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Un gran final

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La primera vez que vi Batman: El caballero de la noche (Batman: The Dark Knight, 2008) recuerdo que experimenté estados de exaltación que muy pocas veces he vivido en la sala oscura: durante la proyección me divertí como enano. En pocas películas, creo, se conjuga con tanta fortuna la acción y la exploración de las humanas miserias, el espectáculo y la sustancia. Entonces la hipérbole me pareció adecuada para referirme a ella, y me sigue pareciendo inevitable: es justa. Apenas salí de la sala, ya quería ver la siguiente entrega. La esperé con verdadera impaciencia, como no me ha sucedido con ninguna otra, aun sabiendo que grandes expectativas pueden traer grandes decepciones. Y ahora que acabo de ver El caballero de la noche asciende (The Dark Knight Rises, 2012) he de reconocer que valió la pena la espera, que las expectativas acumuladas han sido cubiertas con creces. La exaltación no es menor; el registro emocional ahora es más amplio y hay pretextos lo mismo para la euforia que para el llanto. Christopher Nolan concibe un gran final para Bruce Wayne y para Batman; entrega una obra maestra. Otra. Y ya quiero volver a verla.

            En El caballero de la noche asciende Bruce Wayne (Christian Bale) ve la necesidad de hacer regresar a Batman después de ocho años de retiro. Alfred (Michael Caine) no está de acuerdo, pues ve en esa decisión la reiteración de la voluntad de fracaso de su protegido amo. No obstante, Batman reaparece para enfrentar a Bane y vérselas con Gatúbela. El primero es un mercenario cuya fuerza resulta excesiva para El caballero de la noche; la segunda es de una fineza que para él resulta… seductora. Batman y Wayne, en ambos frentes, viven aventuras que cambiarán el destino de ambos.

            Nolan concibe una entrega de épicas proporciones que cierra su visita a Batman –no hay que olvidar que más que una trilogía, es una película en tres partes. Redondea comentarios que se venían matizando sobre el miedo individual y colectivo (el gran asunto de la franquicia según Nolan), la procuración de la justicia, las rutas laberínticas para hacer triunfar al bien, la obsesión, la desigualdad social. Ahora trae a escena uno de los villanos más brutales a los que ha enfrentado Batman en los cómics: Bane. Es éste un hombre entrenado por Ra’s Al Ghul (Liam Neeson) y expulsado de su Liga de las sombras que llega a Ciudad Gótica a iniciar una revolución que mientras da el poder a la gente busca destruirla. Gatúbela es menos ambiciosa, y lo que busca es desaparecer de los registros criminales para recomenzar en otra parte. Ambos se afanan en acabar con los privilegios, con la fuente de la injusticia social, por eso mientras el primero ataca el templo de la especulación capitalista, es decir la bolsa de valores, la segunda es una villana que roba a los ricos y una heroína de la clase trabajadora, una especie de Robin Hood.

            Wayne vive su propia batalla con Alfred, quien no está dispuesto a dejar que su amo siga empeñado en autodestruirse. Las circunstancias los apartan, pero Wayne encuentra el impulso decisivo para seguir –o comenzar– su vida gracias a que consigue dejar atrás su indiferencia a la muerte: en el miedo a ésta encuentra justamente la posibilidad de un futuro, el medio para ascender. Alfred sufre, y su llanto es uno de los pasajes más conmovedores de las tres partes (y yo que no llevaba kleenex). Batman, por su parte, vive los momentos más miserables de su existencia, sufre una golpiza inolvidable e inobjetable de parte de Bane y descubre que no quiere dejar escapar a Gatúbela. Revela, además, dónde reside la heroicidad para él, gesto que representa otro momento de gran emotividad.

            Nolan filma el caos con orden, con una puesta en cámara y un montaje que sin perder en claridad –uno siempre sabe quién le pega a quién por más que los planos duren tan sólo unos cuadros– hacen crecer la fuerza de lo que vemos y oímos (y en estas técnicas se sustenta el registro de la épica antes mencionada). El guión, del que es coautor, ofrece una serie de giros más o menos inesperados que no sólo están en el origen de las numerosas sorpresas que reserva la cinta, sino del enriquecimiento de los temas abordados. La misma herramienta que lleva el potencial del bien puede convertirse en un instrumento del mal; las mentiras rara vez conducen a la verdad; la institucionalidad es fuente de insensibilidad y, también, del mal; la confianza y la reconciliación con la vida aparecen donde menos cabe esperarlas. Y aunque mucho menos que en las partes anteriores, aquí también hay valiosas dosis de humor que mitigan un poco el ánimo solemne que cubre la entrega.

            El caballero de la noche asciende debe mucho de su poder a los colaboradores que tuvo Nolan a lo largo de toda la aventura. (Ni hablar de los actores, que de ellos se habla bastante en todos lados, y no hay quien, miope, le endilga al desempeño de Heath Ledger la casi totalidad del valor de la entrega anterior.) En particular, el cinefotógrafo Wally Pfister, quien propone durante una buena parte de la cinta frías tonalidades y colores apagados que hacen presente el ánimo de Wayne-Batman; no menos valioso es el aporte de Hans Zimmer en las músicas, que tienen un punch formidable y lo mismo empujan con enjundia la acción que subrayan la emotividad del protagonista.

            Al final queda una certeza: Nolan cierra un pasaje importante tanto en su filmografía como en la existencia de Batman: concibe una summa que deja muy alto el nivel de este súper héroe y del género. Al final es claro que Nolan supera a Nolan y surge una duda: ¿sólo Nolan podrá superar a Nolan?

1 Comment(s) to the "Un gran final"
Dante (no verificado) says:

En desacuerdo sobre la critica, no de creo que sea gran experiencia, mucha violencia, inconsistencias en la historia, secuencias predecible (tambien ese final del villano y la forma de salvar la ciudad).
Nolan vende espejitos.

Enviado por Dante (no verificado) el 31 Julio, 2012 - 08:57

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