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Bob Dylan: trovador de tiempos modernos

Figura principal del elenco artístico del siglo XX y voz de una época coloreada con el intenso anhelo de libertad, paz y justicia, Bob Dylan es, ante todo, un poeta. Como tal lo distingue el Premio Nobel de Literatura, en una decisión audaz que ha levantado polémica. No obstante, lo que parece indiscutible es que sin las canciones de Dylan el mundo sería muy distinto

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El nombre original de Dylan es Robert Allen Zimmerman. Foto: bobdylanarchive.com
El nombre original de Dylan es Robert Allen Zimmerman. Foto: bobdylanarchive.com

Anunciado este año con un retraso que incrementó la expectación que siempre levanta, el Premio Nobel de Literatura sorprendió y dividió el mundo literario al ser otorgado (aparentemente) a una persona ajena al mundo de los libros. Bob Dylan, cuyo nombre había aparecido en las listas de apuestas desde hacía al menos un decenio, fue merecedor del máximo galardón de las letras internacionales “por haber creado nuevas expresiones poéticas dentro de la gran tradición de la canción estadunidense”, según afirmó Sara Danius, vocera del Nobel, al leer el acta del fallo (fallido, arguyen los detractores).

Para el poseedor de una vitrina que alberga trece premios Grammy, un Oscar (estatuilla que a veces coloca sobre un amplificador en el escenario), el Premio Príncipe de Asturias en Artes (2007), el Premio Pulitzer (en 2008, por su influencia en la cultura estadunidense y por sus letras poéticas), la Medalla Nacional de las Artes (2009) y la Medalla Presidencial de la Libertad (2012), que se entregan en su país, así como la bicentenaria distinción de la Legión de Honor en Francia, en 2013, el Nobel “es como ponerle una medalla al Everest”, ha dicho el compositor y escritor Leonard Cohen.

Más que el premio a la periodista Svetlana Aleksiévich en 2015, el Nobel a Dylan provocó un cisma en la opinión pública interesada por la literatura. Que si el próximo año podría ser entonces para un futbolista, o que si el novelista Haruki Murakami habría de buscar una candidatura en los Grammy… Otros tantos se han pronunciado a favor: “Si lo de Bob Dylan no es literatura, ¿qué es literatura?”, dijo el escritor Richard Ford a la prensa al recibir el Premio Princesa de Asturias. ¿Qué hay en el artista que atrajo la mirada de la Academia Sueca y de tantos melómanos, lectores, biógrafos e investigadores?

Bob DylanJoan Baez y Bob Dylan durante una marcha por la defensa de los derechos civiles en agosto de 1963. Foto: EFE

“You c’n listen to m’story,

 listen to m’song”

Dylan, en Hard Times in New York Town

Un par de sucesos ocurridos a mediados de los sesenta marcó la carrera de Dylan: uno voluntario y el otro accidental. En 1965, el músico dio el salto al rock eléctrico; en 1966 sufrió un accidente en motocicleta.

Dylan decidió “electrizarse” y cambiar al rock cuando ya era una figura consolidada del folk, género musical acústico (a veces sólo guitarra y voz) y vinculado a la canción de protesta. Es famoso el grito de “¡Judas!” que le lanzó un asistente al concierto en Newport, en 1965, cuando Dylan hizo público su crossover, como se llama ahora a ese género de decisiones artísticas. Debería ser más famosa la respuesta que el cantante dio: “I don’t believe you, you’re a liar”, dijo hacia el público, y “Play it fucking loud” para sus músicos antes de tocar “Like a Rolling Stone”, que a la postre se convertiría en su canción más famosa. Su actitud reafirmó una poética centrada en la satisfacción propia, sin miras a la crítica. “El arte es escapar de lo que creen que eres o de lo que esperan de ti”, como afirmó el escritor catalán Enrique Vila-Matas en su novela Aire de Dylan, cuyo protagonista se asemeja asombrosamente al cantautor del título.

La decisión de mudarse al rock sería un indicio de las múltiples mutaciones que haría en adelante, sin preocuparse del éxito que le reportaran. Ahora es habitual ver a artistas “reinventarse”, pero en 1965 las cosas no eran así. Los intérpretes de música popular parecían unidireccionales, sólo envejecían, no había grandes cambios en su carrera aparte de los estragos del tiempo.

Bob DylanImagen de una manifestación contra la guerra de Vietnam en 1968. Foto: AP

Tan pronto como Dylan entró en esa nueva etapa, hubo de alejarse de la vida pública debido al accidente en motocicleta que sufrió por los caminos de Woodstock, Nueva York, donde vivía. Acaso harto de la fama y con el pretexto de su convalecencia, entre el accidente de 1966 y 1974 hizo escasas presentaciones: un breve concierto en 1968 en Nueva York y tres más en 1969 (uno con Johnny Cash), además de su participación en el Concierto para Bangladesh, organizado en 1971 por George Harrison y Ravi Shankar y que fue el primer gran evento con fines altruistas.

Esa reclusión no mermó la creatividad de Dylan; al contrario, fue uno de sus lapsos más fructíferos: lanzó seis producciones de estudio. En ellas retornó a la instrumentación más acústica (John Wesley Harding, 1967), mutó drásticamente de voz (Nashville Skyline, 1969), hizo la banda sonora de una película (Pat Garrett & Billy the Kid, 1973), versionó clásicos (Self Portrait, 1970)… en suma, se reinventó (véase New Morning, 1973). Culminó esa etapa alejado de los escenarios con el disco Dylan (1973), que, curiosamente, no contiene ninguna composición suya —su álbum debut, titulado Bob Dylan (1962), sólo incluía dos temas suyos, el resto era de otros autores: ¿por qué bautizar los discos con menos composiciones suyas con su propio nombre?

 

“¿Qué hay en un nombre?”

Julieta, en Romeo y Julieta

Robert Allen Zimmerman (Minnesota, mayo de 1941) creció en una familia judía, en una sociedad cerrada en la que su mayor conexión con “el mundo” era a través de la radio, donde conoció el recién creado rock’n’roll. Comenzó a tocar la guitarra y montó grupos escolares. Bob Dylan nació a finales de los años cincuenta: adoptó su nombre de batalla por uno de los poetas que leía en esos días, el irlandés Dylan Thomas (más por la sonoridad del nombre que por su afinidad). En busca de hacerse una carrera en la música, dejó la escuela y se mudó a Nueva York, donde compartió canciones propias y ajenas en cafés y bares del mítico vecindario Greenwich Village. Además, su llegada a la Gran Manzana le dio la oportunidad de buscar a Woody Guthrie, uno de sus grandes ídolos: logró conocerlo en un hospital, siete años antes de su muerte. Dylan no tardó en firmar contrato para lanzar su primer disco en 1962, mismo año en el que cambió legalmente su nombre a Robert Dylan.

Bob DylanDylan, 1963. Foto: AP

The Freewheelin’ Bob Dylan (1963), The Times They Are a-Changin’ (1964) y Another Side of Bob Dylan (1964), lo afianzaron, en gran parte, por el hecho de que encuadraban dentro de la canción de protesta. La juventud estadunidense, protohippie, vivía la oposición a la guerra en Vietnam y tenía en la música un óptimo medio de expresión para sus deseos de paz. Himnos como “The Times they are a-Changin’” y “Blowing in the Wind” le granjearon a Dylan el mote de “la voz de una generación”; menos famosas, canciones como “The Lonesome Death of Hattie Carroll” o “Masters of War” daban cuenta de sus opiniones antirracistas y antibélicas.

De esa época también datan canciones que se remiten al amor (“Girl From the North Country”, “Don’t Think Twice, it’s All Right”, “It Ain’t me, Babe”), una temática que no ha abandonado. Se podría asegurar que hay una canción de Bob Dylan para cada posible situación amorosa.

El mencionado cambio a la música eléctrica, de 1965, comenzó con Bringing it All Back Home (mitad eléctrico, mitad acústico) y Highway 61 Revisited, lanzados aquel año y seguidos en su discografía por Blonde on Blonde, ya de 1966. Más que un “artista comprometido”, Dylan dejó en claro que era un artista. “Like A Rolling Stone”, “Ballad of a Thin Man”, “Just Like a Woman”… sus “grandes éxitos” surgidos de estos discos, son de lo más representativo de su legado.

Sus composiciones pronto fueron retomadas por otros cantantes que hicieron de ellas clásicos aún mayores. El ejemplo inmediato es “All Along the Watchtower”, cuyos primeros acordes en la versión de Jimi Hendrix sintetizan el sonido de los sesenta. Sobrepasaría estas páginas la lista completa de intérpretes que han cantado las canciones de Bob Dylan: de Nina Simone a Cat Power, pasando por Kronos Quartet, José Feliciano o Miley Cyrus.

Pero del propio Bob Dylan, él mismo dijo: “Mi nombre no tiene ninguna importancia: hace mucho tiempo que intento liberarme del mito que Bob Dylan supone”. El nombre, reflejo de la identidad, es recurrente en su obra: “Gonna forget about myself for a while” (“voy a olvidarme de mí por un rato”) o “I’ve been trying to get as far away from myself as I can” (“he tratado de alejarme de mí mismo tanto como puedo”) se escucha en sus canciones. Parece que el compositor estuviera en una lucha constante consigo mismo, o, como lo resume en otros versos: “I fought with my twin, that enemy within” (“luché con mi gemelo, ese enemigo interno”) y “Oh, my name it is nothing” (“oh, mi nombre no es nada”). Quizá por ello buscó reinventarse: recurrió a hacer de sí mismo un personaje, un tanto hermético, con decisiones musicales en ocasiones contrastantes e inesperadas. El aislamiento luego de su accidente en moto no fue casual: el hartazgo no era gratuito. La fama lo acosaba al extremo en que “periodistas” revisaban su basura… aunque de eso hablaremos en la sección de libros.

Bob Dylan1985. Foto: AFP

Ya de vuelta a los escenarios con Planet Waves (1974), disco bien recibido a secas, la “reconsagración” vendría con Blood on the Tracks, del año siguiente: uno de los álbumes que, junto a Blonde on Blonde, se recomiendan para comenzar a “leer” la obra del Nobel de Literatura 2016. Blood… parecía provenir de su época más creativa, más arriesgada y exitosa (aquella de Blonde…): poderosamente emocional, con una capacidad compositora renovada, pero, sobre todo, con temas que de inmediato se convirtieron en clásicos de su repertorio (“Tangled Up in Blue”, “Simple Twist of Fate”, “Shelter from the Storm”).

 

Del cristianismo a los villancicos y otros fracasos

El gospel no iba a quedar relegado en la exploración sonora de Dylan por la música tradicional estadunidense. Este género, cercano a los cantos religiosos de los cristianos del sur del país, fue adaptado muy a su estilo: en 1979 publicó Slow Train Coming, el primer disco de su época de born-again Christian (cristiano renacido), en la que se valió de una instrumentación típica del rock —si bien el gospel en ocasiones sólo utiliza el órgano y los coros—.

A este disco siguieron Saved (1980) y Shot of Love (1981). Tan sorpresivo como ese lapsus cristiano (habiendo nacido judío) fue el lanzamiento de Christmas in the Heart (octubre de 2009), una colección de villancicos que sorprendió hasta a los fans más duros del cantante. Su etapa cristiana no duró más de seis años, de 1978 a 1984: por su asistencia a eventos religiosos, se asume que regresó al judaísmo, aunque ha sido evasivo al hablar de sus creencias religiosas.

Para muchas figuras del rock, los años ochenta fueron años de decadencia o altibajos, y Dylan no fue la excepción. Acostumbrado a un ritmo más veloz de producción, pasaron dos años para Infidels (título lúdico para un disco ya no vinculado a la religión), dos más para Empire Burlesque. Continuó una serie de cuatro discos musicalmente poco memorables, para acabar con dos placas con un repertorio tradicional, de 1992 y 1993.

Bob Dylan1987. Foto: EFE

Born-again musician

Más interesante que su “renacimiento” como cristiano fue su renacer como creativo. Antes de publicar Time out of Mind (1997), su exitoso regreso a las listas de los más vendidos, Dylan arrancó la gira con la que sigue dando conciertos hasta ahora: Never
Ending Tour.
A sus 75 años de edad, el músico tiene en promedio, desde 1988, cien presentaciones en vivo al año. Aquel año fueron 73, una cifra “normal” para cualquier grupo. Sin interrupción, desde 1989 no ha bajado de 80 conciertos al año (en 1998 dio 144). Para el 23 de noviembre, habrán sido 77 presentaciones en 2016. En ese largo periplo por el mundo, Dylan ha llegado tres veces a Jalisco: la primera en 1991, al Instituto Cultural Cabañas, con dos fechas, y dos fechas más en el Auditorio Telmex (2008 y 2012). De 1991 recuerdan los que asistieron, que cantó “perfectamente borracho” (Diego Petersen dixit, en “Dylan entre nosotros”, en El Informador, 17 de octubre de 2016). El cantante dejó de beber pocos años después (1994).

Aun con sus numerosos compromisos por el mundo (de Argentina a China), el músico reserva tiempo para componer en el camino y encerrarse con frecuencia en el estudio. Luego del ya mencionado Time out of Mind, ha lanzado los nada despreciables Love and Theft (2001), Modern Times (2006), Together Through Life (2009) y Tempest (2012), discos en los que demuestra su evolución musical y vocal.

En 2015 reviró a los muchos críticos que juzgaron su manera de cantar como “acabada”: Shadows in the Night y su secuela, Fallen Angels, de 2016, constituyen un homenaje a la tradición estadunidense. En estos álbumes, Dylan recreó estándares del jazz cantado, del tiempo en que el jazz y el (entonces llamado) pop convivían en la radio sin problema alguno. Para conmemorar esa enorme influencia en sus composiciones, Dylan presentó una voz limpia, nítida como tenía años sin mostrar, también en las versiones en vivo.

Bob Dylan2001. Foto: EFE

“Come writers and critics who

prophesize with your pen”

Dylan, “The Times they are a-Changin’”

En la librería neoyorquina Strand dimensioné el caudal de tinta que ha corrido en torno al bardo. La librería es enorme (su eslogan es: “18 miles of books”; 29 kilómetros de libros) y en una mesa de exhibición me topé con el volumen 2 de un libro dedicado a Dylan. Quise ver el volumen 1; pregunté a uno de los empleados, que me guió hasta el sótano. “Aquí estaría”, me indicó. Me agobió lo que encontré: del piso al techo, el librero estaba atiborrado de títulos, todos ellos sobre Dylan. La que se presume como la librería más grande, con una sección dedicada a quien podría presumirse como el icono más grande del rock. La bibliografía sobre Bob Dylan incluye biografías en el formato clásico, claro, pero también tesis universitarias, comentarios políticos a su obra, interpretaciones poéticas de sus canciones, ensayos que analizan su obra y la influencia judía, diccionarios y hasta enciclopedias.

No había pasado un decenio de su debut cuando surgió en el idioma inglés el neologismo dylanologist, de la pluma de AJ Weberman, un periodista y escritor de teorías de conspiración que se asumió como tal. Si bien la fascinación por la obra de Dylan es algo común en los autores que lo han explorado, lo de Weberman sobrepasó el límite de lo enfermizo, al grado de “stalkear” a su objeto de estudio. Además de traicionarlo al grabar conversaciones telefónicas, esculcó la basura del músico. Quizá por ello Dylan decidió alejarse también de los medios de comunicación y tomó una postura muy estricta al momento de aceptar entrevistas.

A comienzos de este año se concretó la venta del archivo personal de Dylan a la Universidad de Tulsa, en Oklahoma, donde también descansa el archivo histórico de Woody Guthrie, muy admirado por Dylan. Por una cantidad estimada en veinte millones de dólares (según The New York Times), el archivo incluyó más de seis mil artículos, entre cuadernos, manuscritos de canciones, poemas, grabaciones originales, pinturas (el músico también pinta), fotografías y correspondencia. Estará disponible para consulta sólo para investigadores que acrediten haber estudiado previamente la obra de Dylan: aunque también planean montar exposiciones con parte del material (bobdylanarchive.com).

Bob Dylan2011. Foto: EFE

“’Cause i’m a poet, don’t know it?”

Syd Barrett, “Bob Dylan Blues”

El acta de la Academia Sueca no hace referencia a los dos libros de prosa de Dylan: el experimento beat titulado Tarántula, “novela” escrita en los sesenta, con un estilo tendiente más a la prosa poética; o el entrañable volumen de Crónicas, un libro de memorias y anécdotas contadas sin tapujos que fue registrado como uno de los mejores libros de 2004, el año de su publicación. Al darle el Nobel, los académicos suecos se remitieron sólo a su poesía lírica, a las canciones.

No es nueva la valoración literaria de su obra: Andrew Motion, poeta laureado del Reino Unido, publicó la antología de poesía Here to Eternity (2001). La sorpresa para los puristas fue la inclusión de “I and I”, texto de Bob Dylan que vio la luz en Infidels. En la curaduría de Motion, el nombre Dylan figura al lado de Shakespeare, Mandelstam, Brecht y muchos otros. Antes, Ball Gordon nominó a Dylan al Nobel por primera vez, en 1996.

Despojados de la música, en sus textos confluyen la influencia popular con el típico cancionero estadunidense y sus subgéneros; y la poesía de vanguardia con su influencia beat; la poesía culta (Dylan Thomas, Arthur Rimbaud) y la Biblia. De los beat, resalta la amistad que tuvo con Allen Ginsberg, quien incluso hizo un cameo en el video de “Subterranean Homesick Blues”, canción de 1965 (doblemente pionera: por un lado, es el primer video musical que no muestra a los músicos tocando; por otro, la canción misma es un periplo verbal de difícil interpretación, una especie de protorrap). “Desolation Row”, una de las canciones más largas entre las más clásicas de Dylan, plantea un diálogo directo con la “Canción de amor de J. Alfred Prufrock”, de T.S. Elliot, uno de los grandes poemas del siglo XX: en ambos textos reina un aire de cotidianidad, visto con ojos de poeta. El reto mayor para los negacionistas del Nobel sería acercarse a los textos en busca del valor literario, quizás olvidarse de la instrumentación. Juzgar el peso poético de la obra de Dylan por su manera de cantar es como rebajar el valor del Decamerón porque no nos gustan las dos columnas de la edición de Porrúa. Para ello está The Lyrics: 1961-2012, el volumen que compendia sus letras.

Bob Dylan

Dylan ha escrito también breves cuentos versificados, encapsulados en canciones y con una narrativa sintetizada. “Hurricane”, otra de sus canciones más extensas, es un relato sobre el boxeador Rubin Carter y su conflicto con la ley; “Neighborhood Bully”, una alegoría del Estado de Israel; la desastrosa historia de amor en “Tangled up in Blue”; “The Ballad of Frankie Lee and Judas Priest”, una historia con moraleja, u otras baladas (como “Ballad of Hollis Brown” y “Ballad of a Thin Man”) son ejemplos de que, a la par del dominio verbal en la rima y las figuras retóricas, Dylan utiliza sin dificultad la narración.

La condecoración debería abrir el debate acerca de… ¿las nuevas formas que adopta la literatura? La épica nació cantada, incluso las novelas del ciclo artúrico estaban “escritas” en verso, mismos que se recitaban en plena Edad Media. La reflexión debería ser sobre las fronteras que se han establecido entre los géneros y formatos del arte. Eso sí, la deuda (como escribió el crítico Christopher Domínguez Michael, “El equívoco sueco”, en El Universal, 19 de octubre de 2016) es premiar con el Nobel a algún crítico: allí están George Steiner y Harold Bloom. Pero antes de ellos, no sorprendería que en veinte o treinta años el Nobel lo recibiera un guionista de cine o de series, o un escritor de cómics (ya hay quienes señalan a Alan Moore, autor de V de Vendetta, Jerusalem y Watchmen, como un posible nominado en un futuro cercano). m.

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