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Adicción al trabajo, el enemigo al que todos aplauden

Igual que el resto de las adicciones, es mortal. pero la diferencia radica en que el amor enfermizo por el trabajo es aplaudido por un sector extenso de la sociedad. Según los especialistas, se alimenta del miedo y la ansiedad.

 

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Noche iluminada
Noche iluminada

Encuentre la diferencia en esta imagen: un adicto a la cocaína está en riesgo de perder a su familia, su capacidad emocional, su empleo y su salud; por si fuera poco, la sociedad lo repudia. Un adicto al trabajo está en riesgo de perder a su familia, su capacidad emocional, su empleo y su salud; por si fuera poco, la sociedad lo enaltece.

Por la última razón, Francisco Baena Pérez, un radiólogo de Guadalajara, de casi sesenta años de edad, esposo y padre de seis jóvenes, no se arrepiente ni un poco de haber trabajado sin parar durante toda su vida. Se duele de haber sufrido un infarto hace cinco años, pero sólo porque, muerta una parte de su corazón, el resto de su vida no puede continuar al ritmo que él mismo se impuso y que siguió con fidelidad. Ese ritmo provocaba los pálpitos necesarios para soportar cinco empleos.

Su turno en un laboratorio del Instituto Mexicano del Seguro Social (IMSS) comenzaba a las ocho de la noche y terminaba doce horas después, a las ocho de la mañana. Quién sabe cómo le hacía, porque Francisco Baena tenía que aparecer a esa hora en un centro de diagnóstico, donde terminaba a las dos de la tarde. Arrancaba a su casa, comía, se bañaba y salía “volando” a un laboratorio de su propiedad. El trabajo en el IMSS era de tres días a la semana; los otros dos los aprovechaba para impartir clases en la Universidad de Guadalajara. “‘¡Ya llegué vieja! ¡Ya me voy, vieja!’. Mis amigos decían que yo estaba igual que aquel personaje de la película mexicana A toda máquina.” Es casi imposible creer que el radiólogo tuviera tiempos libres. Los tenía y los aprovechaba para hacer radiografías a domicilio. Eso pretendía hacer la tarde que, tras subir cuatro pisos de un edificio sin elevador, Francisco Baena cayó, “herido” del corazón.

Existe otra diferencia entre un cocainómano y un trabajador empedernido, que es evidente y quizá justo por eso impide ver cuánto se parecen entre sí. El primero es un adicto, nadie lo niega; existen manuales que detallan su perfil, las consecuencias físicas de su conducta y los protocolos para su tratamiento: si asume su enfermedad y así lo decide, recibirá atención pública o privada. El trabajador, en cambio, es “un santo” y, como tal, a casi nadie se le ocurriría pensar que está enfermo y se va a poner peor. El resultado es que en México, la adicción al trabajo es un campo virgen de la investigación psicológica y médica: no hay clínicas que anuncien la atención para uno que trabaje en exceso.

“La adicción al trabajo es más pura que cualquier otra”, declara el presidente de la Comisión Nacional de Medicina del Trabajo de España, Juan José Díaz Franco, en la revista electrónica DMedicina. Según el especialista, la adicción pueden padecerla personas con autoestima sana, igual que individuos inseguros que buscan el reconocimiento “que su dedicación exclusiva al trabajo les reportará”. Uno de los pocos datos que se conocen sobre la relación de los mexicanos con sus horarios laborales es que el país aparece como uno de los que más horas trabajan. En 2005 el país ocupaba el séptimo lugar en horas laborales acumuladas entre los pertenecientes a la Organización para la Cooperación y el Desarrollo Económicos (OCDE). Los datos fueron publicados en julio de 2006 por la periodista Alejandra Xanic en la revista Expansión y, según ésta, los connacionales laboran, en promedio, 1.3 por ciento más horas que los estadunidenses.   

La sociedad está enferma, observan los psicoterapeutas especialistas en adicciones del Centro Universitario de Atención Psicológica del ITESO, Fernando Ibarra Tabares y Rosana Torres Esquivel. La enfermedad se extiende con más frecuencia en las ciudades, donde existen más presiones de los pares y cada vez menos espacios de descarga emocional, afirma Ibarra. La gente del campo, por ejemplo, trabaja duro pero no puede ignorar mucho los ciclos de descanso, sueño y vigilia que le marca la naturaleza, completa su colega Torres. En las grandes urbes, los hombres modifican tales ciclos; es más común que “se midan” respecto a los logros de los otros, ansían el dinero —por necesidad o por afición—, se atropellan en la búsqueda de una posición social. Un extra: acá se premia a los que se suicidan con el empleo. “Tiene que ver con cómo se identifica que alguien es valioso en relación con su trabajo. En ciertos grupos, los profesionales son más valorados con relación al tiempo que le dedican al trabajo extra”, coinciden los psicólogos.

Los profesionales que corren más peligro de caer en la telaraña de la adicción son los que realizan trabajos sin un horario establecido, como los médicos y los periodistas, así como los que tienen cargos ejecutivos dentro de una empresa importante. Pero el problema es más complejo porque se alimenta de varios factores: la personalidad; las necesidades insatisfechas de afecto, seguridad y reconocimiento; las condiciones económicas de un país —hay gente que debe trabajar tres turnos para satisfacer sus necesidades básicas—, y las presiones que existen en cada caso, continúan Fernando Ibarra y Rosana Torres. Por esa razón, la adicción no es exclusiva de los que tienen un empleo formal y remunerado, advierten los especialistas del ITESO. Un ejemplo claro es el del ama de casa incansable: “Quizá su búsqueda de reconocimiento la empuja a trabajar de sol a sol, peor si sus hijos o su marido nunca hacen un comentario de lo limpia que está la casa, de lo buena que está la comida. Y el problema es que la mujer no descansará ni aunque escuche el esperado halago de sus labores: en ese momento se esforzará por obtener otro piropo”.

Si existiera una radiografía que, como las que toma Francisco Baena, tuviera la capacidad de revelar la personalidad del cocainómano y la del trabajador, podríamos ver que los rasgos de ambos son idénticos: ambos son obsesivos compulsivos, sólo que se engancharon a diferentes situaciones, señala Fernando Ibarra. Y eso es muy difícil que la sociedad enferma lo perciba. 
 
—¿No se arrepiente de su vida anterior?

—No, la verdad no. Ni un poco.

—¿Y sus hijos?, ¿les dio tiempo suficiente cuando fueron niños?

—La verdad, de esa cuestión mi esposa se encargó; pero lo que yo hice les sirvió de ejemplo para hacer su vida activa; para no quedarse sentados viendo correr la vida.

En los últimos tiempos se han creado muchos productos para los que tienen amor enfermizo por su trabajo. Todos los días la televisión nos bombardea con anuncios de vitaminas que ayudan a hombres y mujeres a tener un desempeño laboral, incluso por arriba de lo humanamente posible. Hace unos meses las puertas del tren eléctrico urbano cruzaban de norte a sur y de este a oeste la Zona Metropolitana de Guadalajara con una sola publicidad, la de un medicamento no controlado, que rezaba: “Te recarga. Te reanima. Te recarga...”.

En realidad, quedarse sentado un tiempo le podría salvar la vida —por lo menos la calidad de vida—a un trabajador empedernido, señala Sergio Villaseñor Bayardo, psiquiatra y antropólogo presidente de la Asociación Psiquiátrica de Jalisco. El especialista relata que ahora más que nunca son más frecuentes las visitas de los obsesivos compulsivos a los consultorios de sus colegas: “No es que estemos haciendo mejores diagnósticos; es que cada vez hay más. Trabajan. Limpian la casa. Cumplen. Cumplen. Cumplen. Se culpan por descansar porque creen que la vida se les escurre de las manos”.

—¿Qué va a pasar con los hijos de los adictos?

—Aprenderán. Van a crecer como generaciones frágiles. Perdidas.
Quizá por eso, Ella, una prestigiosa periodista, nunca ha pensado en la posibilidad de tener hijos. Y eso que ahora está mejor: aferrada a un tratamiento psiquiátrico, lucha por delegar tareas laborales y salir a comer a sus horas. Las actividades de relajamiento, tan lógicas para muchos, son muy difíciles de lograr para Ella. Hace dos años empezaba a trabajar a las cinco de la mañana y dejaba su oficina quince horas más tarde. A la una de la tarde su desayuno, un paquete de donas y un café, permanecía arrinconado en su escritorio, al fondo de los recados y carpetas de asuntos por resolver. A esa hora ya se había desayunado todos los cigarros que cabían, y hasta los que no cabían, en un gran cenicero de cristal cortado, que no había tenido tiempo de vaciar. Se casó con un hombre al que sólo veía los fines de semana y quien tenía tres empleos. Y los fines de semana tocaban las labores domésticas. Eso no lo ha podido evitar: hasta la fecha, su hogar luce como un espejo.

EL RECONOCIMIENTO, UN MOTOR PODEROSO
Al estímulo cultural que tiene la adicción al trabajo, la presión de los pares, las carencias económicas por la pauperización de los salarios y el subempleo, y las necesidades de reconocimiento, Rosana Torres, también coordinadora del Programa de Grupos y Talleres del Centro de Acompañamiento y Estudios Juveniles del ITESO, añade otro factor: la evasión. ¿Qué tanto quieren huir los adictos de su vida social, su pareja, sus hijos? “Finalmente, reflexiona, siempre son más fáciles las relaciones laborales que las afectivas, y se obtiene mayor reconocimiento de las primeras”

Tras 21 años de trabajo con adictos a sustancias tóxicas, Fernando Ibarra señala que las conductas de riesgo y las adicciones están estrechamente ligadas al proyecto de vida. Cuando no existe tal, es más fácil desarrollar conductas obsesivo-compulsivas. Proyecto de vida es una expresión muy poco pronunciada y mucho menos entendida. No se oye en la casa, en la escuela, en las charlas de café con los amigos, aunque todos deberían oírla y practicarla desde la adolescencia, afirma el especialista. Resulta que es un apoyo básico contra las adicciones, incluso contra la propensión por el trabajo a rajatabla. “El proyecto de vida es el diseño y la satisfacción de las metas y prioridades de cada quien, aunque esas metas cambien con el tiempo... Algo similar a darle sentido a la vida, que suena cursi, pero es efectivo”, según Fernando Ibarra. Lo malo, admite, es que en la educación formal, el proyecto de vida a menudo se confunde con el proyecto profesional de vida. Y para un obsesivo compulsivo ese detalle puede ser mortal.

Esa declaración la avala Torres Esquivel: “Hay gente que le apuesta todo el proyecto a su trabajo, porque así se lo enseñaron, aunque en ello le vaya la vida”. Una metáfora que ambos psicoterapeutas usan como ejemplo, es la de los siete asadores y el kilogramo de chuletas crudas. La carne es la vida y los asadores, sus aristas. Si alguien pone toda la carne, bistec sobre bistec, en un solo asador con el fin de cocinarla toda, es seguro que se echará a perder en el intento: la que tiene contacto más cercano con el carbón se quemará, mientras la de arriba quedará completamente cruda. En la vida real, los ejemplos más claros son los ejecutivos de grandes empresas que quiebran, quienes acaban con una soga al cuello. Y cómo no: habían puesto toda la carne en el asador laboral, el mismo que tuvo un desenlace fatal.

La cultura que enaltece la obsesión por el trabajo, al grado de convertirla en una adicción, es la misma que hace pensar a algunos jefes que es mejor tener un empleado obsesivo que uno que respete sus descansos, advierte la Organización Mundial de la Salud (OMS). Nada más falso. Un estudio que realizaron la OMS y el Instituto de Trabajo, Salud y Organizaciones de la Universidad de Nottingham, revela que el distrés, o estrés negativo, es uno de los mayores riesgos para el bienestar de los empleados y el buen funcionamiento de las empresas: los empleados obsesivos suelen enfermarse más, estar poco motivados, ser menos productivos y tener menos seguridad laboral. “En casos extremos, el estrés prolongado puede originar problemas psicológicos y psiquiátricos que desemboquen en la falta de asistencia al trabajo e impidan que el empleado pueda volver a trabajar.” Por esa razón, una sugerencia de Ibarra Tabares y Torres Esquivel es que saque cuentas del tiempo que le dedica a su familia y el que se dedica a usted mismo, y si descubre el principio de una adicción y está en posibilidades económicas de hacerlo, intente redistribuir sus prioridades.

Siempre hay que tener presente que, a decir de los psicoanalistas, los principales alimentos de las conductas obsesivas-compulsivas son el miedo y la ansiedad. m.

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