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“Es importante recuperar la esperanza como una fuerza social”: Gustavo Esteva

Luego de trabajar en la iniciativa privada, Gustavo Esteva se dio cuenta de que ésa no era la vida que quería: “Fui despedido de los dos lugares porque no estuve de acuerdo en hacer lo que me pidieron que hiciera. Abandoné esa profesión por considerar que no podría tener una vida decente y digna”. Entonces optó por vivir al margen de la empresa privada, de la clase política profesional y de la militancia guerrillera. 

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Desde 1976, Esteva se decidió por el camino de la desprofesionalización. Foto: Luis Ponciano
Desde 1976, Esteva se decidió por el camino de la desprofesionalización. Foto: Luis Ponciano

Gustavo Esteva tuvo todo para recorrer “la senda del éxito”: estudiante graduado con los más altos honores, precoz carrera profesional en empresas multinacionales, influyente funcionario a punto de convertirse en secretario de Estado. A todo eso renunció hace 40 años para sellar su destino personal con los sectores más desfavorecidos, en especial con los pueblos indígenas de Oaxaca y del país, con los que trabaja desde entonces buscando la emancipación más allá del Estado y del capital.   

Nació en la ciudad de México (agosto de 1936) y siempre tuvo conciencia de la vida de los de abajo gracias a su abuela zapoteca, con quien pasaba largas estancias en su niñez y su adolescencia. Esteva fue un brillante estudiante de Relaciones Industriales en la Universidad Iberoamericana, de donde fue reclutado por la empresa Procter & Gamble,en la que llegó a ser jefe de personal a los 19 años. Dos años más tarde ocupó ese mismo puesto en IBM. Pero pronto se dio cuenta de que ésa no era la vida que quería: “Fui despedido de los dos lugares porque no estuve de acuerdo en hacer lo que me pidieron que hiciera. Fue entonces mi ‘desprofesionalización’, rápida, a los 21 o 22 años. Abandoné esa profesión por considerar que no podría tener una vida decente y digna, de continuar en ella”.

Buscó una opción política por medio de la militancia en un grupo clandestino de la década de 1960, cuya idea “era tomar el poder”, algo muy en boga por la influencia del Che Guevara y la revolución cubana. Pero la experiencia acabó mal, y entonces procuró una forma más pragmática de influir en la vida política: “Entramos a trabajar en el propio gobierno para tomar el poder, lo mismo que pretendía hacer la propia guerrilla, y logramos llegar muy alto. De hecho, en 1976 [en el sexenio de Luis Echeverría] estaba yo en el peligro inmediato de convertirme en secretario de Estado”. Pero pronto también se dio cuenta de que “si lo que me interesaba era el cambio, la posibilidad de la transformación de la gente, el Estado y el gobierno eran los lugares menos apropiados para eso. Están diseñados para controlar y dominar, no para hacer otra cosa”.

Desde 1976, Esteva se decidió por el camino de la desprofesionalización, al margen de la empresa privada, de la clase política profesional y de la militancia guerrillera. Optó por “aprender de la gente y con la gente, lo que hay que hacer”. Regresó a Oaxaca para residir ahí y vincularse con los pueblos indios y las luchas sociales. Gracias a esas rupturas y opciones políticas y prácticas, Gustavo Esteva es hoy uno de los intelectuales “desprofesionalizados” más lúcidos respecto a la crisis y la tormenta en las que estamos inmersos.

Unitierra Foto: Facebook/Unitierra Oaxaca

¿Cuál es su concepción de la educación y su postura como intelectual “desprofesionalizado”?

Todo mundo está empezando a reconocer con claridad la crisis en la educación, que no sirve para nada, no prepara a la gente para la vida y para el trabajo. Las reacciones ante la crisis de la educación yo las clasificaría en tres. Una: hay quienes están tratando de mejorar el sistema desde adentro, y ahí hay algunos comportamientos hasta heroicos de quienes tratan de hacer algo que tenga sentido frente a un sistema “contraproductivo”; dos: hay quienes intentan salirse del sistema y tener una educación alternativa; y tres: estamos quienes tratamos de escapar de la educación, creemos que el problema es la educación y tratamos de recuperar la muy vieja tradición —la tradición con la que nacemos— de aprender. Estamos tratando de aprender en lugar de ser educados por algo o por alguien. Esto implica el reconocimiento de la “contraproductividad” de las profesiones mismas: esto que se ha considerado como un gran triunfo, un gran avance para las personas y para la sociedad, que es crear multitud de profesiones, lo empezamos a ver con Iván Illich1 como un elemento dañino: cada profesional y cada profesión causan un daño en la sociedad, pues en casi todos los casos representan una descalificación de los saberes reales de la gente, de los saberes locales, los descalifican hasta el punto de perseguirlos.

Aquí en Oaxaca, durante muchísimo tiempo hemos tenido una tradición magnifica de parteras. Mujeres del pueblo que saben ayudar a sus compañeras, y lo han hecho de manera notable por muchos años. Aquí donde vivo [San Pablo Etla] hay una muy famosa, doña Chonita, a la que todo el mundo anda buscando; es una señora de bastante edad y, según la leyenda, en 50 años no se le ha muerto un solo niño. Bueno, estas parteras han sido sistemáticamente perseguidas y descalificadas por el establecimiento médico que, sabemos, está cada vez más ligado a los poderes políticos y económicos que representan a las industrias farmacéuticas y de salud —una de las dos o tres industrias más importantes de cada país—.

 

¿La educación, tal como hoy impera en los distintos estados nacionales, está sirviendo más bien para formar mano de obra?

No, ni siquiera para eso. Originalmente, en México el sistema educativo se creó como un sistema para quitarles lo indio a los indios. Los legisladores dijeron en el Congreso, cuando se propuso imitar a los gringos en el tratamiento de la cuestión india, que no podíamos cometer un genocidio, pero que entonces había que educarlos, pero educarlos en la extinción. Eso se hizo con millones de personas. No sirve simplemente para formar mano de obra. Hay un elemento que quizá sea lo único que logre en alguna medida la Escuela: en la escuela los niños aprenden a decir: “Sí, señor; sí, señora”, a obedecer totalmente, hasta a la autoridad más irracional. El sometimiento: esto es para lo que está concebida la Educación.

No estamos en contra de aprender, contra la figura del maestro, ni siquiera contra la posibilidad de que un aprendiz aprenda de un maestro cualquier cosa: carpintería, florería o lo que sea. Pero se trata de evitar, primero, que sea un aparato central el que decida todo lo que se debe aprender; segundo, que rija este principio según el cual todos deben aprender la misma cosa. El hecho de que tengamos hoy una educación primaria global, de que el currículum de la primaria sea el mismo en Santa María o en Nueva York, es una aberración y es un mecanismo de dominación. Contra eso estamos.

Ahora, la “desprofesionalización”implica dos cosas: estamos tratando de cuestionar la producción institucional de verdad y tratamos de desaprender lo que nos enseñaron, a veces de manera violenta, coercitiva, de un modo que arruinó nuestras infancias y adolescencias; y, después, procuramos dejar de adoptar la postura del que se supone calificado y sabiondo y que no aprende a escuchar a la gente. Queremos aprender juntos y estar en permanente diálogo con la gente común, con las personas ordinarias. Que no nos aparezcamos en la calle como el “lic.” o como el “inge” que pretenden saberlo todo y todo lo llegan a despreciar.

Unitierra Oaxaca Foto: Facebook/Unitierra Oaxaca

¿Qué influencia tuvo Iván Ilich en su vida y en sus concepciones?

Son dos fases. Cuando él estaba en la cumbre de su fama, a principios de los años setenta, para muchos de nosotros en la izquierda marxista, no era más que un cura reaccionario al que no valía la pena ni siquiera leer. Discutía de temas como la “educación”, cosas que, claro, son una porquería en la sociedad capitalista, y pensábamos que ya en la sociedad socialista construiríamos y tendríamos una buena educación. Lo conocí casi por accidente en 1983; me fascinó lo que oí en un seminario al que acudí; me puse a leer frenéticamente sus libros, encontré ahí el discurso del pueblo, que yo oía en barrios y en comunidades, y entonces empecé a colaborar con él y nos hicimos amigos. Estuve cerca de él hasta que murió.

 

¿Qué significa el proyecto de la Universidad de la Tierra (Unitierra) que impulsa en Oaxaca? ¿Se aplican ahí estas ideas de aprender de una manera distinta a la que plantea la educación tradicional?

Claramente. Es una forma de aprender juntos. Esto nació a raíz de que los pueblos indios de Oaxaca hicieron una declaración firme en 1997: “La escuela ha sido el principal instrumento del Estado para destruir a los pueblos indios”, y empezaron a buscar formas de aprender en la comunidad y luego más allá. Con ellos y para ellos creamos la Unitierra. Uno de los socios fundadores, el intelectual y compositor zapoteco Jaime Martínez Luna, nos dio este nombre, que nos encantó a todos, y nos dijo: “Ustedes deben estar siempre con los pies en la tierra y deben ocuparse de la Madre Tierra”. Y desde el primer momento dijimos: “La forma de aprender aquí es, primero, aprender haciendo”. No es primero el rollo y después la práctica, sino que es primero la práctica; aprendemos haciendo, nos hacemos preguntas y podemos formar círculos de lectura o lo que sea para complementar este aprendizaje en la acción. Éste es el principal principio de Unitierra: no hay maestros, no hay profesiones, todos estamos aprendiendo juntos las cosas que queremos. Uno de los más importantes principios en Unitierra es también una frase de Iván Illich: “Aprender debe ser la actividad gozosa de personas libres”. Sentimos que, primero, hay que conquistar esta libertad para aprender, para estar juntos, pero con un énfasis muy, muy grande en que esto sea gozoso, que no sea un sacrificio, una carga, sino que estemos entusiasmados por ir a aprender algo que nos interesa, nos apasiona, y que necesitamos para nuestra vida cotidiana.

Deshidratador solar Taller de elaboración de un deshidratador solar de frutas y verduras. Foto: Facebook/Unitierra Oaxaca

Evidentemente no funciona capacitando profesionistas o separando el conocimiento por profesiones. ¿Cómo opera Unitierra? ¿Se reúnen los que quieren aprender cuando surge una necesidad?

Cuando una persona se acerca a Unitierra, se arma junto con ella un programa en el que vamos a apoyar lo que quiera aprender. No vamos a llevarla de las narices, sino a sus ritmos, en sus condiciones: en los tiempos que cada quien tiene y en el campo que quiera. Generalmente consiste en ponerla al lado de alguien con quien va a aprender lo que le interesa. No hay un ciclo [escolar], va tardar tanto como necesite. Alguien puede tardar año y medio para convertirse en un buen abogado agrario, trabajando con un abogado agrario. Son ciclos que cada persona decide. Cualquiera de las personas que estamos vinculadas a Unitierra puede un día levantar la mano y decir: “Bueno, a mí me interesa estudiar qué cosa es esto del patriarcado y cómo podemos ir mas allá de la mentalidad patriarcal”. Entonces vemos quiénes se interesan en eso, nos reunimos periódicamente para aprender juntos ese tema que alguien identificó, y lo arrancamos. Nos reunimos cada vez que decidimos reunirnos, el tiempo que sea necesario, hasta que estamos satisfechos.

 

Mencionaba que la inspiración inicial para crear la Unitierra fue esta declaración de los pueblos indígenas de Oaxaca. ¿Cómo ha influido en usted el acompañamiento que ha hecho al movimiento indígena en Oaxaca y en el país?

Hay una influencia inicial muy fuerte, la de mi abuela zapoteca. Aunque crecí en la ciudad de México, yo pedía que en vacaciones me mandaran con ella. Tenía un puesto en el mercado de Oaxaca y, aunque aprendí muchísimo con ella en esas vacaciones, con las clases de vida que me dio, lo guardé detrás de mi conciencia por muchos años, hasta que en los ochenta, casi al mismo tiempo que descubrí a Iván Illich*, descubrí lo que tenía dentro; empecé a recordar lo que aprendí con mi abuela, y eso fue una forma de vincularme más profundamente con los pueblos indios. Hace unos 30 años vine a vivir a un pueblo zapoteco que está a ocho kilómetros de donde ella nació, y eso fue otra forma de incorporarme a sus vidas; he participado durante todos estos años en las luchas de los pueblos indios de Oaxaca. Éstos y los de otras partes, como los zapatistas, son, para muchos de nosotros, la principal fuente de inspiración. Encontramos en ellos una auténtica guía; parece que llevan 500 años de crisis, de colapso, nunca fueron enteramente modernizados, y entonces han estado pensando qué hacer con la modernidad durante 500 años. Son especialistas en lo que ahora nos hace falta. Ahora que se está cayendo el mundo que conocemos, cuando se agota el paradigma de la modernidad, cuando andamos un poco extraviados, por las enormes dificultades que enfrentamos, los pueblos indios son, para mí, la principal fuente de inspiración. Tienen una increíble capacidad de analizar lo que está pasando y actuar en consecuencia. Muchos de nosotros decimos que la mejor tradición es la tradición de cambiar la tradición de manera tradicional. Siguen siendo ellos mismos, pero se adaptan a las más variadas circunstancias, por eso sobreviven y están enfrentando la crisis de una manera que me parece absolutamente ejemplar: son hombres y mujeres ordinarios con un comportamiento extraordinario, son ellos los que están defendiendo lo que queda de nuestro país.

Unitierra Oaxaca Taller de construcción de estufas ecológicas ahorradoras de leña. Foto: Facebook/Unitierra Oaxaca

En particular, su relación, su aprendizaje y caminar con el movimiento zapatista, ¿qué tanto lo ha influido, qué es lo que le parece más relevante de esa experiencia?

Claramente cambió mi vida desde la primera semana de 1994 [con el alzamiento zapatista.] Poco después estuve yendo continuamente a Chiapas, tuve el honor de que me invitaran a ser su asesor en las negociaciones con el gobierno, y siento que son lo que antes se llamaba el “faro en la colina”: están arrojando luz sobre lo que pasa. Están años adelante de todas las clases políticas y de la corrientes principales de hacer política en este país, e incluso en el mundo, y tienen una serie de ideas y propuestas que pueden ser absolutamente decisivas para nosotros. Actualmente, por ejemplo, estoy muy involucrado en una iniciativa de un grupo de personas y colectivos que consiste en atender en serio una propuesta zapatista de hace 20 años. A todos nos encantó su frase “Queremos construir un mundo donde quepan muchos mundos”; estamos hartos de que sea la visión de un solo mundo la que se impone sobre nuestra diversidad cultural. Pero nos gustó la frase y no hicimos nada. Todas nuestras instituciones son monoculturales, todo es una visión única de arriba hacia abajo, y si queremos un mundo donde quepan muchos mundos, en el que podamos realmente abrazar la diversidad y celebrarla, entonces tenemos que reconstruirlo todo, reorganizar la sociedad desde abajo.

 

Recientemente, los zapatistas han dicho que las cosas se aceleran para peor, que la crisis se profundiza y se aproxima una gran tormenta. Usted había planteado que hay que pensar desde el abismo, desde la catástrofe, por la situación tan difícil de violencia, corrupción, saqueos y despojos que hay. ¿Es usted pesimista en este contexto que tenemos en el país?

Yo diría que todavía no hemos tocado fondo, y que tenemos que abandonar la vieja metáfora del vaso medio lleno o medio vacío, porque el vaso está lleno de piedras y todas las opciones son malas. No veo una vía tranquila, satisfactoria, plena, para salir de este abismo insondable; quiero decir, no hay lugar para ninguna forma de optimismo. Al mismo tiempo, sostengo que podemos estar llenos de esperanza. Esperanza es algo distinto de optimismo: no es un mero estado de ánimo. Es muy importante recuperar la esperanza como una fuerza social, porque es la clave para salir adelante. La gente se pone en movimiento porque tiene esperanza, porque cree que con la acción puede producir un resultado distinto. Es eso lo que tenemos que recuperar: la esperanza de que por nuestra propia acción, desde abajo, en nuestras relaciones directas, acabando con las relaciones crueles y autoritarias en las que estamos envueltos, podemos, primero, detener el horror construyendo algo nuevo, y, segundo, caminar esos nuevos caminos en otra dirección.

Gustavo Esteva Unitierra Gustavo Esteva  muestra un cartel hecho por un estudiante que aprendió técnicas de agricultura urbana y ahora ofrece talleres. Foto: comuntierra.org 

¿Quién está empujando esa esperanza para detener este horror? ¿En qué sujetos del país vislumbra esa posibilidad?

Creo que es una muchedumbre muy grande y muy diversa. Sin duda, los zapatistas son los que más lo han logrado en su espacio. Pero yo diría que en pequeños grupos, en colonias, en comunidades, los que se consideran o llaman informales, que forman la capa más amplia de personas en el país, que no tienen un empleo seguro, un ingreso sólido, una posibilidad estable de vida, que están luchando por sobrevivir, son también los que están creando una posibilidad de cambio. Algunos lo hacen en condiciones estrictas de supervivencia y se ponen a trabajar y a producir su propia comida y a encontrar sus forma de aprender y sanar por sí mismos, porque no tienen otro remedio. Y otros lo hacen en nombre de antiguos ideales y por distintas motivaciones, pero son todos ellos los que están, no simplemente pensando un cambio, sino realizando el cambio en sus vidas cotidianas.

 

Para usted, entonces, ¿la salida a este callejón, a esta catástrofe, no viene de la política profesional? ¿De arriba no se pueden esperar estos cambios?

Ésa es la convicción. No es ni siquiera cuestión de las personas; pueden llegar las mejores personas allá arriba y es la lógica de operación del sistema lo que determina qué pueden o no pueden hacer. Por eso no se trata de tomar esas instituciones, esos aparatos, conquistarlos pacífica, electoral, violentamente o de la manera que sea, sino que se trata de suprimir su necesidad, hacerlos innecesarios. No es luchar contra ellos, sino hacerlos irrelevantes. Realizar acciones que permitan actuar sin necesidad de ellos y dejar que se caigan solos. m.

 

* Iván Illich (Viena,1926-Bremen, 2002) fue un pensador polifacético, calificado por algunos como anarquista, autor de una serie de críticas a las instituciones clave del progreso en la cultura moderna, especialmente del sistema educativo, la división del conocimiento en profesiones y la medicina profesional. Radicó en México desde mediados de la década de 1960 hasta fines de la de 1970. Durante su estancia mexicana, Illich influyó en varios estudiantes e intelectuales con sus ideas.

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