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Acompañar en el camino

En esta ocasión compartimos este texto del Rector Juan Luis Orozco, SJ, en el que reflexiona sobre cómo debe ser el acompañamiento que es menester brindar a los alumnos del ITESO y que se fundamenta en los postulados de la Compañía de Jesús.

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El propósito de estas notas es ofrecer algunas reflexiones que puedan ser útiles para señalar hacia dónde queremos dirigir las actividades de acompañamiento de los alumnos de nuestra Universidad. En este escrito se explicita un horizonte: compartir los constitutivos fundamentales del acompañamiento de los alumnos desde la visión jesuita. Y es que el tema del acompañamiento es vital para la comunidad universitaria y debe distinguir al ITESO.

 

Definición y posibilidades

Acompañamiento es la ayuda a otra persona para que esté más atenta a las comunicaciones de y con los demás (amigos, familia, grupo de referencia, compañeros) y del entorno social en el que se desenvuelve (económico, político, laboral, universitario), a fin de responderlas de manera auténtica y comprometida conforme a los principios de una universidad jesuita. En el caso del ITESO, estos principios están plasmados en las Orientaciones Fundamentales: la búsqueda de la verdad; la apertura a un Dios que amorosamente se nos revela para compartir su vida; el compromiso con la transformación social; el diálogo permanente, respetuoso y crítico frente a los distintos modos de interpretar la realidad; la certeza de que el ser humano es esencialmente libre y capaz de superarse a sí mismo y de llegar a la autenticidad, y el compromiso de la Universidad con la construcción de una sociedad más humana y más justa.

Hay tres dimensiones que debe atender el acompañamiento si se quiere que abarque la totalidad de la persona: la psicológica, la histórica y la espiritual. Esta última debe entenderse, más allá de lo religioso, como la dimensión trascendental de la persona, la que consigue ponerla en contacto con esa dimensión de la realidad que perdura más allá de la existencia (un ejemplo puede ser la belleza perdurable de una escultura como El Discóbolo).

Se puede abundar sobre las habilidades, las actitudes, los requisitos, las experiencias y herramientas del acompañamiento en cada una de estas dimensiones; por ahora baste con apuntar que, si el acompañamiento se limita a sólo una de ellas, se imposibilita una verdadera ayuda al crecimiento de la persona, ya que se volverá desencarnado, idealista, ahistórico, parcial y, por tanto, deformante, según la dimensión que no sea considerada en el proceso.

Así las cosas, cabe la pregunta sobre lo que le corresponde hacer a la Universidad para acompañar en su proceso personal a los estudiantes. Aquí se enuncian algunas posibilidades que se inspiran en la práctica de los Ejercicios Espirituales de san Ignacio de Loyola, fundador de los jesuitas. Lo que sigue es una labor que corresponde, ante todo, al sujeto al que se acompaña, en este caso el estudiante, ya que el acompañante es alguien que apoya, anima y, cuando la situación lo amerita, cuestiona.

Alentar el deseo de libertad, pues ésta no es un bien ya adquirido. Se adquiere poco a poco, hasta lograr lo que en el lenguaje ignaciano se llama “indiferencia”, cuya connotación no es una minusvaloración de las cosas y mucho menos de las personas, sino la adquisición de un grado de libertad que se mueve por la búsqueda del bien personal y de los demás, en un horizonte en el que se han deshecho las ataduras respecto a los prejuicios, los intereses personales, las ideologías, las actitudes convencionales, las conveniencias sociales y las prevenciones egoístas.

Descubrir los propios errores, no para regodearse en ellos sino para convertirlos en habilitantes, en elementos para recomponerse a sí mismo y recomponer el mundo.

Descubrir y desarrollar las propias capacidades, para lo cual conviene crecer en sensibilidad hacia el otro, potenciar la racionalidad para entender la estructura y el funcionamiento de la realidad, afianzar la voluntad para descubrir lo que se quiere en lo profundo, fortalecer el afecto para realizarse en el amor.

Animar la disposición a solidarizarse con las necesidades de otras personas y de la humanidad de manera consistente y congruente, incluida la aceptación generosa de  las consecuencias de una vida comprometida con los demás.

Movilizar la alegría y la esperanza para dar sentido a la propia existencia y animar la de los demás, con el propósito de impulsar el cambio, la innovación, la creatividad, además de despertar la gratitud, el deseo de paz y alegría para los demás y para sí mismo.

Invitar a vivir en clave de amor agradecido, cuyo fundamento son las obras y la comunicación de los bienes, de manera que, ante todo, se busque el bien mayor y más universal.

Dado lo anterior, el acompañante es, fundamentalmente, testigo de la acción de Dios en la persona que acompaña y en el mundo en que ambos están situados. Su papel es tratar de llevar al acompañado a reconocer esta acción, ayudarlo a descubrir las respuestas que debe ofrecer a sí mismo y a los demás si quiere ser honesto y coherente con su personalidad.

El acompañamiento en el ITESO

Dadas las posibilidades, los recursos y condiciones propios del ITESO, el ámbito más propicio para acompañar a los alumnos es la actividad en los cursos académicos.  El aula es el lugar en que el estudiante pasará la mayor parte del tiempo de su estancia en la Universidad. Los profesores son quienes están más cerca de los alumnos y tienen más contacto con ellos, dentro y fuera del salón de clases.

En ese sentido, el acompañamiento se dará si los profesores, al exponer el contenido de sus cursos, al retroalimentar el trabajo de los alumnos, al organizar las actividades de la clase, al implantar los elementos que parezcan más pertinentes para lograr el aprendizaje, cuidan que cada alumno experimente algunos de los aspectos expuestos arriba.

La cuestión es cómo lograr lo anterior. Quizá la clave se encuentre en las anotaciones de los mismos Ejercicios Espirituales. Enseguida se glosan algunas de las que pueden indicar con claridad el camino que se debe seguir en el acompañamiento de profesor a sus alumnos y que también pueden ser útiles en la realización de otras actividades que la Universidad organiza.

Procurar que cada uno de los alumnos piense por sí mismo. El profesor se limitará a “narrar fielmente la historia”, sin grandilocuencia ni esoterismos y, también, sin ánimo de adoctrinar. Como afirma san Ignacio: “No el mucho saber harta y satisface el alma, sino el sentir y gustar de las cosas internamente”, esto es, poder saborearlas en paz y armonía con el mundo y los demás. El alumno, por su parte, establecerá por su cuenta el fundamento de lo aprendido con base en la razón, que consiste en la actividad que nos lleva a la realidad en sí misma, según nos enseña el filósofo Xavier Zubiri.

Mantener de manera permanente, en la interacción con los alumnos, el diálogo, el cuestionamiento y el talante crítico, pidiendo y exigiendo cuentas a cada alumno del ejercicio de estas actividades en sus tareas, participaciones, trabajos y evaluaciones.

Con  los alumnos que se atrasan, tienen dificultades, se dejan llevar por el desgano o la apatía, el profesor debe procurar no mostrarse “duro ni desabrido, sino más blando y suave, dándole ánimo y fuerza para adelante”, descubriéndole, al mismo tiempo, las trampas en las que ha caído o los obstáculos que se ha creado para avanzar.

Platicar con los alumnos acerca de cómo se configura el conocimiento de la materia impartida, cómo se avanza en su profundización, cuáles son las mejores maneras para discernir su puesta en práctica y cómo beneficiarse a sí mismo y a los demás en las actuaciones que se deriven de la misma materia. Todo ello adaptado al grado de avance del alumno en los estudios o en el ejercicio profesional.

Cuidar, en las actividades de seguimiento y evaluación, que los alumnos sean realistas, claros y precisos en sus juicios y valoraciones, evitando las idealizaciones, las “absolutizaciones” y la superficialidad, así como el brillo de las apariencias.

Exponer, evaluar y programar actividades que ayuden a que el alumno se concentre en el aquí y el ahora, en el quehacer actual que no se entretiene con fantasías, futuribles o entelequias.

Aprovechar al máximo el tiempo disponible, tanto del trabajo con conducción docente, como del que se realiza fuera del aula.

Prevenir que no haya ni falta de consideración ni precipitación en los juicios, las acciones y las expresiones acerca de algún tema o problema, y ayudar a que cada uno de los estudiantes descubra qué es lo que más le sirve, lo ayuda a crecer y lo anima a proseguir en el camino de los estudios.

Actualizar (en el sentido de poner en acto las potencialidades) las habilidades y capacidades de cada alumno con la mirada puesta en lo que puede constituir su vocación personal.

Invitar a cada estudiante a descubrir sus debilidades, hasta saber cómo evitar aquello que lo perjudica, desanima o desvía de los propósitos que tenían al iniciar el curso o la carrera misma. También a aceptar y asumir lo que es inevitable, además de distinguir entre ambas situaciones.

Ayudar a los alumnos, en un clima de confianza, para que se animen a rendir cuentas de lo que hacen para avanzar en la materia, para profundizar en los conocimientos, para valorar sus aprendizajes y para aplicar las competencias adquiridas, así como aquello que les ha dificultado aprovechar al máximo el curso.

Estar consciente del grado de desarrollo intelectual y afectivo de los alumnos para exigir lo debido, sin aflojar el paso que requiere el aprendizaje completo de la materia.

Fomentar una actitud de comprensión, de empatía, de interés para y entre los alumnos, que conduzca, de manera generosa, a la escucha mutua y a la confianza agradecida entre todos los que participan en el curso. m

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