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“Monsieur, madame… ¡Qué deleite verlos competir!”

¿En los grandes estadios y en los sucios llanos del mundo se compite sólo para ganar, o puede haber algo más? ¿Se puede ser un gentleman o una dama en la victoria y en la derrota, o es justificable hacer a un lado eso que llaman “clase” y “honor”?

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“Más rápido, más alto, más fuerte”. Esta conocida locución latina aplicada a la búsqueda de la excelencia en el deporte fue el lema de los Juegos Olímpicos de Múnich. Pero le quisimos añadir algo nuevo. La segunda parte del encabezado significa algo así como: “y con elegancia, con sutileza”.

Muhammad Ali vociferaba (sin mucha clase, ésta se la guardaba para el cuadrilátero) que “volaba como mariposa y picaba como una abeja”; de Lio, el argentino que nunca se tira para buscar la falta, Eduardo Galeano aseguraba que no es que lleve la pelota pegada al pie, sino que la lleva dentro; los berrinches de John McEnroe cuando no le gustaba la marcación del juez de silla contrastaban con el hieratismo de su compatriota Pete Sampras; el ímpetu de Carles Puyol por evitar peleas en el campo no tiene nada qué ver con la mordida que Mike Tyson le sorrajó a la oreja de Evander Holyfield, ni con los dedos de José Mourinho picándole el ojo a Tito Vilanova en pleno clásico español.

¿En los grandes estadios y en los sucios llanos del mundo se compite sólo para ganar, o puede haber algo más? ¿Se vale “todo” para alcanzar el triunfo, incluso renunciar a un estilo, a la honorabilidad, a una manera de entender la vida fuera del espacio de competencia? ¿Se puede —o se debe— ser un gentleman o una dama en la victoria y en la derrota, o es justificable hacer a un lado eso que llaman “clase” y “honor”?

Acá algunos ejemplos, todos con infinidad de seguidores y detractores.

 

Carles Puyol

Capitán del FC Barcelona por más de una década y un hito en la historia del club catalán, sudaba por igual clase y la camiseta. En 2013 corrió todo el campo para interrumpir a Thiago y Dani Alves mientras hacían una celebración que humillaba a los rivales cuando ya iban 0-4. Algunos años antes, un jugador del Mallorca lo abofeteó en pleno rostro y cuando sus compañeros se lanzaron contra el agresor, fue él quien los detuvo; en un partido contra el Real Madrid, le arrebató un encendedor a Gerard Piqué, quien se lo iba a mostrar al árbitro como prueba de los ataques de un sector de la grada. “¡Juega!”, le espetó Puyol.

 

Paolo di Canio

Es italiano y todo un caso. Fascista declarado, cuando anotó un gol con el equipo de sus amores, la Lazio, celebró con la grada haciendo el saludo de su ídolo, Benito Mussolini. Años antes, en 2000, no se sabe si influido por el honor que distingue al futbol inglés (rara vez se fingen faltas por allá), Di Canio fue el protagonista de uno de los episodios de juego limpio más famosos en la historia: su equipo, West Ham, jugaba contra el Everton. En un contragolpe, el portero rival quedó lesionado después de un choque accidental. Vino el centro. Di Canio tenía todo para rematar a gol, sin arquero. En lugar de eso, tomó la pelota con las manos para que pudieran atender a su colega. El partido terminó 1-1.

 

Joe DiMaggio

Joe DiMaggio

“A los 51 años, DiMaggio era un hombre sumamente distinguido, envejeciendo con la misma gracia que había desplegado en el campo de juego, impecable en su manera de vestir, las uñas cuidadas...”. Son palabras del escritor y periodista Gay Talese, quien en su texto The Silent Season of a Hero hizo uno de los perfiles más emotivos de la historia, resultado de la admiración que le profesaba a DiMaggio.

“Joltin” ganó todo con los Yankees de Nueva York —suyo es el récord de 56 partidos consecutivos conectando hit–. Bateaba, corría y hablaba de manera sutil, amable, cautivadora. Cuando lo importunaban preguntándole por Marilyn Monroe, su exesposa recientemente fallecida, despachaba a los preguntones con un lacónico “Por favor, ¿podría dejarme en paz?”.

 

Nadia Comăneci vs. Tonya Harding

Nadia Comaneci Tonya Harding

La primera fue la niña perfecta de la gimnasia, la de las siete máximas puntuaciones (10) en los Juegos Olímpicos de Montreal en 1976, la que conquistó al mundo con su angelical rostro y sus impecables ejecuciones. Después, su vida personal fue un desastre y no la exploraremos aquí. En el lado oscuro del deporte femenino está Tonya Harding, la brillante patinadora estadunidense que, en 1993, planeó junto con su esposo el violento ataque contra su principal rival, Nancy Kerrigan, para molerle las piernas y alejarla de los Juegos Olímpicos de Invierno. No lo logró: se supo todo, fue declarada culpable y se convirtió en la Gran Villana de su país.

 

Kareem Abdul-Jabbar

El movimiento era sutil, perfecto, anunciado… e imparable. Era su famoso tiro de gancho. Kareem botaba la pelota, se dejaba acorralar y, de pronto, se elevaba como en cámara lenta para, con un ligero muñequeo, depositar la bola en el aro. Nada de chocar o azotar el tablero: pura y efectiva clase que le redituó muchos títulos con los Lakers de Los Ángeles. La misma clase ahora la destila como columnista de la revista Time, donde analiza temas como la abolición de la pena de muerte o el racismo y la extrema pobreza detrás de las protestas por la actuación de la policía contra gente de raza negra.

Su artículo sobre Ferguson, racismo y pobreza en Estados Unidos.

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