistas desconocidos para el mercado primermundista, pero no por ello provincianos. Ambas disqueras mantuvieron un pie en los géneros tradicionales y el otro en la vanguardia sonora, con instrumentaciones contemporáneas, grabaciones y hasta estrategias sofisticadas, como el uso de remixes o acercamientos a la música electrónica.

Ése fue el gran momento de Veloso. Aplicó todas las estrategias arriba mencionadas, y más. Incluso se acercó a la música de concierto —comúnmente llamada “clásica”— y se atrevió a romper la gran muralla invisible que separa al mercado discográfico hispanoamericano del brasileño, con el citado Fina estampa.

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Por si fuera poco, también en 1993 entró al estudio de grabación junto con su viejo compinche Gilberto Gil para ofrecernos Tropicália 2, y así celebrar 25 años de la primera grabación tropicalista, además de sus respectivos cumpleaños número 50. Medio siglo que nos sabe a poco. También a él.

Dos discos más dan muestra de que su trabajo ha seguido vigente: Livro (1997) y Zii e Zie (2009). Y en 2012 apareció Abraçaço, hasta la fecha su último en el estudio de grabación como solista. A partir de ahí, la media docena de álbumes que cuentan con su nombre han sido colaboraciones o, en su mayor parte, grabaciones de concierto. También en 2012 se publicó su presentación en el Carnegie Hall de Nueva York al lado de Byrne, uno de los grandes impulsores de la música del “resto del mundo”.

Dos hitos más: en 2016 fue el ganador del Premio de la Música Brasileña por el álbum Dois amigos. A Century of Music junto a su compadre Gilberto Gil, y también en la categoría de Cantante mpb (Música Popular Brasileira), y en el verano del mismo año participó en la ceremonia de apertura de los Juegos Olímpicos de Río de Janeiro 2016, al lado de Gilberto Gil y la cantante Anitta.

 

Contra la vuelta al pasado

Así, razones para echarse a descansar tiene muchas, don Caetano. Su vitalidad irrefrenable no ha sido mermada por sus 77 años de edad, tampoco su entusiasmo. Pero ahora, además, ha regresado su veta activista, provocadora y de altura intelectual, aunque sus agudas reflexiones estéticas han cedido en importancia, e incluso en urgencia, a sus preocupaciones sociales.

El año pasado apareció en el New York Times un artículo suyo, en vísperas de las elecciones presidenciales en Brasil. Ahí, el bahiano advertía al lector estadounidense de los peligros que presagiaba un posible triunfo del candidato neofascista Jair Bolsonaro: “Al igual que otros Estados del mundo, Brasil se está enfrentando a una amenaza de la extrema derecha: una tormenta de conservadurismo populista. Nuestro nuevo fenómeno político, Jair Bolsonaro, el candidato favorito para ganar la elección presidencial del domingo, es un capitán retirado del ejército brasileño que admira a Donald Trump, pero que en realidad se parece más a Rodrigo Duterte, el líder autócrata de Filipinas. Bolsonaro apoya la venta irrestricta de armas de fuego, propone que haya una presunción de defensa propia si un policía mata a un ‘sospechoso’ y declara que un hijo muerto es preferible a uno homosexual. Si Bolsonaro gana la elección, los brasileños pueden esperar una oleada de terror y odio”.

Caetano Veloso

Por desgracia, su profecía se ha hecho realidad: el capitán retirado de la milicia, Jair Bolsonaro, es ya el presidente constitucional de la República Federativa do Brasil, y pareciera que su primera consigna ha sido prenderle fuego a la gigantesca selva del Amazonas, y al país entero de una sola vez. Sus políticas han polarizado las posturas, y han agrandado la brecha económica entre una minúscula elite —sobre todo la agrícola y la relacionada con la industria militar— y el resto de los brasileños, la mayoría de los cuales vive en condiciones de pobreza o de miseria. El actual régimen no sólo ha vulnerado los derechos humanos, sino también ha dado muestras de carecer de un mínimo de respeto por las minorías que no entran en las definiciones arcaicas de lo religioso, lo “familiar” o lo sexual; al mismo tiempo, prácticas como el nepotismo, el tráfico de influencias y la gigantesca corrupción gubernamental vuelven a repuntar.

Por eso es que Veloso, a sus más de 70 años, y sus compañeros de senda como Gil, sienten la necesidad de hablar, de denunciar, de ofrecer resistencia, así sea testimonial. Ellos ya vivieron la dictadura, la sufrieron. Se enfrentaron a ella desde su trinchera y pagaron un precio por hacerlo.

No quieren, por ningún motivo, tener que salir de nuevo. En todo caso, de lo que se trata es de desterrar esas políticas cavernarias, impropias de un país que intenta enfrentar los más grandes desafíos del siglo XXI; por cierto, el país más grande de Latinoamérica y una de las economías más robustas del planeta. Y por no dejar de mencionar siquiera, una de las metrópolis musicales más poderosas del mundo entero, de la que Caetano Veloso es, sin duda, una referencia ineludible. .

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